jueves, 12 de agosto de 2021

Messi deja el Barça... ¡Qué desoladora noticia!

Messi se va del Fútbol Club Barcelona, ha anunciado su partida y la noticia es desoladora. Desde el día que lo leí no he sido la misma persona.

El hecho en sí es perturbador, tanto que da miedo y vértigo. Es como esperar ver la luz al final del túnel y – por el contrario – encontrarte una salamandra asesina o un monstruo con siete cabezas que hecha fuego por unas fauces llenas de dientes carbonizados.

Todos los medios se han hecho eco de tan impactante decisión, no es para menos, el que la ha tomado es un retrasado mental que no sabe ni hablar. No es un tema nacional, todo el globo ha estado pendiente de semejante sandez. Debates a nivel mundial, comentarios despectivos hacia España por dejar marchar a semejante idiota que sólo sabe dar patadas a un balón…, creo que algo va mal en el mundo, algo va muy mal. Y no creo que vaya a mejorar.

Mi opinión sobre el fútbol es de sobra conocida, me parece un asco, por resumir. Tan demoledores comentarios he hecho en varios medios, que hasta me dedicaron un programa de radio atacándome. La conclusión a la que se llegó es que soy una insatisfecha sexual. Es decir, toda persona a la que no le gusta el fútbol es – por definición – un pelele que no disfruta de goces carnales. Nunca se me habría ocurrido.

Tras un año y medio de despropósitos económicos provocados por la Covid-19 (“el Covid” es un término obsoleto), un huracán sin control que ha arrastrado a la miseria a millones de personas, hecho que no reflejan los medios, que, sin sonrojo, nos han desinformado con las excusas más chuscas, nos premian con una noticia tan refrescante como esta, no se puede pedir más, un respiro para los redactores que no tienen que sortear la verdad para contar mentiras. 

Esto es – reconozcámoslo – un hecho rotundo y sin matices, Messi se va del FC. Barcelona. Ahora me estoy dando cuenta que hay pocas noticias tan poco manipulables como esta. Alguna cosilla se ha ocultado, por ejemplo cómo ha tributado Messi durante todos estos años en España, o por qué se va a dotar a la Liga de Futbol con 2700 millones de euros de todos los españoles (incluidos los insatisfechos sexuales), para que parte de ese dinero nunca se vuelva a ver, bajo capas de trucos fiscales que permiten a los futbolistas engañarnos sin sonrojo a todos los que no tenemos escapatoria, y trabajamos más de la mitad del año para alimentar al monstruo devorador que es el Estado.

¿Cómo es posible que una noticia como esta no haya sido arrastrada por el fango? ¿Cómo la prensa internacional da también pábulo a algo así, tan vulgar, tan soez, tan hueco? Todo sea por el fútbol, que ha encontrado la fórmula mágica para engendrar violencia sin censura. Bueno, mentira, visten a los jugadores con unas camisetitas, que sólo llevan al principio de los partidos, diciendo que hay que ser buenos, porque Dios todo lo ve, menos cuando mira hacia otro lado, que – en el caso del fútbol – es casi siempre. 

Cuando pensamos en los romanos gritando en el circo, o en los torneos de la Edad Media (pésimamente ilustrados en el cine), se nos dibuja una sonrisa de superioridad en el rostro, nosotros somos hijos de la Razón, del Progreso, nuestros antepasados eran unos energúmenos de manual. ¿Somos tan distintos? Mirad cualquier vídeo de ultras de un equipo de fútbol (el que sea), no creo que la diferencia con nuestros antepasados caballeros con armadura sea tan grande. Es más, me atrevo a afirmar que nosotros somos peor, porque tenemos todo el conocimiento al alcance la una tecla de ordenador y nos empeñamos en ignorarlo.

Los libros, el conocimiento en última instancia, han sido la tabla de salvación de muchas personas a lo largo de los siglos. Han huido de lo que les rodeaba de forma sigilosa, sin hacer ruido, refugiándose en una cueva sin monstruos de siete cabezas, y con luz al final del túnel. Pero la lucha no es fácil, llegar a ignorar el entorno es una cruzada peligrosa. Ese es uno de los puntos que desarrolla de forma magistral Irene Vallejo en su ensayo "El Infinito en un Junco", de amena e ilustrativa lectura. 



Este ensayo repasa 3000 años de historia de los libros, comenzando con su 'no existencia', con debate incluido sobre si era bueno plasmar las ideas en un soporte duradero, por ser malísimo para la memoria (algo de verdad había en ello), nos recuerda el impagable legado de los griegos, su visión del mundo (que aun perdura), las sucesivas destrucciones de la Biblioteca de Alejandría desde su creación por Ptolomeo I en el siglo IV aC., y, en definitiva, cómo la humanidad se ha dotado de medios para reflexionar y cómo estos se han convertido en una amenaza, un arma peligrosa que - sin pretenderlo - origina el caos y la muerte. 

Hay muchísimas reflexiones que me parecen soberbias, otras divertidas, con otras líneas casi lloro, hay temas que son ejemplos recurrentes de la barbarie humana, pero no por ello dejan de conmoverme. 

Nada más comenzar el libro hay una idea poderosísima, podemos leer un manuscrito de hace 3000 años, pero no un disquete de hace diez, porque ya no fabrican ordenadores que lo lean. En la Edad Media, los monjes dedicaban años de su vida copiando libros, confiados en que traspasarían la barrera del tiempo, sirviendo de luz para todos aquellos que tuvieran el privilegio de tenerlos en sus manos. Ahora nuestros escritos son efímeros, una chispa imperceptible en medio del universo. Y nos da igual, estamos convencidos de que volcando en Twitter nuestros comentarios ingeniosos sobre cualquier tema de nulo interés, somos audaces y poderosos, cuando lo que hacemos es gorjear (significado de la palabra 'Twitter') sin escucharnos los unos a los otros. 


Cuando la autora aborda el tema de 'la risa', no puede por menos que servirse de 'En el nombre de la Rosa' de Umberto Eco. Reflexiona y escribe: 

(...) Sin embargo existe un humor rebelde que desafía las relaciones de dominación, que resquebraja el aura de un mundo autoritario, que denuncia al emperador, desnudándolo (...), la risa tiene una enorme capacidad de deslegitimar el poder, y por eso inquieta y es castigada. (...) Incluso en las democracias contemporáneas estallan polémicas acaloradas sobre los límites del humor y la ofensa (...)
Irene Vallejo. "El Infinito en un Junco"
Ebook- 1ra edición - Cap. 72.

Y aquí voy a abrir mi corazón y confesar yo me rio de todo. La gran mayoría de las decisiones que se toman me parecen ridículas, y claro, trabajando en una empresa de las más grandes de España, donde el secretario del subsecretario y sus los mandos intermedios sólo toman decisiones para barajar las cartas sin que en el fondo haya ninguna jugada clara sobre la mesa, no puede irme bien. Se me ve en la cara que discrepo, por más que hago ejercicios en el espejo para disimular, por más que finjo entusiasmo, soy - irremediablemente - una outsider. He experimentado momentos de absoluto desasosiego, ahora desde la barrera que me brinda la experiencia, me divierto infinito haciendo prototipos humanos de incompetencia congénita. Para Irene Vallejo es muy sencillo, y además lo cuenta muy bien, las personas que aman y defienden los libros son - por definición - dignas de ocupar un lugar en la historia, los que los destruyen son - simplemente - dañinos y olvidables.

Quiero hablar de otro libro sirviéndome de la idea de la risa, de la bendición de poder reírnos de nosotros mismos, de observar nuestro bagaje vital ayudándonos de la literatura. Estoy rematando 'Entre Visillos' de Carmen Martín Gaite. Una de las 100 mejores novelas del siglo XX escritas en español. La trama se urde con diálogos entre distintos personajes, cuyos días trascurren en una ciudad de provincias durante los años cincuenta del siglo XX. Asfixiante realidad de la que muchos de ellos quieren huir. No falta de nada, insatisfacción, machismo, maltrato a la mujer, la imperturbable pauta que marca la religión, eternos opositores, los amores no correspondidos, mujeres que se desmarcan con tibieza y caen en sus propias contradicciones, militares con los que sueñan todas las jovencitas tras la guerra, miseria contenida, el uso de un español educado y rebuscado en las conversaciones provincianas, homosexualidad, juventud rebelde... 



