domingo, 4 de junio de 2017

Castilla y los castellanos. Bueno, lo que queda de ellos.

Lo mejor para aprovechar unos pocos días festivos, es dar una vueltecita por algún rincón de España. Estamos tan acostumbrados a ser bombardeados con paquetes de viajes exóticos, que ir a La Rioja parece algo pobretón y sin glamour. Nada más lejos de la realidad. España - con sus consabidos defectos - es sin embargo un país excelente para perderse en la bruma del tiempo. ¡ATENTOS! Voy a hablar de las "Ferias Medievales" y no van a salir bien paradas, lo digo porque si hay algún entusiasta del tema debe abandonar la lectura de este espacio en este mismo momento (Right now! = Como dirían los ingleses).

Para aquellos que no hubieran nacido haré una pequeña introducción/esquema de mis pensamientos. Tras la muerte del dictador Franco en 1975 y la llegada de la Democracia, hubo un entusiasta movimiento para crear un Estado Federal de Comunidades Autónomas. Recuperando nacionalidades históricas mientras aniquilaban a la única región que era verdaderamente histórica, Castilla. El poderosísimo Reino Medieval Castellano, creador de una lengua universal, que era temido y respetado en todo el mundo fue anexionando durante siglos a otros condados, reinos y tierras fronterizas, perdiendo su grandeza e identidad. Hasta acabar en el siglo XX fagocitado por desagradecidos. Tanto empeño se puso en ello que - ahora mismo - pocas personas dirían que se sienten CASTELLANAS. Pero no porque sea políticamente incorrecto, es porque directamente no saben, por ejemplo, que gracias a la lana de Castilla, a las alianzas matrimoniales de sus monarcas, al trigo, a la potente actividad intelectual que se desarrolló en sus monasterios y a la propia esencia castellana de austeridad y templanza, ya en el siglo XIV, su mediación y su favor fueron claves para el desenlace de la "Guerra de los Cien Años". Volveré a esta Guerra.

Con este planteamiento y por comenzar desde el principio (bueno, esto es lo habitual) nos situamos en el Monasterio de San Millán de Yuso, cuna del castellano y del vascuence. Pues bien, un monje allá por el año mil, hizo unas anotaciones al margen de las Cronicas Emilianenses, un truño de libro. Tanto se debía aburrir el pobre y tan lejano debía parecerle el latín, que por su cuenta y riesgo decidió traducir cuatro frases al castellano de entonces. Una temeridad, porque la producción de los libros no era como ahora. Un libro era algo exótico, escaso e incomensurablemente caro. Las abadías medían su riqueza (¡cuánto daño han hecho las películas!) por la cantidad de libros que poseían, no por los oros y los altares. A la imprenta le quedaban quinientos años para ser inventada, y fabricar un libro era un trabajo de años. Este monje era un visionario y un tipo arrojado, no cabe duda. Bien, pues desde este momento, ya lo del castellano fue un no parar. Otro trolón que nos han contado, bueno dos mentiras de las gordas, una que los frailes eran unos tipos gordos que sólo pensaban en comer, en robar y en fornicar con aldeanas, alguno habría, no digo que no. Pero, a falta de un modelo de social mejor y gracias a ellos, se pudo recopilar y conservar todo el saber de la antigüedad. La vida monástica medieval fue totalmente enriquecedora y potentísima intelectualmente. Además se producían milagros sin parar. Ahora nada de nada. ¡Una lástima! 

La segunda de las mentiras, igualar el castellano a otras lenguas peninsulares. Esto es un disparate como una catedral. La evolución de un idioma se mide por la cantidad de literatura que produce y por el uso que hacen de él los pensadores cuyas enseñanzas perduran en el tiempo. Es obvio que el Latín es una lengua muerta, pero gran parte de todo lo que sabemos, de nuestro modo de vida, de pensar, de concebir el Estado, etc., se debe a textos escritos en esta lengua. Por eso sigue teniendo su impronta. Al castellano, llegado un momento y gracias a la expansión del Reino de Castilla, le ocurrió un poco eso. La Península necesitaba una lengua franca y el castellano, que era usado ya con cierta frecuencia por los que sabían leer y escribir (los monjes) fue el que se impuso. Pero no por la fuerza, a la gente le importaba un bledo estas cosas. El 90% de la población era analfabeta y no salía de la puerta de su aldea en toda su vida. ¿Qué más daba que los documentos oficiales, los tratados, los fueros, los mandatos de los reyes etc., fueran escritos en castellano? Nadie sabía leerlos, ni los propios reyes en muchos casos.
El golpe de suerte fue el Descubrimiento de América. Pero para entonces el castellano ya se había impuesto como una evolución del latín vulgar en toda la península, al menos como lengua franca.

En esa maravillosa lengua se expresaba Pedro I de Castilla, y tras sus huellas fuimos. Nos encontramos con él en Nájera, bueno, nos dimos de bruces con el olvido, con la nada, con el esperpento humano. La Feria Medieval. ¡Dios mío que asco! Siento expresarme así, pero no encuentro otra forma. 

