jueves, 23 de marzo de 2017

Verdún y el olvido de los verdaderos HÉROES.

Hace cien años (¡CIEN AÑOS!), Europa se encontraba enfangada de lodo y sangre a causa de la Primera Guerra Mundial. Sí, esa guerra que por su obsesiva manía de triturar a seres humanos sin piedad, hemos olvidado. O nos han hecho olvidar. ¡Quién sabe! 

Hay episodios por los que se pasan de puntillas, y otros se magnifican machaconamente. Véase la Inquisición Española. Alemanes, franceses e ingleses insisten en su literatura, cine y vida diaria en recordar este episodio - truculento, qué duda cabe - de forma maligna e incisiva. Pero pasan por alto cómo su afán de dominar el mundo, su xenofobia y su imperialismo desmedido llegaron a su punto álgido en 1914, cuando iniciaron con toda frialdad un conflicto al que enviaban a niños a ser triturados, gaseados y eliminados de la faz de la tierra de forma industrial y sin ningún atisbo de remordimiento. Es lo que tiene intentar dominar el mundo. (¡Atentos! ¡La cosa sigue igual!)

Esos héroes fueron olvidados y ninguneados. Sus huesos -algunos sin identificar - reposan en campos donde el silencio es abrumador, esa quietud que te anula y te conmueve, mientras paseas por las filas de cruces. Filas de vidas segadas por la ambición y el desprecio de otros. Reconozco que cuando paseé por el sitio de la Batalla del Somme lloré desconsoladamente. Lloré por el olvido, porque a los verdaderos héroes, nunca, jamás, nadie los recuerda. 



¿De qué sirven esas celebraciones institucionales? De nada, porque nadie se ha sentado a pensar en la inconmensurable tragedia que es tener 18 años y pasarte meses en un trinchera con el único objetivo de matar, matar y matar sin estrategia a alguna a otros desgraciados como tú. En esto se resume todo. Y cuando más leo sobre la Gran Guerra, más claro lo veo. Es así de sencillo.

Hace dos años viajé a Flandes, a sus campos, donde crecen las amapolas, fila tras fila, sobre las tumbas de esos héroes. En Ypres y en El Somme me encontré un espectáculo truculento, una mezcla de desolación y folclore que es el signo de nuestros tiempos. Por una parte miles de personas yacen desde hace cien años bajo cruces de madera para toda la eternidad. Por otra, otros cientos se hacen selfies con el teléfono móvil, sin un atisbo de respeto hacia unos niños obligados a envejecer prematuramente, sometidos a la ceguedad y la indiferencia de las grandes cabezas pensantes de principios del siglo XX. Esas que - como Sonámbulos - metieron a Europa en un conflicto que nadie entendía, pero que todos alimentaban. Carne joven y móviles de cuarta generación cien años después.

Desde aquella sobrecogedora visita tomé como algo personal rendir un tributo a aquellos hombres, leyendo libros sobre la contienda y viajando a otro de los escenarios más cruentos de la Guerra, Verdún, en la región de Lorena (Francia). Donde se libró la más mortífera batalla de la contienda. Doscientos cincuenta mil muertos. Silencio. Hay que reflexionar sobre esto. 

Mucho se ha escrito sobre esta batalla, y documentales (si buscáis en Youtube) hay miles. Desde febrero hasta julio de 1916, alemanes y franceses lucharon en este saliente del frente dominado por fuertes que eran tomados alternativamente por uno u otro bando. La estrategia era simple, se lanzaba a gente a la desesperada, se tomaban unos metros y vuelta para atrás al día siguiente. Hasta que la cosa no dio de sí, claro. Un ser humano con una media de veinte años no se genera así como así. Primero tienen que pasar estos años, alimentarlo, vestirlo, hacerlo persona, engañarlo para ir a la guerra o amenazarlo. Y claro, esto no se hace con una maquinita, los recursos llegan donde llegan. Total que la masacre, una vez acabada la carne picada, quedó ahí.

Hoy hay un mausoleo y un osario donde se acumulan huesos anónimos. En un acto de civismo decidieron que tanto ganadores como perdedores eran víctimas, y les hicieron un depósito para su restos. Probablemente no querían gastar el dinero en esto, y así mataron dos pájaros de un tiro. Ojo que esto es muy típico de los gobernantes, gestionar la grandilocuencia vacía de contenido con la subsiguiente distracción de dinero para otros fines. 

Pues bien, si pensáis que en Verdún todo es un homenaje a los caídos, donde el Gobierno Francés ha dotado de 'grandeur' a un espacio ocupado por las malas hierbas tapando los impactos de lo obuses, chasco del bueno que os vais a llevar. Francia, al igual que el resto del mundo, ha olvidado Verdún. No cuadra con el modelo actual de diversión, el del espectáculo jovial y sin contenido. Por eso es mejor dejar las cosas como están, ofrecer un mínimo de diversión y así pasamos de puntillas sobre el demoledor juicio de la historia.

Por eso os recomiendo que vayáis y hasta que lloréis, es bueno. De paso os leéis dos libros imprescindibles. Uno es "Sonámbulos" de Christopher Clark. Otro "Cañones de Agosto" de Barbara Tuchman. 

Sobre novelas os hablaré, porque hay pocas, pero realmente buenas.

Y ahora a reflexionar.
M.


