domingo, 20 de agosto de 2023

La individualidad, así como la verdad, NO nos hará libres.

Semana complicada, secuestrada por mi trabajo y por la turbiedad mediocre implícita al cargo que ocupo. Si afirmo que la humanidad está perdida es consecuencia de lo que vivo cada día en el entorno de una multinacional donde todo son medias verdades, luces (pocas), sombras (casi todo) y maldad cutre e improductiva como denominador común de todas las decisiones.

Durante años, para engañarme creyendo que otros mundos son posibles, he ido creando un universo paralelo de cuadros y libros que han ayudado pintar un cuento de hadas en el cual no hay cabida para la vida real, cada vez que me he desnudado ante los demás, cada vez que he reflexionado de forma sincera y honesta, me han dado hostias con tal intensidad que, sólo tras un largo periodo de meditación, eliminación de las malas energías e inmersión en los libros, he conseguido recuperar algo de mi equilibrio. 

No hace falta comentar que, para mis superiores, son una persona 'conflictiva', entiéndase como tal aquella que no comulga con los principios básicos de la secta y tiene ideas propias. Esta semana, mi odio y desprecio a todos aquellos que me dan órdenes alcanzó unos niveles preocupantes, y - aun controlándome - dije cosas que, en un mundo tomado por saqueadores y adeptos, es mejor no sacar a la luz. Mi discurso se sustentaba en un solo concepto, coherencia.

Me sorprende muchísimo, ahora que todo queda grabado y registrado en redes sociales y otros soportes digitales, cómo se dan bandazos ideológicos dependiendo de la ocasión sin sonrojo ni vergüenza alguna, virtud de los objetivos cambiantes y sin fundamento que requiera la situación. La clave del éxito de esta estrategia está en que los saqueadores se reconocen nada más verse. Pergeñar un plan que sólo a ellos beneficie a costa de agitar las voluntades mediante el mantra de 'la necesidad está por encima del talento', es pan comido, porque llevamos años de adoctrinamiento chusquero, de asimilación de frases huecas y de empobrecimiento intelectual preocupante.

¿Cómo saber qué siente un outsider que ha sido ridiculizado públicamente en multitud de ocasiones, cuando es demandado para que ponga sus conocimientos al servicio de saqueadores y sinvergüenzas? Bien, pues para saberlo, es necesario trabajar con mediocres e imbéciles (mi caso), o leerse las mil trescientas páginas de la novela de Ayn Rand 'La rebelión de Atlas'. Recomiendo la segunda opción, la primera es muy traumática.


Ayn Rand. 'La rebelión de Atlas' (Título original: 'Atlas Shrugged') (1957)
Traducción: Domingo García. Revisión: Javier Cuesta.

El término 'saqueador' ('looter' en inglés) que he estado usando, ha sido tomado de esta novela.

Comenzaré exactamente igual que la novela, con esta pregunta: "¿Quién es John Galt?". Remontémonos a Enero de 2021, cuando simpatizantes de Donald Trump asaltaron el Capitolio de Estados Unidos, denunciando fraude electoral. Algunos de ellos portaban pancartas con la frase 'Who is John Galt?' Complicada pregunta. En ese momento, imaginé que John era un individuo afín a Trump que había sufrido algún tipo de silenciamiento político. Hasta que hace unos meses, un amigo, conociendo mis ideas sobre la podredumbre de los dirigentes y sus decisiones basadas en el cortoplacismo y la ignorancia de los procesos, me hizo llegar este libro a casa. 

Me lo envió como si fuera un 'admirador anónimo' o un 'paquete bomba'. Era para mí, porque mi nombre completo y dirección estaban escritos en la etiqueta, pero era raro, primero porque yo no conocía a la escritora, y segundo porque jamás he pedido nada por Amazon, me parece una aberración. Hay que comprar los libros en las librerías a pie de calle. 

Poco después me llegó un mensaje del remitente con el siguiente texto: "Te ha llegado un libro de Ayn Rand, deja todo lo que estés haciendo, y ponte a leerlo ahora mismo". Tarea ardua porque - como he dicho - tiene 1300 páginas, algunas muy sesudas.

Y de repente, primera página, primera frase, "¿Quién es John Galt?" Y automáticamente me di cuenta que tenía en mis manos la clave para descubrir muchos misterios, cual si fuera la última pista para descubrir al asesino en una novela de misterio. Pero la resolución del delito no iba a cambiar nada en parte alguna. Todo seguiría igual, nadie iría a la cárcel y los saqueadores seguirían campando a sus anchas. Pero la luz con la que vería e interpretaría cada acontecimiento sería la de los ojos de Ayn Rand, que supo plasmar en palabras algo que cualquier persona con un mínimo de perspicacia ve, pero no sabe como darle forma y explicar de manera tan lúcida y magistral.

¡Bienvenidos al mundo de los saqueadores y los mediocres! 

Sin ánimo de alarmar a nadie, el mundo se dirige hacia derroteros muy peligrosos. Cuatro pringados están dilapidando la riqueza acumulada durante generaciones de esforzado trabajo. Muchos de los que vivimos de una manera desahogada, tenemos que representar un papel laboral que nos asquea, y de forma ingenua y honesta seguimos pensando que los buenos se hacen con el premio. Preferimos pensar que, cuando nos sustraen parte de nuestro esfuerzo sin que podamos rechistar, justificado el latrocinio con frases grandilocuentes que dan a entender que la riqueza hay que repartirla, conseguiremos que las clases menos favorecidas, los enfermos, las personas desgraciadas y aquellos a los que la vida trata mal, accederán a unas condiciones mejores. Pero es mentira.

Para repartir los bienes de forma equitativa y justa, hace falta una gestión eficaz y realista, y tal premisa no se cumple. Porque antes de llegar a esa utopía hay que alimentar las ambiciones personales de los saqueadores.

Precisamente sobre esto gira la trama de esta monumental novela, sobre como - cuando las personas que saben gestionar se cansan de hacerlo - el mundo sustentado por las nubes de mentiras grandilocuentes pronunciadas por saqueadores, se derrumba como un castillo de naipes.

Esto va a pasar, tarde o temprano en nuestra sociedad, tal y como la conocemos.

Vamos con el libro. Estados Unidos, años cincuenta del siglo XX. Las élites que controlan y dirigen grandes entramados financieros, están a punto de enfrentarse a cambios que ni sospechan. Todos ellos, los protagonistas de la novela, Dagny Taggart, Hank Rearden, Ragnar Danneskjöld y sobre todo, Francisco D'Anconia y John Galt, lucharán con unas y dientes para que el esfuerzo de generaciones, y - sobre todo - para que su inteligencia y perspicacia no caiga en manos de los saqueadores. Estos últimos han llegado a la cúspide del poder gracias a coincidencias absurdas, consecuencia de la carambola y la 'patada hacia delante'. Los que trabajáis en grandes empresas, sabréis de qué estoy hablando.

Todas las medidas - fruto de la imprevisión, pero sobre todo de la maldad y el egoísmo - conducirán al colapso económico y a la muerte de muchas personas totalmente inocentes. A lo largo de las páginas acompañamos a los protagonistas en su lucha sin cuartel, escuchamos su gritos de desesperación ante la inminencia de la catástrofe. Cuando todo está perdido, se nos concederá el privilegio de desmenuzar el discurso de John Galt, el brillante científico que prefiere trabajar de obrero, antes que vender su inteligencia a los saqueadores.


Os dejo aquí algunas frases, podría incluir muchas más, porque el discurso es largo, tanto que algunas veces cae en una rueda de repeticiones, ahondando en las mismas ideas una y otra vez, sin aportar nada nuevo.

La felicidad es el estado exitoso de la vida, el sufrimiento es el agente de la muerte. La felicidad es el estado de conciencia que proviene del logro de los propios valores. Una moral que se atreva a decirte que encuentres la felicidad en la renuncia a tu propia felicidad, que valores la pérdida de tus propios valores, es una insolente negación de la moral. Una doctrina que te proponga como ideal el papel de un animal expiatorio que sólo quiere ser inmolado en los altares de otros, te está dando a la muerte como parámetro. Por gracia de la realidad y de la naturaleza de la vida, el ser humano es un fin en sí mismo, existe para sí mismo, y el logro de su propia felicidad es su más alto propósito moral.
(...)
Un proceso racional es un proceso moral. Puedes cometer un error en cualquier paso, sin nada que te proteja excepto tu propio rigor, o puedes tratar de hacer trampa, de falsear la evidencia y evadir el esfuerzo de la búsqueda; pero si la devoción hacia la verdad es la marca de la moral, entonces no existe una forma de devoción más grande, noble y heroica que el acto de un hombre que asume la responsabilidad de pensar.
(...)
La independencia es el reconocimiento del hecho de que la responsabilidad de juzgar es de uno y nada puede ayudar a eludirla; de que ningún sustituto puede pensar por uno, como ningún suplente puede vivir nuestra vida; que la forma más vil de autodegradación y autodestrucción es la subordinación de nuestra mente a la mente de otro, la aceptación de sus aseveraciones como hechos, sus dichos como verdad, sus edictos como intermediarios entre nuestra conciencia y nuestra existencia
(...)
Orgullo es el reconocimiento de que uno es su mayor valor y que, como todos los valores del hombre, debe ser ganado; que de todos los logros alcanzables, el que hace posibles a todos los demás es la creación de nuestro propio carácter; de que nuestro carácter, nuestras acciones, nuestros deseos, nuestras emociones son producto de las premisas sostenidas por nuestra mente.
(...)
Pero ni la vida ni la felicidad pueden lograrse mediante la persecución de caprichos irracionales. El hombre es libre de intentar sobrevivir de cualquier manera, pero perecerá a menos que viva de acuerdo con su naturaleza. Igualmente, el hombre es libre de buscar su felicidad en cualquier fraude insensato, pero todo lo que encontrará será tortura y frustración a menos que busque la felicidad apropiada para él. El propósito de la moral es enseñarnos, no a sufrir y morir, sino a disfrutar y vivir.
(...)
Vencerás cuando estés listo para pronunciar el juramento que yo hice al comienzo de mi batalla. Y para aquellos que quieran conocer la fecha de mi retorno, voy a repetirlo ahora, para que lo escuche el mundo entero: ‘Juro por mi vida, y mi amor por ella, que jamás viviré para nadie, ni exigiré que nadie viva para mí'

