jueves, 20 de junio de 2024
Fútbol, asco puro.
martes, 4 de junio de 2024
Rogelio II de Sicilia y la Gala MET 2024.
Confieso que cuando leí éste, y otro libro suyo titulado simplemente 'Sicilia', estuve a punto de escribirle y recriminarle su falta de rigor histórico. Ambos libros están llenos de gazapos, omisiones y juicios de valor que un historiador no debe permitirse.
jueves, 16 de mayo de 2024
Eurovisión 2024... ¡Qué espectáculo!
domingo, 21 de enero de 2024
Sigo con la sociopatía. Creo que ya no tiene remedio.
miércoles, 20 de septiembre de 2023
El paraíso nórdico...
sábado, 16 de octubre de 2021
¿Debemos ceder el paso a la postmodernidad? Las enseñanzas del Príncipe de Salina.
¿Estamos ya en época postmoderna? Por centrarnos, la era moderna comenzó para algunos historiadores con el Descubrimiento de América (1492), para otros el punto de inflexión lo marcó el desastre de la Caída de Constantinopla (1453), pocos años de diferencia entre ambos, así que fijaremos el inicio del mundo moderno a principios del siglo XVI. Lejos ya de las tinieblas de la Edad Media (un concepto ridículo y falso, pero muy extendido), y con un tímido avance hacia la especialización del conocimiento.
El Renacimiento y - posteriormente - el Barroco, marcaron la senda de una revolución que hizo palidecer a otros movimientos completamente magnificados porque tuvieron lugar en el mundo protestante o francés. Al primero se le tiene alguna consideración, al segundo, el Barroco, menos, porque era España - perseguida por la Leyenda Negra - quien dirigía la orquesta mundial.
No se puede negar que la Corte Española impulsó - sin lograr sacudirse su descrédito - el Barroco a nivel mundial. De él viven aun países como Guatemala o México, donde se alcanzaron cotas de auténtico virtuosismo y - en menor medida, por su desastroso urbanismo - Sicilia.
De esta isla, la más grande del Mediterráneo, versarán los siguientes párrafos.
Tras un año y medio raro e inesperado, donde nos han tenido encerrados como ermitaños, arrancándonos de paso nuestra fe, entiéndase esto último como cualquier manifestación de individualismo, y aprovechando el aflojamiento de nuestras cadenas, decidí emprender el viaje planeado para marzo de 2020, Sicilia. El libro ad-hoc para la ocasión (obvio en este caso particular) no tuve que comprarlo, ya lo había leído hace unos años, pero no cabía otro compañero de viaje, sin él es imposible comprender la isla, el peso de sus conquistadores y los aires de cambio que se abatieron sobre ella a mediados del siglo XIX, sí, hablo de 'El Gatopardo' de Giuseppe Tomasi di Lampedusa.
Tengo que decirlo ya, no vayáis allí sin este libro bajo el brazo.
Para comprender el argumento de esta colosal novela, para mí de las mejores escritas en el siglo XX, hay que mantener en todo momento un esquema mental de la historia de la isla. Y como se fue cincelando su carácter, mezcla de una potente cultura griega, que vio nacer a importantes filósofos y cuyas ciudades se contaban como las más importantes del Mediterráneo, para pasar a ser un granero romano, campo de batalla de guerras varias en la antigüedad, bastión bizantino, árabe, normando, francés (contra el que se rebelaron en las conocidas 'Vísperas Sicilianas'), español y, tras el Risorgimento o Unificación Italiana, parte de la Italia moderna.
Todos los isleños tienen algo de peculiar, no caben excepciones. En el caso de Sicilia el matiz se ve acentuado por la rapiña de sus conquistadores y previsible advenimiento de la Mafia, que se hace sentir en todo momento en el devenir de los actos más comunes. Sé que es complicado justificarla o verla con buenos ojos, pero cuando he escrito 'previsible', ha sido con el objeto de matizar que no se puede invadir una isla una y otra vez, sin más objetivo que la ambición, sin intuir que - llegado un momento - sus habitantes se unirán para defenderse, pobremente al principio, y de manera global después.