Durante la Edad Media, dado que las comunicaciones era muy malas y uno se movía a pie por los caminos, se decidió de forma tácita reunirse periódicamente a intercambiar mercancías en un lugar determinado. Pero ese intercambio era de algo específico. No había bares, ni había grandes jolgorios con fuego, bufones etc., esto es un invento de Hollywood que no tiene ni pies ni cabeza. En concreto Castilla era una potencia mundial en lana y paños. Por eso cada cierto tiempo se celebraban ferias en ciudades como Medina del Campo, Lerma o la ya citada Nájera. El dinero del comercio lanar y la producción de barcos encumbraron a Castilla como una potencia marítima de primer orden. Cuando Inglaterra y Francia se enfrascaron el la Guerra de los Cien Años, necesitaban desesperadamente poner a los castellanos de su lado, porque eran los únicos que tenían la llave de los mares conocidos, además de ser un estado poderoso y con una gran riqueza acumulada.

Y por ello en Nájera (La Rioja) tuvo lugar hace 650 años una batalla clave para la historia de Europa y Castilla. Se enfrentaron los ejércitos de Pedro I, apoyados por Inglaterra y su Príncipe Negro, contra Enrique II de Trastamara, quien tenía detrás a la nobleza castellana, a algunos nobles franceses y a su lugarteniente Beltrán Duguesclín. Sólo leyendo este párrafo sientes volar la imaginación. Al menos a mí me pasa. Me siento totalmente identificada con ese ideal caballeresco. Visualizo novelas de caballería, grandes ideales, amores rotos, alianzas, fe en Dios, gestas y luchas. Por encima de todo nobles henchidos de un ideal que les superaba, esos lazos feudales que no eran una memez, eran una forma de protección en una sociedad llena de peligros. Donde los reyes no se enamoraban, sino que fijaban alianzas para fortalecer sus reinos por vía del matrimonio. Eso era Castilla, y de eso no queda nada. Porque - de forma consciente - nos han despojado de nuestro sustrato vital.

Donde tuvo lugar la Batalla de Nájera hay ahora un polígono industrial horrendo. Manifestación del olvido, de la devastación y del consciente esfuerzo por sepultar una historia que marcó el curso de cada una de nuestras vidas.

La Batalla fue ganada por Pedro I el Cruel, pero de poco le sirvió porque años después moriría a manos de su hermano, Enrique de Trastamara.  Éste dio comienzo a una dinastía de reyes variopintos, pero profundamente castellanos. De verdad, no hay nada más interesante que la historia medieval de la Península Ibérica.

Pasado el tiempo, los siglos y los avatares de épocas convulsas (que nada tienen que ver con las inclasificables ferias medievales de la actualidad), Isabel la Católica, la última de los Trastamara, decidió sellar una poderosa alianza con el Emperador del Sacro Imperio, Maximiliano I. Para ello se acordó el matrimonio entre Juana de Castilla (conocida como 'la loca') y Felipe de Habsburgo ('el hermoso'). Isabel no era una tipa que olía mal, azote de moros y judíos debido a su incultura. Otra miente. Era refinada y profundamente culta. Baste decir que gobernó entre hombres y no le tembló el pulso, en una época en la que las mujeres no pintaban nada. Aprovechando que vendrían emisarios de la Corte Imperial, solicitó la presencia en Castilla de pintores y eruditos varios, entre los que se encontraba Juan de Flandes.




Llegó a Castilla (su primer encuentro con la Reina fue en Medina del Campo) en 1496, a partir de ese momento se mimetizó entre castillos porque nada se sabe de su vida, excepto que fue un pintor minucioso e influyente y se dejó llevar por su arte y su perspectiva. Asistió a la gestación de un nuevo mundo. El fin de la época medieval, el fin de las gestas entre nobles castellanos encerrados en sus castillos de piedra, el fin de un mundo hermético pero próspero en busca de nuevos socios peninsulares que le arrancarían su alma. Y así, pasando por Nájera, por Medina del Campo, por El Monasterio de San Millán de Yuso, en profundo silencio me planto frente al cuadro de 'La Crucifixión' de Juan de Flandes, actualmente en el Museo del Prado, y - como suele sucederme - comienzo a asociar todas estas ideas. 

El cuadro, maravilloso y minucioso, digna manifestación del mejor arte venido de Flandes, es ante todo el retrato de un mundo olvidado, lleno de símbolos que nadie se molesta ya en leer. 

M. 



martes, 25 de abril de 2017

Hispanic Mendoza. Un mix propio y particular.

Martes, 4 de abril de 2017. Inauguración en el Museo del Prado de la Exposición “Tesoros de la Hispanic Society de Nueva York”. Dos plantas en el Edificio de los Jerónimos dedicadas a mostrar pequeños tesoros de nuestra historia patria, que otros buscaron, pero nosotros no. Interesante momento el de las Vanguardias de principios del siglo XX, escritores y pintores superlativos, ignorados y desconocidos para muchos pero no para el filántropo estadounidense Archer Milton Huntington. Por no se sabe qué razones, se enamoró de la cultura española y – como dinero no le faltaba – se dedicó a comprar arte y literatura de toda época y formato, y a frecuentar a escritores y pintores de una época fecunda como pocas pero mal retribuida pecuniariamente. Excepto Sorolla, que llegó a ser tremendamente conocido tanto en Europa como en América, el resto vivió como pudo o como le dejaron. España, por una manía histórica irritante trata muy mal a sus genios y si estos sienten devoción por lo hispano, los vilipendia y hunde en la miseria. 


