domingo, 4 de junio de 2017

Castilla y los castellanos. Bueno, lo que queda de ellos.

Lo mejor para aprovechar unos pocos días festivos, es dar una vueltecita por algún rincón de España. Estamos tan acostumbrados a ser bombardeados con paquetes de viajes exóticos, que ir a La Rioja parece algo pobretón y sin glamour. Nada más lejos de la realidad. España - con sus consabidos defectos - es sin embargo un país excelente para perderse en la bruma del tiempo. ¡ATENTOS! Voy a hablar de las "Ferias Medievales" y no van a salir bien paradas, lo digo porque si hay algún entusiasta del tema debe abandonar la lectura de este espacio en este mismo momento (Right now! = Como dirían los ingleses).

Para aquellos que no hubieran nacido haré una pequeña introducción/esquema de mis pensamientos. Tras la muerte del dictador Franco en 1975 y la llegada de la Democracia, hubo un entusiasta movimiento para crear un Estado Federal de Comunidades Autónomas. Recuperando nacionalidades históricas mientras aniquilaban a la única región que era verdaderamente histórica, Castilla. El poderosísimo Reino Medieval Castellano, creador de una lengua universal, que era temido y respetado en todo el mundo fue anexionando durante siglos a otros condados, reinos y tierras fronterizas, perdiendo su grandeza e identidad. Hasta acabar en el siglo XX fagocitado por desagradecidos. Tanto empeño se puso en ello que - ahora mismo - pocas personas dirían que se sienten CASTELLANAS. Pero no porque sea políticamente incorrecto, es porque directamente no saben, por ejemplo, que gracias a la lana de Castilla, a las alianzas matrimoniales de sus monarcas, al trigo, a la potente actividad intelectual que se desarrolló en sus monasterios y a la propia esencia castellana de austeridad y templanza, ya en el siglo XIV, su mediación y su favor fueron claves para el desenlace de la "Guerra de los Cien Años". Volveré a esta Guerra.

Con este planteamiento y por comenzar desde el principio (bueno, esto es lo habitual) nos situamos en el Monasterio de San Millán de Yuso, cuna del castellano y del vascuence. Pues bien, un monje allá por el año mil, hizo unas anotaciones al margen de las Cronicas Emilianenses, un truño de libro. Tanto se debía aburrir el pobre y tan lejano debía parecerle el latín, que por su cuenta y riesgo decidió traducir cuatro frases al castellano de entonces. Una temeridad, porque la producción de los libros no era como ahora. Un libro era algo exótico, escaso e incomensurablemente caro. Las abadías medían su riqueza (¡cuánto daño han hecho las películas!) por la cantidad de libros que poseían, no por los oros y los altares. A la imprenta le quedaban quinientos años para ser inventada, y fabricar un libro era un trabajo de años. Este monje era un visionario y un tipo arrojado, no cabe duda. Bien, pues desde este momento, ya lo del castellano fue un no parar. Otro trolón que nos han contado, bueno dos mentiras de las gordas, una que los frailes eran unos tipos gordos que sólo pensaban en comer, en robar y en fornicar con aldeanas, alguno habría, no digo que no. Pero, a falta de un modelo de social mejor y gracias a ellos, se pudo recopilar y conservar todo el saber de la antigüedad. La vida monástica medieval fue totalmente enriquecedora y potentísima intelectualmente. Además se producían milagros sin parar. Ahora nada de nada. ¡Una lástima! 

La segunda de las mentiras, igualar el castellano a otras lenguas peninsulares. Esto es un disparate como una catedral. La evolución de un idioma se mide por la cantidad de literatura que produce y por el uso que hacen de él los pensadores cuyas enseñanzas perduran en el tiempo. Es obvio que el Latín es una lengua muerta, pero gran parte de todo lo que sabemos, de nuestro modo de vida, de pensar, de concebir el Estado, etc., se debe a textos escritos en esta lengua. Por eso sigue teniendo su impronta. Al castellano, llegado un momento y gracias a la expansión del Reino de Castilla, le ocurrió un poco eso. La Península necesitaba una lengua franca y el castellano, que era usado ya con cierta frecuencia por los que sabían leer y escribir (los monjes) fue el que se impuso. Pero no por la fuerza, a la gente le importaba un bledo estas cosas. El 90% de la población era analfabeta y no salía de la puerta de su aldea en toda su vida. ¿Qué más daba que los documentos oficiales, los tratados, los fueros, los mandatos de los reyes etc., fueran escritos en castellano? Nadie sabía leerlos, ni los propios reyes en muchos casos.
El golpe de suerte fue el Descubrimiento de América. Pero para entonces el castellano ya se había impuesto como una evolución del latín vulgar en toda la península, al menos como lengua franca.