«En los campos de Flandes
crecen las amapolas.
Fila tras fila
entre las cruces que señalan nuestras tumbas.
Y en el cielo aún vuela y canta la valiente alondra,
escasamente oída por el ruido de los cañones.
Somos los muertos.
Hace pocos días vivíamos,
cantábamos, amábamos y éramos amados.
Ahora yacemos en los campos de Flandes.
Contra el enemigo continuad nuestra lucha,
tomad la antorcha que os arrojan nuestras manos agotadas.
Mantenerla en alto.
Si faltáis a la fe de nosotros muertos,
jamás descansaremos,
aunque florezcan
en los campos de Flandes,
las amapolas».

John McCrae
3 de Mayo 1915 (2ª Batalla de Ypres)


domingo, 19 de marzo de 2017

Ruslán camina por Gran Vía

La prensa es un asco. Así directamente. Los periodistas escriben sin rigor, sin conocimiento ni coherencia. En esto – mal que me pese – tengo que dar la razón al teatrero de Trump, gran parte de los desencuentros y movidas sociales están generadas por la inconsciencia y temeridad periodística.
Cuando lees algo agradable, lleno de sentido y sorprendente, es obra de alguien que no se dedica al periodismo, tiene otra profesión, o es - sencillamente - escritor. Hilvanar las palabras, darles forma, mostrar un todo lleno de armonía y chicha es un don que bebe de dos fuentes, una la propia sensibilidad de la persona y otra su bagaje personal por este mundo, su capacidad para observar. 

Hay personas que viajan a Bután y lo más que dicen es que todo resultó 'muy bonito', otras como Elvira Lindo son capaces de reflexionar sobre la calle en la que trabajan cada día, y eso sin moverse ni un centímetro de su rutina. Su descripción de la Gran Vía de Madrid y sus sensaciones me hicieron pensar. He paseado tanto por Gran Vía, ha sido mi sustento neuronal durante diez años. Cada tarde, caminando hacia casa, me perdía entre gente de todo tipo, me mimetizaba sin objetivo ni pretensión. Era simplemente uno más deslizándome por un lugar que rezuma pulso y vitalidad. Recuerdo haber oído que todo lo acontecido en España en los últimos cien años ha tenido como escenario la Gran Vía, revueltas, guerras, desfiles, bodas, movida madrileña... Un todo heterogéneo y visceral. No sólo es la propia arteria de Madrid, son los aledaños, las calles que desembocan allí, los callejones, las almas que deambulan por un decorado espontáneo y lleno de una esperpéntica e inclasificable vitalidad. 

Es cierto lo que dice Elvira Lindo, que está perdiendo su castiza esencia, ese toque español teñido de falsa internacionalización cosmopolita. Ahora es un decorado de tiendas que producen objetos de usar y tirar a un ritmo trepidante, y que, sin que nos demos cuenta, nos obliga a renovar cada año nuestra ropa, nuestra casa y - si nos descuidamos - hasta nuestra propia alma. Nadie, por ejemplo, cuando llega la Navidad se le ocurre irse a otro lugar que no sea la Gran Vía. En verano, con un calor de justicia, si alguien habla de tomar cañas, lo primero que se le viene a la cabeza es una terracita por los alrededores del Centro. Pensar otra cosa es un sacrilegio. Alcaldes de toda ideología han intentado dotar de espacio vital a los peatones, con éxito desigual, por no decir fracaso. Porque que la calle del Aguacate sea una cochambre, da igual, pero la Gran Vía es el corazón del bullicio y la vida de Madrid. 

Y así, plas, un día estoy leyendo un libro sobre los campos de concentración estalinistas, y asocio la mansedumbre de los presos y la obediencia ciega de los perros guardianes (argumento de la novela) con los seres humanos que desfilan cada día por la Gran Vía. Y entonces, sin ser alarmista, me doy cuenta que de una forma u otra, el hombre se somete voluntariamente a cualquier tipo de tiranía o uniformidad sin poner apenas resistencia. Desfila como una bestia mansa (un perro) allá por donde lo hacen los demás. Y eso, he aquí lo sorprendente, le hace sentirse libre. A mi la primera. 



Sí, es exagerado comparar una avenida llena de vida con un campo de concentración en medio de Siberia, vale, me he pasado. Parece que estoy igualando la tierra de la abundancia con recintos repletos de harapientos muertos de hambre rodeados de perros adiestrados sin criterio propio. Pero no, no lo hago. Esa es la lectura fácil. En realidad lo que quiero decir es lo contrario, nos sentimos libres porque, sometidos al criterio de la masa, nos sentimos dotados de libre albedrío. Somos sorprendentes. Nos sentimos libres cuando menos lo somos. 

Si leéis 'El fiel Ruslán' de Gueorgui Vladimov, espero que entendáis lo que quiero decir. ¿Qué parte de nosotros es nuestra propia y qué parte nos graban cada día a sangre y fuego? ¿Cómo transmitimos nuestra crueldad a lo que nos rodea, a los animales a otros humanos? ¿De qué forma? Cuando andamos por Gran Vía, ¿qué parte de nosotros es la que nos dirige a Primark como si fuésemos autómatas?

Últimamente lo que veo y leo sobre nuestro mundo me lleva a pensar cosas extrañas. No puedo evitarlo.
Leed mucho.
S.

martes, 31 de enero de 2017

¡Viva la felicidad Yankie-Trumpiana-La la Land!