Y ¡voilà!, aparece un yankie con pasta para aburrir que se toma la molestia de aprender a hablar español y de recorrer España y América del Sur de cabo a rabo, sacando el jugo a una cultura milenaria, no llegando a entender – por lo mucho que le entusiasmó - cómo había sido rodeada de oprobio a lo largo de los siglos. Me pregunto qué hubiese pensado Huntington si hubiese conocido a alguien tan despreciable y mediocre como Puigdemont. ¡Pobre! ¡Qué chasco se hubiese llevado!

Para aquellos a los que voluntariamente el sistema educativo español se lo ha ocultado, además de Cervantes (no queda más remedio que hablar del Quijote, es una novela demasiado influyente para ignorarla) existen en español plumas de primer orden, cuya influencia es apreciable en todo el globo. Os animo a que exploréis el Siglo de Oro. Quevedo, uno de mis favoritos. Sor Juana Inés de la Cruz, una monja poco convencional ahogada entre la imagen bien condimentada de que las religiosas son lelas y mojigatas perdidas. Santa Teresa de Jesús, no hay filósofo o persona medianamente sensible que no la nombre. Para nosotros, ¡oh víctimas de lo insustancial! era una tipa que levitaba y entraba en trance, viajando por ahí en una burra y pasando hambre para hacer penitencias varias.



Del propio Cervantes nos cuentan más bien poco y del Inca Garcilaso de la Vega menos, eso de que a un peruano le dé por gustarle lo español y no vea al conquistador como un bruto y un exterminador, intentando explorar lo mejor de los dos mundos, es algo inconcebible, impensable y hay que enterrarlo pero ¡ya! Y nada, bien enterrado está.

Este buen hombre, este buscador de tesoros tuvo un rapto místico (como Santa Teresa) al leer la Celestina, y desde entonces no paró. Yo, así de primeras, siento una INCONMENSURABLE envidia de él. La mayor ventaja de ser rico, además de disponer de tu tiempo, es poder ir contracorriente sin que la mediocridad y los topicazos más sinsentido te arrastren y te enfanguen. 

Como vivimos rodeados de un sinfín de ‘lugares emblemáticos y frases huecas’, entender estos pormenores nos resulta difícil. Algo así como a San Agustín resolver el enigma de meter el agua de mar en un pocillo. No se puede ir contracorriente. Por dos razones, primera porque los ‘malos’ harán todo lo posible porque no quede de ti ni el polvo y segunda porque los ‘buenos’ sacarán partido de forma torticera a tu manía de colocarte fuera de la distribución normal de probabilidad.

Con esto quiero introducir a Eduardo Mendoza, individuo que, al contrario de Huntington, ha llegado a abandonar su residencia en Barcelona, porque – en su caso – no tenía el dinero suficiente para reírse de todos los idiotas que le rodean. Los catalanes están mosca porque escribe en castellano y los españoles sólo mencionan este hecho como un pirrioso triunfo ante el desmadre que se vive allí. Cuando, precisamente, la batalla del español sobre el catalán es la única que tiene claro vencedor. Pero no por la gestión de la gentuza en el poder, más bien por personas como Huntington o escritores de primer nivel como Quevedo, que ni conocen. 

En el Discurso de Entrega del Premio Cervantes 2016 (Alcalá de Henares 20 de Abril 2017), Mendoza apeló precisamente a esto, a las distintas lecturas del loco mundo de Don Quijote, que no deja de ser el nuestro. Para llegar a la conclusión de que verdaderamente estaba loco, y esta locura es el instrumento del que se vale para hacer lo que le da la gana.

(...) Alguna vez me he preguntado si don Quijote estaba loco o si fingía estarlo para transgredir las normas de una sociedad pequeña, zafia y encerrada en sí misma. Aunque ésta es una incógnita que nunca despejaremos, mi conclusión es que don Quijote está realmente loco, pero sabe que lo está, y también sabe que los demás están cuerdos y, en consecuencia, le dejarán hacer cualquier disparate que le pase por la cabeza. Es justo lo contrario de lo que me ocurre a mí. Yo creo ser un modelo de sensatez y creo que los demás están como una regadera, y por este motivo vivo perplejo, atemorizado y descontento de cómo va el mundo.

No puedo estar más de acuerdo con Mendoza. Suscribo cada palabra, y al hacerlo tiemblo porque, para seguir realmente tu camino es necesario, o bien ser riquísimo o estar loco. ¡Puf!

Como he hablado de Mendoza en este blog, poco más diré. Sólo el desconcierto que me causó la poca presencia en los medios cuando le fue entregado el premio. Él, supongo, se lo tomaría con humor, porque es su juego, su talismán. En su caso, el humor le ayuda a ocultar su miedo y perplejidad.

Sirva como conclusión un consejo (extraído del discurso), pase lo que pase y se diga lo que se diga, el humor lo impregna todo y todo lo transforma.

Sed felices e id al Prado a ver la exposición, mientras meditáis sobre lo que os he dicho.
M.





jueves, 23 de marzo de 2017

Verdún y el olvido de los verdaderos HÉROES.