En esa maravillosa lengua se expresaba Pedro I de Castilla, y tras sus huellas fuimos. Nos encontramos con él en Nájera, bueno, nos dimos de bruces con el olvido, con la nada, con el esperpento humano. La Feria Medieval. ¡Dios mío que asco! Siento expresarme así, pero no encuentro otra forma. 

Durante la Edad Media, dado que las comunicaciones era muy malas y uno se movía a pie por los caminos, se decidió de forma tácita reunirse periódicamente a intercambiar mercancías en un lugar determinado. Pero ese intercambio era de algo específico. No había bares, ni había grandes jolgorios con fuego, bufones etc., esto es un invento de Hollywood que no tiene ni pies ni cabeza. En concreto Castilla era una potencia mundial en lana y paños. Por eso cada cierto tiempo se celebraban ferias en ciudades como Medina del Campo, Lerma o la ya citada Nájera. El dinero del comercio lanar y la producción de barcos encumbraron a Castilla como una potencia marítima de primer orden. Cuando Inglaterra y Francia se enfrascaron el la Guerra de los Cien Años, necesitaban desesperadamente poner a los castellanos de su lado, porque eran los únicos que tenían la llave de los mares conocidos, además de ser un estado poderoso y con una gran riqueza acumulada.

Y por ello en Nájera (La Rioja) tuvo lugar hace 650 años una batalla clave para la historia de Europa y Castilla. Se enfrentaron los ejércitos de Pedro I, apoyados por Inglaterra y su Príncipe Negro, contra Enrique II de Trastamara, quien tenía detrás a la nobleza castellana, a algunos nobles franceses y a su lugarteniente Beltrán Duguesclín. Sólo leyendo este párrafo sientes volar la imaginación. Al menos a mí me pasa. Me siento totalmente identificada con ese ideal caballeresco. Visualizo novelas de caballería, grandes ideales, amores rotos, alianzas, fe en Dios, gestas y luchas. Por encima de todo nobles henchidos de un ideal que les superaba, esos lazos feudales que no eran una memez, eran una forma de protección en una sociedad llena de peligros. Donde los reyes no se enamoraban, sino que fijaban alianzas para fortalecer sus reinos por vía del matrimonio. Eso era Castilla, y de eso no queda nada. Porque - de forma consciente - nos han despojado de nuestro sustrato vital.

Donde tuvo lugar la Batalla de Nájera hay ahora un polígono industrial horrendo. Manifestación del olvido, de la devastación y del consciente esfuerzo por sepultar una historia que marcó el curso de cada una de nuestras vidas.

La Batalla fue ganada por Pedro I el Cruel, pero de poco le sirvió porque años después moriría a manos de su hermano, Enrique de Trastamara.  Éste dio comienzo a una dinastía de reyes variopintos, pero profundamente castellanos. De verdad, no hay nada más interesante que la historia medieval de la Península Ibérica.

Pasado el tiempo, los siglos y los avatares de épocas convulsas (que nada tienen que ver con las inclasificables ferias medievales de la actualidad), Isabel la Católica, la última de los Trastamara, decidió sellar una poderosa alianza con el Emperador del Sacro Imperio, Maximiliano I. Para ello se acordó el matrimonio entre Juana de Castilla (conocida como 'la loca') y Felipe de Habsburgo ('el hermoso'). Isabel no era una tipa que olía mal, azote de moros y judíos debido a su incultura. Otra miente. Era refinada y profundamente culta. Baste decir que gobernó entre hombres y no le tembló el pulso, en una época en la que las mujeres no pintaban nada. Aprovechando que vendrían emisarios de la Corte Imperial, solicitó la presencia en Castilla de pintores y eruditos varios, entre los que se encontraba Juan de Flandes.




Llegó a Castilla (su primer encuentro con la Reina fue en Medina del Campo) en 1496, a partir de ese momento se mimetizó entre castillos porque nada se sabe de su vida, excepto que fue un pintor minucioso e influyente y se dejó llevar por su arte y su perspectiva. Asistió a la gestación de un nuevo mundo. El fin de la época medieval, el fin de las gestas entre nobles castellanos encerrados en sus castillos de piedra, el fin de un mundo hermético pero próspero en busca de nuevos socios peninsulares que le arrancarían su alma. Y así, pasando por Nájera, por Medina del Campo, por El Monasterio de San Millán de Yuso, en profundo silencio me planto frente al cuadro de 'La Crucifixión' de Juan de Flandes, actualmente en el Museo del Prado, y - como suele sucederme - comienzo a asociar todas estas ideas. 

El cuadro, maravilloso y minucioso, digna manifestación del mejor arte venido de Flandes, es ante todo el retrato de un mundo olvidado, lleno de símbolos que nadie se molesta ya en leer. 

M. 



martes, 25 de abril de 2017

Hispanic Mendoza. Un mix propio y particular.