Estas afirmaciones son la síntesis del Objetivismo, doctrina filosófica que creó y defendió Ayn Rand, y que pretendía demostrar en última instancia que el propósito moral de la vida es la búsqueda de la propia felicidad o el interés propio racional. Línea de pensamiento con la que yo comulgo al 100%, y así me ha ido. Como persona contraria al gregarismo militante, defensora de la individualidad no invasiva, me doy cuenta - tarde - de que la lucha es estéril. Los malos siempre ganan. Esta es la conclusión a la que debe llegarse y vivir asumiéndolo como mejor se pueda en cada caso.

Vivid lo mejor que podáis porque - pondría la mano en el fuego - vienen tiempos duros, sustentados en la podredumbre intelectual más vil y engañosa. Los mediocres han elaborado un sistema de ideas que no admiten réplica, sólo hay que esperar a la debacle final, para poder comenzar de nuevo. 

Leed mucho. 
M.

lunes, 15 de mayo de 2023

Eurovisión 2023, mis reflexiones.

Festival de Eurovisión 2023. Reflexiones varias me vienen a la cabeza, es importante prestar atención a lo que nos dicen las imágenes de este tipo de acontecimientos. 


Tendemos a pensar que las baldosas del camino las colocan grandes pensadores, influyentes mentes que nos dirigen desde rascacielos sin alma. Es cierto para los grandes giros macroeconómicos que acaban en cataclismo, pero en lo que se refiere al día a día, a la superficie de nuestra vida cotidiana, son artistas, fans y presentadores de este tipo de eventos los que nos indican hacia donde vamos. 

Aviso que voy a ser políticamente incorrecta.

Nunca he ocultado mi fascinación por el festival, me entusiasma el desarrollo y no me disgusta su evolución a lo largo de los años. La representante de España, Blanca Paloma, me ha gustado bastante, su propuesta arriesgada y personal proyectaba algo que pocos han entendido, porque la superficialidad manda, es una de las razones de ser del festival. No soy tan osada para afirmar que, como en general el flamenco no se entiende, el gusto musical del público es mediocre. Hay demasiados estilos musicales, y ya no es posible separa la paja del trigo. Por cierto, superficialidad y mediocridad no son conceptos sinónimos. 

Lo primero que me viene a la cabeza cada año cuando veo aparecer en el escenario a algún artista nativo de los antiguamente conocidos como 'Países del Este', es la metamorfosis que sufren los humanos en su estética sin sonrojo ni transición traumática. Visualizo aquellos desfiles del otro lado del telón de acero, donde mujercitas virginales desfilaban con retratos del dictador comunista de turno, con guirnaldas de flores y sonrisas anodinas, mientras ladeaban sus cabecitas observando la sonrisa picarona de los orondos burócratas que elegían, desde su privilegiado balcón a las afortunadas que se meterían en sus camas esa misma noche.


Las nietas de estas inocentes jovencitas aparecen en 2023 semidesnudas y con la cara a reventar de bótox, como si hubieran inventado el festival y nunca hubiera existido el Telón de Acero. Porque estas féminas que desfilaban levantando el retrato de dictador, se creían a pies juntillas todas las mientes que les contaban. Aparecer ahora en Eurovisión, cantando en inglés - ¡con lo bonito que es el ruso! -  y con esa estética impersonal pero visualmente atractiva, es parte del engaño, del juego de luces y sombras con el que pretenden convencernos de que el Telón de Acero no existió y que - de existir - fue un desfile inocentón y sin mayor trascendencia.

Segundo pensamiento, Europa Occidental siempre ha subestimado a Rusia. Un gravísimo error, que - ya anuncio, y sin bola de cristal - no se va a subsanar. Para entender un poco este desamor secular, recomiendo la lectura de 'Los hermanos Karamazov', podéis ir profundizando sobre esta idea mientras pasáis las páginas.

Rusia es un país del que sólo conocemos lo que nos han contado de forma superficial y poco objetiva. El 99,99% de los europeos tienen esta noción de Rusia: antes de la Revolución Rusa, las clases adineradas hablaban francés y celebraban fiestas suntuosas. El zar ignoraba de forma sistemática lo que necesitaba su pueblo y lo acabaron matando a tiros. Después vino el Comunismo, del que se oculta casi todo - excepto los desfiles, que eran muy vistosos - y ahora está Putin, que es malísimo y va contra Europa. Por esta y otras razones, Rusia no participa en el Festival desde hace dos años. Una pena, porque siempre estaba entre las favoritas para ganar, sobre todo cuando subían al escenario a una viejecita, como trasunto de una campesina en la época de los zares, o a unas feministas que sólo decían sandeces. Estas propuestas gustan mucho porque sirven para afianzar las falacias sobre las que se asienta nuestro mutuo desconocimiento. 

Lo que hay que hacer entender a las masas es que Rusia es - casi siempre - el enemigo. Un espectáculo que ven millones de personas es perfecto para enviar un mensaje perfectamente sincronizado y controlado - ahora sí - por los que nos observan desde sus despachos en las alturas. El presidente ucraniano (¡pobre fantoche!) quiso dirigir unas palabras a los eurofans, y hubo que pararle los pies, entre otras cosas porque a los europeos la guerra de Ucrania les importa un bledo, sólo les sirve para llenar algún que otro hueco en conversaciones de café. Que un tipo, simulando estar en un refugio atómico, vestido de militar, diga frases sacadas del diario de Lenin, no entra dentro de la estética de un acontecimiento de este calado, ni conviene tras año y medio de guerra.

Tanta fiesta y demagogia, hay que pagarla. Recuerdo a mis lectores, al hilo de lo anterior, que el Comunismo como sistema de gobierno fracasó estrepitosamente, y que el Capitalismo triunfó, esto supone un sistema de precios y medidas que es inflexible y cruel, sobre todo para el que se da cuenta de algo tan obvio. Aquí anoto otra reflexión, los cinco países que pagan el festival (Big Five) son los que casi siempre obtienen peores resultados. Este año, sin ir más lejos, Alemania ha quedado la última. Aquí la moraleja es muy evidente, 'al rico hay que denostarlo, porque su obligación es proveernos de dinerito para que lo pasemos bien, para algo sacábamos el retrato de Stalin a pasear cuando empezaba el buen tiempo'.

Esta idea, que se expande como una mancha de aceite sin control, nos obliga a asumir que España NUNCA ganará el festival. No es el desconocimiento del flamenco, tango o la melodía de 'Paquito el chocolatero', la causa de tal obviedad, es simplemente que España está dentro de una cesta de capitalistas que - excepto Italia - hacen lo posible por mostrarnos ante el mundo como subdesarrollados y poco serios. Y claro, el capitalismo no comulga con durmientes y vagos. El binomio chirría tanto, que acumulamos decepciones sin parar, y así seguirá. En cuanto empiezan las votaciones, los que no pagan el festival, comienzan a votarse entre sí, y contra esto no hay quien pueda. 

En este sentido los peores son los nórdicos. El sufrimiento de suecos, noruegos, daneses, finlandeses o islandeses, condenados a un segundo plano bajo la sombra española debe rozar la tortura. En venganza no nos votan nunca. 

Hay esperanza en todo este maremágnum de lealtades y política encubierta, el Reguetón ha venido para quedarse. Este género musical me espanta, me pone los pelos de punta. Pero como las letras son en español, debo defenderlo. Aunque sólo sea para fastidiar a tanto iluminado como hay suelto. Que el reguetón esté  amenazando al monopolio de música en inglés nos da idea de hasta qué punto la música que producen es una basura auténtica. 

Por cierto, el festival tenía más gracia cuando cada país cantaba en su idioma. A veces se defienden las lenguas muertas y otras se entierran, no hay quien se aclare.

La última reflexión es la más obvia y carente de desapasionamiento. La luz del Imperio Británico se está extinguiendo, si es que no se ha extinguido ya. Todos los imperios entran en decadencia, no es algo malo, es algo esperable y natural. Aunque pueda parecer lo contrario, yo no quiero que esto suceda, porque el relevo es incierto y aterrador. Digo esto último porque - de nuevo, viendo Eurovisión - los ingleses no son conscientes de que su luz languidece y su potencial cultural merma por momentos. Estamos en una fase de descenso cuesta abajo y sin frenos. Y para revertir la inercia del movimiento, es necesario que el que maneja los mandos se de cuenta, pero nada, ni lo ven venir. Terrible.