Hace cien años (¡CIEN AÑOS!), Europa se encontraba enfangada de lodo y sangre a causa de la Primera Guerra Mundial. Sí, esa guerra que por su obsesiva manía de triturar a seres humanos sin piedad, hemos olvidado. O nos han hecho olvidar. ¡Quién sabe! 

Hay episodios por los que se pasan de puntillas, y otros se magnifican machaconamente. Véase la Inquisición Española. Alemanes, franceses e ingleses insisten en su literatura, cine y vida diaria en recordar este episodio - truculento, qué duda cabe - de forma maligna e incisiva. Pero pasan por alto cómo su afán de dominar el mundo, su xenofobia y su imperialismo desmedido llegaron a su punto álgido en 1914, cuando iniciaron con toda frialdad un conflicto al que enviaban a niños a ser triturados, gaseados y eliminados de la faz de la tierra de forma industrial y sin ningún atisbo de remordimiento. Es lo que tiene intentar dominar el mundo. (¡Atentos! ¡La cosa sigue igual!)

Esos héroes fueron olvidados y ninguneados. Sus huesos -algunos sin identificar - reposan en campos donde el silencio es abrumador, esa quietud que te anula y te conmueve, mientras paseas por las filas de cruces. Filas de vidas segadas por la ambición y el desprecio de otros. Reconozco que cuando paseé por el sitio de la Batalla del Somme lloré desconsoladamente. Lloré por el olvido, porque a los verdaderos héroes, nunca, jamás, nadie los recuerda. 



¿De qué sirven esas celebraciones institucionales? De nada, porque nadie se ha sentado a pensar en la inconmensurable tragedia que es tener 18 años y pasarte meses en un trinchera con el único objetivo de matar, matar y matar sin estrategia a alguna a otros desgraciados como tú. En esto se resume todo. Y cuando más leo sobre la Gran Guerra, más claro lo veo. Es así de sencillo.

Hace dos años viajé a Flandes, a sus campos, donde crecen las amapolas, fila tras fila, sobre las tumbas de esos héroes. En Ypres y en El Somme me encontré un espectáculo truculento, una mezcla de desolación y folclore que es el signo de nuestros tiempos. Por una parte miles de personas yacen desde hace cien años bajo cruces de madera para toda la eternidad. Por otra, otros cientos se hacen selfies con el teléfono móvil, sin un atisbo de respeto hacia unos niños obligados a envejecer prematuramente, sometidos a la ceguedad y la indiferencia de las grandes cabezas pensantes de principios del siglo XX. Esas que - como Sonámbulos - metieron a Europa en un conflicto que nadie entendía, pero que todos alimentaban. Carne joven y móviles de cuarta generación cien años después.

Desde aquella sobrecogedora visita tomé como algo personal rendir un tributo a aquellos hombres, leyendo libros sobre la contienda y viajando a otro de los escenarios más cruentos de la Guerra, Verdún, en la región de Lorena (Francia). Donde se libró la más mortífera batalla de la contienda. Doscientos cincuenta mil muertos. Silencio. Hay que reflexionar sobre esto. 

Mucho se ha escrito sobre esta batalla, y documentales (si buscáis en Youtube) hay miles. Desde febrero hasta julio de 1916, alemanes y franceses lucharon en este saliente del frente dominado por fuertes que eran tomados alternativamente por uno u otro bando. La estrategia era simple, se lanzaba a gente a la desesperada, se tomaban unos metros y vuelta para atrás al día siguiente. Hasta que la cosa no dio de sí, claro. Un ser humano con una media de veinte años no se genera así como así. Primero tienen que pasar estos años, alimentarlo, vestirlo, hacerlo persona, engañarlo para ir a la guerra o amenazarlo. Y claro, esto no se hace con una maquinita, los recursos llegan donde llegan. Total que la masacre, una vez acabada la carne picada, quedó ahí.

Hoy hay un mausoleo y un osario donde se acumulan huesos anónimos. En un acto de civismo decidieron que tanto ganadores como perdedores eran víctimas, y les hicieron un depósito para su restos. Probablemente no querían gastar el dinero en esto, y así mataron dos pájaros de un tiro. Ojo que esto es muy típico de los gobernantes, gestionar la grandilocuencia vacía de contenido con la subsiguiente distracción de dinero para otros fines. 

Pues bien, si pensáis que en Verdún todo es un homenaje a los caídos, donde el Gobierno Francés ha dotado de 'grandeur' a un espacio ocupado por las malas hierbas tapando los impactos de lo obuses, chasco del bueno que os vais a llevar. Francia, al igual que el resto del mundo, ha olvidado Verdún. No cuadra con el modelo actual de diversión, el del espectáculo jovial y sin contenido. Por eso es mejor dejar las cosas como están, ofrecer un mínimo de diversión y así pasamos de puntillas sobre el demoledor juicio de la historia.

Por eso os recomiendo que vayáis y hasta que lloréis, es bueno. De paso os leéis dos libros imprescindibles. Uno es "Sonámbulos" de Christopher Clark. Otro "Cañones de Agosto" de Barbara Tuchman. 

Sobre novelas os hablaré, porque hay pocas, pero realmente buenas.

Y ahora a reflexionar.
M.