Martes, 4 de abril de 2017. Inauguración en el Museo del Prado de la Exposición “Tesoros de la Hispanic Society de Nueva York”. Dos plantas en el Edificio de los Jerónimos dedicadas a mostrar pequeños tesoros de nuestra historia patria, que otros buscaron, pero nosotros no. Interesante momento el de las Vanguardias de principios del siglo XX, escritores y pintores superlativos, ignorados y desconocidos para muchos pero no para el filántropo estadounidense Archer Milton Huntington. Por no se sabe qué razones, se enamoró de la cultura española y – como dinero no le faltaba – se dedicó a comprar arte y literatura de toda época y formato, y a frecuentar a escritores y pintores de una época fecunda como pocas pero mal retribuida pecuniariamente. Excepto Sorolla, que llegó a ser tremendamente conocido tanto en Europa como en América, el resto vivió como pudo o como le dejaron. España, por una manía histórica irritante trata muy mal a sus genios y si estos sienten devoción por lo hispano, los vilipendia y hunde en la miseria. 


Y ¡voilà!, aparece un yankie con pasta para aburrir que se toma la molestia de aprender a hablar español y de recorrer España y América del Sur de cabo a rabo, sacando el jugo a una cultura milenaria, no llegando a entender – por lo mucho que le entusiasmó - cómo había sido rodeada de oprobio a lo largo de los siglos. Me pregunto qué hubiese pensado Huntington si hubiese conocido a alguien tan despreciable y mediocre como Puigdemont. ¡Pobre! ¡Qué chasco se hubiese llevado!

Para aquellos a los que voluntariamente el sistema educativo español se lo ha ocultado, además de Cervantes (no queda más remedio que hablar del Quijote, es una novela demasiado influyente para ignorarla) existen en español plumas de primer orden, cuya influencia es apreciable en todo el globo. Os animo a que exploréis el Siglo de Oro. Quevedo, uno de mis favoritos. Sor Juana Inés de la Cruz, una monja poco convencional ahogada entre la imagen bien condimentada de que las religiosas son lelas y mojigatas perdidas. Santa Teresa de Jesús, no hay filósofo o persona medianamente sensible que no la nombre. Para nosotros, ¡oh víctimas de lo insustancial! era una tipa que levitaba y entraba en trance, viajando por ahí en una burra y pasando hambre para hacer penitencias varias.



Del propio Cervantes nos cuentan más bien poco y del Inca Garcilaso de la Vega menos, eso de que a un peruano le dé por gustarle lo español y no vea al conquistador como un bruto y un exterminador, intentando explorar lo mejor de los dos mundos, es algo inconcebible, impensable y hay que enterrarlo pero ¡ya! Y nada, bien enterrado está.

Este buen hombre, este buscador de tesoros tuvo un rapto místico (como Santa Teresa) al leer la Celestina, y desde entonces no paró. Yo, así de primeras, siento una INCONMENSURABLE envidia de él. La mayor ventaja de ser rico, además de disponer de tu tiempo, es poder ir contracorriente sin que la mediocridad y los topicazos más sinsentido te arrastren y te enfanguen. 

Como vivimos rodeados de un sinfín de ‘lugares emblemáticos y frases huecas’, entender estos pormenores nos resulta difícil. Algo así como a San Agustín resolver el enigma de meter el agua de mar en un pocillo. No se puede ir contracorriente. Por dos razones, primera porque los ‘malos’ harán todo lo posible porque no quede de ti ni el polvo y segunda porque los ‘buenos’ sacarán partido de forma torticera a tu manía de colocarte fuera de la distribución normal de probabilidad.

Con esto quiero introducir a Eduardo Mendoza, individuo que, al contrario de Huntington, ha llegado a abandonar su residencia en Barcelona, porque – en su caso – no tenía el dinero suficiente para reírse de todos los idiotas que le rodean. Los catalanes están mosca porque escribe en castellano y los españoles sólo mencionan este hecho como un pirrioso triunfo ante el desmadre que se vive allí. Cuando, precisamente, la batalla del español sobre el catalán es la única que tiene claro vencedor. Pero no por la gestión de la gentuza en el poder, más bien por personas como Huntington o escritores de primer nivel como Quevedo, que ni conocen. 

En el Discurso de Entrega del Premio Cervantes 2016 (Alcalá de Henares 20 de Abril 2017), Mendoza apeló precisamente a esto, a las distintas lecturas del loco mundo de Don Quijote, que no deja de ser el nuestro. Para llegar a la conclusión de que verdaderamente estaba loco, y esta locura es el instrumento del que se vale para hacer lo que le da la gana.

(...) Alguna vez me he preguntado si don Quijote estaba loco o si fingía estarlo para transgredir las normas de una sociedad pequeña, zafia y encerrada en sí misma. Aunque ésta es una incógnita que nunca despejaremos, mi conclusión es que don Quijote está realmente loco, pero sabe que lo está, y también sabe que los demás están cuerdos y, en consecuencia, le dejarán hacer cualquier disparate que le pase por la cabeza. Es justo lo contrario de lo que me ocurre a mí. Yo creo ser un modelo de sensatez y creo que los demás están como una regadera, y por este motivo vivo perplejo, atemorizado y descontento de cómo va el mundo.