El festival fue terriblemente aburrido, no por el contenido y dinámica, casi invariables a lo largo de los años, más bien por su forma de proyectar lo evidente de su decadencia. Más o menos a la mitad de la retransmisión, los presentadores, con estética y gestos propios de un evento de tercera en Benidorm, dijeron:  "Liverpool es la cuna de la música, aquí se han compuesto canciones que han influido en músicos de todos los tiempo" ¿Qué músicos? ¿Qué tiempos son esos? Doy por hecho que se referían a los Beatles y que - al no tener los derechos de autor - no pudieron interpretar sus canciones. Para sortear este inconveniente, aparecieron sobre el escenario una amalgama inclasificable de artistas, entre los que apareció una mujer que se rebozó en agua mientras interpretaba algo que ya ni recuerdo. Hubo que distraer a la audiencia de tan penosa impresión proyectando un video de Kate Middleton al piano rodeada de lujo, luciedo un vestido de más de tres mil euros.  

El  festival pretendía ser un gesto de solidaridad y conmiseración con los que viven bajo cuatro maderos en Ucrania. No sé si esto es un claro signo de decadencia del Imperio Británico o del mundo en general. No por el vestido y la puesta en escena, más bien por la hipocresía apabullante de todo lo que nos rodea.

¿Soy la única que se da cuenta? 

Lo sé, esto es demasiado 'intenso'. Pero podéis ver el festival entero, y sacar vuestras propias conclusiones.
Leed y observad mucho.
M.

domingo, 7 de mayo de 2023

Reflexiones sobre el fin de los tiempos.

Casi todos los catastrofistas que abogan por el fin de la humanidad usan siempre los mismos tópicos, yo me los sé de memoria, son como el martillo que te taladra los sesos en versión '.html'. Hace dos mil años, en la época de las prédicas de Jesús de Nazaret, eran los sacerdotes del templo, los predicadores de toda índole o los mesías más o menos rotundos, quienes anunciaban la venida del Reino de Dios. Para ello, para contemplar el rostro de Dios en toda su magnificencia, era necesario un cataclismo previo, los cielos se abrirían, la tierra también y - para no desperdiciar este despliegue de energía universal - los malos serían arrastrados al fuego del infierno, para arder vivos, aunque lo más deseable para ellos sería convertirse en lugartenientes de Lucifer. Los criterios para acabar chamuscado o no, no están claros a día de hoy.

San Miguel triunfante sobre el demonio (1468) The National Gallery. Londres.

En el siglo XXI, ya nadie cree que tal cataclismo vaya a suceder de esta forma apocalíptica, y que el fin será ver el rostro de Dios. Algunos sí, pero los menos. Nuestra visión del fin de la Tierra está ligada a guerras nucleares, a desastres climáticos, o a meteoritos que se acercan velozmente, impactando contra el planeta y enviándonos a todos hacia la eternidad, pero sin ver el rostro de Dios, porque nos hemos vuelto unos descreídos. Mala cosa. Porque el fin de nuestro mundo llegará, y pensar que no nos estarán esperando otros paraísos mejores, nos deja un poso de amargura casi imperceptible, porque - como ya he dicho alguna vez - la ciencia no es capaz de dar respuesta a todo, aunque íntimamente (incluida yo cuando me conviene) pensemos que sí.

Esto me lleva a meditar sobre la idea que tenemos de la divinidad, sobre cómo hemos llegado a interiorizar las enseñanzas de un predicador judío del siglo I, o las de un visionario del siglo VII (Mahoma), o - para comenzar desde el principio -  las idas y venidas del pueblo elegido en Canaán a lo largo de tres milenios antes de Cristo. Ese Yahvé vengativo y cruel, que tan pronto ayudaba abriendo las aguas del Mar Rojo, como lanzaba terribles plagas y escarnios al sufrido pueblo elegido cuando se despistaban con otros dioses menos virulentos y más a mano. Aun partiendo de la base que la existencia de Dios es algo inherente a la propia experiencia humana, y siendo - como soy - creyente, me resulta inquietante que llevemos 5000 años bebiendo de las mismas fuentes de la divinidad. Judíos, cristianos y musulmanes compartimos las raíces que han dado forma a nuestro concepto de Divinidad y es - si no me equivoco, tendría que mirarlo - el concepto de divinidad más longevo en la historia del homo sapiens, desde que comenzó a tener una vida más o menos civilizada.

Uno de los motivos de este apabullante éxito, es que nuestros dioses están cargados de misericordia y no exigen sacrificios humanos para ellos mismos. Toda revelación tiene un origen sangriento, gracias a Dios (nunca mejor dicho) Jesús ya sangró por toda la humanidad y no es necesario tenderse en una piedra para que algún sacerdote desaprensivo nos arranque el corazón. Otra virtud es que no se convierten en humanos para hacer trapacerías, como Zeus, que se enamoraba de hombres y mujeres indistintamente, y les hacía sufrir de lo lindo por medio de embarazos no deseados o conjuros transformadores en criaturas espantosas que sólo daban susto. Léase 'Las Metamorfosis' de Ovidio.

¿Hemos de pensar por ello que nuestros antepasados eran beodos funcionales medio lerdos? Me inclino a pensar que no, es más, afirmo que nosotros somos peor. Sabían perfectamente que había fenómenos inexplicables y se inventaron formas para estar tranquilos e intentar llevar una vida sin sobresaltos, había escenarios peores que ser embaucado por Zeus, sin ir más lejos acabar siendo un esclavo en sabe dónde y haciendo qué, algo muy frecuente en la antigüedad. Lo de los corazones arrancados tenía otro objetivo, amedrentar al pueblo. Ahora en el 2023 tenemos otros sistemas mucho más sofisticados, por lo que no se hace necesaria esta carnicería. 

Nadie en su sano juicio se planteaba constantemente todo sobre todas las cosas. Tampoco hacía análisis sesudos de cada hecho milagroso que le contaban. Cito aquí el milagro de San Miniato, al que cortaron la cabeza y tranquilamente la cogió del suelo y se puso a andar tan pancho, como si nada. Muchísimo más cómodo tener la cabeza separada del tronco. ¿Quién fue testigo de tan impactante milagro? Por falta de fuentes creíbles, parece que sólo fue presenciado por la persona que lo inventó y escribió con posterioridad. 

La base de la civilización occidental es la Grecia de de los siglos IV y III aC., época en la que Platón y Aristóteles, este último uno de los tutores de Alejandro Magno, crearon un esquema de ideas que rigen - aun hoy - nuestras reflexiones y sentimientos, hasta nuestra idea de Dios. Estos dos individuos, eran misóginos y defendían la esclavitud hacia otros, claro. Uno nunca quiere que lo esclavicen. La civilización griega, que no era un todo compacto, era la suma de poderosas ciudades estado que se llevaban a matar y siempre estaban en guerra, se expandió notablemente con el ya mentado Alejandro. Cuando murió prematuramente, sus generales se repartieron las tierras conquistadas, esto hizo que la cultura griega pasara a ser el referente único en las sociedades mediterráneas de los siguientes siglos. Hasta las clases altas romanas hablaban griego, como signo de distinción social. Los dioses griegos y romanos eran los mismos, pero con diferentes nombres, las agendas y negociados de cada uno eran idénticos. ¿Para qué cambiar si así explicaban todos los fenómenos habido y por haber? 

El propio Jesús de Nazaret hablaba griego, Galilea y Judea eran un lugares de clara influencia helenística, los Evangelios están escritos en griego y fundamentados en la propia filosofía de Platón. Pablo de Tarso y, siglos después, Agustín de Hipona, se limitaron a traducir el mensaje de Jesús sobre una base platónica comprensible para el occidente mediterráneo.

Esto es de sobra conocido.

Después, cuando Roma se partió en dos, y Bizancio comenzó a florecer mientras Europa Occidental comenzaba su época oscura (esto último falso de todo punto, pero no es el momento de aclararlo), por envidia y costumbre decidieron hacer del latín la lengua franca. Gran invento este, daba igual donde fueras o en qué universidad estudiases, todo el mundo (culto y con dinero) hablaba latín. La Biblia se tradujo al latín y la misa se escuchaba en latín. La mayoría de la población era completamente analfabeta, y le importaba un bledo todas estas disquisiciones filosóficas, pero fueron dejando un poso imperceptible que alimentó cada gesto humano que nos ha llevado a lo que somos hoy.

Por avatares de la historia, sobre kilos de trapacerías y embustes, sobre montañas de muertos y el replanteamiento de los sistemas teológicos escritos en latín, el mundo anglosajón se convirtió en el siglo XIX en la luz cultural del universo. Y es ahora cuando hay que temblar, porque vamos a acabar quemados en el infierno. Como no sabemos  - en caso de hacer el mal - quien será lugarteniente de Lucifer o se chamuscará sin remedio, tenemos muchas papeletas para acabar en la hoguera, mientras algunos listos se lo pasarán bomba. Ya lo hacen. Pensemos por un momento en nuestro mundo latino, su forma de expandir la cultura, universal - dentro de lo que era el orbe conocido hace mil años -, y aglutinadora. Nada que ver con lo que nos ofrecen los anglosajones, nada existe, absolutamente nada que no esté escrito y pensado en inglés. Basta leer la prensa de Estados Unidos, todas las listas de libros, de pensadores, de actores, de filósofos, de artistas..., son culturalmente afines a su órbita. Si ven algún peligro de intromisión o alguna luz que eclipsa su universo de luz y color, lo machacan. Ya lo hicieron en su conquista de los América, cuando sobre el papel y incitaron a no dejar un indio vivo. Y no dejaron ni uno. 

