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domingo, 26 de enero de 2025

La Cripta de los Capuchinos

El universo de los apestados, de los que ya ni leen el periódico para no sufrir convulsiones o dolores de cabeza inhabilitantes, es harto complejo, requiere un atrezo especial, una reinvención continua y, en definitiva, una ideario lleno de florituras más o menos coloridas, pero alejadas por completo del pensamiento del común de los mortales.

A mí, como saben mis lectores, los mortales me provocan sueño. Soy una intelectual de pacotilla, sin posibilidad de ganarme la vida diciendo sandeces en ninguna plataforma, pero - aun así - tengo un alto concepto del poder de las ideas y la espiritualidad para transformar el mundo. Una batalla perdida como me recuerdan aquellos que entienden y respetan mis objetivos vitales. El resto no cuentan, no porque me aburran, sino porque hace tiempo que decidí no compartir mis ideas e inquietudes con ellos.

Reflexiono mucho sobre el poder de las palabras, sobre cómo entiendo yo determinados términos y cómo los entienden los demás. Pienso, por ejemplo, en la palabra 'aventura', término que nos evoca a terrícolas vestidos con trajes fabricados con petróleo y manufactura china, que incluyen en su maleta de viaje a la selva o a paraísos perdidos donde todos los turistas - sospechosamente - llegan. 

Nada puede aburrirme más. En este tipo de aventuras, además, es necesario formar parte de algo que - para mí - es absolutamente aterrador, el 'viaje organizado'. Días y horas compartiendo confidencias, más bien oyéndolas a grito pelado, porque nadie escucha, sólo emite monólogos insustanciales sobre su vida de nulo interés para nadie.

Cuando veo publicitadas este tipo de aventuras, siento que un escalofrío me recorre el cuerpo, para mí es un castigo divino. Y, como nunca sabes dónde puede llevarte la vida, rezo de forma compulsiva para que Dios me libre de semejante tortura. 


¿Qué es para mí una aventura? Buena pregunta y difícil de contestar. Creo - ante todo - que nuestro mayor reto es enfrentarnos cara a cara con nosotros mismos, y para ello se necesita soledad e introspección. No nos enseñan a estar en silencio, ni a aburrirnos, ni a anticipar aquello que debemos temer. En definitiva, no estamos alerta, no observamos, no leemos los signos.

(Tranquilos, que esto no es un blog de autoayuda ni de meditación chusquera).

Me doy cuenta cada día que - como parte de un plan perverso de aniquilación de la personalidad - nos someten a todo tipo de distracciones sin sustancia alguna, para que nuestra voluntad forme un magma compacto con otros destinos que nada tienen que ver con el nuestro. El ejemplo más obvio es el de las redes sociales, donde volcamos lo peor de nosotros mismos, escudándonos en el anonimato y en el volumen del ruido, donde nuestra personalidad se desdibuja inconscientemente.

¿Qué hay que hacer? Bueno, mejor. ¿Qué hago yo para caminar en sentido contrario y crear mi propia aventura? El plan perfecto, del que más orgullosa me siento cuando lo culmino, es leer un libro que lleve aparejada una ensoñación, un tema que me interese, o despierte algo que me reafirme en mi personalidad de outsider. 

Por ejemplo, leer 'La cripta de los Capuchinos' de Joseph Roth sabiendo que voy a viajar a Viena, teniendo siempre en mente la hecatombe que supuso para Europa el estallido de la Primera Guerra Mundial, el fin de los Habsburgo, el fin de esa idea de Viena como un compendio de intrigas y romanticismo, un mundo que fue barrido por el viento. 


Como una aventurera chusquera y desnortada, suelo mirar el mapa de lo que fue el Imperio Austrohúngaro antes de 1918, antes de que la ambición y la ceguera de los vencedores desmenuzaran los mapas para crear otros monstruosos y sin sentido que condujeron a nuevas desgracias, mayores si cabe. 

Y comienzo a deslizarme por la historia de la familia protagonista, los Trotta, una saga vinculada al destino del emperador Francisco José I, el marido de Sissi, ese apuesto enamorado, ese gallardo joven, que en realidad no vio como sus ideas trasnochadas hacían aguas por todas partes, murió antes de que su imperio saltara por los aires.