No puedo estar más de acuerdo con Mendoza. Suscribo cada palabra, y al hacerlo tiemblo porque, para seguir realmente tu camino es necesario, o bien ser riquísimo o estar loco. ¡Puf!

Como he hablado de Mendoza en este blog, poco más diré. Sólo el desconcierto que me causó la poca presencia en los medios cuando le fue entregado el premio. Él, supongo, se lo tomaría con humor, porque es su juego, su talismán. En su caso, el humor le ayuda a ocultar su miedo y perplejidad.

Sirva como conclusión un consejo (extraído del discurso), pase lo que pase y se diga lo que se diga, el humor lo impregna todo y todo lo transforma.

Sed felices e id al Prado a ver la exposición, mientras meditáis sobre lo que os he dicho.
M.





jueves, 23 de marzo de 2017

Verdún y el olvido de los verdaderos HÉROES.

Hace cien años (¡CIEN AÑOS!), Europa se encontraba enfangada de lodo y sangre a causa de la Primera Guerra Mundial. Sí, esa guerra que por su obsesiva manía de triturar a seres humanos sin piedad, hemos olvidado. O nos han hecho olvidar. ¡Quién sabe! 

Hay episodios por los que se pasan de puntillas, y otros se magnifican machaconamente. Véase la Inquisición Española. Alemanes, franceses e ingleses insisten en su literatura, cine y vida diaria en recordar este episodio - truculento, qué duda cabe - de forma maligna e incisiva. Pero pasan por alto cómo su afán de dominar el mundo, su xenofobia y su imperialismo desmedido llegaron a su punto álgido en 1914, cuando iniciaron con toda frialdad un conflicto al que enviaban a niños a ser triturados, gaseados y eliminados de la faz de la tierra de forma industrial y sin ningún atisbo de remordimiento. Es lo que tiene intentar dominar el mundo. (¡Atentos! ¡La cosa sigue igual!)

Esos héroes fueron olvidados y ninguneados. Sus huesos -algunos sin identificar - reposan en campos donde el silencio es abrumador, esa quietud que te anula y te conmueve, mientras paseas por las filas de cruces. Filas de vidas segadas por la ambición y el desprecio de otros. Reconozco que cuando paseé por el sitio de la Batalla del Somme lloré desconsoladamente. Lloré por el olvido, porque a los verdaderos héroes, nunca, jamás, nadie los recuerda. 



¿De qué sirven esas celebraciones institucionales? De nada, porque nadie se ha sentado a pensar en la inconmensurable tragedia que es tener 18 años y pasarte meses en un trinchera con el único objetivo de matar, matar y matar sin estrategia a alguna a otros desgraciados como tú. En esto se resume todo. Y cuando más leo sobre la Gran Guerra, más claro lo veo. Es así de sencillo.

Hace dos años viajé a Flandes, a sus campos, donde crecen las amapolas, fila tras fila, sobre las tumbas de esos héroes. En Ypres y en El Somme me encontré un espectáculo truculento, una mezcla de desolación y folclore que es el signo de nuestros tiempos. Por una parte miles de personas yacen desde hace cien años bajo cruces de madera para toda la eternidad. Por otra, otros cientos se hacen selfies con el teléfono móvil, sin un atisbo de respeto hacia unos niños obligados a envejecer prematuramente, sometidos a la ceguedad y la indiferencia de las grandes cabezas pensantes de principios del siglo XX. Esas que - como Sonámbulos - metieron a Europa en un conflicto que nadie entendía, pero que todos alimentaban. Carne joven y móviles de cuarta generación cien años después.

Desde aquella sobrecogedora visita tomé como algo personal rendir un tributo a aquellos hombres, leyendo libros sobre la contienda y viajando a otro de los escenarios más cruentos de la Guerra, Verdún, en la región de Lorena (Francia). Donde se libró la más mortífera batalla de la contienda. Doscientos cincuenta mil muertos. Silencio. Hay que reflexionar sobre esto. 

Mucho se ha escrito sobre esta batalla, y documentales (si buscáis en Youtube) hay miles. Desde febrero hasta julio de 1916, alemanes y franceses lucharon en este saliente del frente dominado por fuertes que eran tomados alternativamente por uno u otro bando. La estrategia era simple, se lanzaba a gente a la desesperada, se tomaban unos metros y vuelta para atrás al día siguiente. Hasta que la cosa no dio de sí, claro. Un ser humano con una media de veinte años no se genera así como así. Primero tienen que pasar estos años, alimentarlo, vestirlo, hacerlo persona, engañarlo para ir a la guerra o amenazarlo. Y claro, esto no se hace con una maquinita, los recursos llegan donde llegan. Total que la masacre, una vez acabada la carne picada, quedó ahí.