«En los campos de Flandes
crecen las amapolas.
Fila tras fila
entre las cruces que señalan nuestras tumbas.
Y en el cielo aún vuela y canta la valiente alondra,
escasamente oída por el ruido de los cañones.
Somos los muertos.
Hace pocos días vivíamos,
cantábamos, amábamos y éramos amados.
Ahora yacemos en los campos de Flandes.
Contra el enemigo continuad nuestra lucha,
tomad la antorcha que os arrojan nuestras manos agotadas.
Mantenerla en alto.
Si faltáis a la fe de nosotros muertos,
jamás descansaremos,
aunque florezcan
en los campos de Flandes,
las amapolas».

John McCrae
3 de Mayo 1915 (2ª Batalla de Ypres)


domingo, 19 de marzo de 2017

Ruslán camina por Gran Vía

La prensa es un asco. Así directamente. Los periodistas escriben sin rigor, sin conocimiento ni coherencia. En esto – mal que me pese – tengo que dar la razón al teatrero de Trump, gran parte de los desencuentros y movidas sociales están generadas por la inconsciencia y temeridad periodística.
Cuando lees algo agradable, lleno de sentido y sorprendente, es obra de alguien que no se dedica al periodismo, tiene otra profesión, o es - sencillamente - escritor. Hilvanar las palabras, darles forma, mostrar un todo lleno de armonía y chicha es un don que bebe de dos fuentes, una la propia sensibilidad de la persona y otra su bagaje personal por este mundo, su capacidad para observar. 

Hay personas que viajan a Bután y lo más que dicen es que todo resultó 'muy bonito', otras como Elvira Lindo son capaces de reflexionar sobre la calle en la que trabajan cada día, y eso sin moverse ni un centímetro de su rutina. Su descripción de la Gran Vía de Madrid y sus sensaciones me hicieron pensar. He paseado tanto por Gran Vía, ha sido mi sustento neuronal durante diez años. Cada tarde, caminando hacia casa, me perdía entre gente de todo tipo, me mimetizaba sin objetivo ni pretensión. Era simplemente uno más deslizándome por un lugar que rezuma pulso y vitalidad. Recuerdo haber oído que todo lo acontecido en España en los últimos cien años ha tenido como escenario la Gran Vía, revueltas, guerras, desfiles, bodas, movida madrileña... Un todo heterogéneo y visceral. No sólo es la propia arteria de Madrid, son los aledaños, las calles que desembocan allí, los callejones, las almas que deambulan por un decorado espontáneo y lleno de una esperpéntica e inclasificable vitalidad. 

Es cierto lo que dice Elvira Lindo, que está perdiendo su castiza esencia, ese toque español teñido de falsa internacionalización cosmopolita. Ahora es un decorado de tiendas que producen objetos de usar y tirar a un ritmo trepidante, y que, sin que nos demos cuenta, nos obliga a renovar cada año nuestra ropa, nuestra casa y - si nos descuidamos - hasta nuestra propia alma. Nadie, por ejemplo, cuando llega la Navidad se le ocurre irse a otro lugar que no sea la Gran Vía. En verano, con un calor de justicia, si alguien habla de tomar cañas, lo primero que se le viene a la cabeza es una terracita por los alrededores del Centro. Pensar otra cosa es un sacrilegio. Alcaldes de toda ideología han intentado dotar de espacio vital a los peatones, con éxito desigual, por no decir fracaso. Porque que la calle del Aguacate sea una cochambre, da igual, pero la Gran Vía es el corazón del bullicio y la vida de Madrid. 

Y así, plas, un día estoy leyendo un libro sobre los campos de concentración estalinistas, y asocio la mansedumbre de los presos y la obediencia ciega de los perros guardianes (argumento de la novela) con los seres humanos que desfilan cada día por la Gran Vía. Y entonces, sin ser alarmista, me doy cuenta que de una forma u otra, el hombre se somete voluntariamente a cualquier tipo de tiranía o uniformidad sin poner apenas resistencia. Desfila como una bestia mansa (un perro) allá por donde lo hacen los demás. Y eso, he aquí lo sorprendente, le hace sentirse libre. A mi la primera. 



Sí, es exagerado comparar una avenida llena de vida con un campo de concentración en medio de Siberia, vale, me he pasado. Parece que estoy igualando la tierra de la abundancia con recintos repletos de harapientos muertos de hambre rodeados de perros adiestrados sin criterio propio. Pero no, no lo hago. Esa es la lectura fácil. En realidad lo que quiero decir es lo contrario, nos sentimos libres porque, sometidos al criterio de la masa, nos sentimos dotados de libre albedrío. Somos sorprendentes. Nos sentimos libres cuando menos lo somos. 

Si leéis 'El fiel Ruslán' de Gueorgui Vladimov, espero que entendáis lo que quiero decir. ¿Qué parte de nosotros es nuestra propia y qué parte nos graban cada día a sangre y fuego? ¿Cómo transmitimos nuestra crueldad a lo que nos rodea, a los animales a otros humanos? ¿De qué forma? Cuando andamos por Gran Vía, ¿qué parte de nosotros es la que nos dirige a Primark como si fuésemos autómatas?

Últimamente lo que veo y leo sobre nuestro mundo me lleva a pensar cosas extrañas. No puedo evitarlo.
Leed mucho.
S.

martes, 31 de enero de 2017

¡Viva la felicidad Yankie-Trumpiana-La la Land!