Cuando paso las páginas de esta novela, llego a convencerme de que ese era el mundo al que yo pertenecía, no a este tan desquiciado y científico. Y me diréis, pero si aquello acabó fatal, si la guerra fue espantosa y acabó con la vida de millones de jóvenes y sembró de tumbas toda Europa. Sí, lo sé, pero esa idea de la catarsis y la demolición de un mundo plagado de imperfecciones me atrae. Nuestro mundo va a acabar también, pero dudo que de la misma forma, vamos a desintegrarnos todos de repente, para dar paso a un nuevo comienzo de oscuridad y tinieblas y - de eso estoy segura - sin ningún testimonio heroico, sin ideales, sin alma. Las máquinas nos han hecho 'libres', y las máquinas nos matarán.

Todas esas turbulencias me quedan lejos, por eso puedo idealizarlas. Las que percibo cada día, no tengo forma de adornarlas, no son una aventura que pueda relatar, son el penoso resultado de la mediocridad humana. La crispación salvaje a la que nos ha conducido la relegación de nuestra espiritualidad al olvido.

En el último capítulo de la novela, el protagonista acude a la 'Cripta de los Capuchinos', ante la certeza de que ese mundo, el suyo, en el que él ha vivido, ya no existe, y - sin tener dotes adivinatorias - intuye lo que está por venir.

Por eso mi aventura, tiene que acabar necesariamente el la Cripta Imperial de Viena, la Cripta de los Capuchinos. Donde descansan personajes que han tapizado mis ensoñaciones y han dado forma al mapa de Europa durante siglos. Habsburgo españoles y austriacos que han sido silenciados, censurados, vencidos y apartados del relato histórico oficial.

Debo ir esbozando otro mapa, el de sus tumbas, el de sus vidas, debo ir marcando en el calendario de la Historia su momento, sus miedos y sus renuncias. Caminando entre sus tumbas, imaginando sus enfermedades y desencantos, llego hasta la tumba de Maximiliano I de México, y es cuando empiezo a llorar de forma desconsolada, porque soy consciente que he culminado mi aventura, he llegado a la cima de la montaña, al cráter del volcán, he comprendido una parte de mí misma, esa parte que conecta con los desventurados de la historia, los que buscaron su aventura, pero nunca llegaron a culminarla.

Este es, queridos lectores, el sentido último del devenir de nuestros destinos. Ese que nos libera del ruido y nos conduce a aquello que nos ayuda a conocernos mejor.

Leed mucho.
M.

miércoles, 25 de diciembre de 2024

Raros como yo.

Juan Manuel de Prada publicó un libro en 2023 titulado ‘Raros como yo’. Él se considera raro porque, en este mundo de incultos e idiotas, una mente privilegiada e inquieta como la suya tiene difícil aceptación, lo sabe, y le da exactamente igual. Esta actitud suya va unida - en un mundo insustancioso – a adjetivos como prepotente, soberbio, facha (el conocimiento debe compartirse, ser uniforme y jamás disidente), aburrido y – en definitiva – tarado mental.

Ser tarado, no obstante, conlleva recorrer un camino empinado, un proceso de superación de etapas no apto para débiles y conformistas. Debes observarte, valorar los errores cometidos y comprender que lo que escuchas alrededor es ruido inaprovechable, una vez asumido, poco/nada de lo que sucede (se excluyen desgracias personales) te desestabiliza. En la tarima de la locura se rejuvenece porque ya todo es irrelevante. Pero, aviso, para llegar a este punto hay que tragar tantos sapos indigestos que pueden llegar a matarte. Es un proceso iniciático no apto para personas poco/nada inquietas intelectualmente, para estas últimas aconsejo que se dejen llevar y se crean a pies juntillas los mantras huecos, la música gregoriana de nuestros días.

Desde los comienzos de la literatura escrita – aconsejo para profundizar sobre este particular la lectura de ‘El infinito en un junco de Irene Vallejo - el tema más repetido, sobre el que más se ha escrito, ha sido el de la lucha de los diferentes y los apestados por defender su verdad. Aquellos que han percibido con absoluta claridad el tufo de la mentira y la hipocresía que impregnan las agrupaciones humanas.

Cuando viajamos y vemos las cuatro piedras que quedan de civilizaciones antiguas, lo primero que lamentamos es que quede tan poco, pero lo que no sé es cómo queda algo, porque llevamos dándonos mamporrazos desde el origen de los tiempos. Y tras mucho pensar, no creo que se deba a la ambición y violencia que anida en el ser humano, yo creo que se debe más bien a la estupidez y la cortedad de miras.

Ahora, en Navidad, todas estas certezas se hacen más patentes. Certezas de cómo la ceguera humana se orienta a la anécdota, a los temas más abstrusos que imaginarse pueda. Uno de ellos es demonizar el consumo, como mantra de la intelectualidad hueca. El consumismo (del que todos somos víctimas) es el demonio, el capitalismo, la base de todos los males. Por un lado, nos sirve para explicar de forma chusca la falta de solidaridad (que ya dura millones de años) y por otra, ayuda a determinados grupos de poder a afear el comportamiento de los poderosos, los ricos, lo que llenan de insolidaridad el mundo.