El argumento nos envuelve como una melodía, porque la escritora no alberga ningún resentimiento, sabiendo que esa ha sido la su propia realidad vital. Los poderes públicos deberían fomentar este tipo de lecturas que nos permiten 'reírnos' de lo que somos y de dónde venimos. Ahora todo es una amenaza, siempre hay malos que no nos comprenden y que nos 'atacan', cuando el mayor peligro no son los 'otros', somos nosotros cuando perdemos el contacto con nuestros cimientos. La novela es esto precisamente, una canción que nos mece y nos sumerge delicadamente en la melodía de un pasado no tan lejano.

Nunca se menciona el nombre de la ciudad. Sin salida al mar para acentuar en todo momento la cerrazón social. Dar paseos de verano por el río completa el matiz de provincianismo que en todo momento persigue reflejar. 

Hay un capítulo que describe un guateque en el que todos son felices, disfrutan de su entorno con toda naturalidad, hay momentos que no son valorables bajo ningún prisma, son y punto. 

Durante toda su lectura he tenido una sonrisa en los labios, de ahí la mención anterior a la risa. Porque yo - en mi niñez - he vivido los últimos retazos de todo este mundo de provincias que ha sido barrido por el viento. Mis recuerdos siempre son en invierno, con estufas y 'entre visillos'...

Me fui a buen paso hacia la pensión por las calles vacías, y mirando las ventanas de los edificios me imaginaba la vida estancada y caliente que se cocía en los interiores.
Carmen Martín Gaite. "Entre visillos"
Ebook - Capítulo QUINCE.

Recuerdo la inocencia y el vértigo al imaginar los desafíos por venir, lejos de esa vida estancada, y no encuentro trauma alguno en mi cabeza, sólo una enorme sensación de haber traspasado muchas barreras a fuerza de no olvidar las líneas del pergamino en el que se ha escrito nuestro pasado.

En cambio, afrontar el presente me provoca tristeza y miedo, algo que nunca sentí al refugiarme en mi habitación de una diminuta ciudad castellana. Al leer la noticia sobre el futuro de Messi noto cómo se enciende un interruptor que aleja la risa, y siento escalofríos.

Se sentaron en el sofá amarillo, corriendo un poco las cosas que había encima. Allí, juntas, oyeron la música de una emisora francesa - tan lejos, sabe Dios de dónde venía. Natalia se tapó la cara contra el hombro de Gertru y se echó a llorar desconsoladamente.
Carmen Martín Gaite. "Entre visillos"
Ebook - Capítulo DIECISIETE.


Leed mucho,
M.
(Una outsider)



domingo, 23 de mayo de 2021

'Las Poesías' de Tiziano y el rumbo de la historia...

Al hilo de mi última intervención en este blog, donde reflexioné sobre la serenidad y lo complicada que resulta su búsqueda en el siglo XXI, me propongo ahora abrir un camino para encontrarla, aunque sea efímero, de una forma cercana (para los habitantes de Madrid) y tangible, yendo al Museo del Prado a visitar la exposición "Pasiones Mitológicas". Tener la oportunidad de estudiar la interpretación de la vida y los sueños de la mano de grandes maestros de la pintura no debe dejarse pasar. La exposición no es muy grande, no hay excesivos número de obras (29), pero es soberbia.

"Dánae recibiendo la lluvia de oro"
Óleo sobre lienzo 129,8 x 181,2 cms
Tiziano (1553-1560)
Museo Nacional del Prado (Madrid)

Para mí (una opinión totalmente personal, subjetiva y ajena a la realidad), todo lo que se pintó después de la muerte de Velázquez, quizás unas décadas más tarde, cuando el Barroco como movimiento artístico se dio por acabado, no vale nada. Me aburre muchísimo la pintura de Mengs (por ejemplo) con toda su genialidad y tampoco acaba de entusiasmarme Goya, al que no dejo de reconocer su talento. Saltando varios siglos, y quizás con las excepciones de Whistler, Picasso, Chagall y Kirchner, no encuentro inspiración en ningún artista, es más, me parece que muchos están totalmente sobrevalorados sin motivo. De este tema ya he hablado aquí, así que no me repetiré.

Comenzaré dando unas pinceladas de historia, aunque está todo en internet, en cientos de libros publicados a este respecto, en la conferencia del director del Museo, donde explica y contextualiza todos los lienzos, especialmente - claro está - 'Las Poesías', y en el catálogo de la exposición. El que no sabe es porque no quiere.

Vamos con la historia, Carlos I de España convirtió a Tiziano en una obsesión. El artista estaba sobrado de clientes, pero al Emperador no se le podía negar nada, la mentalidad de la época, en la que los pintores eran artesanos al servicio de mecenas de todo pelaje, impedía - por muy consagrados que estuvieran - rechazar un encargo de esta índole. Muerto el emperador, su hijo y rey - Felipe II - tomó el relevo del mecenazgo artístico en la corte española. Ya no era emperador, el título había recaído en su tío Fernando, según disposición de Carlos I, pero era sin duda el hombre que más poder ostentaba sobre la tierra. Tiziano en su faceta de retratista, no era del agrado de Felipe II, pero el monarca reconocía su talento y sabía que era el pintor más influyente de su tiempo, así que, con 24 años, y de una forma un tanto vaga, le encargó este conjunto de obras que tardaría once años en completar, en 1562 llegó la última pintura - "El Rapto de Europa" - a Madrid. En el momento del encargo, la idea era que estuvieran juntas, sin estar concebidas para un lugar concreto, la corte de Carlos I había sido itinerante, y Felipe - entonces aun muy joven - daba por sentado que ese sería también su destino. No fue así, es más, cuando el Monasterio de El Escorial estuvo acabado, prácticamente se recluyó allí, y gobernó sus extensas posesiones desde un lugar remoto y rodeado de montañas.

Varia reflexiones llegados a este punto, primera, El Escorial era realmente un lugar remoto y de difícil acceso. Hay que tener esta idea en la cabeza, llegar desde Madrid podía llevar varios días, y las montañas eran prácticamente salvajes. Es obvio que a los Austrias les gustaba retirarse a meditar. Mientras el rey estaba en sus aposentos, se fraguaba a sus espaldas la "Leyenda Negra", cuyos letales efectos todavía se sienten hoy. Lo cierto es que Felipe era un hombre culto y brillante, con una gran inquietud intelectual. Leía libros 'prohibidos' y se rodeaba de sabios de toda índole, algunos buscados por la propia inquisición. Primer mito que cae, Felipe no era un personaje cerril, más bien lo contrario, o no hubiera encargado jamás unas pinturas como estas.

'Las Poesías', conjunto de seis obras, estaban hechas para emparejarse (2x3). Las primeras llegaron al Londres (no a Madrid) cuando Felipe II residía allí, como rey consorte de Inglaterra. Las dos últimas – como ya he comentado – se completaron más de una década después. De todas ellas, sólo una se conserva en el Prado (Venus y Adonis), el resto se dispersaron como consecuencia de la gestión borbónica y napoleónica. José I (más conocido en Madrid como Pepe Botella), cuando vio que la cosa se ponía fea, malvendió joyas y obras de arte que pertenecían a la Corona Española, para pasar los últimos años de su vida confortablemente en Estados Unidos, 'Las Poesías' – ya algo dispersas entonces – sufrieron con esta venta el estoque definitivo.

Desde su desastrosa separación, es la primera vez que las pinturas están juntas, tal y como las vieron Velázquez y Rubens, protagonistas también, de forma indirecta, de esta exposición. En la sala donde se exhiben 'Las Poesías', se pueden ver cuadros de estos dos pintores, como una forma de resaltar la continuidad de los grandes talentos, de los pintores que dejaron de ser artesanos para convertirse en genios, en poetas. Tiziano, Rubens y Velázquez, siguiendo el orden cronológico.

Como mi intención no es contar lo que otros ya han contado muchísimo mejor que yo, y con un fondo de conocimientos incomparable al mío, tengo que dar ahora un giro radical a este escrito, primero porque comencé a escribirlo hace casi dos meses y no logro darle forma, segundo, porque quiero darle un enfoque personal, como un compendio de algunas reflexiones.