Todo el mundo habla de Trump y de su política esquizoide contra el mundo, recordad… ‘América First, América First’, y así hasta cien veces en su discurso de investidura. ¡Como si América no hubiera sido lo primero desde la Segunda Guerra Mundial y el voluntario suicidio de Europa! América lleva vendiéndonos su cultura, su forma de vida, su capitalismo voraz, sus actores, sus escritores desde hace setenta años. Ya lo he dicho en este blog más de una vez, no existe nada que no sea Estados Unidos en Estados Unidos.

Para hacerle el juego sucio a América y actuar de contrapeso está Europa, pero no logra afianzar un liderazgo confortable. Ahora que los angloparlantes quieren someterse a su propio y voluntario suicidio… ¡Qué gran momento podría ser para nosotros! Pero claro, ¿Cuál sería la lengua franca? ¿Quién asumiría el control de la Europa Unida? ¿Quién frenaría la xenofobia? Recordemos que los hombres tienen una manía obsesiva de echar la culpa de su ineficacia a otros, ya lo veo venir, Italia y España son unos vagos y se echan la siesta sin parar. Una máquina de dormir y no hacer nada. Los italianos además comen pasta y son unos delincuentes. Eso sí, todos a Italia y a España porque los del norte son de lo más aburrido. Y así, con este soporífero discurso repetido hasta la saciedad (tipo ‘américa first’ pero en versión paella o pizza napolitana), llegaríamos al 2030 igual o peor de lo que estamos ahora.


Por cierto, ¿Qué está haciendo Europa con los refugiados? ¿Cuántos de nosotros acogeríamos a alguien en nuestra casa? No hace falta, tranquilos, porque la Unión Europea ya destina una partida de su presupuesto para sobornar a Turquía y Grecia. Con ese dinero ellos hacinan a refugiados e inmigrantes de diversas tipologías en campos varios, con la única intención de que no amenacen el modo de vida del viejo y solidario continente. Ay, ay, ay. ¡Qué hipócritas somos!

Mientras criticamos (con razón) a Trump, nos tragamos todas las bazofias que van viviendo del otro lado del Atlántico sin rechistar. Y magnificamos lo que ellos magnifican sin mover una ceja ni poner un pero. Catorce nominaciones a los Oscars para ‘La la Land, la ciudad de la Alegría’. Más de dos horas de exposición del modo de vida yanqui, cuatro saltos bailarines y el cine hecho por ellos como única vía para conseguir los sueños. Los sueños entre paseos por una ciudad desnortada, sin centro urbano y que roza la total desolación. Casi prefiero ser un vendedor ambulante en Florencia y tocar cada uno de los días de mi vida lo verdaderamente sublime. Pero claro, considerando que esta película es lo más grande, no contemplo la manera de convencer al ciudadano medio de que la felicidad es simplemente levantarte cada día e intentar sonreír con cada pequeña tontería que te rodea.



¡Viva la felicidad Yankie-Trumpiana-La la Land!

Conste que yo consumo y he consumido producto americano sin parar. ¿He comentado aquí que soy una fanática de la música de Michael Jackson y de sus coreografías? Si, lo confieso. También confieso que no he superado su muerte. Ni quiero. Muchas personas se meten conmigo, porque solo ven en él a un monstruo informe, operado, blanqueado y transformado. No ven más allá, es decir, al genio que fue capaz de cambiar la forma de concebir la música Pop desde su genuina candidez. Para eso se requiere ir un paso más allá, hay que comprender a la sociedad americana de los años ochenta, su transformación, la evolución de la música negra durante los sesenta y setenta. Hay que viajar a Indiana y ver el suburbio donde nació Michael Jackson y empaparse del mundo casi subdesarrollado de esa América industrial profunda. Hay que pensar que los yanquies no son esos seres sofisticados que pasean en cochazos por Park Avenue, y que la gran masa obedece a una tipología de ser humano que habita en casas destartaladas en medio de la nada, esperando contemplar el resurgimiento de América (First) y experimentar esa grandeza que les cuentan, pero que no acaban de disfrutar. Por eso han votado a Trump, y eso es lo que aquí no hemos entendido.

Os animo a pensar, reflexionar y viajar. A ser posible sin guía, nunca os llevaría a estos sitios Yankie-Trumpianos-La la Land.

martes, 17 de enero de 2017

Pickwick y la electrizante candidez.