Hoy hay un mausoleo y un osario donde se acumulan huesos anónimos. En un acto de civismo decidieron que tanto ganadores como perdedores eran víctimas, y les hicieron un depósito para su restos. Probablemente no querían gastar el dinero en esto, y así mataron dos pájaros de un tiro. Ojo que esto es muy típico de los gobernantes, gestionar la grandilocuencia vacía de contenido con la subsiguiente distracción de dinero para otros fines. 

Pues bien, si pensáis que en Verdún todo es un homenaje a los caídos, donde el Gobierno Francés ha dotado de 'grandeur' a un espacio ocupado por las malas hierbas tapando los impactos de lo obuses, chasco del bueno que os vais a llevar. Francia, al igual que el resto del mundo, ha olvidado Verdún. No cuadra con el modelo actual de diversión, el del espectáculo jovial y sin contenido. Por eso es mejor dejar las cosas como están, ofrecer un mínimo de diversión y así pasamos de puntillas sobre el demoledor juicio de la historia.

Por eso os recomiendo que vayáis y hasta que lloréis, es bueno. De paso os leéis dos libros imprescindibles. Uno es "Sonámbulos" de Christopher Clark. Otro "Cañones de Agosto" de Barbara Tuchman. 

Sobre novelas os hablaré, porque hay pocas, pero realmente buenas.

Y ahora a reflexionar.
M.


«En los campos de Flandes
crecen las amapolas.
Fila tras fila
entre las cruces que señalan nuestras tumbas.
Y en el cielo aún vuela y canta la valiente alondra,
escasamente oída por el ruido de los cañones.
Somos los muertos.
Hace pocos días vivíamos,
cantábamos, amábamos y éramos amados.
Ahora yacemos en los campos de Flandes.
Contra el enemigo continuad nuestra lucha,
tomad la antorcha que os arrojan nuestras manos agotadas.
Mantenerla en alto.
Si faltáis a la fe de nosotros muertos,
jamás descansaremos,
aunque florezcan
en los campos de Flandes,
las amapolas».

John McCrae
3 de Mayo 1915 (2ª Batalla de Ypres)


domingo, 19 de marzo de 2017

Ruslán camina por Gran Vía

La prensa es un asco. Así directamente. Los periodistas escriben sin rigor, sin conocimiento ni coherencia. En esto – mal que me pese – tengo que dar la razón al teatrero de Trump, gran parte de los desencuentros y movidas sociales están generadas por la inconsciencia y temeridad periodística.
Cuando lees algo agradable, lleno de sentido y sorprendente, es obra de alguien que no se dedica al periodismo, tiene otra profesión, o es - sencillamente - escritor. Hilvanar las palabras, darles forma, mostrar un todo lleno de armonía y chicha es un don que bebe de dos fuentes, una la propia sensibilidad de la persona y otra su bagaje personal por este mundo, su capacidad para observar. 

Hay personas que viajan a Bután y lo más que dicen es que todo resultó 'muy bonito', otras como Elvira Lindo son capaces de reflexionar sobre la calle en la que trabajan cada día, y eso sin moverse ni un centímetro de su rutina. Su descripción de la Gran Vía de Madrid y sus sensaciones me hicieron pensar. He paseado tanto por Gran Vía, ha sido mi sustento neuronal durante diez años. Cada tarde, caminando hacia casa, me perdía entre gente de todo tipo, me mimetizaba sin objetivo ni pretensión. Era simplemente uno más deslizándome por un lugar que rezuma pulso y vitalidad. Recuerdo haber oído que todo lo acontecido en España en los últimos cien años ha tenido como escenario la Gran Vía, revueltas, guerras, desfiles, bodas, movida madrileña... Un todo heterogéneo y visceral. No sólo es la propia arteria de Madrid, son los aledaños, las calles que desembocan allí, los callejones, las almas que deambulan por un decorado espontáneo y lleno de una esperpéntica e inclasificable vitalidad. 

Es cierto lo que dice Elvira Lindo, que está perdiendo su castiza esencia, ese toque español teñido de falsa internacionalización cosmopolita. Ahora es un decorado de tiendas que producen objetos de usar y tirar a un ritmo trepidante, y que, sin que nos demos cuenta, nos obliga a renovar cada año nuestra ropa, nuestra casa y - si nos descuidamos - hasta nuestra propia alma. Nadie, por ejemplo, cuando llega la Navidad se le ocurre irse a otro lugar que no sea la Gran Vía. En verano, con un calor de justicia, si alguien habla de tomar cañas, lo primero que se le viene a la cabeza es una terracita por los alrededores del Centro. Pensar otra cosa es un sacrilegio. Alcaldes de toda ideología han intentado dotar de espacio vital a los peatones, con éxito desigual, por no decir fracaso. Porque que la calle del Aguacate sea una cochambre, da igual, pero la Gran Vía es el corazón del bullicio y la vida de Madrid. 