Ambas posturas son ridículas porque, para que cada día, al levantarnos, tengamos un plato de comida sobre la mesa, es necesario que consumamos lo más posible, sea de lo que sea, así funciona todo, esa es el secreto del sistema económico.

Dice Juan Manuel de Prada que, es una vez demonizas a una parte de la sociedad, la otra – los débiles y oprimidos según estos criterios – se convierte en el ejército de exaltación de la demencia, no puedo estar más de acuerdo.

Una de las pruebas más evidentes de la ligereza intelectual sobre la que se asienta nuestra sociedad (occidental, las otras no lo sé) es la actitud de los visitantes de museos. Pienso en la National Gallery de Londres, siempre que voy a Londres visito este museo, no me interesa toda la colección, sólo la parte de pintura italiana de los siglos XIV y XV, y el Díptico de Wilton, por el que siento una especial atracción porque el comitente de este – además de ser un personaje ‘raro y maldito’ – nació el mismo día que yo. No necesito ver más cuadros, porque el arte es una experiencia comunicativa, y las obras deben transmitirte algo. Por muchas veces que haya estado frente a cuadros como el ‘Bautismo de Cristo’ de Piero della Francesca, nunca experimento las mismas sensaciones, porque es otro momento de mi vida, otra mochila de acontecimientos a mis espaldas, otra aproximación a su geometría reconfortante.

'El bautismo de Cristo'
Piero della Francesca
Temple sobre tabla (167 cm × 116 cm)
National Gallery (Londres)

Pero mientras yo observo el cuadro (soy rara), a mi alrededor revolotean enjambres de moscas que miran, pero no observan, porque su objetivo es ir de un lado a otro acumulando experiencias de las que no buscan más que eso, el recuerdo de un fin de semana en Londres, fin. No hay ni sentimiento religioso porque, como dice la canción de George Michael, ‘Praying for time’, Dios dejó de llevar la cuenta de nuestros actos (God's stopped keeping score) y no piensa volver, porque no tiene razones para ello (he can't come back 'cause he has no children to come back for).

Dar la espalda al cuadro de Piero della Francesca nos convierte en coleccionistas de experiencias carentes de pasión, porque este acto es también parte de la pérdida de la fe en Dios, de eso que estuvo, pero ya no está con nosotros. Ahora nosotros interpretamos el mundo mejor, ni siquiera intuimos que hay algo que nos supera y que - a veces - debemos descansar de nuestras ínfulas megalómanas.

Los raros – como yo – buscamos misterio detrás de las pinceladas de un cuadro, nos interesamos por su vida, pese a ser un objeto inanimado. Lo que nos responde carece de relación de causalidad, de fórmula de progreso, de utilidad. Porque como el misterio de Dios, su venida a la tierra, su infinita misericordia y paz, sólo se puede comprender tras mil caídas, tras desengaños y sufrimientos. No se entiende en el mundo del espectáculo, del ruido y del progreso.

Porque para crecer, hay que recordar que, por mucho que avancemos, hay sentimientos que sólo se esconden en los recónditos lugares del alma.

Feliz Navidad.
M.

sábado, 26 de octubre de 2024

España, sin más.

12Oct2024, 532 años de la llegada de Cristóbal Colón a América, a una isla (lo he consultado en Wikipedia, porque nunca estoy segura de este dato) en las Bahamas que se llama actualmente Guanahani, a la que Colón bautizó como San Salvador.

El estupor de los habitantes de la isla al ver desembarcar a unos melenudos, atufando a sudor y comidos los dientes de escorbuto, debió ser mayúsculo. Los marineros también debieron alucinar lo suyo. Sobre el motivo que llevó a la Reina de Castilla a financiar la expedición se han escrito muchos libros y teorías, pero las razones que empujaron a unos cien hombres (mujeres no fue ninguna), a meterse en unos barcos enanos, llenos de humedad, con provisiones escasas y sin tener ni puñetera idea de cuál iba a ser el propósito real del viaje, creo que no se ha estudiado lo suficiente. Hay que ser muy corajudo para acometer tal aventura. Ni drogada y sometida a las más terribles torturas hubiera participado yo en aquel viaje.