Hace meses, diría años, que no leo un solo periódico. 
Hace meses, diría lustros, que no comprendo ni uno solo de los informes que se publican con datos macroeconómicos, cifras y otros análisis más o menos sesudos sobre híbridos financieros que se colocan a incautos para seguir moviendo la rueda de un sistema financiero agónico, que se hace trampas a sí mismo.
Hace meses, diría décadas, que me negué a entender la realidad, porque no quiero comprender nada de este mundo. 
Así de sencillo.
Creo que la felicidad es precisamente llegar a ser capaz de rechazar todo aquello que juzgas nocivo para tu cerebro y - cuando no lo consigues - lograr que los ataques no te afecten lo más mínimo. De otra forma estás, LITERALMENTE, perdido. Sólo te queda caer en la desesperación.
Por eso recomiendo leer y leer, viajar y observar. Creando así un mundo paralelo.
Cuando a Eduardo Mendoza le preguntaron qué le hubiese gustado escribir, no lo dudó... "Alguna de las novelas de Charles Dickens". Entendí que con esa afirmación quería - además de ensalzarlo - poner a Dickens dentro de los creadores de denuncia sutil, de los fabricantes de mundos ficticios que muestran lo crudo de una humanidad deshumanizada y llena de dogmas absurdos que nos obligan a buscar otras salidas, otras miradas, otra felicidad.
Al hilo de esta búsqueda escribía Leopoldo Abadía en su blog algo tan simple como que la ilusión es para quien la trabaja. Estamos tan acostumbrados al Estado de Bienestar, que el entretenimiento y la felicidad tienen que crearla otros, poner nuestro nombre y darnos el paquete de la ilusión, hecho a medida, sin gastar nosotros una neurona.
Creo que ahí está una de las claves de la crispación en la que vivimos, poca gente crea su propia ilusión. Por irreal y absurda que pueda parecer, seguro que es mejor que la tonta e irrelevante marea que nos arrastra.

Con este estado mental, me decidí a adquirir y leer "Los papeles Póstumos del Club Pickwick", del ya mencionado Dickens. Su primera novela por entregas (algo muy común en la época), cuyo primer capítulo fue publicado en 1836. Con más influencias del Quijote de las que los ingleses jamás hayan admitido, cuenta las aventuras de Samuel Pickwick, creador del club que lleva su nombre, y de sus tres amigos, Nathaniel Winkle, Augustus Snodgrass y Tracy Tupman. Los cuatro, se lanzan al mundo en busca de aventuras sin pies ni cabeza, intentando anotar y documentar todo aquello de original y relevante tiene el el mundo de la Inglaterra Victoriana. La realidad es otra, y ni ellos mismos parecen darse cuenta. En su electrizante y adictiva candidez, les dan por todos lados (como al pobre Quijote), viéndose envueltos en aventuras esperpénticas que ni tan siquiera son capaces de interpretar desde su inexperta visión del mundo, pero que a Dickens le sirven para destapar de forma sutil todos los males de un modelo social que él había sufrido en sus propias carnes y que era - al igual que el nuestro - un compendio de miseria, sufrimiento, hipocresía, mojigaterismo, falsa piedad y lucha pura y simple por la supervivencia.





A modo de Sancho Panza dibuja al criado de Pickwick, Sam Weller. El pobre muchas veces no sabe hacia donde tirar y acaba contagiándose de la bondad del cuarteto, porque... ¡gracias a Dios! La bondad es contagiosa. O tal vez innata, esto no queda muy claro, porque en el mundo real tampoco podemos llegar a una solución inapelable.
Todo en este libro es tan inglés, tan prosaico, tan divertido, tan mordaz, tan victoriano. Tan... cruel y tierno al mismo tiempo.
Pensando en Pickwick, y en todo lo genuinamente británico, imbuida de esencias londinenses, un día navideño me levanté con la triste noticia de la muerte de George Michael y claro, como tenía el libro en la cabeza, no pude evitar asociar términos. Profundizando en la vida del cantante, he sabido que era una persona generosa y altruista, a la que el mundo de la farandula hizo pedazos. ¡Me gustaba tanto George Michael! Y estos días, al leer muchos detalles de su vida, reflexionaba sobre la grandilocuencia de la generosidad. La ilusión en paquetes gigantes creada a medida como un bluf, esa que nos muestran las grandes personalidades enfundadas en trajes millonarios. 
Para buscar la verdadera luz, la ilusión simple y espontánea, tengo que viajar con Pickwick a la Inglaterra victoriana mientras recuerdo lo feliz que era escuchando a George Michael. Sí, es verdad, a veces somos tan felices que no nos damos ni cuenta.
M.


domingo, 18 de diciembre de 2016

Mendoza y el Ilustre Caballero de la Triste Figura.

He tenido ocasión de hablar con Eduardo Mendoza dos veces. Es un tipo tímido, poco expansivo y humilde. Sorprendido cuando lo reconocen y poco amigo de hablar de sí mismo. Narraré en pocas palabras estos dos encuentros.

El primero de ellos tuvo lugar en Barcelona, allá por el año 2008. En un restaurante/escuela cuyo nombre no recuerdo, comandado por un judío (aporto este detalle porque cuando se paseó por las mesas para preguntar qué tal estaba todo, dejó caer ese detalle varias veces) y que casi seguro estaba por la Vía Laietana. Yo había ido por trabajo, y tras soportar unas soporíferas charlas en las que mi entonces esnob jefe se pavoneó como un idiota, nos fuimos a gastar el dinero del accionista (trabajo para una Sociedad Anónima) a este restaurante de relumbre y distinción. Y mira tú por donde, justo detrás de mi estaba Mendoza. Yo no lo había visto, pero mi jefe, sí. Nos lo hizo notar y nos prohibió ir a saludarlo, dando como excusa que - tal vez - al escritor no le gustase. Yo enseguida comencé a pensar como saltarme la prohibición, ya por entonces Mendoza era uno de mis escritores imprescindibles, de esos que citas una y otra vez en conversaciones casuales. 