Esos dioses que les regalamos hace dos mil años, los han manipulado y los han convertido en unos Zeus que organizan la vida de los humanos a su antojo. Esto es - entre otras cosas - porque nunca han entendido bien en qué consiste la cultura grecolatina, ni les importa.

El cataclismo ya se vislumbra, hay miles de señales, sin ir más lejos la coronación de Carlos III del Reino Unido. No hay que tomarse a broma lo que digo y leer entre líneas. 

Lo primero que se me viene a la cabeza al ver todo este fasto, es lo absurdo que resulta. Una especie de canto de cisne lleno de glamour anacrónico e inclasificable, hacia el que toda la humanidad se gira sin saber bien la razón. Un rey con corona que no tiene poder efectivo en el gobierno, y una monarquía que se ha reforzado históricamente a costa de debilitar a sus enemigos y reinterpretar mitos y dioses de otros, sin ser capaz de dar forma a los suyos propios. Una cultura cuya seña de identidad es dar la espalda a lo sublime, porque ¡señoras y señores!, la música escogida para el concierto de tan magno evento, no es la de Bach, Vivaldi o Händel..., no, porque - en lo que a música se refiere - no han brillado mucho. Delante del del rey cantan, entre otros, ¡Lionel Richie! y ¡Kate Perry!, esta última ha protagonizado un anuncio de comida a domicilio, con un trozo de queso en la cabeza. ¡Por todos los dioses del Olimpo!, da que pensar. Pero tiene una explicación, los temas - explican los organizadores - son una oda al amor, al respeto y al optimismo. Estoy haciendo ejercicios de respiración y autocontrol ante tan abismal estupidez. 

El respeto y signo obvio del abismo luciferiano al que nos encaminamos, es la inclusión del coro góspel. Los ingleses no son racistas, inventaron el racismo. Pero - haciendo de tripas corazón y para no escuchar a Mozart, que nació en Austria y era católico - obsequian al monarca con canciones que los negritos escribieron cuando recogían algodón a latigazo limpio. 

Pensemos en la coronación de Felipe VI, rey de España, no hubo ni una sola ceremonia religiosa, ningún obispo, apoderándose de las escrituras a su antojo, legitimó su reinado con la pátina de la palabra sagrada. Recordemos que los obispos anglicanos, únicos con voz y voto en tan esperpéntico espectáculo, son asalariados del rey de Inglaterra. Huelga decir que su interpretación sobre Dios (cuyo hijo era judío y hablaba griego y arameo) es la correcta, la que se expande por el universo y la que no admite discusión. Como nunca comprendieron nada de la cultura grecolatina, de la que el cristianismo forma parte, han inventado un ceremonial apolillado y sonrojante que se ha retransmitido vía satélite a toda la humanidad. No puedo dejar de preguntarme qué pensará Dios/Jesús de todo esto.

Acabo ya, para ello, aprovechando que los cuadros de pintura española de la Frick Collection cuelgan de las salas del Museo del Prado, medito sobre el maravilloso retrato de Felipe IV pintado por Velázquez. Un cuadro por el que se daría media vida sólo para contemplarlo una vez.

Diego Velázquez
Felipe IV en Fraga (1644). Frick Collection (Nueva York)

La nobleza de los rasgos hace que sientas una simpatía instantánea hacia este rey que soportó sobre sus espaldas el peso de una monarquía inmensa, pero que no dejó de ser un personaje tangible y sin imposturas. Y me pregunto si, tras ceder el cetro del poder al mundo anglosajón, tras siglos de hablar latín y griego, comenzamos un viaje que nos llevará a ver el rostro de un dios aterrador.

Leed mucho,
M.

domingo, 1 de enero de 2023

¿Hacia dónde vamos?

Hace unas semanas, en el avión de vuelta desde Venecia, tras mi visita a la Biennale-2022 (que destriparé más adelante), mientras ponía en orden mis notas sobre toda la basura artística que se acumulaba en Los Jardines y El Arsenal, captó mi atención la portada de la revista ‘The Economistque tenía encima de su mesilla la persona sentada a mi lado.


Automáticamente me sentí ofendida, porque a Italia le tengo un cariño a prueba de fuego y – desde luego – a prueba de imbecilidades y ofensas que no vienen a cuento.

Para poner en contexto la portada, hay que aclarar que el Reino Unido, tras el error del Brexit, se asoma a un abismo oscuro de consecuencias económicas tenebrosas. Ha iniciado una rotación gubernamental de tintes bananeros cuya culpa reside sólo en ellos mismos, en su prepotencia y en su clasismo isleño del norte de Europa. La estrategia histórica de los británicos ha sido desestabilizar el continente para recoger ganancias en río revuelto. Esta vez no les ha salido bien, y están desnortados. Por ello atacan a otros en una torticera maniobra de distracción que recuerda al NO-DO de Franco: ‘Nosotros estamos mal, pero lo que hay fuera es peor’. Típico de los mediocres sin ideas propias.

El mensaje es claro, Giorgia Meloni, presidenta del Consejo de Ministros de la República Italiana, se parapeta con comida italiana, pizza y pasta, vestida de legionario romano, dando una imagen efímera, jocosa y de poca modernidad. ‘Ya nos parecemos a Italia, donde lo único que se salva es la comida’, nos dicen los ingleses de forma subliminal y chusquera, para no tener que sacar el polvo de debajo de su propia alfombra. Aquí el grito feminista – como no conviene – se obvia. Al menos los italianos han exportado su comida por todo el globo, la inglesa no hay quien se la coma.

Meloni está lista para protagonizar una película de romanos basada en las ideas peregrinas de Hollywood, es importante resaltar que en este disfraz se esconde la intención de llenar de estiércol el glorioso pasado de la Península Itálica en el que, aun hoy, se sustenta nuestra civilización. Hasta mediado el siglo XVI el Reino Unido era un lugar absolutamente infecto, del que no se sabía nada, e importaba poco este desconocimiento, Flandes y el sur de Europa llenaban de prosperidad y progreso al mundo conocido.

Pero es clave para los británicos insistir en la idea que todo lo subdesarrollado, lo chusquero, lo falto de rigor…, viene del sur. Algo comienza a resquebrajarse en el idílico mundo británico. Me extraña que no hayan dibujado un torero, una bailarina de flamenco analfabeta o a algún morenito echándose la siesta.

Lástima que – antes de publicar esta portada – no se pasaran por la Biennale de Venecia, porque enseguida hubieran comprendido que presentar a Meloni, o a cualquier mujer, como una luchadora eco-feminista, y no como una gladiadora de hace veinte siglos, tenía - ¡qué duda cabe! - mucho más impacto. Los británicos se han dispersado imbuidos en la noción ‘pueblo exótico del sur’ que tanto gusta a los tristes habitantes del norte de Europa.

Porque la Biennale se ha centrado precisamente en la exaltación de la mujer mediante machacantes mensajes que se repiten una y otra vez en todos los pabellones. Ecofeminismo, machos malos y crueles, pueblos indígenas machacados por conquistadores (siempre precolombinos, recordemos que la expedición de Colón la financió la Corona de Castilla, y que en la historia de la humanidad sólo existe UNA CONQUISTA, la de los españoles en América), de océanos a los que tiramos plásticos y, de refilón, también cíborgs. Un concepto de la mente humana encajado en ideas conceptuales sobre lo perversos que somos como especie, que no deja espacio para respirar. Además de la repetición constante de los mantras post antropocentrismo, no existe obra de arte, nada te inspira, no sientes volar tu imaginación, nada te conmueve, necesariamente debes comprar la guía y leer la intención que movió a Raphaela Vogel a representar la disfunción escrotal, a Delcy Morelos a llenar de bloques de tierra con abono una nave entera, o a Melanie Bonajo a colocar personas desnudas – unas encima de otras durante horas – para dejar claro que nos hemos convertido en borregos… ¡Puf!

Y es en este momento cuando me pregunto si Italia no merece la portada de ‘The Ecomist’, al difuminar - de forma intencionada - su propio esplendor en aras de una posmodernidad mal entendida.

Al ponernos delante de una obra de arte debemos considerar, en primer lugar, el soporte o materia prima y, en segundo, la capacidad que tiene para conmovernos. Si para cada espantajo que se pone delante de nuestros ojos necesitamos que el artista, o alguna víctima que se ha leído el catálogo, nos explique de qué va el trozo de plástico de colorcitos que está delante, el núcleo, la razón de ser de la obra, se desvanece, el hilo que nos une a ella no existe, se dispersa con el soplido de ideas impostadas que pasan por la comunión sin fisuras con las ideas del artista. De otra forma, sin compartir sus ideas o compartiéndolas, si consideramos que la obra no aborda la raíz del mensaje, directamente nos echaremos a reír, no hay otra reacción posible. 