Los imbéciles reduccionistas afirman rotundamente que el motivo fue dinero, la avaricia y el fanatismo religioso, en fin, hay que tener cero neuronas para no darse cuenta de que el futuro de la expedición era más que incierto y que había muchas papeletas para acabar sepultado en el fondo del mar o algo peor. En el siglo XV el conocimiento sobre otras ciudades más allá de la propia donde se residía era escaso. Que la tierra era redonda se sabía desde hacía mucho, de ahí a conocer la ubicación exacta de las minas de Potosí había un abismo tan grande como el propio universo.

En los últimos años se han publicado decenas de libros en defensa de España y de su papel en América y – por extensión – en la historia de la humanidad. Esto incluye, como es obvio, un argumentario extenso contra la Leyenda Negra que nos persigue aun hoy y contra las mentiras - que nadie discute y se dan por ciertas – inventadas por ingleses, holandeses y – por encima de todos los sátrapas despreciables – franceses.

María Elvira Roca Barea y Marcelo Gullo son los mayores generadores de divulgación en defensa de lo que fuimos y de lo que ya nunca llegaremos a ser, tal vez no haga falta – ya en el siglo XXI - liderar revoluciones, cambiar fronteras, alfabetizar pueblos, abanderar movimientos religiosos, cerrar matrimonios ventajosos para perpetuar linajes…, quizás no, pero un poco de orgullo no nos vendría mal, un poco de sustrato cultural sobre lo que significamos en el contexto de los avatares terrestres que, siglo tras siglo, han sido convulsos, violentos y llenos de terror, impiedad y miedo.

La inexistencia de pensamiento crítico (empezando por uno mismo) es el origen de la creación de sentencias históricas que todo el mundo da por válidas. Hay una serie de frases que se dejan caer en conversaciones para refrendar escasos conocimientos sobre una realidad diversa e inconmensurable que se llama España, y que lleva llamándose así desde hace siglos, no pueden decir lo mismo otros países que sacan pecho sobre su estabilidad y su buen hacer, como Alemania que en el siglo XX ha visto como sus fronteras han cambiado varias veces, tras someter a otros seres humanos a hambre, miseria y exterminio.

Virtud de la mediocridad de nuestras élites y de la inoculación del pensamiento de izquierdas en determinados estamentos sociales, la destrucción y enturbiamiento de nuestros logros forma parte del ideario necesario para no ser un apestado social, un excomulgado. No deja de tener gracia (en realidad es muy triste) que un ser humano – el español medio – crea ser mejor llenando de oprobio y mientes a sus antepasados, de los que él es consecuencia y producto. Los intelectuales radicales de izquierdas (progresistas, como ellos se llaman) defienden la estrategia de tierra quemada, hay que acabar con todo para alumbrar un mundo nuevo, mejor. Pero eso es IMPOSIBLE, porque Hernán Cortés, existió. Pizarro, existió. Los Jesuitas, existieron. Fray Junípero Serra, existió. Blas de Lezo, existió. El Imperio Español, existió. El hecho de que cientos de millones de personas hablen español, existe. La violencia contra otros pueblos existe, ha existido y existirá. En el siglo XVI la Escuela de Salamanca afirmaba que todos los hombres eran iguales. En el siglo XX, hace cuatro días, Hitler afirmaba en mítines, aclamado por masas enardecidas, la existencia de infrahombres, seres que no merecían vivir y que había que exterminar sin contemplaciones. Pero vemos incivilidad y subdesarrollo en nuestra historia, porque eso es bueno, eso nos hace progresar.

Alumnos en la Escuela de Salamanca

Decía Franco que los españoles somos ingobernables. Pero él siguió gobernándonos, hasta su muerte. No se planteo irse. Era un masoquista, claramente. Esta idea de ser chusqueros, seres inconsistentes, sin remedio, una anomalía en medio de naciones civilizadas – que han demostrado ser mucho más crueles y depredadoras – está tan asentada en nuestro concepto de España, que nos hace tremendamente vulnerables y nos pone a merced de nuestros enemigos, sin que tengamos la más mínima defensa intelectual para poder mantener -aunque de forma precaria - nuestro barco a flote.

Para controlarnos, para manipularnos, para que lleguemos a no ser nada más que hojarasca empujada por el viento, la idea de nuestra grandeza debe ser despojada de todo contenido, de lo bueno y de lo malo. No debe quedar rastro de Colón, ni de los Austrias ni de nada que consiga colocar los cimientos de un edificio precario, pero que nos sostenga ante lo que está por venir.

No pretendo avivar el patriotismo peliculero y populista, sólo quiero que nos paremos a pensar dónde estuvimos y donde queremos acabar.