Mi jefe (no ha muerto, pero se jubiló hace algunos años) era un tipo al que le encantaba escucharse a sí mismo. Se creía cultísimo y patinaba sin parar sobre lodos varios porque - sin ser tonto - estaba lejos de ser un genio. Era una especie de dictador esnob y grotesco que no hubiera soportado que uno de sus subordinados - al hablar con Mendoza - hubiera puesto de manifiesto algún tipo de superioridad, por microscópica que esta fuese.

Temblando de pies a cabeza, me acerqué a saludar a Mendoza y de paso caí varios peldaños en el organigrama de la empresa. Lo que no sabían mis superiores (creo que no lo han sabido nunca) es que caer en el abismo me importaba un bledo, siempre que tuviera la ocasión de charlar un rato con el escritor de 'La verdad sobre el caso Savolta'. Para las personas que ven su vida pasar a través de las decisiones estúpidas de otros, que se ofrecen a chupar miembros viriles en comidas de Navidad con tal de tener un puestecillo pirrioso en una Organización de mierda, esto es difícil de comprender. Ellos sólo verían al compañero de Gurb, en sus andanzas por Barcelona justo antes de los Juegos Olímpicos de 1992, como a un ente incomprensible e incatalogable. No a un alienígena que saca a al luz todas nuestras miserias y nuestros absurdos. Pero el que se rodea de inmundicia es incapaz de distinguir ni discernir nada entre el lodo de la estupidez. 

Esa sinrazón constante y esperpéntica es fabulosamente retratada por Eduardo Mendoza, da igual el libro suyo que caiga en tus manos, en todos subyace una fina crítica sobre un mundo - el nuestro - que se mueve por impulsos irracionales y ridículos.

09.55. Bajo la apariencia de Julio Romero de Torres (en su versión con paraguas), me naturalizo en el bar del pueblo, me arreo un par de huevos fritos con bacon y hojeo la prensa matutina. Los humanos tienen un sistema conceptual tan primitivo que para enterarse de lo que sucede han de leer los periódicos. No saben que un simple huevo de gallina contiene mucha más información que toda la prensa que se edita en el país. Y más fidedigna. En los que acaban de servirme, y a pesar del aceitazo que los empaña, leo las cotizaciones de bolsa, un sondeo de opinión sobre la honradez de los políticos (un 70 por ciento de las gallinas cree que los políticos son honrados) y el resultado de los partidos de baloncesto que se disputarán mañana. ¡Oh, cuán fácil les sería la vida a los humanos si alguien les hubiera enseñado a descodificar!
"Sin noticias de Gurb" 1991.

La segunda vez que charlé con él fue en el hall del Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid. Él paseaba solo, y esta vez- sin soportar la presión de la estupidez - le saludé de forma casual. Me dijo que le gustaba Madrid y que le extrañaba que alguien le comentase que le gustaban sus libros, porque la realidad era que no se vendía ni uno, con un tono entre sarcástico y melancólico. 




Y así, llegamos a Noviembre de 2016 y Eduardo Mendoza gana el Premio Cervantes. Para mí el más importante premio literario que existe. Había antes otro premio que era relevante, el Nobel, pero desde que se lo otorgan a seres que no han escrito en su vida un libro, dejó de tener valor. Confieso que cuando leí la noticia sentí una alegría inmensa. Por decirlo de forma sencilla... ¡Me encanta como escribe! 

- ¡Me sobra de todo para cantar en el Liceo, colgajo de mierda!
- ¡Te sobra finura, putarranco! - aulló el vejete.
- Muchas quieran tener de lo que a mi me sobra - gritó la cantante y se sacó por encima del escote una tetas como tinajas. El vejete se abrió los pantalones y se puso a orinar burlonamente. La cantante dio media vuelta y se retiró bamboleante y digna. Sin esperar aplausos. Al llegar a las cortinas, tras el piano, se giró en redondo y dijo solemne:- ¡Te parieron en una escupidera, marica!

(...)

JUEZ DAVIDSON: ¿Fueron al cabaret en busca de esparcimiento?
MIRANDA: Oh, no.
J.D.: ¿Por qué dice "oh, no"?
M: No era propiamente un cabaret.
J.D.: ¿Qué quiere decir?
M: Era un antro asqueroso. Un vertedero.
"La verdad sobre el caso Savolta" 1975

Sí, lo sé. Es genial.

¿Es justo comparar a Mendoza con otros ganadores del Cervantes como Vargas Llosa, Fernando del Paso, Delibes, Roa Bastos...? No. Quizás su literatura no sea tan intensa, ni tan minuciosa. Su prosa es más ligera y permeable. Te sacude de risa y - al segundo - te provoca el llanto sin darte cuenta. 

Entonces, ¿por qué Mendoza? Mi explicación se sustenta en los dos fugaces encuentros que mantuve con él. En su timidez y en su equilibrio sosegado y contagioso.

Mendoza encarna al Caballero de la Triste Figura, al observador sigiloso y certero de un mundo quijotesco. Es el retratista de los que no pueden pagar el precio de su dignidad, de los que pierden el sentido de la proporción en una sociedad que olvidó los motivos de sus luchas, renunciando con ello a cualquier logro loable.

Nadie mejor que él para ganar un premio cuya figura central es un Caballero Andante anacrónico cuya locura encierra la verdad y cuya búsqueda de ideales nobles e inalcanzables, es imposible en una sociedad injusta.

Leed mucho.
M.












domingo, 4 de diciembre de 2016

Fidel y el hombre que amaba a los perros...