La primera vez que visité la exposición, a comienzos de marzo, tuve un pequeño momento de desconcierto. Aparentemente el aforo estaba limitado, era el día de la inauguración, y aquellos que cruzamos el umbral hacia la gloria - se suponía - éramos unos pocos elegidos. Pero estaba - usando una expresión vulgar - petado, no se podía ni andar. Por si esto fuera poco, multitudes vociferantes se arremolinaban entorno a guías que gritaban para ser oídos en una especie de cacofonía molesta y perturbadora. Es tan sencillo escuchar la explicación del propio comisario desde la web del museo, en silencio, con unos auriculares. Es tan enriquecedor leer el catálogo, en silencio, prestando atención a lo matices que nos cuentan sus páginas. Pero la cultura se ha convertido en un fenómeno de masas, en algo falto de criterio, como una mezcla informe y extraña de bocados de aquí y allá, sin mayor coherencia. Ha sido un proceso largo, que se ha ido desviando con el objetivo de acercar todo a todos, esa ansiada idea de igualdad que se ha convertido en un monstruo de siete cabezas. 

No quiero dar a entender que el arte debe ser uso exclusivo de cuatro privilegiados, pero sí que debe disfrutarse con calma, no como una anotación en la agenda, como una excursión de domingo cuando hace mal tiempo. Existe esa idea de que el Estado tiene la obligación de acercar la cultura al pueblo, como parte de su necesario mecenazgo, y lo hace, qué duda cabe, mediante el despilfarro de ingentes cantidades de dinero, porque ahora - no nos engañemos - las vanguardias son formas abstractas de ideas políticas, no materia prima que da forma a las obras que marcan una tendencia perdurable en el tiempo. El Prado, gracias a obras como 'Las Meninas' o cualquiera de los Tizianos que cuelgan en sus salas, se desliga de forma elegante de esta mezcolanza de despropósitos, y por eso, algunas veces me siento extraña ante tanta multitud vociferante. 

Al lo largo de estos siglos que van desde la ejecución de 'Las Poesías' hasta hoy, también hemos asistido a la difuminación de la idea de España de una forma preocupante. El mundo latino (no solo España, también Italia y Portugal, aunque en menor medida) se ha ido convirtiendo en algo que merece ser destruido, quemado y sus cenizas dispersadas al viento. En algún momento nos creímos que los países del norte de Europa eran civilizados y mejores que nosotros, otro asunto que me deja perpleja. Cuando vi los seis cuadros de Tiziano juntos a comienzos de marzo, decidí disfrutar de ese momento de una forma particular, escuchando música barroca de Vivaldi, cuando este último nace, Tiziano lleva cien años muerto, en ese siglo (1576-1678), Italia y España dieron forma a todas las ideas artísticas de las que aun bebemos. Flandes, con toda su riqueza, exportó a sus artistas gracias las colecciones de la Corona Española. Cuando Vivaldi escribe sus 'Seis conciertos para Flauta', no había nadie en Europa que fuese capaz de componer algo tan sublime. Pero nos han convertido en bárbaros, y nos comportamos como tales porque hemos creído, tras siglos de adoctrinamiento en manos de incompetentes, que los italianos sólo hacen pasta y van en Vespa, y nosotros estamos durmiendo la siesta en todo momento. 

Pero 'Las Poesías' fueron pintadas por un italiano bajo encargo de un rey español, y por más que busquéis en la historia del arte, por más que intentéis encontrar - por ejemplo en Rembrandt - algo así, creedme, es imposible. Por eso os animo a que buceéis en la historia en busca del momento en el que nos convertimos en insignificantes sin merecerlo, en el momento en el que como Acteón, vimos la desnudez de Diana, y supimos que nos convertiríamos en algo ajeno e informe simplemente mirando nuestro reflejo en el lago. 

"Diana y Acteón"
Óleo sobre lienzo 185 x 202 cms
Tiziano (1556-59)
National Gallery (Londres) & National Gallery (Edimburgo)


Id al Prado a ver la exposición.

M.



jueves, 1 de abril de 2021

La serenidad en tiempos raros.

Están muy de moda las charlas vigorizantes que persiguen insuflar optimismo, hay todo tipo de gurús en este negocio de la gestión del estrés y la tristeza, más ahora que vivimos una realidad de difícil digestión. En España hay dos nombres que siempre se nos vienen a la cabeza al hablar de monologuistas ('coaches' es más cool) que se ganan la vida yendo a empresas o grabando conferencias en diferentes plataformas, Emilio Duró y Víctor Küppers.

No hablaré de ninguno de los dos, porque no es el objetivo de este blog ni mío en este momento, sólo unas pinceladas para enlazar lo que quiero contar, que - ya anticipo - no tendrá mucho que ver. Pero es que esta semana he asistido (por Teams, claro) a una charla de Víctor Küppers, y justo ahora, cuando me he sentado a escribir, me ha venido a la cabeza.

Admiro a aquellos que se dedican a vender aire, fabricándose a sí mismos sólo con la fuerza de su tesón y su palabra, yo nunca he tenido esta capacidad y siento una insana envidia. Cuatro ideas, que repiten sin cesar, pero que parecen diferentes en función de dónde impartan la charla, creedme, ya he escuchado varias y el mensaje es el mismo, desde que nacemos debemos buscar la felicidad contra viento y marea, más los nacidos en la parte del mundo donde no hay guerras, se puede andar por la calle y casi nadie se muere de hambre. La teoría es sencilla, la práctica no tanto.

La llegada del coronavirus ha sido como el maná para este tipo de profesionales, porque no es sencillo lidiar con algo tan esperpéntico y extraño, que no entraba en nuestros cálculos vitales, algo semejante sería - por dar un ejemplo - tener que ir a cazar leones con carros de madera y una espada por el campo. ¿Alguien se ve con una cota de malla y unos calzones yendo a pegar mamporros a animales salvajes? No, nadie. Pues tampoco me imaginaba yo que iba a ir con una mascarilla por la calle, que no iba a poder salir de mi casa siempre que quisiera, que no iba a poder volar a otro país (una vez inventado el avión), y que cada vez que entrara a un comercio tendría que frotarme las manos con alcohol, por citar algunos dictados del teatro pandémico diario.

Los coaches del optimismo no focalizan sus charlas en esto, ni en las pérdidas económicas diarias de dimensiones incuantificables, ni en cómo nuestros líderes mundiales cumplen a rajatabla algo que ha conducido a la humanidad a desastres sonados, es decir, cómo en momentos claves y cruciales del devenir histórico, los que están al mando no sólo no están a la altura, sino que hacen más daño que bien.

Su mensaje es individualista, cómo YO, ser supremo y único, tengo que hacer un ejercicio de realismo y ver (¡OJO!) sólo lo bueno que me rodea y hay en mí, que es mucho, pero que por ofuscación no percibo. Cayendo en un pesimismo que se extiende siguiendo un efecto dominó. Este individualismo, tan característico de todo mensaje vivificante, es fruto de siglos de asimilación sin fisuras de la cultura greco-romana, matizado con el mensaje cristiano en todas sus variantes. Esta es nuestra sociedad, la que critica sin piedad los valores de la religión (los buenos), pero ni se percata de los nocivos. 

Küppers establece un monólogo de entusiasmo sin límites que es agradable y fácil de asimilar, se adapta perfectamente a cualquier situación de depresión provocada por la abundancia (no creo que valga para situaciones de extrema y objetiva tristeza) y la desfocalización. A mi me gusta mucho, porque ofrece todo tipo de palancas para dar el salto al optimismo, no es sectario, no se avergüenza de confesar lo que piensa y siente, tiene buena presencia y combina la burla hispana con el pragmatismo nórdico a la perfección. Hay cientos de conferencias suyas en internet, merece la pena escucharle.

Como decía, esta semana asistí a una de sus charlas en la que habló de cómo salir con bien de este teatro pandémico. Tarea ardua y no tangible, sobre todo para el que tiene su futuro sostenido en papel de fumar. Como tomo notas de todo, me quedé con las seis claves para avanzar con paso firme. Las comparto con vosotros, ser buena persona, hacer deporte, leer novelas, redescubrir la música (no incluye el reguetón), saber que el ánimo no es un recurso ilimitado y la serenidad. Como veis, no aplica a situaciones de tristeza provocada por causas objetivas como muerte, enfermedad o pobreza.

Todo esto (se acerca el momento digresión) viene a cuento porque creo que vivimos un momento de reinvención de la serenidad. Un concepto que yo siempre había asociado a la calma, la ecuanimidad, la sencillez..., pero que en 2021 ha pegado un giro dramático - inciso, creo que cuando Víctor Küppers habla de ella se refiere el concepto clásico - convirtiéndose en una actitud a medida de lo que obliga el toque de queda, sobre todo en las grandes ciudades. Me explico, el descubrimiento del arte, la música, la naturaleza..., es algo en lo que se profundiza así de repente, sin un bagaje individual previo. Cuando hace un año nos encerraron, comenzó un bombardeo de propuestas orientadas a entretenernos sin movernos del sofá y - esto es lo más relevante - sin que nosotros aportáramos nada propio, una especie de adormidera cultural. No puedo creer que una persona adulta sea incapaz de entretenerse sola y tenga que esperar las propuestas que vienen de otros.