Leed mucho.
M.

domingo, 6 de octubre de 2024

Inteligencia Artificial.

La Edad Media, el Ducado de Borgoña y la pintura de Giotto, no son compañeros de viaje acertados para afrontar soporíferas jornadas de trabajo en una multinacional, son la peor compañía posible.

Otra mala compañía es estar dotada de la sensibilidad suficiente para darme cuenta de que la situación del mundo da un poco de miedo, hay guerras por todas partes y mediocres llevando el timón del barco. Teniendo esto claro, sentir sosiego es harto complicado. Menos mal que ha venido la Inteligencia Artificial (IA) para salvarnos.

Uno de los signos del fin de los tiempos es la proliferación de reuniones de humanos en las que se habla de lo que van a hacer los ordenadores por nosotros. Tareas en las que un humano invertía horas, un ordenador va a tardar menos de un segundo en terminarlas. Tareas (esto es importante) embrutecedoras que no aportan nada para el desarrollo intelectual de los pobres trabajadores – entre los que me incluyo – y que llevan haciéndolas décadas. Ahora no sólo soy vieja, además soy comparable a un esclavo que remaba en una galera romana, entonces - ¡suerte para ellos! – no existía la IA.

Hay algo inquietante en todo esto, esta semana, en una reunión en la que nos contaban lo que se había avanzado en la mecanización de procesos con IA, observaba a aquellas personas que habían liderado estos cambios, su exultante felicidad, su confianza en el progreso, su ceguera, su espantosa ignorancia, y – lejos de enfadarme, o de constatar una vez más su incapacidad para gestionar nada – sentí un miedo cerval, terrible y – para variar – me sentí sola en una guerra que ya sé de antemano que he perdido.

Es terrorífico constatar cómo aquellos que se vanaglorian de liderar el cambio que conducirá a que las máquinas acaben con nosotros, no se den cuenta que ellos también entrarán en algún momento en ese ‘nosotros’. Esto me recuerda – no puedo evitarlo – a la Gran Purga que Stalin llevó a cabo entre los años 1936 y 1938. Grandes jerarcas soviéticos acabaron con un tiro en la nuca o peor. Pocos años antes ni imaginaban que iban a ser las víctimas, porque en esos tiempos no tan remotos eran ellos los que, con absoluta arbitrariedad y frialdad, decidían quien viviría y quien no. Se luchaba por un hombre nuevo, una sociedad nueva, un sol que iba a salir y los iba a alumbrar a todos por igual. Porque – eso es innegable en el caso de la IA, dado que carece de alma – todos los seres humanos somos iguales y debemos luchar contra aquello que nos oprime. Pero… ¿Qué es crecer cuando se carece de alma para disfrutar del aprendizaje de la vida?

Sin cuestionar el progreso y sus beneficios, me surgen dos preguntas, la primera – obvia – es quién y cómo hará uso de esa tecnología y, la segunda, es qué pasará cuando – convencido de que es un dios que puede con todo – el hombre se olvide de que su mayor activo es su espíritu, su alma y su sensibilidad.

Otra reflexión, no puedo incluirla como pregunta, es cómo llegaremos a darnos cuenta de que somos un producto imperfecto de la evolución y que podemos fracasar muchas veces a lo largo de nuestra vida. Tema este nada baladí, porque – llegado un momento no muy lejano – nuestros logros se medirán en cifras, no en emociones, ni en sensaciones, seremos criaturas cuantificables y previsibles en función de sabe dios qué algoritmo matemático.

Decía Tomás de Aquino, que la vida buena es aquella en la que hay equilibrio y carencia de exceso. Asumía que la vulnerabilidad del hombre debía inspirar indulgencia y compasión. Imbuido en un teocentrismo en el que esperar la misericordia de dios era una terapia válida para poder seguir caminando, no cabía otra conclusión posible. Esa terapia del siglo XIII, si la propusiera a cualquier persona con la que colaboro cada día, provocaría su risa y el escarnio público de mi persona, porque el sueño científico ha creado monstruos sin alma. Y por eso hay que andar con pies de plomo.

Es curioso que todas las formaciones (coaching, usando la abominable expresión inglesa) para motivar al pobre sufriente empleado que será sustituido por un ordenador, explotan los mismos lugares comunes que inundan cada discurso de personajes públicos de mayor o menor calado. Debemos seguir una línea ascendente que nos catapultará al éxito, y – si caemos – nos levantamos y tan campantes. Pero… ¿Y si no podemos? ¿Qué pasa si nuestro espíritu crítico no consigue vencer la barrera del desasosiego? ¿Qué pasará? Pues nada querido lector, porque se ha trivializado tanto el concepto de solidaridad que probablemente los versos sueltos acabemos recogiendo basura radioactiva en un vertedero de Bombay. 