Todo el mundo habla de Trump y de su política esquizoide contra el mundo, recordad… ‘América First, América First’, y así hasta cien veces en su discurso de investidura. ¡Como si América no hubiera sido lo primero desde la Segunda Guerra Mundial y el voluntario suicidio de Europa! América lleva vendiéndonos su cultura, su forma de vida, su capitalismo voraz, sus actores, sus escritores desde hace setenta años. Ya lo he dicho en este blog más de una vez, no existe nada que no sea Estados Unidos en Estados Unidos.

Para hacerle el juego sucio a América y actuar de contrapeso está Europa, pero no logra afianzar un liderazgo confortable. Ahora que los angloparlantes quieren someterse a su propio y voluntario suicidio… ¡Qué gran momento podría ser para nosotros! Pero claro, ¿Cuál sería la lengua franca? ¿Quién asumiría el control de la Europa Unida? ¿Quién frenaría la xenofobia? Recordemos que los hombres tienen una manía obsesiva de echar la culpa de su ineficacia a otros, ya lo veo venir, Italia y España son unos vagos y se echan la siesta sin parar. Una máquina de dormir y no hacer nada. Los italianos además comen pasta y son unos delincuentes. Eso sí, todos a Italia y a España porque los del norte son de lo más aburrido. Y así, con este soporífero discurso repetido hasta la saciedad (tipo ‘américa first’ pero en versión paella o pizza napolitana), llegaríamos al 2030 igual o peor de lo que estamos ahora.


Por cierto, ¿Qué está haciendo Europa con los refugiados? ¿Cuántos de nosotros acogeríamos a alguien en nuestra casa? No hace falta, tranquilos, porque la Unión Europea ya destina una partida de su presupuesto para sobornar a Turquía y Grecia. Con ese dinero ellos hacinan a refugiados e inmigrantes de diversas tipologías en campos varios, con la única intención de que no amenacen el modo de vida del viejo y solidario continente. Ay, ay, ay. ¡Qué hipócritas somos!

Mientras criticamos (con razón) a Trump, nos tragamos todas las bazofias que van viviendo del otro lado del Atlántico sin rechistar. Y magnificamos lo que ellos magnifican sin mover una ceja ni poner un pero. Catorce nominaciones a los Oscars para ‘La la Land, la ciudad de la Alegría’. Más de dos horas de exposición del modo de vida yanqui, cuatro saltos bailarines y el cine hecho por ellos como única vía para conseguir los sueños. Los sueños entre paseos por una ciudad desnortada, sin centro urbano y que roza la total desolación. Casi prefiero ser un vendedor ambulante en Florencia y tocar cada uno de los días de mi vida lo verdaderamente sublime. Pero claro, considerando que esta película es lo más grande, no contemplo la manera de convencer al ciudadano medio de que la felicidad es simplemente levantarte cada día e intentar sonreír con cada pequeña tontería que te rodea.



¡Viva la felicidad Yankie-Trumpiana-La la Land!

Conste que yo consumo y he consumido producto americano sin parar. ¿He comentado aquí que soy una fanática de la música de Michael Jackson y de sus coreografías? Si, lo confieso. También confieso que no he superado su muerte. Ni quiero. Muchas personas se meten conmigo, porque solo ven en él a un monstruo informe, operado, blanqueado y transformado. No ven más allá, es decir, al genio que fue capaz de cambiar la forma de concebir la música Pop desde su genuina candidez. Para eso se requiere ir un paso más allá, hay que comprender a la sociedad americana de los años ochenta, su transformación, la evolución de la música negra durante los sesenta y setenta. Hay que viajar a Indiana y ver el suburbio donde nació Michael Jackson y empaparse del mundo casi subdesarrollado de esa América industrial profunda. Hay que pensar que los yanquies no son esos seres sofisticados que pasean en cochazos por Park Avenue, y que la gran masa obedece a una tipología de ser humano que habita en casas destartaladas en medio de la nada, esperando contemplar el resurgimiento de América (First) y experimentar esa grandeza que les cuentan, pero que no acaban de disfrutar. Por eso han votado a Trump, y eso es lo que aquí no hemos entendido.

Os animo a pensar, reflexionar y viajar. A ser posible sin guía, nunca os llevaría a estos sitios Yankie-Trumpianos-La la Land.

martes, 17 de enero de 2017

Pickwick y la electrizante candidez.