Y así, plas, un día estoy leyendo un libro sobre los campos de concentración estalinistas, y asocio la mansedumbre de los presos y la obediencia ciega de los perros guardianes (argumento de la novela) con los seres humanos que desfilan cada día por la Gran Vía. Y entonces, sin ser alarmista, me doy cuenta que de una forma u otra, el hombre se somete voluntariamente a cualquier tipo de tiranía o uniformidad sin poner apenas resistencia. Desfila como una bestia mansa (un perro) allá por donde lo hacen los demás. Y eso, he aquí lo sorprendente, le hace sentirse libre. A mi la primera. 



Sí, es exagerado comparar una avenida llena de vida con un campo de concentración en medio de Siberia, vale, me he pasado. Parece que estoy igualando la tierra de la abundancia con recintos repletos de harapientos muertos de hambre rodeados de perros adiestrados sin criterio propio. Pero no, no lo hago. Esa es la lectura fácil. En realidad lo que quiero decir es lo contrario, nos sentimos libres porque, sometidos al criterio de la masa, nos sentimos dotados de libre albedrío. Somos sorprendentes. Nos sentimos libres cuando menos lo somos. 

Si leéis 'El fiel Ruslán' de Gueorgui Vladimov, espero que entendáis lo que quiero decir. ¿Qué parte de nosotros es nuestra propia y qué parte nos graban cada día a sangre y fuego? ¿Cómo transmitimos nuestra crueldad a lo que nos rodea, a los animales a otros humanos? ¿De qué forma? Cuando andamos por Gran Vía, ¿qué parte de nosotros es la que nos dirige a Primark como si fuésemos autómatas?

Últimamente lo que veo y leo sobre nuestro mundo me lleva a pensar cosas extrañas. No puedo evitarlo.
Leed mucho.
S.

martes, 31 de enero de 2017

¡Viva la felicidad Yankie-Trumpiana-La la Land!

Todo el mundo habla de Trump y de su política esquizoide contra el mundo, recordad… ‘América First, América First’, y así hasta cien veces en su discurso de investidura. ¡Como si América no hubiera sido lo primero desde la Segunda Guerra Mundial y el voluntario suicidio de Europa! América lleva vendiéndonos su cultura, su forma de vida, su capitalismo voraz, sus actores, sus escritores desde hace setenta años. Ya lo he dicho en este blog más de una vez, no existe nada que no sea Estados Unidos en Estados Unidos.

Para hacerle el juego sucio a América y actuar de contrapeso está Europa, pero no logra afianzar un liderazgo confortable. Ahora que los angloparlantes quieren someterse a su propio y voluntario suicidio… ¡Qué gran momento podría ser para nosotros! Pero claro, ¿Cuál sería la lengua franca? ¿Quién asumiría el control de la Europa Unida? ¿Quién frenaría la xenofobia? Recordemos que los hombres tienen una manía obsesiva de echar la culpa de su ineficacia a otros, ya lo veo venir, Italia y España son unos vagos y se echan la siesta sin parar. Una máquina de dormir y no hacer nada. Los italianos además comen pasta y son unos delincuentes. Eso sí, todos a Italia y a España porque los del norte son de lo más aburrido. Y así, con este soporífero discurso repetido hasta la saciedad (tipo ‘américa first’ pero en versión paella o pizza napolitana), llegaríamos al 2030 igual o peor de lo que estamos ahora.


Por cierto, ¿Qué está haciendo Europa con los refugiados? ¿Cuántos de nosotros acogeríamos a alguien en nuestra casa? No hace falta, tranquilos, porque la Unión Europea ya destina una partida de su presupuesto para sobornar a Turquía y Grecia. Con ese dinero ellos hacinan a refugiados e inmigrantes de diversas tipologías en campos varios, con la única intención de que no amenacen el modo de vida del viejo y solidario continente. Ay, ay, ay. ¡Qué hipócritas somos!

Mientras criticamos (con razón) a Trump, nos tragamos todas las bazofias que van viviendo del otro lado del Atlántico sin rechistar. Y magnificamos lo que ellos magnifican sin mover una ceja ni poner un pero. Catorce nominaciones a los Oscars para ‘La la Land, la ciudad de la Alegría’. Más de dos horas de exposición del modo de vida yanqui, cuatro saltos bailarines y el cine hecho por ellos como única vía para conseguir los sueños. Los sueños entre paseos por una ciudad desnortada, sin centro urbano y que roza la total desolación. Casi prefiero ser un vendedor ambulante en Florencia y tocar cada uno de los días de mi vida lo verdaderamente sublime. Pero claro, considerando que esta película es lo más grande, no contemplo la manera de convencer al ciudadano medio de que la felicidad es simplemente levantarte cada día e intentar sonreír con cada pequeña tontería que te rodea.