Os recomiendo que vayáis al Museo del Prado en Madrid, planta baja, salas de pintura italiana y os sentéis delante del cuadro de La Anunciación’ de Fra Angélico, aunque no tengáis fe en el dios cristiano, aunque penséis que la Edad Media fue un periodo oscuro (que no lo fue) en el que los frailes sólo se dedicaban a quemar herejes (también esto es falso), tomaros la molestia de mirar e interpretar cada gesto de las figuras que aparecen pintadas en la tabla y meditad sobre el fracaso, sobre el futuro y sobre vosotros mismos… Os aseguro que será un camino mucho más sencillo que leer interminables textos en inglés sobre lo importante que es crecer sin mirar nunca hacia atrás, sin trascender, sin ser...

'Anunciación' Fra Angélico (hacia 1425)
Oro y temple sobre tabla
194 x 194 cms
Museo Nacional de Prado (Madrid)

Leed mucho y pensad por vosotros mismos.
M.

viernes, 23 de agosto de 2024

A la caza del perro asesino...

Estoy sola frente al mundo de imbéciles que nos rodea, prefiero empezar con rotundidad para dejar todo clarito desde el principio. Sólo hay esperpentos humanos pululando por las calles. En invierno se nota menos, porque hay más recogimiento hogareño, pero en verano, espantajos de todo tipo salen a las calles y hay que andar muy atento a las señales, que son muchas, pero no siempre evidentes.

Sólo voy a tratar dos de estas señales, una de ellas es la descripción de una situación real que he vivido en la playa y otra, una bienal de arte moderno.

Hay algo en España tremendamente extraño, los que cumplen las normas son los perseguidos, y los que se acogen al discurso vacío mientras hacen lo que les da la gana son los verdaderos héroes de la película. Enlazaré mi reflexión respecto a esta primera performance propia con la segunda de las señales de absoluto espantajismo planetario.

Imaginad que estáis en una playa del norte de España, no tan transitada como las de Levante, y que en la entrada hay un cartel en el que indica en cinco idiomas que los perros están prohibidos a partir de las nueve de la mañana, y que deben ir siempre atados. Son las diez y hay decenas de perros (algunos grandes y peligrosos) y ninguno atado. Alguien como yo, que vive en el interior y que gusta de pasear temprano por la playa, se ve rodeada de animales vetados y lo hace saber a sus dueños. Estos se unen, tienen fuerza, en ese momento pertenecen a una secta de tarados mentales que se creen con el derecho de avasallar a una mujer que pasea en paz y, en vez de coger a sus perros, al menos controlarlos, se unen para proceder a insultarme sin piedad y llenarme de todo tipo de improperios. Juro que sólo dije que eran las diez y que en cualquier caso debían atar a los animales.

Pregunta, si hubiese llamado a la policía... ¿A quién hubiesen dado la razón? Pues a los dueños de los perretes, es obvio. Da igual que haya una ordenanza municipal publicada y carteles por todas partes. La suelta indiscriminada e invasiva de perros es parte de la agenda eco-sostenible y planeta 'friendly' que atenta contra la inteligencia de cualquier persona con dos dedos de frente. 

Soy consciente de que muchos de mis lectores tienen perro y se sienten dolidos con mis comentarios, pero debéis entender que a mí también me gustaría incumplir algunas normas que son absurdas, pero no me dejan, porque hay paquetes de acciones subversivas que están penados por la sociedad y otros no, lo que no deja de ser ridículo. No puedo evitar tener una cierta sensación de avasallamiento eco-sostenible y resiliente, y de formar parte de un plan perverso al que no acabo de encontrar sentido.

Frases como 'los perros son más listos que los humanos', 'al que no le gustan los perros, le falta sensibilidad'..., me reafirman en mi machacona idea de que vamos hacia el abismo. El ser humano ha enviado cohetes al espacio, el perro no. En la Alemania Nazi el bienestar animal era una preocupación de primer orden, al mismo nivel que la eliminación de seres humanos en campos de concentración. Como en toda estrategia sectaria es importante que nos hagan creer que somos cagarruta para que cualquier ser vivo con más de una neurona pueda, en un determinado momento, aplastarnos y neutralizarnos. No creo que los perros lo consigan, pero sí los que nos hacen creer que en los animales está la respuesta a todas nuestras carencias humanas

Todo forma parte de la lucha entre débiles y poderosos. Una guerra ficticia, montada desde el tejado y sin cimiento alguno. Una vez formas parte de los beneficiados por la absurdez, ya eres el esclavo de los que han comenzado la casa por el tejado - tus benefactores - y opresor de las personas de bien, que sólo quieren vivir su vida en paz. El discurso perrunil va parejo al ecologismo más ridículo. El mantra es que estamos acabando con el planeta, claro, llevamos en ello desde que el hombre se hizo sedentario, comenzó a talar árboles para cultivar las tierras y de paso mató animales para comer. Algo tan obvio, tan de sentido común, ha sido exacerbado hasta límites agobiantes y ridículos. 