Esta idea incide también en el concepto de lo inmediato, de la no profundización en nada. Todo conocimiento o acercamiento a algún disciplina es efímero, todo lo que nos cuentan nos cuadra, nunca nos hacemos preguntas. Creemos que la gente sabe idiomas porque tiene facilidad para aprender, que cuando nos ponemos delante de un cuadro de hace 500 años es 'bonito y divertido', juzgando al pintor y al protagonista del cuadro como si fueran dibujos animados dignos de la más simple mofa, siendo en realidad un compendio de símbolos y dictados que han trascendido durante siglos y que han marcado la pauta de otros maestros de toda índole.

El otro día, paseando por las salas de Museo Thyssen, lleno a rebosar porque es gratis hasta el 18 de abril, escuchaba a muchas personas hablar de la varonesa -Carmen Cervera - como una lagarta, alguien con sus objetivos orientados al embaucamiento del pobre varón. Siento hasta lástima de tanta simpleza, la mejor colección privada de arte llegó a Madrid gracias a ella, de la que se puede disfrutar gratuitamente, que nos permite ver desde retablos del siglo XIV italiano, tan llenos de espiritualidad, hasta las vanguardias del siglo XX (con poquísima obra en España hasta la llegada de esta colección) con pinturas de Chagall, Picasso, Kandinsky..., por citar algunos al azar; pues bien, de todo esto se deduce que es una lagarta. Hay que tener una profunda serenidad para desligarse de la superficialidad y ver más allá. Es un ejercicio reconfortante, pero complejo. Esto Victor Küppers no lo explica bien, más bien da a entender que es una especie de meditación con velitas en un entorno agradable, pero es muchísimo más intenso que todo eso. 

No sé si el acercamiento a lo espiritual que propone el siglo XXI tiene precisamente este objetivo, que seamos más estúpidos. Esto me recuerda al método 'gomaespuminglish', el método de inglés para aprender español. El concepto es el mismo, rebajo el precio de los museos, de la cultura, para que seamos más incultos que nunca.

Pienso que tiene que ver con la enseñanza de aquí y de allá con la que nos forman desde los cuatro años. Esos 'horarios' de lunes a viernes en los que de nueve a once nos enseñaban matemáticas, y de once a una historia, así por generación espontánea. Guardabas un cuaderno y sacabas otro. La filosofía (al menos a mí) la contaban fatal, y la enseñanza de la historia estaba llena de lagunas, por alguna extraña razón dedicaban casi medio curso a hablar del Paleolítico y el Neolítico, nos presentábamos en Semana Santa sin que el hombre caminara erecto, y cuando llegaba mayo, a duras penas habíamos vislumbrado el Renacimiento. El conocimiento de la Edad Media era irrisorio, caía el Imperio Romano, todo era oscuridad y superstición, lleno de monjes y fanáticos por todas partes, y de repente se hacía la luz, con el Humanismo, donde por fin el atrasado Gótico quedaba enterrado en las brumas del tiempo. 

Ahora la cultura es más limitada aun, porque a este reduccionismo ya de por sí nocivo, se ha unido el adoctrinamiento regional y la supresión de las disciplinas de humanidades en los planes de estudio. Recuerdo que cuando nos contaban la llegada del Carlos de Habsburgo a la Península, lo nombraban como 'Carlos I de España y V de Alemania', tardé años en entender que Alemania - como tal - no existía por entonces, y que en realidad Carlos era el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, concepto que jamás nos explicaron. Pero al menos sabíamos que había existido, ahora, dudo que muchas personas menores de 35 años, cuando se pongan delante de su retrato en el Museo del Prado, sepan quien fue. Por eso, en cierta forma me siento afortunada, porque al menos yo si era capaz de colocarlo en la línea del tiempo cuando acabé la EGB.

'Carlos V a caballo en Mühlberg'
Óleo sobre lienzo 335 x 283 cms.
Tiziano (1548)
Museo Nacional del Prado (Madrid)

Por eso la búsqueda de la serenidad, con la idea de atesorar ideas de aquí y allá sobre cualquier disciplina, meditarlas y dotar cada segundo de esparcimiento a la tarea de profundizar para crecer como seres humanos, se me hace difícil de concretar en una sociedad como la nuestra ya a priori. Cuando hace un año nos encerraron en casa durante dos meses, esperábamos que nos dijesen a cada momento cómo debíamos 'matar' el tiempo, qué series debíamos ver, qué libros leer... Las musas no nos visitaban para ofrecernos esa ansiada serenidad, los personajes mitológicos que pintó Rubens, estaban encerrados bajo siete llaves en el lodo de nuestra ignorancia, ahora, cuando vayamos al Museo del Prado y veamos los cuadros seguirán devolviéndonos la pálida esencia de la serenidad que tanto nos esquiva.

Leed sin parar.

M.

sábado, 20 de febrero de 2021

'Invitada' y algo decepcionada.

Ir al Museo del Prado, cuando mis soporíferas tareas laborales me lo permiten, es para mí algo de inestimable valor. Una válvula de escape, usando terminología 'trendy', que tan de moda está. Es una sensación de pertenencia, de intimidad muy agradable. Cada vez que me he cabreado por algo, o he notado que la estupidez a mi alrededor me superaba, me he plantado delante de algún cuadro del Museo y, como por arte de magia, me he sosegado.

Hasta hace una semana podía afirmar que el 100% de mis visitas eran la terapia perfecta para evadirme en tiempos de incertidumbre. Ahora - temo - que la estadística ha cambiado, dejémoslo en un 99%. Y es que - tras decenas de intentos frustrados - por fin conseguí acceder a la exposición 'Invitadas. Fragmentos sobre mujeres, ideología y artes plásticas en España (1833-1931)', que comenzó en octubre 2020 y que acaba a mediados de marzo de 2021. La exposición es fantástica, un trabajo de primera, pero, cuando volvía a casa, después de pararme en cada cuadro, de leer cada cartela, de haber escuchado con atención la explicación del comisario, sin pretenderlo, notaba que estaba enfadada, molesta. Todo lo que había visto me había alejado de la esencia del Prado, de los Primitivos Flamencos, de Velázquez... Y toda esa sensación me descolocó y me dejó - por decirlo de alguna manera - fuera de combate. 

No tenía nada que decir, bien es verdad que soy una crítica de pacotilla, pero nada venía a mi cabeza, excepto la idea de que ser mujer supone un desafío, pero no por el hecho de serlo, sino por el hecho de ser el blanco de un debate continuo, de una revisión desesperada y machacona de las condiciones de vida pasadas y presentes, y a veces es muy molesto. Para mí ser mujer no ha supuesto un lastre, más bien todo lo contrario. Escuchar constantemente los agravios resulta descorazonador, porque - al igual que las novelas históricas de medio pelo, que revisten de sentimientos actuales a personas que vivieron hace dos mil años -  comparar la situación de la mujer en España hace 188 años con la de ahora es anacrónico y manido. El mundo en el que nos sumergimos las mujeres tras la Segunda Guerra Mundial, es un invento perfeccionado y hecho a medida de los hombres. Tendemos a comparar dos estadios de pensamiento diferentes desde la óptica del hombre. De nuevo son los hombres los que nos 'INVITAN' a avergonzarnos de nuestro proceso de adaptación a su invento. Esa es la razón por la que me sentí tan desazonada al salir del Museo.

Pero vayamos por partes. Primero la propia exposición.

Comisariada por Carlos G. Navarro, aborda distintos enfoques, muy bien hilvanados, para explicar la situación de las mujeres en España desde 1833 hasta 1931. Algunas pinturas son soberbias, mucho mejores que cualquiera de las que fueron incluidas en el fenómeno 'Vanguardias del siglo XX', y que son básicamente de pintores franceses, con algunas obras maestras, pero mucha mediocridad. El propio cuadro que sirve de cartel a la exposición, es una mezcla perfecta de realismo y expresionismo, un estudio de la luz y la psicología muy hábil. 

