sábado, 26 de octubre de 2024

España, sin más.

12Oct2024, 532 años de la llegada de Cristóbal Colón a América, a una isla (lo he consultado en Wikipedia, porque nunca estoy segura de este dato) en las Bahamas que se llama actualmente Guanahani, a la que Colón bautizó como San Salvador.

El estupor de los habitantes de la isla al ver desembarcar a unos melenudos, atufando a sudor y comidos los dientes de escorbuto, debió ser mayúsculo. Los marineros también debieron alucinar lo suyo. Sobre el motivo que llevó a la Reina de Castilla a financiar la expedición se han escrito muchos libros y teorías, pero las razones que empujaron a unos cien hombres (mujeres no fue ninguna), a meterse en unos barcos enanos, llenos de humedad, con provisiones escasas y sin tener ni puñetera idea de cuál iba a ser el propósito real del viaje, creo que no se ha estudiado lo suficiente. Hay que ser muy corajudo para acometer tal aventura. Ni drogada y sometida a las más terribles torturas hubiera participado yo en aquel viaje.

Los imbéciles reduccionistas afirman rotundamente que el motivo fue dinero, la avaricia y el fanatismo religioso, en fin, hay que tener cero neuronas para no darse cuenta de que el futuro de la expedición era más que incierto y que había muchas papeletas para acabar sepultado en el fondo del mar o algo peor. En el siglo XV el conocimiento sobre otras ciudades más allá de la propia donde se residía era escaso. Que la tierra era redonda se sabía desde hacía mucho, de ahí a conocer la ubicación exacta de las minas de Potosí había un abismo tan grande como el propio universo.

En los últimos años se han publicado decenas de libros en defensa de España y de su papel en América y – por extensión – en la historia de la humanidad. Esto incluye, como es obvio, un argumentario extenso contra la Leyenda Negra que nos persigue aun hoy y contra las mentiras - que nadie discute y se dan por ciertas – inventadas por ingleses, holandeses y – por encima de todos los sátrapas despreciables – franceses.

María Elvira Roca Barea y Marcelo Gullo son los mayores generadores de divulgación en defensa de lo que fuimos y de lo que ya nunca llegaremos a ser, tal vez no haga falta – ya en el siglo XXI - liderar revoluciones, cambiar fronteras, alfabetizar pueblos, abanderar movimientos religiosos, cerrar matrimonios ventajosos para perpetuar linajes…, quizás no, pero un poco de orgullo no nos vendría mal, un poco de sustrato cultural sobre lo que significamos en el contexto de los avatares terrestres que, siglo tras siglo, han sido convulsos, violentos y llenos de terror, impiedad y miedo.

La inexistencia de pensamiento crítico (empezando por uno mismo) es el origen de la creación de sentencias históricas que todo el mundo da por válidas. Hay una serie de frases que se dejan caer en conversaciones para refrendar escasos conocimientos sobre una realidad diversa e inconmensurable que se llama España, y que lleva llamándose así desde hace siglos, no pueden decir lo mismo otros países que sacan pecho sobre su estabilidad y su buen hacer, como Alemania que en el siglo XX ha visto como sus fronteras han cambiado varias veces, tras someter a otros seres humanos a hambre, miseria y exterminio.

Virtud de la mediocridad de nuestras élites y de la inoculación del pensamiento de izquierdas en determinados estamentos sociales, la destrucción y enturbiamiento de nuestros logros forma parte del ideario necesario para no ser un apestado social, un excomulgado. No deja de tener gracia (en realidad es muy triste) que un ser humano – el español medio – crea ser mejor llenando de oprobio y mientes a sus antepasados, de los que él es consecuencia y producto. Los intelectuales radicales de izquierdas (progresistas, como ellos se llaman) defienden la estrategia de tierra quemada, hay que acabar con todo para alumbrar un mundo nuevo, mejor. Pero eso es IMPOSIBLE, porque Hernán Cortés, existió. Pizarro, existió. Los Jesuitas, existieron. Fray Junípero Serra, existió. Blas de Lezo, existió. El Imperio Español, existió. El hecho de que cientos de millones de personas hablen español, existe. La violencia contra otros pueblos existe, ha existido y existirá. En el siglo XVI la Escuela de Salamanca afirmaba que todos los hombres eran iguales. En el siglo XX, hace cuatro días, Hitler afirmaba en mítines, aclamado por masas enardecidas, la existencia de infrahombres, seres que no merecían vivir y que había que exterminar sin contemplaciones. Pero vemos incivilidad y subdesarrollo en nuestra historia, porque eso es bueno, eso nos hace progresar.

Alumnos en la Escuela de Salamanca

Decía Franco que los españoles somos ingobernables. Pero él siguió gobernándonos, hasta su muerte. No se planteo irse. Era un masoquista, claramente. Esta idea de ser chusqueros, seres inconsistentes, sin remedio, una anomalía en medio de naciones civilizadas – que han demostrado ser mucho más crueles y depredadoras – está tan asentada en nuestro concepto de España, que nos hace tremendamente vulnerables y nos pone a merced de nuestros enemigos, sin que tengamos la más mínima defensa intelectual para poder mantener -aunque de forma precaria - nuestro barco a flote.

Para controlarnos, para manipularnos, para que lleguemos a no ser nada más que hojarasca empujada por el viento, la idea de nuestra grandeza debe ser despojada de todo contenido, de lo bueno y de lo malo. No debe quedar rastro de Colón, ni de los Austrias ni de nada que consiga colocar los cimientos de un edificio precario, pero que nos sostenga ante lo que está por venir.

No pretendo avivar el patriotismo peliculero y populista, sólo quiero que nos paremos a pensar dónde estuvimos y donde queremos acabar.