Si yo voy a trabajar en trasporte público y no contamino, el premio que recibo por parte del Estado es tardar el doble en llegar y pasar un calor de muerte oliendo a sobaco ajeno. Si decido adoptar un gato, me dan 125 euros libres de impuestos, sólo tengo que ir a una guarida de gatos y llevarme uno. Luego lo puedo tirar a un pozo.

Como siempre digo, hay algo que se me escapa, algo en este novelón de misterio cutre que es el escenario teatral de nuestras vidas. Una pena, pero así es. Lo insustancial permanece y lo importante se desvanece.

Por ello, cuando hay que colocar en el mapa artístico una bienal de arte que no conoce ni dios, es imprescindible cocinar la estrategia de marketing con los ingredientes del ecologismo y que las especias sean las habituales, el feminismo y el colonialismo (español, es el único denunciable, los otros no, repartían estampitas de Santa Teresita y abanicaban a los indios cuando hacía calor). Por centrarnos, estoy hablando de la Bienal del Whitney Museum de Nueva York, ya no os da tiempo a ir, pero no sufráis, no os habéis perdido nada, ha sido - literalmente - el vómito de una vaca moribunda con efluvios de radioactividad asesina. 

El vídeo que ilustra la puesta en escena de esta bienal, incluye todos los puntos del guion eco-sostenible y progresista imprescindible para que haya víctimas que acudan al museo. De otra forma, dada la poca calidad de las obras, no irían ni los familiares de los artistas, del puro sonrojo que sentirían al ver semejantes rastrojos colgados de las paredes. Perdón, rectifico, no hay nada que colgar, la mayoría de las obras son vídeos denuncia (imposible reproducirlos en casa continuamente, o acabas ingresado en un loquero) o grandes trozos de materiales colocados sin orden ni concierto con el objetivo de dejarnos claro que no tenemos remedio, que estamos acabando con nosotros mismos y el planeta. Señor bendito, es obvio. ¡Qué cansinos!


Gbenga Komolafe and Tee Park (they/them/he/him/she/her; she/her)
Film
Komolafe: born 2000 in Port-Harcourt, Nigeria
Park: born 1999 in Seoul, South Korea
Live in Los Angeles, CA

Tres reflexiones que por obvias, me da hasta vergüenza escribirlas.

1.- ¿Dónde está la obra de arte? Apagas el reproductor y... ¿Qué pasa entonces? Porque si esto es arte, cualquier vídeo de YouTube - el que sea - también lo es. Es denuncia, manifestación de las propias ideas, propaganda..., pero no es arte. ¿Quién es el artista? ¿El que escribe el guion? ¿El que filma y edita el contenido? ¿El que se disfraza de oprimido para encogernos el corazón ante tanta deshumanización como consentimos? 

2.- En la historia del progreso de los pueblos hay una persona a la que tengo especial afecto, León Trotsky (lo digo en serio). Fue un revolucionario comprometido, se creía todo lo que decía, en su cabeza imaginaba una sociedad igualitaria, mejor, más justa. Se refugió en México porque Stalin le seguía los pasos para liquidarlo (algo que finalmente consiguió), con el objetivo de pensar, de escribir, de afear la conducta de la humanidad perversa. No hizo otra cosa, algo que me llama muchísimo la atención, siendo esta la pauta que siguen muchos iluminados que imitan a este ilustre personaje. Jamás visitó a un pobre, no plantó ni un tomate para su propia subsistencia, sólo pensó y dejó escritas sus ideas para la posteridad. Esto es - punto por punto - el modus operandi que siguen los artistas de la generación woke, sólo nos alumbran desde el Olimpo - con menos bagaje cultural que Trotsky - con sus pensamientos, pero la lucha a pecho descubierto la dejan para otros. 