'Falenas' (1920)
Óleo sobre lienzo 160x201,5 cms
Museo Nacional del Prado (Madrid)

Yendo despacio por las salas, contemplamos reinas de la Península que han sido ignoradas por la historia, padres que dan lecciones de moralidad a sus hijas, niñas vírgenes tocadas por dios, mujeres que se ganan la vida como pueden en un mundo despiadado, otras que deben abandonar su vida familiar para dar ayudar a otro más ricos, violaciones, abusos, pintoras con talento ignoradas por la historia de arte, como la propia reina Isabel II... Todos los estadios posibles para describir lo injusta que ha sido nuestra situación a lo largo de los siglos.

El detalle de los cuadros y las explicaciones las tenéis en la web del museo. Si tenéis ocasión de ir, os recomendaría los cuadros de Antonio Fillol y de María Luisa de la Riva

La más obvia reflexión es que los cuadros de denuncia están todos pintados por hombres, como una forma de reflexionar y denunciar ante el mundo sus pecados. La concesión previsible que no soluciona nada, lejos de las trincheras de la acción. 

Otro pensamiento también muy elemental, todos los cuadros formaron parte de exposiciones nacionales, con el objetivo de optar a un premio, es decir, que el tema estaba de moda y molaba mucho. Ya se ve que en todos los premios se valora más la corriente de pensamiento que la propia calidad de la obra, ya sea literatura, arte, escultura, música... Siendo - como son en casi todos los casos - obras de primer orden.

Tercera conclusión, desconocemos nuestra historia y los nombres que - brillantemente - han formado parte de ella. 

Otro tema machacón es el de la 'España Profunda'. Los topicazos típicamente nuestros, como el gitano, el subdesarrollo, la actitud cerril, el fanatismo..., seguían muy de moda, y los pintores los explotaban con éxito para poder comer. Hecho que me da un poco de risa, primero porque el abismo entre España y el resto de Europa no era tan grande como nos quieren hacer creer, y segundo, desde la Edad Media la mujer española trasmitió títulos nobiliarios y - en caso de no haber heredero varón -  los heredaba con plenos derechos. Un ejemplo más actual, si habéis visto la serie Downton Abbey, sabréis que la trama gira entorno a la falta de un heredero varón, como no hay tal, un primo lejano tiene que hacerse cargo de la propiedad y título. En España, María Teresa de Silva heredó con plenos derechos el Ducado de Alba en 1776. Por añadidura mantenemos nuestro apellido desde tiempo inmemorial.

Las situaciones que describen los cuadros son reales, lamentables, dignas del más absoluto desprecio y censura, pero siempre hay que mirar hacia delante. Comparar la sociedad el siglo XXI, especializada, donde la mujer puede dejar a sus hijos al cuidado de alguien, con alimentos que sustituyen la leche materna, con parejas que están a su lado en trabajos más o menos semejantes, y no se pasan la vida en lejanas guerras pegando mamporros o arando campos, con la de hace 150 años, para dar fundamento a la realidad pasada, presente y futura de las mujeres, es - como decía antes - muy desalentador. 

Creo que todos estos pensamientos son consecuencia directa de mi apego a un Museo del Prado con cuadros de diosas del Olimpo pintadas por Rubens y personajes extraños bailando en el 'Jardín de las Delicias'. Pero sobre todo a mi incapacidad para dar el salto a una modernidad que me aburre y me asusta a partes iguales.

Id a ver la exposición.

M.

domingo, 7 de febrero de 2021

La música, la ciencia y el arte en tiempos esperpénticos.

Muchas de mis tardes libres las paso en el Museo del Prado. Si mañana se acabara el mundo, y tuviese que decidir dónde quiero estar y qué es lo último que quiero ver antes de la gran explosión letal, diría que en el Museo, viendo 'El Cristo Crucificado' de Velázquez, 'El Jardín de las Delicias' del El Bosco o 'El paso de la Laguna Estigia' de Joachim Patinir. Aunque si el momento final fuese muy apoteósico, me quedaría con 'La Gloria' de Tiziano. Sentiría que mi círculo se ha cerrado y que todo lo que he aprendido a lo largo de los años ha logrado condensarse en la contemplación de uno de estos cuadros que no me canso de mirar.

'El paso de la Laguna Estigia'
Joachim Patinir (1520)
Óleo sobre tabla (64x103 cms)
Museo Nacional del Prado (Madrid)

Desde que empezaron las medidas anti-covid, que hacen que el virus se propague más, el Prado se ha convertido - además - en una válvula de escape. Las escenas mitológicas que pintó Rubens, por ejemplo, me ayudan a entender ciertos cataclismos que - a simple vista - parecen inexplicables. Rubens estaba convencido en que los mitos de la antigüedad servían para dar forma a nuestras ideas, cimentadas en la filosofía griega, y que la llegada del cristianismo a Europa, y la consiguiente lapidación de los Dioses del Olimpo, fue algo que modificó el rumbo de la historia para mal. Creo que tenía razón, porque sus cuadros mitológicos me ayudan a entender muchas de las cuestiones que me planteo, esa mezcla de dioses hombres que aparecen en la Tierra por accidente o de forma intencionada y cambian todo, me ayudan a abstraerme. Estamos convencidos de que lo que hubo antes de nosotros era absurdo, sin importancia, pueril, que los griegos que creían en Zeus eran idiotas perdidos e incautos. Nada más lejos de la realidad. 

Tomemos - por ejemplo - de 'El juicio de Paris', vemos aquí a un lelo, Paris, que tiene que escoger - entregándole una manzana dorada - a la diosa más bella del Olimpo siguiendo instrucciones de Zeus. Las tres diosas son Atenea, Afrodita y Hera. El pobre está pasmado y no sabe qué hacer, aunque ya intuimos que será Afrodita la elegida, diosa de amor y con dotes para embaucar al pobre Paris. La decisión de este último desencadenará la Guerra de Troya


'El Juicio de Paris'
P.P. Rubens (1639)
Óleo sobre lienzo 199x379 cms.
Museo Nacional de Prado (Madrid)


Primera enseñanza del cuadro de Rubens, somos malos estrategas, sólo vemos la manzana que nos pone Hermes delante de nuestras narices. El paralelismo es obvio, hemos creído todo lo que nos han contado en los últimos meses, porque el premio, la manzana que debíamos entregar a nuestro destino, era la 'salud', como concepto altamente imaginario.

Me viene también a la cabeza una de las primeras escenas de la película 'Lo que el viento se llevó' (1939), cuando están celebrando una fiesta en 'los Doce Robles', la casa de Ashley Wilkes, alguien grita que la Guerra de Secesión ha comenzado, todo es de una felicidad que espanta. Irán a pegar sablazos a quien se ponga por delante, como si fuese un juego de niños. Lo que ven, lo que vemos todos tras años de adoctrinamiento en uno u otro sentido, es lo que veía Paris al contemplar a las tres diosas y la manzana que debía entregar a la elegida. Cuando Rhett Butler intenta convencerles de los desastrosos efectos de su ceguera, es vilipendiado y tiene que ser defendido y apartado con cortesía por el anfitrión. 

Otra pregunta que me asalta es por qué hay personas sublimes y otras que no lo son tanto. Qué es lo que nos hace sofisticados o no, qué vamos aprendiendo o desaprendiendo por el camino. No tiene que ver con el dinero, ni con la formación. Hay simplemente personas que tienen alma, un don, que atraen, que tienen esa sensibilidad contagiosa que nos da paz. Sin embargo hay otras que nos arrastran a la mediocridad y al fango. Por hacer un paralelismo de rabiosa actualidad, al igual que no sabemos al 100% cómo se contagia el covid-19, tampoco sabemos la razón por la que algunas personas contagian carisma y otras, no. 

Puedo pasarme horas observando los cuadros de Rubens, porque creo que él - sin pretenderlo - transmitió cosmogonía vital y amplitud de miras a sus personajes. Sus obras han traspasado la barrera del tiempo.

Ayer retornaba a mi cabeza esta misma idea, cuando veía a David Afkham dirigir la Orquesta Nacional de España en el Auditorio de Madrid. Lo veía contorsionarse, mover las manos, dirigir sin batuta el 'Concierto para violonchelo y orquesta número 1' de Franz Joseph Haydn (1732-1809), dejando que la música pasara por él, convirtiendo la pieza en algo universal, lleno de cadencia y fuerza. Él, nacido en Alemania, de origen persa, residente en España, con la sonrisa y la fuerza de su pasión transmitía paz en tiempos turbulentos, me hacía sentirme como una de las diosas de los cuadros de Rubens, o una invitada a un concierto de Haydn en la corte de los Esterházy en el siglo XVIII. Este es el estado mental al que - creo - toda persona del siglo XXI debería aspirar. 