Fidel Casto ha muerto. Noventa años, casi un siglo de vivencias. Casi cien años haciendo el cabra, movido por la idea de la Revolución... ¡Ahí queda eso! ¡LA REVOLUCIÓN! Con mayúsculas. La clase obrera al poder, el mundo ideal del Comunismo haciéndonos a todos iguales e instaurando la dictadura del proletariado a nivel planetario. Lo entiendo perfectamente, lo apoyo y lo suscribo. Quizás hasta el año 1989. Después, cuando iban cayendo como un castillo de naipes todos los países comunistas, subiéndose al carro del capitalismo, ya no. Porque entonces - más siendo una isla - seguir emperrado en estas ideas era sinónimo de dictadura y miseria. Y lo que es peor, condenaba a miles de personas al hambre y al desarraigo, y - eso - no tiene perdón.

Pero Fidel era simpático a más no poder. ¡Qué chispa tenía! Ese acento, esa retranca, esa mezcla del Caribe y de España tan particular. Mantuvo el poder en su ínsula 'riéndose' de los americanos, mientras los americanos no se reían de él, se reían de los cubanos. Matándoles de hambre, pensando que el dictador se apiadaría de ellos y recapacitaría sobre la Revolución. Pero los americanos no acaban de pillar el pulso al resto de mentalidades dispersas por el mundo. Y claro, como conclusión, Fidel se ha muerto en la cama a los noventa años. 




Muchísimo se ha escrito estos días sobre él. Cosas tristes a más no poder, sobre todo cartas abiertas de exiliados que viven en España o Miami, que -básicamente - lo demonizan. Otros le defienden. Lo entiendo, si les ha ido bien con el Régimen vería mal lo contrario, poco honesto. Pero hay una cosa que me ha dejado perpleja, resulta que hay un registro documentado de las veces que los Presidentes de los Estados Unidos intentaron atentar contra su integridad (sin éxito, como ya sabemos). Reagan se lleva la palma, 197 ni más ni menos. Teniendo en cuenta que estuvo ocho años en el poder, si redondeamos a doscientos, tenemos que cada año de su mandato se tomó la molestia de mandar a gente para fulminarlo... VEINTICINCO VECES, más de dos veces cada mes... Yo alucino. Desde Eisenhower hasta Clinton....¡635 veces! han intentado matarlo. Luego ya desistieron, Bush hijo hablaba español (mal, pero el hombre ponía empeño) y Obama hasta ha levantado el bloqueo a Cuba. Aunque yo creo que han desistido al ver que esto no se les daba bien, si yo intento atentar contra una persona - con mil medios a mi alcance - más de seiscientas veces y no lo consigo, lo dejaría estar. Claro.

Junto a los planes de asesinato se idearon por parte de la CIA otros intentos para afectar a su imagen ante el pueblo, como unos polvos en los zapatos para que se le cayese la barba (que en aquellos años era un símbolo revolucionario) o rociar un estudio de televisión con LSD para que perdiera la compostura mientras hablaba.
Fuente: Wikipedia

Yo no puedo parar de reír, lo confieso. Es como la canción de 'Hombres G', de los polvos pica-pica, pero a nivel de Diplomacia Internacional. ¡´Pa habernos mataó!! Si es que el mundo no puede ir bien. 

¡Puf! ahora entiendo ¡por fin! el que hayan otorgado el Nobel de Literatura a Bob Dylan. Sé que ya lo he dicho en otras ocasiones... ¡Pero es que justo ahora lo he entendido! Si pretendían que se le cayera la barba a Fidel Castro con unos polvos... Lo de Dylan es una anécdota en este caldo de cultivo de estupideces. Lo hacen para mantenernos en vilo, está claro. 

Este es el razonamiento, estamos convencidos de que cuando alguien escribe una obra maestra como 'El hombre que amaba a los perros' merece el Nobel y mucho más. ¡Pues no! Resulta que un agente cubano echó unos polvos mágicos en las pantuflas de estar por casa de casi todos lo miembros de la Academia Sueca, enloquecieron, y se lo dieron a un cantante estadounidense. Un plan sin fisuras. 

Bueno, con algo de rodeo he llegado a Leonardo Padura. Me he servido de la muerte del dictador para acabar hablando de un cubano que escribe sobre las miserias y los entresijos del Comunismo, narrando la vida de Ramón Mercader, en su novela 'El hombre que amaba a los perros'. Un libro que - casualmente - terminé de leer hace un par de semanas. 

Ramón Mercader fue un tipo peculiar. Hijo de una familia catalana acomodada, contaminado por el anarquismo previo a la Guerra Civil y acabado de enloquecer por su madre, Caridad del Río. Una desequilibrada sin parangón, una niña bien, casada un miembro de la burguesía fabril barcelonesa, que decidió - otra más - que lo suyo eran los bajos fondos, las drogas y la REVOLUCIÓN. La misma que la de Fidel, pero algunos años antes. Tanto empeño puso la pobre que acabó siendo agente de la NKVD (Comisariado para el Pueblo de Asuntos Internos) y miembro ilustre del Partido Comunista. Por resumir todo lo anterior, una asesina y una loca de tomo y lomo. 