Desde el momento que se aterriza en Catania o Palermo, se nota el silencioso peso de su poder en las cosas más nimias, en el lento trascurrir de los actos más comunes, en su urbanismo caótico y deprimente que invade como una polilla ('moth' en inglés, es como se conoce a la Mafia en lenguaje coloquial) edificios colosales, llenos de inmundicia y vagancia. El peso de la inactividad dictada por un mundo periférico y lleno de códigos propios. Si alquiláis un coche, por ejemplo, comprobaréis que de repente la carretera se estrecha por obras en decenas de lugares, sin saber la razón. No hay operarios, ni máquinas, nada. No las ha habido nunca desde que decidieron simular unas obras por sabe dios qué motivos.
El comienzo de este caos, precedido por el sofocante peso social de la iglesia y la nobleza, se esboza en la novela sin apenas darnos cuenta. Cada uno de los protagonistas representa ese algo de pintoresco que cada época dibuja y que sirve - con la óptica del tiempo - para dar forma a un imaginario desbordante de anécdotas y pautas para no prejuzgar sin motivo la trama que el tiempo cincela, arrastrando sin piedad sueños y ahogando voluntades.
Como todo buen libro, nunca se sabe quién es el bueno ni el malo, porque cada uno de los personajes tiene sobradas razones para actuar tal y como lo hace, sin borrar ni una coma del guion, dinamitando así los perjuicios de quienes saben leer entre líneas.
El escenario de la trama se enmarca entre los años 1860, fin del Reino de las Dos Sicilias y entrada en escena de Garibaldi, y 1910, acto final de una época en extinción, dinamitado sutilmente con la destrucción de unas reliquias.
No resumiré la trama, pero sí quiero dejar constancia de los que
son – para mí – los cuatro momentos que invitan a una reflexión profunda.
Don Fabrizio Corbera, Principe de Salina, heredero de un patrimonio económico y cultural incalculable, se encuentra ante una tesitura histórica y personal complicada. Asfixiado por los clichés dictados por su propia familia, ve como su sobrino, Tancredi Falconeri, es merecedor de todo su afecto y admiración. Este último, sin recurso económico alguno, se alista en el ejército de Garibaldi sin que en realidad quiera perder ninguno de los privilegios que su origen noble le brinda.
Aquí leemos el primer momento clave, el diálogo entre tío y
sobrino al respecto de su alistamiento, la frase de Tancredi que ha pasado a
la historia de la literatura: ‘Que todo cambie para que todo siga igual’.
(...) "Por el Rey, sí, pero ¿qué Rey?" El muchacho tuvo uno de esos accesos de seriedad que lo volvían enigmático y a la vez entrañable. "Si nosotros no participamos también, esos tipos son capaces de encajarnos la república. Si queremos que todo sigua igual, es necesario que todo cambie. ¿Me explico? (...)
El Gatopardo. Giuseppe Tomasi di Lampedusa.
Alianza Editorial SA. Segunda Edición 2012. Pág.73.
Desde hace milenios, en esencia, todo sigue igual, a pesar del progreso, siempre ha habido clases, oprimidos, advenedizos, explotados y élites más o menos destructivas. La razón es obvia, no existe verdadera voluntad de cambio. Y lo que puede venir es posible que sea peor, véase el caso de la Unión Soviética.
Siguiendo con este razonamiento, la segunda reflexión es ¿cómo se debe actuar en tiempos de cambio?
(...) "Después de la cena, a las nueve y media, recibiremos con agrado a los amigos". Estas últimas palabras dieron mucho que hablar en Donnafugata. Si el príncipe había hallado al pueblo igual que siempre, éste en cambio lo halló a él muy cambiado, porque hasta entonces jamás le habían oído palabras tan cordiales; y en aquel momento, insensiblemente, comenzó a declinar su prestigio. (...)
El Gatopardo. Giuseppe Tomasi di Lampedusa.
Alianza Editorial SA. Segunda Edición 2012. Pág. 117.
El Gatopardo. Giuseppe Tomasi di Lampedusa.
Alianza Editorial SA. Segunda Edición 2012. Págs. 282 y 283.
El Gatopardo. Giuseppe Tomasi di Lampedusa.
Alianza Editorial SA. Segunda Edición 2012. Pág. 304.
El Gatopardo. Giuseppe Tomasi di Lampedusa.
Alianza Editorial SA. Segunda Edición 2012. Pág. 408.
domingo, 3 de noviembre de 2019
El último emperador, pintores flamencos y una manzanilla en el Museo del Prado.