Si a la entrada de la Biennale, emulando estatuas romanas, nos encontramos unos delfines de plástico como los que hay en las ferias de pueblo para atraer la atención de los niños, con el objetivo de advertirnos que el mar está contaminado, que hay un nuevo futuro donde ya nadie habla latín, porque los romanos - producto de la época histórica que les tocó vivir - arrasaron pueblos, sometiéndolos a la esclavitud, y que para colmo tenían apartadas a las mujeres… Apaga y vámonos. No es necesario seguir visitando los pabellones nacionales, porque todo queda ya dicho.

Decía que Italia, en el ejercicio universalmente aceptado de entretener al pueblo a toda costa, de convertir cada reducto compartido en un parque de atracciones inmenso, se ha hecho merecedora en cierta forma de la portada de ‘The Economist’. No entiendo bien – y sé que hay que ceder el testigo al futuro y a la posmodernidad – la razón de semejante aglomeración de despropósitos en Venecia, siendo esta ciudad un faro hacia el que han mirado todos los artistas durante siglos.

¿Es necesario que Italia denuncie las injusticias que se cometen contra el pueblo lapón, la dictadura de Pinochet, la acumulación de plásticos en el fondo del mar…? Llamadme anticuada, pero más me parece una plataforma de denuncia política que una exposición internacional de arte. No es arte, es simple y llanamente propaganda.

El propio pabellón de España, paredes blancas de pladur indicando que sobre el arte realmente no hay nada decidido y, acompañando tan torticero mensaje, con unos planos de Venecia que ayudan a entender el imaginario de Ignasi Aballí, es una sandez. Paseando por el pabellón de paredes blancas enseguida entiendes la razón de la elección de este artista y no otro, porque el arte se ha plegado a unas ideas rígidas y no al contrario. Me parece mucho más libre un pintor ligado al academicismo veneciano del siglo XVI (como Tiziano), que un artista actual obligado a plasmar lo que dicta el imaginario biempensante para poder comer. En términos de libertad creativa, Tiziano gozó de muchísima más. Una vez convertido en celebridad hizo lo que le vino en gana, Aballí debe seguir pegando pladures de diferentes colores para seguir moviéndose en los circuitos del arte internacional.

Nos han grabado a fuego el mensaje ‘el pasado es retrógrado’, que - al observar un cuadro de Tiépolo - automáticamente asumimos que era un pobre artista al servicio de los poderosos. Y eso es precisamente lo que son los artistas ahora, comebollos al servicio de los poderes públicos y de los medios de comunicación de masas.

Pensemos en Cecilia Vicuña (Santiago de Chile, 1948), galardonada con el León de Oro por toda su carrera, en 2022, ‘pionera de la propuesta de descolonización indígena y ecofeminista’. También obtuvo el Premio Velázquez de Artes Plásticas en 2019, por denunciar de forma furibunda – entre otros hechos - la colonización española en Chile, recordemos que sólo ha existido una CONQUISTA, el resto - desde el origen de los tiempos -  no llevaron consigo muerte, esclavitud y miseria. ‘La virgen puta’, obra expuesta en la Biennale, es un título evocador y nada previsible que engloba una mezcla de conceptos muy acorde con la empanada mental que enturbia cualquier intento de esclarecimiento de la verdad, pasada, presente o futura. Olvida Vicuña que cuatro desgraciados que se abrían paso por selvas sudamericanas con cuchillos mal afilados, no hubieran logrado nada si los dioses de los habitantes de aquellas tierras hubieran sido más comprensivos y menos virulentos con sus sufridos fieles.

En realidad, la Biennale no es más que una muestra de lo que son las ciudades y, por extensión, los museos de todo el mundo, un gran parque de atracciones ruidoso y sin alma, en el que sobrevuelan ideas peregrinas que nadie contrasta, pero que cumplen perfectamente su cometido, entretener a los mortales porque no son capaces de encontrar ellos mismos la forma de hacerlo. No son capaces de disfrutar del SILENCIO.

Pensemos en el retrato de 'La Familia de Carlos IV’ que se exhibe en el Museo del Prado de Madrid. Cientos de personas hacen cola diariamente para ver el cuadro. La recua de seres retratados en él deben ser calificados de nefastos, sin ningún género de duda, no hay por donde cogerlos, no se salva ni uno, si acaso la pobre Infanta María Josefa, por inofensiva. Pero el cuadro es de Goya, y eso justifica cualquier mínima crítica a cualquier aspecto de la obra. Unánimemente se ha decidido que Goya es bueno en cada uno de los aspectos su vida. Pero en realidad tenía un carácter insoportable, participó activamente en el expolio de obras de arte españolas durante la invasión francesa, apoyó el regreso de Fernando VII y era afín a las ideas absolutistas de las tropas invasoras (Francia era partidaria del absolutismo más rancio que imaginarse pueda, ser afrancesado – como Goya – no significaba ser liberal ni remotamente). Estas son algunas de las muchas perlas que adornaban al personaje, además de ser un maltratador de mujeres. Una de las razones por las que se llevaba fatal con su cuñado, Francisco Bayeu, también pintor, eran los constantes maltratos de Goya hacia su mujer, hermana de Bayeu.

Pero estoy de acuerdo en que la obra de arte es soberbia y – precisamente por ello – la vida de Goya no resulta relevante. Pero – sin embargo – tenemos escondido el cuadro de la ‘Familia Real de Juan Carlos I’ pintado por Antonio López, porque se ha decidido que el inconmensurable talento del pintor resulta irrelevante. Lo que cuenta es el mensaje caduco y obsoleto que da la monarquía. No puede despertarnos simpatías, no vale ni como obra de denuncia. Directamente alguien, pagado por no sabemos quién, ha decidido que el cuadro se esconde.

¿Dónde queda entonces nuestra libertad para decidir qué es lo que queremos ver u oír? ¿Hacia dónde vamos?

¿Somos más libres que hace cien años? No lo tengo tan claro como mucha gente,  que - por meter un sobrecito en una urna cada cuatro años -  considera que goza de una libertad ilimitada y vive en un mundo de pájaros y flores. Paseando por la Biennale más bien me sentí imbuida en los principios de la Revolución Cultural de Mao, para entenderla se había publicado unos años antes el Libro Rojo, guía imprescindible para entender todos los despropósitos habidos y por haber. Sin este libelo de las ideas de Mao, no se ponía nada en contexto, sin el folleto de cada performance que se escenifica en Venecia, tampoco se entiende nada. 

Si una obra de arte consiste en apilar seres humanos desnudos unos encima de otros..., ¿puedo comprarla? Dentro de doscientos años, ¿serán los mismos humanos momificados o bien otros de otra época? Esto último restará poder al mensaje. 

¿Es Italia un faro de inspiración para el mundo del arte como lo fue en el pasado, o un intento fallido de reflejar una realidad tortuosa y vacua que no conduce a ninguna parte? ¿Merece - por tanto - la portada del Economist? ¿Al igual que Roma fue el germen del mundo que ahora conocemos, será Venecia el origen de lo que está por venir? Ciertamente espero que no.

¿Hacia dónde vamos?
Feliz año nuevo 2023.
Leed mucho.
M.

sábado, 15 de octubre de 2022

Reflexiones sobre el silencio...

Tras años de vida laboral, conversaciones aquí y allá, reuniones, fiestas y todo tipo de encuentros sociales, he llegado a la conclusión – obvia por otra parte – de que la gente NO escucha. Las conversaciones se convierten en una cacofonía de lugares comunes bastante aburrida, sólo se oyen distintos tonos de voz, pero nada aprovechable.

Esto es un condicionante muy pernicioso para el avance de la humanidad. Llevado a la reflexión personal, y aplicado a mi vida diaria, afirmo que desarrollar ideas maduras y brillantes en una reunión de trabajo es una tarea titánica. Cada persona cuenta lo que le parece sin tener en cuenta la opinión de los demás, las ideas se sacan de contexto y – llegado un momento, cuando ya ni alzar la voz sirve – la frustración y el griterío frustran cualquier intento de exponer tus conclusiones.

Pensaréis que lo invento, pero este pensamiento me ha venido a la cabeza porque hoy, paseando por Madrid, ha llamado mi atención una mujer que iba hablando con sus perros, les urgía a hacer sus necesidades porque tenía una reunión importantísima. No era una loca, ni mucho menos, les contaba con todo lujo de detalles los puntos que iba a tratar, la estrategia de inversión – bastante sesuda y fundamentada – que proponía para acabar el año con beneficios, y hasta llevaba unos papeles para hacer un ensayo previo. Esta mujer es un genio, una visionaria sin precedentes, ya se ha dado cuenta, con algo menos de 30 años, que los únicos que van a escucharla son sus perros.

Esto viene de lejos, aunque la modernidad ha empeorado la situación, grandes pensadores cuyas ideas han cambiado el curso de la historia eran personajes solitarios, encerrados en sus ideas y en sí mismos. Si Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, Kant, Fleming, Pasteur, Alba Edison, Ramón y Cajal… (nombres aleatorios que me vienen a la cabeza) hubieran trabajado en equipo, ahora mismo estaríamos ya dirigiéndonos al agujero negro que hay en medio del universo y no se hubiese inventado ni la rueda.

El cine y los cursos empresariales de autoestima y alto rendimiento han sido muy perniciosos para el fomento de la cacofonía improductiva. He asistido a decenas de cursos en los que se habla del trabajo en equipo, de compartir con los demás el conocimiento y el progreso, de las sinergias para generar ideas…, todo es basura. De verdad, creedme, no exagero. Las frases grandilocuentes me sacan de quicio, el ejemplo más obvio es: ‘sólo fracasa el que no intenta nada’, otra también patética, muy ad hoc para el tema que estoy desarrollando, ‘haz oír tu voz’. ¿Cómo? ¿Comprando un megáfono? Ya ni los venden.