Traspasar el tiempo y el espacio con la música, la ciencia y el arte debería convertirse en una meta alcanzable, pero no es así. Y mi limitado cerebro no logra entender dónde está la clave para que nos alejemos de las musas, dejando un desolado campo de incertidumbres. Tenemos los medios, pero no la voluntad. 

La esterilidad de nuestras luchas, de nuestros discursos que dan vueltas sobre los mismos tópicos, tras meses de encierros de diferentes tipologías, que nos alejan de la realidad, sin tener la clave de cómo será el después, el que volverá algún día a deleitarnos con su inanidad, sin acumular lección ni aprendizaje alguno. Sólo luchas sin cuartel, como en una guerra. Alejándonos, barridos por el viento ('gone with the wind') de siglos de personajes con alma, pasados y presentes.

Si hay una hecatombe, no encuentro estado más óptimo que observar los cuadros de Rubens, mientras imagino a David Afkham dirigiendo la orquesta de mis pensamientos.

Leed mucho.

M.

domingo, 17 de enero de 2021

Sólo nos queda un ataque alienígena... Mientras tanto, hay que leer.

Todos recordamos las historietas de nuestros abuelos sobre hechos apocalípticos, bombas, hambre, disputas ideológicas llevadas al extremo... Entonces - como éramos niños - nos parecían un cuento más, con más acción y realismo, algo alejado de nuestro confortable imaginario infantil.

Últimamente tengo la sensación de que a toda generación le toca vivir hechos fuera de los común, algunos causa directa de la acción del hombre, otros en forma de venganza del planeta Tierra, por lo mal que lo tratamos. En cualquier caso me invade algo de temor al ver que se nos acumulan los 'acontecimientos históricos' vividos. Y lo que me aterroriza realmente es la ceguera de los que ostentan el poder por uno u otro motivo. Solemos culpar a los políticos de su mediocridad (nada que objetar), pero yo trabajo en una empresa que cotiza en el Ibex-35, y la gestión no es para tirar cohetes, favoritismos, enchufes, pelotas, decisiones sorprendentes que acaban en desastre y de las que nadie se responsabiliza, cadena de poder basada en la obediencia ciega y acrítica... Consecuencia de la alabanza sin medida es la obtención de galardones varios en los que los premiados son a la vez jurado y público que aplaude en la entrega (algo parecido a los Goya del cine, pero en versión Ibex-35). 

La política es esto, pero elevado a niveles estratosféricos, en los que - ya de forma descarada y amoral - se ríen en nuestra cara y, lo que es peor, no cumplen con sus deberes mínimos para con el ciudadano. Corregidme si me equivoco, pero se justifica el descomunal tamaño del Estado (más del 70% de la riqueza que circula en España) porque hay servicios que, por su elevado coste y nulo beneficio, sólo pueden ofrecerse a fondo perdido. Para ello pagamos a una corte ingente de funcionarios de todo tipo que - prácticamente sin excepción -  tienen el concepto de su cometido social cambiado, es decir, creen que el Estado está a su servicio, no ellos al servicio del Estado, entendiendo 'Estado' como la suma de las personas que viven en él, todas sin excepción. Esto en sí no parece relevante, pero lo es, porque en momentos decisivos, y tras recordarse machaconamente sus privilegios, llegan a tener tal distorsión mental, que creen ostentar el derecho de disponer de la vida y destino del resto de sus vecinos, mientras disfrutan de una serie de Netflix sin inmutarse. Si la nieve se acumula en las calles, o las personas enfermas no pueden llegar a los hospitales, no tienen remordimiento alguno, echan mano de su cartilla de derechos y listo. 

Una vez asentados los cimientos de nuestra convivencia, sólo nos resta esperar el ataque alienígena. Mientras, nos dedicaremos a leer, que es lo que hago yo, para hallar paralelismos en ficciones que palidecen ante la realidad.

Los párrafos anteriores me sirven de introducción para hablar de la novela 'La Gata y el General' de Nino Haratischwili, publicada en español en septiembre de 2020. Los hechos que se describen en este libro son el reflejo - llevado a un extremo trágico y grandilocuente - de lo que he escrito en los párrafos anteriores, cómo la fuerza de un estado fallido aplasta a los más inocentes, con la excusa de los derechos adquiridos y la consabida lucha de clases, si que sepamos muy bien quién es quién en la pirámide social, y las razones de la lucha. Sólo que, cuando ya no podemos exprimir a los que nos rodean, lo más 'razonable' es buscar enemigos donde sea, para evitar asumir ciertas responsabilidades obvias y esparcedoras de miseria.

Vamos a poner la novela en contexto, que no es fácil, puesto que los acontecimientos que se narran en ella no son muy conocidos y están distorsionados por el colapso de la Unión Soviética. 

La Primera Guerra Chechena (núcleo de la novela), tuvo lugar entre 1994-96. No fue un hecho espontáneo, había una mochila llena de odios y heridas mal cerradas, también desavenencias religiosas (los chechenos son en su mayoría musulmanes) y pobreza. Chechenia había sido incorporada al Imperio Ruso (el de los zares) a finales del siglo XIX, las ansias de las grandes naciones por tener un gran imperio fueron letales para algunos grupos humanos. A lo largo del siglo XIX y hasta la Primera Guerra Mundial, ciertas potencias se lanzaron a una acaparación sin precedentes, pusieron bajo su yugo a todo pueblo al que consideraron inferior y necesitado de aire civilizador. Rusia no fue una excepción, de hecho llegó a tener un gran imperio. La supervivencia de este imperialismo mega-civilizador tiene un denominador común, los locales pintan poco y los 'invasores' copan todos los órganos de decisión. Esta pauta se cumple en el 100% de los casos. Si las élites invasoras manejan bien la situación, puede funcionar la idea, en el caso de Chechenia, no fue así. 

Stalin los mantuvo a raya (el odio estaba ahí, claro, pero no decían ni 'mu', el miedo podía con todo). Cuando los nazis llegaron a Grozni en 1942, lucharon como poseídos contra ellos. Stalin pensó que podrían reclamar algo de gloria, destinada sólo para él, y los acusó de colaboracionistas, el resultado (imaginable) fue la deportación a Siberia de miles de chechenos, se les permitió regresar en 1957. Se puede ir viendo que esto acaba en tragedia. 

En 1991, cuando la Unión Soviética colapsó y se resquebrajó por todas partes, desde Moscú pensaron que ciertas regiones, anexionadas por la violencia o de forma artificial tras la decena de conflictos habidos durante siglos XIX y XX, podían ser repúblicas asociadas, o lo que es lo mismo, crear una ilusión de independencia, mientras desde Moscú los oligarcas explotaban sus ingentes recursos naturales. Algunas regiones se negaron, pero eran tan pobres que a nadie interesaban, como Moldavia, obtuvieron la independencia sin más. Otras eran casos perdidos, nunca se habían creído lo de la URSS, habían mantenido sus lenguas y era pro-europeas, las Repúblicas Bálticas, también se les dejó ir. Tenemos casos como Turkmenistán, Azerbaiyán, Uzbekistán..., que se independizaron totalmente, con la promesa de seguir en la órbita rusa y no sacar la pata del tiesto. Otras, como Georgia o Armenia, prometieron lo mismo, pero pasados los años y - por causas que no llevaría días explicar - decidieron ser desleales a Moscú, lo que desató su ira, porque, en este caso, sí había mucho en juego.

El caso de Chechenia no se encuadra en ninguno de los anteriores. Declaró su independencia unilateralmente en 1991, muchos años de odio contenido desembocó en un apoyo popular casi unánime al nacionalismo checheno, con el añadido de la fe religiosa. Muerte del representante del Partido Comunista Ruso (PCUS) y toma del aeropuerto de Grozni, años de guerra, muerte, destrucción y miseria.

Las variables de esta fórmula letal son, Rusia con su corte de funcionarios en busca de ganancias en un pantanal de decadencia, incompetencia por culpa de setenta años de comunismo con estrategias militares caducas y faltas de realismo, zona montañosa llena de fanáticos llenos de odio (Chechenia) y todos los contrincantes guiados por el espíritu de la violencia y destrucción... Nada que añadir, sería redundante.