Repasemos, hemos visto en el cine/televisión: 'El último emperador' (Puyi), 'El último samurai' (en este caso el que se extinguía era el samurái, y llegaba el emperador, que era malísimo y medio idiota, según la versión de Hollywood), 'Kungfu' y su querido amigo el Pequeño Saltamontes (con una turbia historia de asesinato del sobrino del emperador chino)… Por citar sólo tres. Todos ellos, por rocambolesca que sea la historia que traten, palidecen ante el despliegue de armaduras y lanzas que puede verse hasta el 5 de enero de 2020 en el Metropolitan de Nueva York, con objeto de la exposición 'El último caballero'. Mayor despropósito y manipulación histórica no se ha conocido. Esta es la razón por la que afirmaba al principio que la obsesión de los estadounidenses por los emperadores tiene algo de paranoia enfermiza rayando el desconocimiento más ridículo. Asumo que es por la cultura del espectáculo, de la que todos somos víctimas. O por no dejar que la Leyenda Negra española caiga en el olvido.
Vamos por partes.
Un viaje a Nueva York en otoño, más con 25º de temperatura y sol todo el día, es completamente recomendable. Una delicia para los sentidos y para la mente. Huir del despropósito peninsular es una bendición, un gasto del que cuesta recuperarse, pero completamente justificado. Una vez allí, sólo resta pasear y observar. Uno de los mejores sitios para ello es el Metropolitan (MET), un gigantesco museo con todo tipo de cachivaches de todas las épocas y culturas de la humanidad. Increíble expolio el llevado a cabo (son dignos herederos de sus hermanos británicos), no hay civilización - por poco influyente que fuera - que no tenga su salita en este museo. También hay pintura y escultura, sobre todo europea, y - cómo no - exposiciones temporales. La entrada cuesta 25 dólares, pero puedes acceder durante tres días. Falta tiempo, cuando se cogen las riendas de la cultura - como ha sido el caso de los Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial - hay que mostrar al mundo todo lo que se tiene sin rubor. Otra digna herencia, esta del protestantismo y su afán por no ocultar la riqueza, como una bendición de dios.
Este octubre del 2019, dos de estas exposiciones eran, la ya mencionada de 'El último caballero', y 'Alabando a los pintores flamencos', otro increíble ejemplo de manipulación sin precedentes. Con lenguaje dañino y torticero. Volveré a esta muestra, pero vamos a desvelar la identidad de nuestro último caballero, un EMPERADOR, claro, el último de Sacro Imperio Romano Germánico, según la versión del MET, Maximiliano I (1459-1519).
Detalles importantes para comprender la manipulación, uno la fecha de su muerte 1519. Dos, sus raíces germánicas y su centro de operaciones, el norte de Europa. Ya está. El último emperador Maximiliano es el estertor glorioso de una época que declina, para dar comienzo a otra más esplendorosa, la de los príncipes alemanes protestantes a los que Lutero leyó el pensamiento y dio voz en 1517, dos años antes de la muerte de nuestro emperador. Porque para los habitantes del norte de Europa, de los que los norteamericanos son dignísimos herederos, Carlos V, como español y católico, NUNCA fue emperador. No solo no lo matizan, simplemente niegan su existencia. En todo momento, a lo largo de la exposición, cuando mencionan al nieto de Maximiliano I, es decir, a Carlos I de España y V del Sacro Imperio, se refieren a él como rey de España. Los emperadores, cuando existen y se les menciona, deben ser a imagen y semejanza de una película de Hollywood, al servicio de una idea que divide la historia en dos, antes de 1517, y después.
Y si hay algo que es comercial, vendible y vistoso antes de 1517, como es el caso de esta muestra, se maquilla como si de un decorado monumental se tratase y se orienta hacia donde es menester. En realidad tal despropósito no cae en saco roto, los norteamericanos han sufrido adoctrinamiento toda su vida, y a la Edad Media - para ellos antes de separarse de las doctrinas de Roma - la denominan 'Dark Ages' (Tiempos oscuros). Este tipo de saraos, no hacen sino reafirmar aquello en lo que llevan creyendo quinientos años, si además - como parte de una obsesión hollywodiense - aparece un emperador, entran literalmente en el nirvana.
Esta vez anexo como prueba una de las cartelas de la exposición donde habla de sus herederos.
Reflexionad y sacad vuestras propias conclusiones.
M.