Otra reflexión sobre los gritos sin eco e improductivos es que, si alguien se toma la molestia de escucharte, sin duda alguna sacará tu comentario de contexto y lo usará en contra tuya cuando menos lo esperes. Esto se basa en la expansión del método estalinista de ‘espionaje simpático’. Stalin (gran aficionado a las películas del oeste americanas) tenía una dacha, casa de campo, a las afueras de Moscú. Cada noche invitaba a miembros del Partido Comunista a ver las películas y a hablar con él de forma distendida. Los efluvios del alcohol hacían que se dijesen cosas inconvenientes, el propio Stalin preguntaba por los chascarrillos a pie de calle, como un abuelete simpaticón. Tomaba nota mental de todo, y llegado el momento, usaba toda esa información para purgar a los mencionados en esas charlas, de los que nunca más se volvía a saber. Su propia esposa, Nadezhda Alilúyeva, describió comportamientos de sus compañeros de universidad, que – la duda ofende – acabaron desapareciendo sin dejar rastro. Se suicidó del remordimiento.

Esto, que parece exagerado, es el método que se usa en la actualidad para eliminar elementos perniciosos en el mundo laboral. Típicas reuniones de brainstorming en las que se anima a los empleados a desahogarse con la excusa de que conociendo la realidad se crece (hay frases importadas de las charlas de Steve Jobs en Ted que sirven para dar fuelle a los encuentros). Si algún joven que comienza ahora a trabajar (no importa en qué) me está leyendo, mi consejo es que no caiga en la trampa de hablar, porque será eliminado, sus comentarios serán usados en su contra cuando menos lo espere y su futuro será – a partir de ese momento – incierto. Lo sé por propia experiencia.

Debéis repetir públicamente los mantras dictados por la dirección y, cuando los demás comiencen a hablar sin escuchar al resto, coged el móvil y leed en Wikipedia la vida de Aristóteles, la cría de caballos en fincas de regadío en Extremadura o cualquier otro tema que despierte vuestro interés. Yo suelo leer el ¡Hola!, porque me distraigo y no requiere mucha concentración.

Los temas de mayor calado lo dejo para momentos de silencio e intimidad, que no son demasiados.

Toda esta introducción viene a cuento porque, tras recobrar el control de nuestras vidas tras la pandemia del Covid19, he comenzado a viajar, a ir a eventos sociales y a tomar contacto con muchas situaciones no vividas en los últimos dos años y medio. Y en este nuevo comienzo, tras el esfuerzo ímprobo por crear mi propio espacio y no dejarme arrastrar por la sinrazón, he dejado de escuchar, o mejor, escucho y leo sólo lo que me interesa.

Esta actitud, que a los ojos de los demás se definiría como indiferencia, me convierte en alguien peligroso con el que es difícil lidiar. Para los mediocres obedientes, la mayor amenaza no es la subversión (que se puede sofocar) es la indiferencia. Contra el indiferente nada se puede hacer.

En mis silencios, cuando asisto a reuniones absurdas que no solventan nada digno de mención, me observan con terror, porque ya no tienen argumentos ni palabras mías que usar contra mí fuera de contexto para apartarme.


Y, debo decirlo, soy absolutamente feliz. Me importa un bledo la cotización de la acción de la empresa en el Ibex-35, si los tipos de interés suben, si la mantequilla es cancerígena, o si los caballos de Extremadura enferman de peste. Me siento como una de las heroínas de las novelas de Jane Austen, por ejemplo Emma. Una joven que se divierte haciendo de casamentera (en mi caso esto se traduce en la adicción a la lectura de la revista ¡Hola!) y escribiendo diarios absurdos por la noche, mientras el resto de sus vecinos se pelean por cosas ridículas. No sé si las mujeres hemos hecho bien en entrar en el juego por la supervivencia, sé que es políticamente incorrecto decir esto, pero somos terribles cuando decidimos combatir con las armas que los hombres llevan usando milenios. Como ya he dicho en este blog, nos irá mejor cuando creemos nuestro mundo a nuestra imagen y semejanza. Tal vez, en ese nuevo escenario por venir, se escuchen las ideas de los demás y se aprenda a crecer en silencio.

Hoy no he hablado de arte ni de literatura, he hecho – como la mujer que hablaba con sus perros – un ejercicio de reflexión con la esperanza de que alguien me escuche.

Leed mucho.
M.

domingo, 2 de octubre de 2022

Sociópatas y Primitivos Flamencos.

He decidido crear una liga en defensa de los sociópatas. Una minoría en exclusión que no está siendo protegida (con esto quiero decir subvencionada) por ningún Organismo Público. Sé que es muy complicado, puesto que para mover a los beodos sociales es necesario el consenso de la ceguera, y los sociópatas suelen ser personas críticas, versos sueltos que discrepan contra la mayoría de los que creen a pies juntillas en las frases huecas de lo políticamente correcto.

El otro día, tras asistir a una fiesta multitudinaria en la que compartí conversaciones en diferentes corrillos sobre temas comunes tales como niños adolescentes inadaptados, distintos tipos de Covid19 y fecha de contagio, ventajas del teletrabajo, etc., acabé tan exhausta que, en el camino de vuelta a casa, alguien me dijo: 'Mentalízate, a la gente no le interesan los Primitivos Flamencos’' Y ahí está ¡voilà! la frase clave, la explicación sin necesidad de más palabras.

La falta de interés sobre cualquier tema me produce una perplejidad cercana a la desazón. Con una lengua universal, con miles de libros publicados sobre cualquier disciplina, no parece que sienta nadie interés por nada. Y, lo que es peor, si en tu día a día, sobre todo en el ámbito laboral, dejas entrever que tus intereses son otros, te conviertes en un apestado, en un sociópata, en alguien – para qué negarlo – peligroso. Por esta razón Pol Pot mandó a los Campos de la Muerte a los camboyanos que llevaban gafas.

El comunismo, eso hay que reconocérselo, captó al vuelo que los pensamientos individuales son grietas en el sistema que hay que eliminar. Como dijo Stalin, matar a una persona es un crimen, si es a muchas es una estadística.

Al ir sumando ideas de psicópatas a lo largo de la historia (las malas, se entiende) el caldo de cultivo es terrible, porque se uniformizan los pensamientos y se elimina la disidencia. Uno de los ejemplos más claros de estas intenciones es el Arte (Flamenco), y para explicar mi punto de vista, me valdré de mis reflexiones y notas de las últimas semanas.

La evolución de las técnicas pictóricas, a mi juicio, no es tanto la mejora en los materiales y los soportes, como los avances en el estudio de la perspectiva. Al inventarse la fotografía, el tema dejó de tener misterio, y decidieron romperla, el Cubismo es un ejemplo. Pero antes, hubo miles de años de observación y empeño en plasmar lo más fielmente posible la realidad, una realidad grandiosa (La Puerta de Istar) pero finita. Para los antiguos, el concepto de infinito era aterrador. Para Pitágoras el mal era una forma de lo ilimitado y el bien de lo limitado.

Hasta llegar al siglo XV dC, contar historias fácilmente reconocibles, en entornos finitos/cerrados era una prioridad que anulaba cualquier otra intencionalidad. Pero la acumulación de riqueza, sobre todo en Flandes e Italia, hizo que los artistas comenzaran – sin dejar de incluir escenas religiosas – a experimentar. Sus vidas no eran efímeras, tenían medios económicos abundantes que les permitía dedicar tiempo a crear e innovar.

El pensamiento europeo hunde sus raíces en la filosofía griega. Replanteada y reformulada mil veces de la mano de todo tipo de sabios (las sabias, que las hubo, no pintaban nada), habían comenzado a plantearse lo que el ojo ve, o no ve, la realidad de lo que nos rodea, lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande. Que no dejan de ser incompatibles entre sí. Ahora gracias al microscopio de gran aumento y – en el otro extremo - al Telescopio James Webb aceptamos ambos conceptos con total naturalidad, porque para nosotros es algo ‘tangible, real’. Pero no se trata de tocarlo, se trata de concebirlo, de dar forma a las ideas, y eso es un largo proceso que lleva miles de años. La perspectiva entra dentro de esta evolución del pensamiento abstracto.

Imaginemos que somos artistas (no artesanos) del siglo XV, y nos sentamos – pincel en mano – delante de un lienzo, un soporte de madera que ha sido cuidadosamente elegido y tratado. Ya por sí mismo, el soporte era un objeto de lujo carísimo, que pocos se podían permitir. Uno de estos privilegiados era Giovanni Arnolfini (1400-1472), comerciante italiano afincado en Brujas, que encargó un retrato para él y su esposa a Jan van Eyck, pintor al que se atribuye la mejora y difusión de la técnica del óleo. Años después esta pintura fue comprada por Felipe IV, pero los ingleses la robaron durante la Guerra de la Independencia y actualmente se expone en la National Gallery de Londres.