Hace meses, diría años, que no leo un solo periódico. 
Hace meses, diría lustros, que no comprendo ni uno solo de los informes que se publican con datos macroeconómicos, cifras y otros análisis más o menos sesudos sobre híbridos financieros que se colocan a incautos para seguir moviendo la rueda de un sistema financiero agónico, que se hace trampas a sí mismo.
Hace meses, diría décadas, que me negué a entender la realidad, porque no quiero comprender nada de este mundo. 
Así de sencillo.
Creo que la felicidad es precisamente llegar a ser capaz de rechazar todo aquello que juzgas nocivo para tu cerebro y - cuando no lo consigues - lograr que los ataques no te afecten lo más mínimo. De otra forma estás, LITERALMENTE, perdido. Sólo te queda caer en la desesperación.
Por eso recomiendo leer y leer, viajar y observar. Creando así un mundo paralelo.
Cuando a Eduardo Mendoza le preguntaron qué le hubiese gustado escribir, no lo dudó... "Alguna de las novelas de Charles Dickens". Entendí que con esa afirmación quería - además de ensalzarlo - poner a Dickens dentro de los creadores de denuncia sutil, de los fabricantes de mundos ficticios que muestran lo crudo de una humanidad deshumanizada y llena de dogmas absurdos que nos obligan a buscar otras salidas, otras miradas, otra felicidad.
Al hilo de esta búsqueda escribía Leopoldo Abadía en su blog algo tan simple como que la ilusión es para quien la trabaja. Estamos tan acostumbrados al Estado de Bienestar, que el entretenimiento y la felicidad tienen que crearla otros, poner nuestro nombre y darnos el paquete de la ilusión, hecho a medida, sin gastar nosotros una neurona.
Creo que ahí está una de las claves de la crispación en la que vivimos, poca gente crea su propia ilusión. Por irreal y absurda que pueda parecer, seguro que es mejor que la tonta e irrelevante marea que nos arrastra.

Con este estado mental, me decidí a adquirir y leer "Los papeles Póstumos del Club Pickwick", del ya mencionado Dickens. Su primera novela por entregas (algo muy común en la época), cuyo primer capítulo fue publicado en 1836. Con más influencias del Quijote de las que los ingleses jamás hayan admitido, cuenta las aventuras de Samuel Pickwick, creador del club que lleva su nombre, y de sus tres amigos, Nathaniel Winkle, Augustus Snodgrass y Tracy Tupman. Los cuatro, se lanzan al mundo en busca de aventuras sin pies ni cabeza, intentando anotar y documentar todo aquello de original y relevante tiene el el mundo de la Inglaterra Victoriana. La realidad es otra, y ni ellos mismos parecen darse cuenta. En su electrizante y adictiva candidez, les dan por todos lados (como al pobre Quijote), viéndose envueltos en aventuras esperpénticas que ni tan siquiera son capaces de interpretar desde su inexperta visión del mundo, pero que a Dickens le sirven para destapar de forma sutil todos los males de un modelo social que él había sufrido en sus propias carnes y que era - al igual que el nuestro - un compendio de miseria, sufrimiento, hipocresía, mojigaterismo, falsa piedad y lucha pura y simple por la supervivencia.





A modo de Sancho Panza dibuja al criado de Pickwick, Sam Weller. El pobre muchas veces no sabe hacia donde tirar y acaba contagiándose de la bondad del cuarteto, porque... ¡gracias a Dios! La bondad es contagiosa. O tal vez innata, esto no queda muy claro, porque en el mundo real tampoco podemos llegar a una solución inapelable.
Todo en este libro es tan inglés, tan prosaico, tan divertido, tan mordaz, tan victoriano. Tan... cruel y tierno al mismo tiempo.
Pensando en Pickwick, y en todo lo genuinamente británico, imbuida de esencias londinenses, un día navideño me levanté con la triste noticia de la muerte de George Michael y claro, como tenía el libro en la cabeza, no pude evitar asociar términos. Profundizando en la vida del cantante, he sabido que era una persona generosa y altruista, a la que el mundo de la farandula hizo pedazos. ¡Me gustaba tanto George Michael! Y estos días, al leer muchos detalles de su vida, reflexionaba sobre la grandilocuencia de la generosidad. La ilusión en paquetes gigantes creada a medida como un bluf, esa que nos muestran las grandes personalidades enfundadas en trajes millonarios. 
Para buscar la verdadera luz, la ilusión simple y espontánea, tengo que viajar con Pickwick a la Inglaterra victoriana mientras recuerdo lo feliz que era escuchando a George Michael. Sí, es verdad, a veces somos tan felices que no nos damos ni cuenta.
M.


domingo, 18 de diciembre de 2016

Mendoza y el Ilustre Caballero de la Triste Figura.

He tenido ocasión de hablar con Eduardo Mendoza dos veces. Es un tipo tímido, poco expansivo y humilde. Sorprendido cuando lo reconocen y poco amigo de hablar de sí mismo. Narraré en pocas palabras estos dos encuentros.

El primero de ellos tuvo lugar en Barcelona, allá por el año 2008. En un restaurante/escuela cuyo nombre no recuerdo, comandado por un judío (aporto este detalle porque cuando se paseó por las mesas para preguntar qué tal estaba todo, dejó caer ese detalle varias veces) y que casi seguro estaba por la Vía Laietana. Yo había ido por trabajo, y tras soportar unas soporíferas charlas en las que mi entonces esnob jefe se pavoneó como un idiota, nos fuimos a gastar el dinero del accionista (trabajo para una Sociedad Anónima) a este restaurante de relumbre y distinción. Y mira tú por donde, justo detrás de mi estaba Mendoza. Yo no lo había visto, pero mi jefe, sí. Nos lo hizo notar y nos prohibió ir a saludarlo, dando como excusa que - tal vez - al escritor no le gustase. Yo enseguida comencé a pensar como saltarme la prohibición, ya por entonces Mendoza era uno de mis escritores imprescindibles, de esos que citas una y otra vez en conversaciones casuales. 