En medio de un estado fallido, donde los funcionarios (ver párrafos iniciales de este texto) creen poseer el derecho de manejar los recursos de los ciudadanos como un derecho sagrado, sin tener ningún tipo de responsabilidad para con ellos, y con historias personales plagadas de episodios crueles y descarnados - la URSS no dejó a nadie indemne - encontraron en la Guerra de Chechenia el lugar y el momento histórico para dar rienda suelta a sus instintos. 

Este es el marco en el que se desarrolla la novela de Nino Haratischwili. Un hecho violento y brutal marca el destino de algunos de los protagonistas. Otros - en Berlín - son víctimas colaterales de cómo las estructuras de poder en las que nadie asume fallos, se perpetúan dejando que sus rigideces arrastren a quienes se acerquen a husmear. Hasta los 'buenos' comprenden mejor que nadie que - puesto que otros lo hacen y la cosa no tiene remedio - es mejor estar en la cúspide de la pirámide, aunque esté podrida, que en el fango del subsuelo.

Nino conoce y describe como nadie esa realidad, cuenta - por su edad y circunstancias - con dos fuentes en la que inspirarse, nació en la Georgia previa a la caída de la Unión Soviética, y fue testigo de la fiereza rusa cuando un estado satélite como el suyo, decidió volar el libertad. No es sencillo conocer al dedillo - como ella - todos los entresijos de una realidad tan compleja como la vivida en Rusia desde finales del siglo XX.

La maldad y la mediocridad son el eje axial de toda buena novela, esta no es una excepción. La lucha de los 'malos' contra los 'buenos', de cómo los que supuestamente se levantan cada mañana para proteger a los oprimidos, acaban aniquilándolos, a veces sin querer, es el otro tópico ampliamente tratado en el libro. Añado la manía que tenemos los occidentales de meternos en berenjenales sin saber de la misa la media, estos último en forma de periodistas que hablan a bulto, en busca de la noticia estrella; también hay un personaje que ilustra este tipo de comportamiento.

Como toda mente lúcida, no da forma a la trama victimizando a una parte, en este caso los chechenos, a los que describe como una sociedad cerril y opresiva que estigmatiza el destino de muchos inocentes. 

La lucha sin cuartel de ambas partes, chechenos y rusos, contemplaba - o así lo veo yo - la victoria como única alternativa, como una forma sencilla de perpetuar una imagen vendida al mundo y a ellos mismos, a partir de ese momento la destrucción total era la única vía. 

El protagonista - 'el General' - es un oligarca ruso lleno de odio y ansias de venganza, porque - entre otras cosas - no le dejaron vivir la vida que él quería, participó - contra su voluntad - en la muerte y violación de una niña chechena durante la guerra. Para dar forma a su cruzada contra el resto de mediocres y borrachos asesinos, gesta su plan en Berlín durante la segunda década del siglo XXI. 

Una joven georgiana que se gana la vida como actriz de segunda en teatros de Berlín, es 'la gata', también tiene estigmas del comunismo en su cuerpo y en su mente. Su parecido con la chica chechena (Nura) asesinada años atrás, decide su destino.

Como trasfondo de los intrincados caminos de la vida, un cubo de Rubik, y una confabulación de recuerdos.

Hasta aquí todo es casi perfecto. Casi tanto como su primer novela, 'La Octava Vida. Para Brilka'. Pero hay algo que falla en el último tercio de la trama, un detalle imperceptible que que hace que la novela no sea perfecta, la Gata se convierte, sin explicación coherente y sin vínculo alguno con ninguno de los hechos presentes y pasados, en una especie de James Bond, y decide buscar la justicia por su cuenta, justificando tal movimiento por el pantanal familiar que ella misma tiene en Berlín, cosa que - ya se puede entender, incluso sin haber leído la novela - no tiene ni pies ni cabeza. Para la escritora sí, porque necesita un testigo de la escena final, la apoteosis de todo, cuando sube el telón y todos se juegan todo a una carta, con la actriz georgiana como testigo. Pero no sólo es testigo, es que en su papel de James Bond, como si de un thriller de tres al cuarto se tratara, ha conseguido reunir pruebas que justifican que el telón este último acto no suba. Pero sube.

Nino Haratischwili es una gran escritora, pero creo que corre el riesgo de sobreexplotar el tema 'caída de la Unión Soviética y descubrimiento de sus miserias', llegado un momento, no sabrá cómo dar forma a nuevas historias sin caer en giros extraños.

No obstante, como siempre digo, leed la novela y sacad vuestras propias conclusiones y paralelismos con la triste realidad que vivimos.

Leed mucho, 

M.

jueves, 7 de enero de 2021

Adiós 2020 y... Los libros

Adiós al 2020, demasiadas frases tópicas para describirlo en las que no quiero caer, ya las repito demasiado cuando hablo con gente. Temerosa de decir lo que realmente pienso de todo esto, me reservo prudentemente mis conclusiones en la cabeza, he observado que la gran mayoría de los terrícolas ha asumido como necesarios los despropósitos que nos han obligado a vivir en el año que acaba. Esto no significa que sea "negacionista", ni que piense que somos víctimas de una conspiración global orquestada por unos poderes malignos que nos manejan... Nada de eso, para mí es mucho más simple, los países desarrollados, los del primer mundo, son hipócritas y cobardes, a esto se suma que, en los puestos clave, en los momentos clave de la historia, manejan los hilos personajes que no están a la altura, visionarios ridículos, sin noción alguna de lo que nos jugamos, tomando decisiones arbitrarias, refrendadas por periodistas analfabetos y comprados.

Esta simple declaración aplica a todos los retos a los que nos enfrentamos como especie, da igual lo grave que sea la situación, irá a peor. La explicación, basta leer el párrafo anterior. No entraré en política, porque - de nuevo - las cosas que a mi me parecen obvias son tachadas de reaccionarias y retrógradas. No me meteré en ese charco. Simplemente diré que todo lo que hacemos, o nos 'obligan' a hacer, tiene consecuencias. En nuestro caso, es muy complicado reaccionar o quejarse, así que mi recomendación es que os refugiéis en los libros, básicamente lo que hago yo.

Resumiré este año, no con el recuento de despropósitos vividos, sino con algunas de las novelas que he leído, los ensayos los dejo para otra ocasión, o me iré por las ramas, más de lo que me suelo ir, que es mucho. Por otro lado resumir los ensayos que otro ha escrito, con muchísimos más conocimientos que yo, me parece un poco sinsentido, las ideas que tomo de este tipo de libros, me sirven para dar forma a mis publicaciones sobre novelas y - sobre todo - al caldo de cultivo de mis ideas, pero no para hacer resúmenes ni críticas.

Vamos con el resumen literario del 2020, cuando nos encerraron en casa, comenzó un tráfico de ideas para pasar el rato, plataformas de todo tipo para que no nos aburriéramos, libros online, series, juegos..., deben entretenernos, no somos capaces de sentarnos a pensar (ni cuando no tenemos otro remedio) lo que nos gustaría hacer para que el tiempo se haga más corto, o no nos percatemos de nuestro encierro. Aparentemente, nadie tenía libros atrasados por leer, ni maquetas que montar, ni series por ver, ni películas favoritas, ni colecciones de dedales por pulir... NADA. Porque el bombardeo de ideas para pasar el rato se hizo imprescindible, cuando lo cierto es que sólo ha hubo una cosa que nos hizo sentirnos menos encerrados (mal que me pese reconocerlo), la tecnología. Por encima de toda la formación personal que podamos atesorar, necesitamos ver y 'tocar' a las personas que queremos, y sin los medios que manejamos, el confinamiento hubiera sido infinitamente peor. Yo he quedado virtualmente para tomar 'cerves', he visto a mi familia cada tarde, he dado clase, mantenido reuniones, trabajado... Y eso ha sido tanto o más importante que todos los libros leídos. La tecnología se ha vuelto humana, se ha puesto a nuestro servicio para acercarnos y recordarnos los grandes logros del hombre. En catarsis como esta crecemos como especie, porque luchamos y nos enfrentamos a nosotros mismos. A otros entes no somos capaces de darles jaque mate, no sabemos luchar contra un virus enano, eso no. En cuanto aparezcan los extraterrestres, estaremos perdidos, porque son más grandes y llevan armas que disparan rayos láser.