3.- Francia, que cree que su Revolución sirvió para algo, y Estados Unidos, que quiere mantener su liderazgo cultural como sea, pelean a brazo partido para aparecer en la foto como los faros de la humanidad hacia el progreso. ¡Dios! Ambos se han lanzado a una guerra por el control de la idiotez eco-sostenible+LGTB+Pet Friendly+feminista+bla bla bla, que da hasta miedo. ¿Qué pensarían Velázquez y Tiziano de estas manifestaciones de arte? El Bosco directamente las quemaría, porque estaba obsesionado con el fuego. 

No toméis a broma lo que digo, porque lo que estamos viviendo es perverso, retorcido y sin punto de fuga. Si pensáis que exagero, sólo tenéis que haceros una pregunta... ¿Qué preferiríais tener en casa, el fresco de la Última Cena de Leonardo - ridiculizado en los Juegos Olímpicos de París 2024 - o cualquiera de los rastrojos de la Bienal del Whitney Museum de Nueva York? Es más, si os lanzaseis a vender la obra, por el rastrojo no os darían nada, por el fresco sí. Por lo que - incluso en términos utilitaristas - nos estamos descapitalizando a manos llenas.

Lo último que me planteo es... ¿Qué quedará de nuestro mundo dentro de cien años? ¿Dónde se guardará tanta obra de arte desnuda de contenido, tanta idea absurda, tanta irreverencia?

Leed mucho y sacad vuestras propias conclusiones.
M.







domingo, 14 de julio de 2024

España VS. Inglaterra... Una historia plagada de desencuentros.

Nunca veo la televisión, y cuando digo nunca, es nunca. Si me siento delante de la tablet o el ordenador es para ver alguna serie, aunque tampoco soy muy adicta a esto, la mayoría me aburren por estar plagadas de Cultura Woke e ideario protestante. Lo huelo a la legua.

Pero justamente hoy, tomando una cerveza en un lugar típicamente español, con camarero gordo al otro lado, aperitivos en la barra y televisión colgada en la pared, he sido testigo de la emisión en Televisión Española de un reportaje sobre la rivalidad España-Inglaterra, que me ha dejado turulata.

No es noticia, es imposible sustraerse por otra parte a la estulticia futbolera, que España se enfrenta a Inglaterra en la final de la Eurocopa 2024. Por ello la televisión pública ha considerado que venía al pelo sacar a la palestra los valores patrióticos y hacer un repaso de las veces que hemos ganado/perdido contra ellos.

Podrían habérselo ahorrado, porque desde la mal llamada Guerra Independencia Española, hemos perdido en todas las batallas, al menos en las importantes.

Para ocultar semejante obviedad, al menos para mí, han sacado a relucir grandes triunfos de España en el fútbol, en Eurovisión (¡Ojo que a mi me encanta!), en disciplinas deportivas varias y en otros eventos a cual más chusquero y falto de contenido intelectual.

Bien, pues poco más queda por decir. Nos han reducido a imbéciles funcionales, a personas que se sienten orgullosas de cosas que no dejarán impronta alguna en el futuro de la humanidad. Preocupante es el hecho de que nuestras élites desmembren España, oculten intencionadamente nuestro pasado glorioso por el bien del progreso, pero pretendan que nos sintamos orgullosos porque casi ganamos Eurovisión hace dos años.

Lo sé, estoy sola en esto. 

Me gustaría que España, con una lengua universal y habiendo cambiado la historia de la humanidad, tuviera universidades punteras, intelectuales respetados y lanzara cohetes al espacio, eso es el progresismo, no tirar el dinero lanzando proclamas vacías (esto vale para todas las ideologías de nuestras élites). Por el contrario tenemos intelectuales y mandatarios que palidecen cuando daneses o suecos dicen soflamas contra España, esas naciones de nueva planta xenófobas, cuadriculadas y con lenguas muertas. Eso, porque - por alguna razón que tras años trabajando en una gran empresa aun se me escapa - no sabemos premiar el talento. Los listos se van, los mediocres crean leyes y normas para que todo se vuelva más estricto, más irrespirable, menos espiritual.

Podrían haber repasado otras grandes gestas en las que España ha aplastado a Inglaterra, a sus mentiras y a su imperialismo sin alma, a su racismo. Pero eso no entra en sus planes, lo nuestro es lo chusquero, lo inconsistente. Aunque me duela meter en este saco a Eurovisión.

En la idea del progreso siempre se engloba la visión utilitarista de las emociones. En este sentido, y para que no quede nada al azar, alimentan nuestras almas con emociones vacuas. Todo forma parte de la misma tendencia esquizoide hacia sabe dios dónde.

Dejo aquí mi reflexión, horas antes del comienzo del partido.
Que gane el peor.
M.