¡Viva la felicidad Yankie-Trumpiana-La la Land!

Conste que yo consumo y he consumido producto americano sin parar. ¿He comentado aquí que soy una fanática de la música de Michael Jackson y de sus coreografías? Si, lo confieso. También confieso que no he superado su muerte. Ni quiero. Muchas personas se meten conmigo, porque solo ven en él a un monstruo informe, operado, blanqueado y transformado. No ven más allá, es decir, al genio que fue capaz de cambiar la forma de concebir la música Pop desde su genuina candidez. Para eso se requiere ir un paso más allá, hay que comprender a la sociedad americana de los años ochenta, su transformación, la evolución de la música negra durante los sesenta y setenta. Hay que viajar a Indiana y ver el suburbio donde nació Michael Jackson y empaparse del mundo casi subdesarrollado de esa América industrial profunda. Hay que pensar que los yanquies no son esos seres sofisticados que pasean en cochazos por Park Avenue, y que la gran masa obedece a una tipología de ser humano que habita en casas destartaladas en medio de la nada, esperando contemplar el resurgimiento de América (First) y experimentar esa grandeza que les cuentan, pero que no acaban de disfrutar. Por eso han votado a Trump, y eso es lo que aquí no hemos entendido.

Os animo a pensar, reflexionar y viajar. A ser posible sin guía, nunca os llevaría a estos sitios Yankie-Trumpianos-La la Land.

martes, 17 de enero de 2017

Pickwick y la electrizante candidez.

Hace meses, diría años, que no leo un solo periódico. 
Hace meses, diría lustros, que no comprendo ni uno solo de los informes que se publican con datos macroeconómicos, cifras y otros análisis más o menos sesudos sobre híbridos financieros que se colocan a incautos para seguir moviendo la rueda de un sistema financiero agónico, que se hace trampas a sí mismo.
Hace meses, diría décadas, que me negué a entender la realidad, porque no quiero comprender nada de este mundo. 
Así de sencillo.
Creo que la felicidad es precisamente llegar a ser capaz de rechazar todo aquello que juzgas nocivo para tu cerebro y - cuando no lo consigues - lograr que los ataques no te afecten lo más mínimo. De otra forma estás, LITERALMENTE, perdido. Sólo te queda caer en la desesperación.
Por eso recomiendo leer y leer, viajar y observar. Creando así un mundo paralelo.
Cuando a Eduardo Mendoza le preguntaron qué le hubiese gustado escribir, no lo dudó... "Alguna de las novelas de Charles Dickens". Entendí que con esa afirmación quería - además de ensalzarlo - poner a Dickens dentro de los creadores de denuncia sutil, de los fabricantes de mundos ficticios que muestran lo crudo de una humanidad deshumanizada y llena de dogmas absurdos que nos obligan a buscar otras salidas, otras miradas, otra felicidad.
Al hilo de esta búsqueda escribía Leopoldo Abadía en su blog algo tan simple como que la ilusión es para quien la trabaja. Estamos tan acostumbrados al Estado de Bienestar, que el entretenimiento y la felicidad tienen que crearla otros, poner nuestro nombre y darnos el paquete de la ilusión, hecho a medida, sin gastar nosotros una neurona.
Creo que ahí está una de las claves de la crispación en la que vivimos, poca gente crea su propia ilusión. Por irreal y absurda que pueda parecer, seguro que es mejor que la tonta e irrelevante marea que nos arrastra.

Con este estado mental, me decidí a adquirir y leer "Los papeles Póstumos del Club Pickwick", del ya mencionado Dickens. Su primera novela por entregas (algo muy común en la época), cuyo primer capítulo fue publicado en 1836. Con más influencias del Quijote de las que los ingleses jamás hayan admitido, cuenta las aventuras de Samuel Pickwick, creador del club que lleva su nombre, y de sus tres amigos, Nathaniel Winkle, Augustus Snodgrass y Tracy Tupman. Los cuatro, se lanzan al mundo en busca de aventuras sin pies ni cabeza, intentando anotar y documentar todo aquello de original y relevante tiene el el mundo de la Inglaterra Victoriana. La realidad es otra, y ni ellos mismos parecen darse cuenta. En su electrizante y adictiva candidez, les dan por todos lados (como al pobre Quijote), viéndose envueltos en aventuras esperpénticas que ni tan siquiera son capaces de interpretar desde su inexperta visión del mundo, pero que a Dickens le sirven para destapar de forma sutil todos los males de un modelo social que él había sufrido en sus propias carnes y que era - al igual que el nuestro - un compendio de miseria, sufrimiento, hipocresía, mojigaterismo, falsa piedad y lucha pura y simple por la supervivencia.