Leed mucho.
M.

domingo, 6 de octubre de 2024

Inteligencia Artificial.

La Edad Media, el Ducado de Borgoña y la pintura de Giotto, no son compañeros de viaje acertados para afrontar soporíferas jornadas de trabajo en una multinacional, son la peor compañía posible.

Otra mala compañía es estar dotada de la sensibilidad suficiente para darme cuenta de que la situación del mundo da un poco de miedo, hay guerras por todas partes y mediocres llevando el timón del barco. Teniendo esto claro, sentir sosiego es harto complicado. Menos mal que ha venido la Inteligencia Artificial (IA) para salvarnos.

Uno de los signos del fin de los tiempos es la proliferación de reuniones de humanos en las que se habla de lo que van a hacer los ordenadores por nosotros. Tareas en las que un humano invertía horas, un ordenador va a tardar menos de un segundo en terminarlas. Tareas (esto es importante) embrutecedoras que no aportan nada para el desarrollo intelectual de los pobres trabajadores – entre los que me incluyo – y que llevan haciéndolas décadas. Ahora no sólo soy vieja, además soy comparable a un esclavo que remaba en una galera romana, entonces - ¡suerte para ellos! – no existía la IA.

Hay algo inquietante en todo esto, esta semana, en una reunión en la que nos contaban lo que se había avanzado en la mecanización de procesos con IA, observaba a aquellas personas que habían liderado estos cambios, su exultante felicidad, su confianza en el progreso, su ceguera, su espantosa ignorancia, y – lejos de enfadarme, o de constatar una vez más su incapacidad para gestionar nada – sentí un miedo cerval, terrible y – para variar – me sentí sola en una guerra que ya sé de antemano que he perdido.

Es terrorífico constatar cómo aquellos que se vanaglorian de liderar el cambio que conducirá a que las máquinas acaben con nosotros, no se den cuenta que ellos también entrarán en algún momento en ese ‘nosotros’. Esto me recuerda – no puedo evitarlo – a la Gran Purga que Stalin llevó a cabo entre los años 1936 y 1938. Grandes jerarcas soviéticos acabaron con un tiro en la nuca o peor. Pocos años antes ni imaginaban que iban a ser las víctimas, porque en esos tiempos no tan remotos eran ellos los que, con absoluta arbitrariedad y frialdad, decidían quien viviría y quien no. Se luchaba por un hombre nuevo, una sociedad nueva, un sol que iba a salir y los iba a alumbrar a todos por igual. Porque – eso es innegable en el caso de la IA, dado que carece de alma – todos los seres humanos somos iguales y debemos luchar contra aquello que nos oprime. Pero… ¿Qué es crecer cuando se carece de alma para disfrutar del aprendizaje de la vida?

Sin cuestionar el progreso y sus beneficios, me surgen dos preguntas, la primera – obvia – es quién y cómo hará uso de esa tecnología y, la segunda, es qué pasará cuando – convencido de que es un dios que puede con todo – el hombre se olvide de que su mayor activo es su espíritu, su alma y su sensibilidad.

Otra reflexión, no puedo incluirla como pregunta, es cómo llegaremos a darnos cuenta de que somos un producto imperfecto de la evolución y que podemos fracasar muchas veces a lo largo de nuestra vida. Tema este nada baladí, porque – llegado un momento no muy lejano – nuestros logros se medirán en cifras, no en emociones, ni en sensaciones, seremos criaturas cuantificables y previsibles en función de sabe dios qué algoritmo matemático.

Decía Tomás de Aquino, que la vida buena es aquella en la que hay equilibrio y carencia de exceso. Asumía que la vulnerabilidad del hombre debía inspirar indulgencia y compasión. Imbuido en un teocentrismo en el que esperar la misericordia de dios era una terapia válida para poder seguir caminando, no cabía otra conclusión posible. Esa terapia del siglo XIII, si la propusiera a cualquier persona con la que colaboro cada día, provocaría su risa y el escarnio público de mi persona, porque el sueño científico ha creado monstruos sin alma. Y por eso hay que andar con pies de plomo.

Es curioso que todas las formaciones (coaching, usando la abominable expresión inglesa) para motivar al pobre sufriente empleado que será sustituido por un ordenador, explotan los mismos lugares comunes que inundan cada discurso de personajes públicos de mayor o menor calado. Debemos seguir una línea ascendente que nos catapultará al éxito, y – si caemos – nos levantamos y tan campantes. Pero… ¿Y si no podemos? ¿Qué pasa si nuestro espíritu crítico no consigue vencer la barrera del desasosiego? ¿Qué pasará? Pues nada querido lector, porque se ha trivializado tanto el concepto de solidaridad que probablemente los versos sueltos acabemos recogiendo basura radioactiva en un vertedero de Bombay. 

Os recomiendo que vayáis al Museo del Prado en Madrid, planta baja, salas de pintura italiana y os sentéis delante del cuadro de La Anunciación’ de Fra Angélico, aunque no tengáis fe en el dios cristiano, aunque penséis que la Edad Media fue un periodo oscuro (que no lo fue) en el que los frailes sólo se dedicaban a quemar herejes (también esto es falso), tomaros la molestia de mirar e interpretar cada gesto de las figuras que aparecen pintadas en la tabla y meditad sobre el fracaso, sobre el futuro y sobre vosotros mismos… Os aseguro que será un camino mucho más sencillo que leer interminables textos en inglés sobre lo importante que es crecer sin mirar nunca hacia atrás, sin trascender, sin ser...

'Anunciación' Fra Angélico (hacia 1425)
Oro y temple sobre tabla
194 x 194 cms
Museo Nacional de Prado (Madrid)

Leed mucho y pensad por vosotros mismos.
M.