Entre videollamada y videollamada, comencé el confinamiento con 'Creación' de Gore Vidal. Tenía muchísimas ganas de leer este libro, lo había comprado hace años en una tienda de libros de saldo y siempre estaba ahí, en la estantería de novela histórica, junto con Mika Waltari o Umberto Eco. Además, había leído no hace mucho, de este mismo autor, 'Juliano el Apóstata' y me encantó. Juliano era real, no un personaje impostado con sentimientos de la Edad Moderna. La recreación del siglo IV dC es tangible y soberbia, pero Creación me aburrió soberanamente, no veía el momento de que se acabase, cada día, cuando me sentaba a leer, revisaba el punto de lectura, para alentarme con mis avances y verle un fin. La novela es muy buena, pero quizás demasiado ambiciosa, demasiado que contar, demasiados personajes relevantes a los que dar forma, Darío el Grande, Buda, Confucio, Lao-Tse..., se entremezclan en una trama que peca de ambiciosa, incluso de anacrónica, porque muchos de los personajes que aparecen no fueron contemporáneos de Darío I de Persia. Al no lograr sumergirme en esta trama del siglo V aC, decidí - a ratos - releer pasajes del Quijote. 

Como estudiante de lengua árabe, me pregunto constantemente cómo un idioma hablado por más de trescientos millones de personas tiene tan poca literatura moderna publicada. ¿Se traduce poco? ¿No se fomenta la literatura lo suficiente? ¿La religión está tan presente que merma las intenciones de los editores? ¿Sólo se traducen novelas escritas en inglés? No lo sé, es verdad que en La Casa Árabe de Madrid hay presentaciones de libros de autores en lengua árabe, mucho libro protesta, mucho ensayo sobre la Primavera Árabe (algo aburrido ya el tema), y la socorrida denuncia de la situación de la mujer en países como Arabia Saudita  - la denuncia se hace en Europa, claro - pero novela, poca. Tengo en mente varios libros, algunos recomendados por mis lectores en varios medios, y otros por mis profesores de árabe, la mayoría traductores. Pero el motivo que me llevó a leer la 'Trilogía del Cairo' no fue mi interés por la cultura árabe, no, fue una frase y una constatación. Empiezo con esto último, no conocía bien la obra de Naguib Mahfuz, mal, muy mal. Había leído su libro sobre Akhenatón hacía años, y me gustó, poco más. No tenía perdón. Abril fue el comienzo del descubrimiento. 

La frase a la que me refería tiene que ver con una persona a la que considero un portento de inteligencia, muy por encima de la media, alguien que piensa las cosas con sentido común, con perspectiva y rigor. Alguien especial que - como todos los genios que protegen con un manto de silencio, timidez y hosquedad sus cualidades fuera de lo común - de vez en cuando muestran algo de ternura. En medio del encierro sofocante y absurdo, cuando nos envolvía el silencio y los aplausos sin sentido, movidos por una extraña solidaridad, me dijo: "tengo que acabar este libro ('Entre dos Palacios'), lo empecé en el hospital, cuando cuidaba a mi padre" Extrañas conexiones, el confinamiento en casa, con una despedida. Algo que abandonas en un momento trascendental de tu vida y recuperas cuando atraviesas otro, sólo que este último es artificial e inexplicable. 

Escribí sobre la 'Trilogía del Cairo', sobre su modernidad y los retos a los que se enfrentan sus personajes, retos que se parecen en cierta forma a los que nosotros tenemos que entender, no uso la palabra 'lidiar' porque no aplica aquí, a eso nos obligan con toda crudeza y descaro, adornando la realidad con las consabidas frases sin sentido, vacías y sin sustrato aprovechable. La mezcla de progreso y pasado, las víctimas de la 'libertad', la muerte, la sumisión y el deseo de huir de nuestros propios fantasmas, todo magistralmente escrito por un genio que pagó cara su osadía.

El 2020 era el año de Sicilia, un viaje que - por razones varias - no había emprendido, en eso se ha quedado, en un proyecto. Cuando comencé a prepararlo, busqué escritores sicilianos para leer, conocía algunos - G.T. di Lampedusa, Gesualdo Bufalino, Andrea Camilleri... - otros, como Leonardo Sciascia, me eran desconocidos. De este último me llamó la atención su fijación por el Quijote, la importancia que concedía a las acciones vitales del caballero manchego, como reflejo de los sueños que se van topando con la realidad. Durante su vida estuvo muy volcado en el periodismo y en la crítica sin cuartel a la política italiana, no quería ahondar en estos temas, no en ese momento. Así que escogí una novela suya titulada 'El Archivo de Egipto', ambientada en Palermo a finales del siglo XVIII, narra la historia de un capellán que falsifica unos manuscritos para hacerse rico y - en último término - modificar la historia de Sicilia a medida de los que le pagan su delirio (como el periodismo actual). En paralelo, narra la vida de otros personajes reales de la época. La novela es muy buena, pero - al menos la copia que yo encontré - muy mal traducida. Sorprende, porque el italiano y el español son primos hermanos. 

Otro de los hechos esperpénticos del 2020 fue que me contagié de coronavirus, sí, cuando estaba teletrabajando en casa y casi no tenía vida social. Hecho inexplicable. Decidí sentarme en el sofá a leer, otra acción heroica hubiera sido absurda. Urgencias colapsadas, médicos con menos empatía hacia el paciente que nunca, desconocimiento y fracaso de la ciencia... Opté por el pragmatismo, sentarme y esperar. Los primeros días fueron duros, pero luego comencé a remontar, gracias a Haruki Murakami y sus mundos paralelos. 'La Muerte del Comendador' me acompaño todos esos días. Nunca lo olvidaré. Escribí sobre esta novela, publicada en dos libros en España y - esta vez sí - magníficamente traducida por Fernando Cordobés y Yoko Ogihara, la simbiosis perfecta - si es que tal cosa es posible - entre el español y el japonés, cada párrafo está perfectamente adaptado para acercarnos a una cultura ajena y desconocida. Porque si hay alguien que cree que leyendo libros de meditación, de budismo zen y cuatro sandeces más conoce Japón, va listo. Para entender una cultura así hace falta, en primer lugar, despojarse de nuestro esquema mental heredado de la filosofía griega, pulido por el cristianismo y rematado con siglos de historia europea llena de guerras de religión y sucesión de imperios en lucha constante por dominar, pero nunca por comprender. 

También hablé aquí de la última novela de Leonardo Padura, que devoré, en este caso más por la envidia que me da su dominio del castellano, que por la trama en sí misma. Me hubiera gustado escribir un libro así, de corrido, sabiendo en cada caso qué preposición tengo que usar, cuál es el término exacto para definir una situación, cómo describir a una persona cuando está sobrepasada por las circunstancias, como dar un giro a la trama usando sólo una frase contundente. Padura lo hace como nadie ayudándose con un idioma maleable y vivo. Es un genio. Eso sí, muchas personas me dijeron que por culpa de mi crítica, pensaban tener una obra maestra entre las manos, cosa que no era así, el libro les decepcionó. Puede que la descripción del mundo habanero sea algo ya muy manido, pero sigo afirmando que a mi me gustó mucho. Ahí lo dejo.

Una de mis críticas literarias más aclamadas fue la que hice sobre el libro, 'La Octava Vida, para Brilka', de Nino Haratischwili. En 2020, esta escritora georgiana afincada en Berlín, publicó su novela 'La Gata y el General', libro sobre el que daré mi opinión en una publicación por venir, por lo que no adelantaré muchos detalles. Baste decir que me ha decepcionado. Conoce a la perfección el antes y el después de la caída de la Unión Soviética, eso hay que reconocérselo sin reservas, pero - en un determinado momento - da un giro de la trama a lo James Bond, que me ha dejado un poco perpleja. Hay algunas cosas inexplicables, ridículas diría yo. 

Para concluir, el consejo de un visionario entrañable que también me acompañó a ratos en el 2020, alguien que encontró su propia fórmula para huir de la imbecilidad. Hallando en otro personaje de novela a quién imitar. Porque cuando te obligan a salir del mundo de los delirios y la imaginación, todo se disipa y se convierte en un sinsentido. El norte y la cordura están donde residen los personajes inventados de los libros.

Desta misma suerte, Amadís fue el norte, el lucero, el sol de los valientes y enamorados caballeros, a quien debemos de imitar todos aquellos que debajo de la bandera del amor y de la caballería militamos. 

Don Quijote de la Mancha (Cap. XXV)

Militad en vuestro propio mundo de caballeros andantes y leed mucho. 

Feliz año nuevo.

M.