Mi jefe (no ha muerto, pero se jubiló hace algunos años) era un tipo al que le encantaba escucharse a sí mismo. Se creía cultísimo y patinaba sin parar sobre lodos varios porque - sin ser tonto - estaba lejos de ser un genio. Era una especie de dictador esnob y grotesco que no hubiera soportado que uno de sus subordinados - al hablar con Mendoza - hubiera puesto de manifiesto algún tipo de superioridad, por microscópica que esta fuese.

Temblando de pies a cabeza, me acerqué a saludar a Mendoza y de paso caí varios peldaños en el organigrama de la empresa. Lo que no sabían mis superiores (creo que no lo han sabido nunca) es que caer en el abismo me importaba un bledo, siempre que tuviera la ocasión de charlar un rato con el escritor de 'La verdad sobre el caso Savolta'. Para las personas que ven su vida pasar a través de las decisiones estúpidas de otros, que se ofrecen a chupar miembros viriles en comidas de Navidad con tal de tener un puestecillo pirrioso en una Organización de mierda, esto es difícil de comprender. Ellos sólo verían al compañero de Gurb, en sus andanzas por Barcelona justo antes de los Juegos Olímpicos de 1992, como a un ente incomprensible e incatalogable. No a un alienígena que saca a al luz todas nuestras miserias y nuestros absurdos. Pero el que se rodea de inmundicia es incapaz de distinguir ni discernir nada entre el lodo de la estupidez. 

Esa sinrazón constante y esperpéntica es fabulosamente retratada por Eduardo Mendoza, da igual el libro suyo que caiga en tus manos, en todos subyace una fina crítica sobre un mundo - el nuestro - que se mueve por impulsos irracionales y ridículos.

09.55. Bajo la apariencia de Julio Romero de Torres (en su versión con paraguas), me naturalizo en el bar del pueblo, me arreo un par de huevos fritos con bacon y hojeo la prensa matutina. Los humanos tienen un sistema conceptual tan primitivo que para enterarse de lo que sucede han de leer los periódicos. No saben que un simple huevo de gallina contiene mucha más información que toda la prensa que se edita en el país. Y más fidedigna. En los que acaban de servirme, y a pesar del aceitazo que los empaña, leo las cotizaciones de bolsa, un sondeo de opinión sobre la honradez de los políticos (un 70 por ciento de las gallinas cree que los políticos son honrados) y el resultado de los partidos de baloncesto que se disputarán mañana. ¡Oh, cuán fácil les sería la vida a los humanos si alguien les hubiera enseñado a descodificar!
"Sin noticias de Gurb" 1991.

La segunda vez que charlé con él fue en el hall del Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid. Él paseaba solo, y esta vez- sin soportar la presión de la estupidez - le saludé de forma casual. Me dijo que le gustaba Madrid y que le extrañaba que alguien le comentase que le gustaban sus libros, porque la realidad era que no se vendía ni uno, con un tono entre sarcástico y melancólico. 




Y así, llegamos a Noviembre de 2016 y Eduardo Mendoza gana el Premio Cervantes. Para mí el más importante premio literario que existe. Había antes otro premio que era relevante, el Nobel, pero desde que se lo otorgan a seres que no han escrito en su vida un libro, dejó de tener valor. Confieso que cuando leí la noticia sentí una alegría inmensa. Por decirlo de forma sencilla... ¡Me encanta como escribe! 

- ¡Me sobra de todo para cantar en el Liceo, colgajo de mierda!
- ¡Te sobra finura, putarranco! - aulló el vejete.
- Muchas quieran tener de lo que a mi me sobra - gritó la cantante y se sacó por encima del escote una tetas como tinajas. El vejete se abrió los pantalones y se puso a orinar burlonamente. La cantante dio media vuelta y se retiró bamboleante y digna. Sin esperar aplausos. Al llegar a las cortinas, tras el piano, se giró en redondo y dijo solemne:- ¡Te parieron en una escupidera, marica!

(...)

JUEZ DAVIDSON: ¿Fueron al cabaret en busca de esparcimiento?
MIRANDA: Oh, no.
J.D.: ¿Por qué dice "oh, no"?
M: No era propiamente un cabaret.
J.D.: ¿Qué quiere decir?
M: Era un antro asqueroso. Un vertedero.
"La verdad sobre el caso Savolta" 1975

Sí, lo sé. Es genial.

¿Es justo comparar a Mendoza con otros ganadores del Cervantes como Vargas Llosa, Fernando del Paso, Delibes, Roa Bastos...? No. Quizás su literatura no sea tan intensa, ni tan minuciosa. Su prosa es más ligera y permeable. Te sacude de risa y - al segundo - te provoca el llanto sin darte cuenta. 

Entonces, ¿por qué Mendoza? Mi explicación se sustenta en los dos fugaces encuentros que mantuve con él. En su timidez y en su equilibrio sosegado y contagioso.

Mendoza encarna al Caballero de la Triste Figura, al observador sigiloso y certero de un mundo quijotesco. Es el retratista de los que no pueden pagar el precio de su dignidad, de los que pierden el sentido de la proporción en una sociedad que olvidó los motivos de sus luchas, renunciando con ello a cualquier logro loable.

Nadie mejor que él para ganar un premio cuya figura central es un Caballero Andante anacrónico cuya locura encierra la verdad y cuya búsqueda de ideales nobles e inalcanzables, es imposible en una sociedad injusta.

Leed mucho.
M.