Jan van Eyck (1434)
Óleo sobre tabla (82x60 cms)
National Gallery (Londres)

Enseguida somos conscientes de que la voluntad del pintor es hacernos partícipes de una escena íntima, nos asomamos – gracias a la perspectiva desarrollada en diferentes planos – a un pequeño mundo de riqueza inagotable, completo en sí mismo, irremplazablemente único. La cualidad de cada persona pertenece a las cosas que le rodean de forma particular y que se pueden tocar y percibir con los sentidos, a los estados de ánimo propios, a una experiencia interior.

Jan van Eyck consigue, superponiendo planos y escenas, que veamos a esta pareja como una inspiración para nuestra quietud y – aunque han pasado casi 600 años – nos mimetizamos con su rubor, con su matrimonio por conveniencia, con su hogar lleno de comodidades, cálido e inspirador.

Por eso, como parte de un ritual de meditación íntima, me acerco al Museo del Prado cada semana, y escojo uno de los cuadros que compartieron espacio en el Alcázar de Madrid con este de ‘Retrato de Giovanni Arnolfini y su esposa’ (1434) y, sin darme cuenta, salto desde un mundo enloquecido donde nadie – efectivamente – muestra interés por los Primitivos Flamencos, a otro en el que todo obedece a un orden estudiado, meditado y tranquilo.

Sé que hace 600 años el mundo era un lugar turbulento, donde unos pocos oprimían a unos muchos. Pero de todas esas historias que nos han contado, ya no sé cuáles son verdad y cuales pertenecen al mundo de las ideas, pero no las de Platón, sino las que quieren que tengamos para someter a nuestra inteligencia a una pobreza simplista.

En esta superposición de planos en perspectiva, de la mirada a través de ventanas y trampantojos, del continuo simbolismo que nos lleva a un infinito que se intuye, pero no se concibe, nutro mi filosofía vital sociópata, la que anhela ser reconocida como un grupo social en riesgo de exclusión.

Digo esto último porque la modernidad nos ha brindado los medios para dejar de sumar perspectivas, para dejar de imaginar y estudiar la obra de arte en base a ideas sublimes. Al crear obras de arte – cualquiera que sea el soporte – ya no hacemos uso del bagaje intelectual de siglos. Hemos roto con todo y convertido el Arte – que influye muchísimo en el pensamiento social – en una herramienta de propaganda, de necesaria mimetización con las ideas (casi siempre políticas) del artista, en muchas ocasiones un iluminado que proyecta el pensamiento vacuo de los agentes que nos dirigen.

No es un requisito, al observar ‘La Anunciación’ de Robert Campin, saber nada del pintor, de su entorno, de sus ideas… Es imprescindible cuando te enfrentas a cualquiera de las obras que se exponen en Arco y en la mayoría del Museo Reina Sofía. Porque la ruptura con la perspectiva, con la búsqueda de la perfección que obsesionó a los antiguos, ha dado paso a un sentimiento simplista que busca convencernos de la individualidad de las ideas, no de su universalidad.

La Anunciación
Robert Campin (1420-25)
Óleo sobre tabla (76x70 cms)
Museo Nacional del Prado (Madrid)

En su quinta vía para demostrar la existencia de Dios, Tomás de Aquino afirmaba que cada ente sigue un orden, tiene una esencia fundamentada en la suma aprendizajes, de causas finales. Esto sólo es posible si hay un ser inteligentísimo, Dios.

Tal vez sea esta la razón, equiparable a llevar gafas en la Camboya de Pol Pot, por la que - de una forma sutil - nos están despojando de nuestra espiritualidad y trascendencia. Sembrando el caos mental que dará paso a la creación de un nuevo mundo, que – para qué negarlo – equivale a la idea de infinito aterrador que tenían Pitágoras y Aristóteles.

De ahí que no resulte extraño ver a turistas en el Museo del Prado disfrazados del Capitán Cook, con sombrero de explorador incluido y botas de montaña. Porque poco a poco, y de forma imperceptible, nos estamos asomando a un mundo lleno de peligros, y es necesario estar vestidos para la ocasión.

Leed mucho,
M.

domingo, 18 de septiembre de 2022

La Reina muere un jueves... Y un club del crimen inglés se llama así.

Ha muerto la Reina Isabel II del Reino Unido y de la Commonwealth (riqueza común o res-pública, en español) y de repente, como suele ser habitual, nos han inundado de noticias, semblanzas y - sobre todo mentiras - acerca de su vida y milagros. ¿Qué nos importa a nosotros - como nación - esta mujer? ¿Qué ha hecho por España y el mundo hispano, al que despreciaba, por cierto? ¿Cuáles son sus grandes logros geoestratégicos? Entiendo que como reina de un país del primer mundo, hay que anunciar su fallecimiento, pero poco más.

El mundo angloparlante nos ha vendido sus basuras de tal modo que ya no somos capaces de distinguir la paja del trigo. Habiendo poco de esto último. Los periodistas, como suele ser habitual, han hecho el trabajo de campo con su incultura y su falta de independencia informativa.

A raíz de la muerte de Isabel II, artículos de opinión grandilocuentes con el encabezamiento: “la personificación de un Reino Unido global”, han subrayado la senda que debemos seguir para despojarnos de toda conciencia de cultura y progreso propios. Reyes que nos odian y han hecho todo lo posible por humillarnos cuando han podido, son colocados en el centro del Olimpo, y los nuestros son objeto de todo tipo de injurias. La idea es: la monarquía es excelente en el Reino Unido, algo que dota de solidez y rotundidad al país, debemos seguir comprando todas sus ideas y su visión del mundo sin fisuras. ¿Por qué? ¿Por qué los mismos periodistas que han intrigado sin tapujos contra la monarquía en España, lanzan odas de admiración hacia una mujer que siempre nos miró con indisimulado desprecio? Me cuesta mucho trabajo entenderlo, no queriendo entrar en ningún caso en el debate Monarquía/República.

Me da apuro desmontar estas ideas valiéndome de las irrefutables pruebas del devenir histórico. El primer imperio global, en el que se hablaba una lengua franca, tenía unas bases culturales comunes y una ley común que garantizaba el bienestar de sus ciudadanos, fue Roma. Cuando los romanos fundaban ciudades imponentes, con teatros, bibliotecas, templos y edificios de todo uso, las Islas Británicas eran un lugar infecto, lleno de pueblos bárbaros que lo único que sabían era tirar piedras a los animales y que aún se vestían con pieles. Tanto es así que – siendo una isla remota y desconocida – a los romanos les costó poco poner orden (importante en este punto no tomar como referencia las películas que, tanto ingleses como franceses, han rodado a este respecto). A este primer imperio global le deben los ingleses prácticamente todo lo que son porque, como he dicho al principio, les enseñaron – para que dejasen de dar palos a las cabras – la filosofía griega, la escritura y de paso los convirtieron al cristianismo, algo de lo que se sienten muy orgullosos aun hoy. Recordemos que el Rey Arturo era un cristiano convencido. Su fe, según la versión de Hollywood, era de las buenas, como necesario paso a entender que el/la rey/reina del Reino Unido es la cabeza de la Iglesia Anglicana. Ya veis que nos dan puntada sin hilo, por eso les va bien.

Huelga decir que han reinterpretado la historia a su manera, o mejor sería decir, han inventado el racismo y el desprecio a los países del sur a su manera, ignorando sus propias raíces. No hay nada más penoso que un inglés en Italia o España, comportándose como si estuviera visitando una remota tribu amazónica donde no llega el progreso, y tamizando cada gesto del habitante local como si fuese algo curioso y extraño. Esto último en el caso de que estén sobrios, porque si están ebrios, es mejor no opinar.

Hubiera sido mejor que no se hubieran incorporado a la historia de Europa, nos hubiera beneficiado a todos. Como son hábiles estrategas, enseguida se dieron cuenta de que, para tener una posición dominante, lo más sencillo era desestabilizar el continente, lo han hecho durante siglos, observando desde su isla cómo nos desangrábamos por las tonterías más nimias.

Sin duda el punto de inflexión clave fue su separación de la Iglesia Católica de la mano de Enrique VIII. Este tipo, un vicioso y un asesino (tal cual) además de glotón, megalómano y tirano, se enfadó – con algo de razón – porque desde Roma no le dejaban hacer lo que él quería, siendo los Papas un espejo de corrupción y desenfreno. Asesorado por hombres más ambiciosos que él (a todos les cortó el cuello, por cierto), ideo un divorcio por intereses irreconciliables con Roma, y sentó las bases de la Iglesia Anglicana, que es lo mismo que la católica, no cambiaron prácticamente nada, sólo que el mandamás es el rey o reina del Reino Unido. Así, tan tranquilamente. Muchas fisuras he visto yo siempre en este plan, pero lleva funcionando cinco siglos.

Hans Holbein el Joven (1537)

Óleo sobre tabla (28 x 20 cm)

Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid

Al morir este ególatra, le sucedió su hija María. Ella era, además de horripilante, poco lista. No quiso ser cabeza de la Iglesia Anglicana y se empecinó en obedecer al Papa. Tarde, porque la máquina de la propaganda estaba en marcha y ya no se podía parar. Tuvo a bien quemar a algún hereje que otro, lo que le valió el título de ‘Bloody Mary’, siendo sus decisiones el combustible que lleva alimentando las mentiras que emanan de estas islas desde hace 500 años, que no es poco. Después de María, de un plumazo, y para eliminar cualquier mención de otras mujeres mucho más relevantes en la historia (como Isabel la Católica), crearon la fábula de su propia Isabel (hija de Ana Bolena y del zampón Enrique VIII).