Sus cinco hijos acabaron medio pirados también o muertos a edad temprana. Pero para Ramón tenía un plan especial, quería convertirlo - con ayuda de Stalin - en un agente especial. Eso sí, como a todos los afines a la Unión Soviética los mantenía el Estado, y eran un montón con la urgente necesidad de justificar el sueldo y la inquebrantable fidelidad a la REVOLUCIÓN. Así pues, entre los planes de unos, las locuras de otros, las teorías rocambolescas y las gestiones de despacho, la cosa se demoró un poquitillo y el pobre Ramón dio alguna vuelta que otra por el mundo hasta conseguir acabar a solas con Trotski y clavarle un pico (piolet) en el cráneo el 20 de agosto de 1940. Pensaba que iba a escapar tan campante, pero no, no lo consiguió. El premio por esto fueron veinte años en la cárcel (sin desvelar jamás su identidad). Al cumplir su condena (ni un día le perdonaron) fue acogido - no de muy buena gana - en la Unión Soviética, ahí se reencontró con su hermano menor y se dio cuenta que había sido un pringaó y un incauto. Pero ya era tarde. El mal a sí mismo estaba hecho.

Ramón había abierto todas las ventanas de su espíritu hacia las mentalidades colectivas, hacia la lucha por un mundo de justicia e igualdad, y si hubiera muerto peleando por ese mundo mejor, se habría ganado un espacio eterno en el paraíso de los héroes puros. Ramón pensó en ese instante cuanto le habría gustado ver llegar a su lado a ese otro Ramón, el verdadero, el héroe, el puro, y poder contarle la historia del hombre que él mismo había sido durante todos esos años en que había vivido la más larga y sórdida de las pesadilla. 
Leonardo Padura. 'El hombre que amaba a los perros'.
                                                          

He aquí el argumento del libro de Padura. Magistral de principio a fin. Conoce al dedillo el entramado de la Barcelona tomada por los Republicanos durante la Guerra Civil, sus luchas internas, sus purgas y su falta de liderazgo que condujeron al desastre, es decir, el triunfo del General Franco. 

Describe minuciosamente los detalles de la vida de otro Revolucionario, Trotski, que huye de la muerte, porque cree de verdad que su presencia en la Tierra es imprescindible y clave para mover voluntades. Su vehemencia, su soberbia y su inteligencia le llevan una vida errante y le convierten en el peor enemigo de Stalin. Trotski defendía - a su manera - las purgas, los asesinatos y el sufrimiento por el bien de LA REVOLUCIÓN. Pero amaba a los perros, al igual que Mercader, al igual que el protagonista ficticio de la novela de Padura. He ahí el contrasentido y - a mi modo de ver -  la clave de muchas de las historias que teje en el libro. La hipocresía del ser humano.

La historia de Mercader la cuenta Iván, un cubano al que conoce casualmente en la playa. Un cubano que vive la REVOLUCIÓN de Fidel desde dentro y al que le gustan los perros y que al final acaba siendo otra víctima...

... como todas las víctimas, como todas las trágicas criaturas cuyos destinos están dirigidos por fuerzas superiores que los desbordan y los manipulan hasta hacerlos mierda. Ése ha sido nuestro sino colectivo, y al carajo Trotski si con su fanatismo de obcecado y su complejo de ser histórico no creía que existieran las tragedias personales sino solo los cambios de etapas sociales y suprahumanas. ¿Y las personas, qué? ¿Alguno de ellos pensó alguna vez en las personas? ¿Me preguntaron a mi (...) si estaba conforme con posponer sueños, vida y todo lo demás hasta que se esfumaran (sueños, vida y hasta el copón bendito) en el cansancio histórico y en la utopía pervertida?
Leonardo Padura. 'El hombre que amaba a los perros'. 

Por eso, el otro día, cuando veía las imágenes de la vida de Castro, repetidas hasta la saciedad en las televisiones del todo el mundo, con sus uniformes, que fueron evolucionando desde el look Coronel Tapioca hasta el chandalismo revolucionario, pensaba de nuevo en Padura y en su soberbia novela. Sin ella me hubiese sido imposible entender algo tan simple como que...

La verdadera grandeza humana está en la práctica de la bondad sin condiciones, en la capacidad de dar a los que nada tienen, pero no lo que nos sobra, sino una parte de lo poco que tenemos. Dar hasta que duela, y no hacer política, ni pretender preeminencias con este acto, y mucho menos practicar la engañosa filosofía de obligar a los demás a que acepten nuestros conceptos de bien y la verdad porque (creemos) son los únicos posibles y porque, además, deben estarnos agradecidos por lo que les dimos, aun cuando ellos no lo pidieran.

Y sí, a Fidel debe juzgarlo alguien. Dios - si existe -, la historia - si su juicio vale para algo -, o el diablo - si el fuego eterno quema -. Porque dio lo que nadie le había pedido y obligó a practicar su engañosa filosofía a los demás.

M.





sábado, 26 de noviembre de 2016

Brexit y otros absurdos.

Nadie en su sano juicio, y en pleno uso de sus facultades mentales, podía llegar a imaginar que los británicos iban a votar 'NO' a la Unión Europea en el Referéndum sobre el Brexit el 23 de junio de 2016. Los políticos y los periodistas - culpables casi de la totalidad de los males del siglo XXI - experimentaron con un caldo de cultivo de terroríficas consecuencias para la gente normal. No porque vaya a pasar nada, ni nuestra zona de confort se vaya a ver afectada... ¡No por dios, tranquilos! Más bien porque la falta de rigor y sentido de la realidad nos arrastra a unos vaivenes extraños que, ante la falta de estrategias realistas de los gurús pensantes, nos condena a gastar energías subiendo peldaños ya escalados y desperdiciando neuronas que podrían ser usadas para logros infinitamente más útiles. 