La implantación del anglicanismo en el Reino Unido fue muy traumática, esparció miseria y muerte. Estos giros de la historia están sustentados por intereses económicos de gran calado y la aparición en escena de actores de quinta fila, pero con un saco de ambiciones. La confiscación de tierras a católicos, quema indiscriminada personas y otros despropósitos condujeron a una guerra civil que acabó con la victoria de Oliver Cromwell, un puritano bastante turbio que es poco recordado en el mundo de Hollywood, sería poco recomendable que saliese a la luz alguna de las muchas barbaridades que cometió - la represión en Irlanda fue brutal -. Murió enfermo, pero dio igual, porque lo desenterraron y ejecutaron dos años después de muerto, sí, terrible, pero era común en la época, también en las Islas Británicas. ¿Habéis visto alguna película sobre esto? No creo.

El cambio nunca fue claro y tan estable como les hubiera gustado, así que había que inventar historias grandilocuentes que perdurasen en el tiempo, por ello a principios del siglo XVII culparon y ajusticiaron a un pobre individuo llamado Guy Fawkes (católico, claro) de intentar volar el parlamento de Londres, el aniversario todavía se celebra el 5 de noviembre a lo largo y ancho del país. Las famosas máscaras de ‘Vendetta’ hacen referencia a este pobre individuo, que tuvo un final espantoso. Recordad que sólo la Inquisición Española cometió atrocidades, quemando a diestro y siniestro en cualquier lugar, te descuidabas y aparecía una hoguera. Era espantosa la fiebre pirómana que tenían los monarcas españoles  – siempre siguiendo el rigor de Hollywood –.

La esquizofrenia de esta gente llegó al extremo de promulgar una ley en la que directamente prohibían casarse al heredero/a al trono con una persona católica. Sentido tiene, si el rey/reina es la cabeza de Iglesia, no sería lógico que tuviese ideas aviesas. Pierde su razón de ser porque la prohibición solo afecta a los católicos, no a judíos, musulmanes, sintoístas, budistas, iglesia de la cienciología…, etc. Tampoco aplica a palomas mensajeras ni monos de Birmania. Esto que suena a risa, es para reír, ha tenido consecuencias horripilantes (disfrazadas, claro) en épocas recientes. Carlos (actual rey) no obtuvo el permiso para casarse con Camila, porque esta última era católica y se negó a renunciar a sus convicciones, hubiera sido una traición a su familia, vejada durante siglos por la Corona Británica. El matrimonio con la anglicana Diana fue un desastre sin precedentes que hizo tambalearse a la monarquía. Hubo que cambiar los estatutos de admisión cuando se planteó abiertamente el matrimonio de Carlos y Camila, en este momento poco importaba ya este espinoso tema, había inmundicias peores dentro de la casa, como el gusto del príncipe Andres por menores de edad y otra serie de escándalos sexuales que hacen que Jack el Destripador parezca Santa Teresita del niño Jesús.

No es un caso raro en la historia de la familia real británica, un nieto de la Reina Victoria, Alberto Víctor de Clarence, se vio envuelto en todo tipo de escándalos, y hasta se llegó a creer que era el ya mencionado Jack el Destripador.

La época victoriana está teñida de sombras también. Un capitalismo salvaje, que esclavizaba a niños, y que - valiéndose de un puritanismo apolillado – fomentó un clasismo religioso completamente opresor. Dickens lo relató sin tapujos en sus libros (imprescindible leer Oliver Twist) y otros escritores de renombre se apartaron de las filas anglicanas ante semejante tufo retrógrado, Oscar Wilde lo pagó caro, Chesterton se supo defender mejor. Los propios hijos de la reina acabaron tarados. Tuvo nueve, todos locos como cencerros.

El siglo XX, por ir acabando, fue de pesadilla. Se les vio el plumero cuando no permitieron que el heredero al trono, Eduardo, se casara con una americana divorciada (dos veces), por lo que tuvo que renunciar a la corona, llegando al trono - sin esperarlo - el padre de la recién fallecida Isabel. Un tartamudo inseguro con una esposa alcohólica. Tal cual.

En los años ochenta Diana pasó a formar parte de la familia real británica, una pobre mujer. Siempre me ha resultado muy antipática. No entiendo cómo alguien a quien se permite vivir en un palacio en el centro de Londres, con una generosa pensión vitalicia y sabiéndose madre del futuro rey, puede llegar a decir tal cantidad de idioteces. Que esta mujer sea presentada como una luz que alumbra a la humanidad, es la prueba inequívoca de que (a) los ingleses son unos genios deformando la realidad más chusquera e insustancial (b) no vamos por la senda correcta si nos apoyamos en personajillos como este para nuestro crecimiento personal.

Pero se han creído tan imprescindibles, tan tocados por los dioses, que en 2016 convocaron un referéndum para abandonar la Unión Europea – el Brexit – un error tan garrafal que ni ellos mismos saben por donde tirar para dar forma a un engendro financiero con una cara bastante repulsiva. Como sucedió en el siglo XVI, cuando se alejaron de las directrices de Roma, intereses económicos, evasión de impuestos, dinero negro y ¡cómo no! la aparición de nuevos agentes económicos ávidos de poder y fama, han manipulado a los británicos de a pie, que llegaron a creer que – tras el Brexit – iban a dormir cada noche rodeados de lujos, sin trabajar (Europa nos roba, era la consigna) y publicando novelas de quinta con reseñas grandilocuentes para seguir esparciendo sus medias verdades por el continente. 

Y hablando de publicar novelas, como me pagan en otros medios por hacer críticas literarias, y al hilo de todo lo que he escrito – reconozco mi irreverencia – tengo que hablar ahora de literatura inglesa, del tipo de basura que esparcen con críticas grandilocuentes. Como la Isabel II murió un jueves, hablaré de un club de lectura que se llama así, 'El club del crimen de los jueves' de Richard Osman.



Novela inglesa en estado puro, con el mantra que tanto vende ahora, el crimen por resolver. Como el mercado literario está saturado de crímenes, no sé cómo queda algún ser humano vivo sobre la tierra, la idea es que los encargados de investigar y dar con la clave para atrapar al malo sean raros, insospechados y - a ser posible - despojos sociales en los que nadie repara,  pero inteligentísimos. La idea está ya más que vista, pero insisten y buscan nuevos detectives para seguir publicando, si el escritor - como es el caso - escribe en inglés, el éxito está asegurado. En fin, si Agatha Christie levantara la cabeza... 

Publicada en septiembre de 2020 en su lengua original, y con críticas muy positivas (ya lo sabíamos, hasta lo infumable es genial si está escrito en inglés, son expertos en cambiar la esencia de las cosas, como he querido dejar claro en los párrafos anteriores), nos presenta una nueva modalidad de detectives, unos ancianos que viven en una residencia de la tercera edad. Elizabeth Best, Ron Ritchie, Joyce Meadowcroft e Ibrahim Arif, con pasados diferentes y -  según el reclamo para vender esta basura - que nunca se hubieran reunido, de no ser por estos terribles crímenes sin resolver. Hay varios muertos y varios asesinos. 

La trama es tan pobre, tal mal construida, tan mal resuelta y con tantos flecos sueltos y sin explicar, que no sabría por dónde empezar a destriparla. Una de las ancianas fue agente del MI5, algo que intuyes vagamente por la forma en la que obtiene información, dejando en ridículo a la policía, otro es un ex-líder sindicalista con un hijo boxeador, pero que ya no boxea. El grupo lo completa un psiquiatra y una enfermera, ambos jubilados, claro. 

Cada vez que acaba un capítulo, recurre al ya manido recurso de introducir una frase que te deja en ascuas... 'Pero sabía más, mucho más...' Las siguientes páginas hablan ya de otra cosa, para dejar al lector con la intriga. En realidad no pasa nada, el crimen y cómo se resuelve, son completamente inverosímiles. Creo que en las novelas de Corín Tellado, los personajes son más rotundos, más acordes con la trama. 

La pareja de policías que colabora con los ancianos, al principio de mala gana, luego ya con más cariño, son livianos, como muñecos de pega con las taras habituales en este tipo de libros. Él separado, solitario, inteligente pero apartado en el escalafón del cuerpo. Ella, ejerciendo en un apartado pueblo, porque en Londres - donde tenía una carrera prometedora - tuvo una experiencia amorosa que acabó mal. Él busca pareja, ella no lo tiene claro. Él acaba liado con la madre de ella, en un capítulo tan raro y farragoso que no sabes bien ni cómo ni por qué ha saltado la chispa del amor. 

Al final, el crimen más grave queda sin resolver... ¿?¿?¿? Los lectores sí saben quien es el asesino, uno de los ancianos también lo intuye, pero la policía y el club de detectives ni se lo imaginan. 

No hace falta decir, que aparecen monjas católicas retrógradas, una novicia acabará ahorcándose por ello. No han incluido hogueras, porque el deceso se produjo en el siglo XX, y no habría forma de dar soporte histórico al recurso del fuego purificador.

Leyendo este libro, y asistiendo en directo al bombardeo mediático por la muerte de Isabel II, tengo la íntima esperanza de que todas las mentiras y medias verdades -  algunas descritas en los párrafos anteriores - que nos han contado durante siglos, se vean desmontadas y sometidas al debate público que merecen.

Mientras tanto, leed mucho y sacad vuestras propias conclusiones.
M.