Esto es lo que sucede por tener economías subvencionadas que destinan ingentes cantidades de dinero a discutir lo discutido y a crear polémicas sobre lo ya de por si polémico, polemizando sobre lo que debe o no debe ser, sobre el bien común, sobre el ciudadano y su 'no se sabe qué bienestar', marcado siempre por lo que el Estado - tras robarnos sin piedad - decide que es bueno para nosotros. Sobre gente a la que se le promete que, sin hacer ni producir nada, tiene derecho a recibir todo sin dar nada a cambio. Europa sobrevivió a dos guerras terroríficas, y no ha aprendido nada. Nada de nada. Ha 'desaprendido', si se me permite la expresión. Pero lo más terrorífico de todo es que el bastión del pragmatismo, el Reino Unido, se ha convertido en uno más de los predicadores de lo absurdo. Ya no nos queda nada, no sé si quemar mis novelas de Sherlock Holmes. 




No quería hablar de política, quería hacer un mini-resumen de Londres en otoño, tras el Brexit. Hablar de arte, de Expresionismo Abstracto, de una ciudad que bulle, de un cuadro de Maximiliano de México pegado a trozos en un lienzo que se exhibe en la National Gallery, no lejos de donde Murillo, Zurbarán y Velázquez se enfrentan por conseguir lo sublime. De los humanos que paseamos por el Soho disfrutando de la diversidad y de la paz, dando por hecho que esos ratos de ocio son producto del azar y no de miles de desagradables episodios históricos. Desayunando y leyendo periódicos como 'The Times' o 'Daily Mirrorr', en los que critican a Trump por sus hirientes palabras contra los inmigrantes mexicanos, cuando nosotros europeos tenemos a miles de personas hacinadas en nuestras fronteras y miramos hacia otro lado. 

La globalización, los contrasentidos y la ceguera. Me gustaría poder resumir todo lo que se me ha pasado por la cabeza estos días londinenses, y no sé bien cómo hacerlo.

Para focalizar mi sentimiento general, recomiendo la lectura del artículo de Mario Vargas Llosa sobre 'la Decadencia de Occidente', publicado en El País el 20 de Noviembre. Como él escribe y se expresa muchísimo mejor que yo, no voy a perder el tiempo haciendo lo que que acabo de criticar en otros, es decir polemizar sobre lo polémico.

Con una idea general sobre la hecatombe y ya entrados en materia, nos ponemos al volante de un coche británico, así al llegar a la primera rotonda y tirarnos por costumbre hacia la derecha, acabamos incrustados de frente con otro vehículo. Estoy desvariando, sólo quiero decir que los británicos siempre van al revés, o tal vez seamos nosotros los que no pillamos una. Ahora ya tengo dudas y no sé que hacer con los libros de Sherlock, mi héroe, por dios que tío tan listo. No se le pasaba una. Del detalle más estúpido llegaba a una solución de lo más sólida.

Desgraciadamente no hay muchos Sherlock, más bien son los menos, porque - como decía Bertrand Rusell - gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se deben a que los ignorantes están completamente seguros, y los inteligentes llenos de dudas.

¿Qué pensaría Sherlock del Brexit? ¿De la globalización? ¿Del Premio Nobel de Literatura concedido a Bob Dylan? ¿Qué tipo de razonamiento deductivo hubiera generado su cerebro para explicar tan sorprendente hecho? 

Creo que los ingleses, tienen algo que nadie ha logrado comprender, pero que ha estado ahí, hasta - tal vez - ahora. Por ello encandilan con sus usos y costumbres. Lo pensaba el otro día cuando visitaba la exposición sobre Expresionismo Abstracto en la Royal Academy of Arts, un lugar en el que no hay nada, ninguna colección propia, pero que atrae a millones de visitantes usurpando las ideas y obras de arte de los demás. De una forma tan sutil y encantadora que flotas entre susurros en inglés y gentlemans de manual que te hacen sentir protagonista de una aventura victoriana en toda regla. Y eso sin que nos demos cuenta, ocultando en el folleto de la exposición que gran parte del bagaje de Rothko, De Kooning o Gorky, había tomado forma lejos del mundo anglosajón. Resaltando como indiscutible para su éxito el dinero y el apoyo de mecenas estadounidenses. No es lo que arrastra el ser humano lo que importa, es lo que el dinero puede aportarle. La clave de la hipocresía protestante. 




Digo que tal vez esté cambiando, porque ahora ya no quieren usurpar ideas, ni extender su influencia por el mundo, ahora sólo quieren mirarse el ombligo, de ahí el Brexit. Y eso es grave, porque el mundo que conocemos se basa en el dominio de la influencia inglesa, por si alguien no se había dado cuenta. Que no es malo, ni bueno, ni nada. Ni merece análisis alguno. Simplemente es así. En el que no importa que no haya sustrato alguno, o que el sustrato importante provenga de otros mundos, ya se encargarán ellos de transformarlo, o quizás ya no.

Id a Londres en otoño, o en invierno, o siempre.

M.