A modo de Sancho Panza dibuja al criado de Pickwick, Sam Weller. El pobre muchas veces no sabe hacia donde tirar y acaba contagiándose de la bondad del cuarteto, porque... ¡gracias a Dios! La bondad es contagiosa. O tal vez innata, esto no queda muy claro, porque en el mundo real tampoco podemos llegar a una solución inapelable.
Todo en este libro es tan inglés, tan prosaico, tan divertido, tan mordaz, tan victoriano. Tan... cruel y tierno al mismo tiempo.
Pensando en Pickwick, y en todo lo genuinamente británico, imbuida de esencias londinenses, un día navideño me levanté con la triste noticia de la muerte de George Michael y claro, como tenía el libro en la cabeza, no pude evitar asociar términos. Profundizando en la vida del cantante, he sabido que era una persona generosa y altruista, a la que el mundo de la farandula hizo pedazos. ¡Me gustaba tanto George Michael! Y estos días, al leer muchos detalles de su vida, reflexionaba sobre la grandilocuencia de la generosidad. La ilusión en paquetes gigantes creada a medida como un bluf, esa que nos muestran las grandes personalidades enfundadas en trajes millonarios. 
Para buscar la verdadera luz, la ilusión simple y espontánea, tengo que viajar con Pickwick a la Inglaterra victoriana mientras recuerdo lo feliz que era escuchando a George Michael. Sí, es verdad, a veces somos tan felices que no nos damos ni cuenta.
M.


domingo, 18 de diciembre de 2016

Mendoza y el Ilustre Caballero de la Triste Figura.

He tenido ocasión de hablar con Eduardo Mendoza dos veces. Es un tipo tímido, poco expansivo y humilde. Sorprendido cuando lo reconocen y poco amigo de hablar de sí mismo. Narraré en pocas palabras estos dos encuentros.

El primero de ellos tuvo lugar en Barcelona, allá por el año 2008. En un restaurante/escuela cuyo nombre no recuerdo, comandado por un judío (aporto este detalle porque cuando se paseó por las mesas para preguntar qué tal estaba todo, dejó caer ese detalle varias veces) y que casi seguro estaba por la Vía Laietana. Yo había ido por trabajo, y tras soportar unas soporíferas charlas en las que mi entonces esnob jefe se pavoneó como un idiota, nos fuimos a gastar el dinero del accionista (trabajo para una Sociedad Anónima) a este restaurante de relumbre y distinción. Y mira tú por donde, justo detrás de mi estaba Mendoza. Yo no lo había visto, pero mi jefe, sí. Nos lo hizo notar y nos prohibió ir a saludarlo, dando como excusa que - tal vez - al escritor no le gustase. Yo enseguida comencé a pensar como saltarme la prohibición, ya por entonces Mendoza era uno de mis escritores imprescindibles, de esos que citas una y otra vez en conversaciones casuales. 

Mi jefe (no ha muerto, pero se jubiló hace algunos años) era un tipo al que le encantaba escucharse a sí mismo. Se creía cultísimo y patinaba sin parar sobre lodos varios porque - sin ser tonto - estaba lejos de ser un genio. Era una especie de dictador esnob y grotesco que no hubiera soportado que uno de sus subordinados - al hablar con Mendoza - hubiera puesto de manifiesto algún tipo de superioridad, por microscópica que esta fuese.

Temblando de pies a cabeza, me acerqué a saludar a Mendoza y de paso caí varios peldaños en el organigrama de la empresa. Lo que no sabían mis superiores (creo que no lo han sabido nunca) es que caer en el abismo me importaba un bledo, siempre que tuviera la ocasión de charlar un rato con el escritor de 'La verdad sobre el caso Savolta'. Para las personas que ven su vida pasar a través de las decisiones estúpidas de otros, que se ofrecen a chupar miembros viriles en comidas de Navidad con tal de tener un puestecillo pirrioso en una Organización de mierda, esto es difícil de comprender. Ellos sólo verían al compañero de Gurb, en sus andanzas por Barcelona justo antes de los Juegos Olímpicos de 1992, como a un ente incomprensible e incatalogable. No a un alienígena que saca a al luz todas nuestras miserias y nuestros absurdos. Pero el que se rodea de inmundicia es incapaz de distinguir ni discernir nada entre el lodo de la estupidez. 

Esa sinrazón constante y esperpéntica es fabulosamente retratada por Eduardo Mendoza, da igual el libro suyo que caiga en tus manos, en todos subyace una fina crítica sobre un mundo - el nuestro - que se mueve por impulsos irracionales y ridículos.

09.55. Bajo la apariencia de Julio Romero de Torres (en su versión con paraguas), me naturalizo en el bar del pueblo, me arreo un par de huevos fritos con bacon y hojeo la prensa matutina. Los humanos tienen un sistema conceptual tan primitivo que para enterarse de lo que sucede han de leer los periódicos. No saben que un simple huevo de gallina contiene mucha más información que toda la prensa que se edita en el país. Y más fidedigna. En los que acaban de servirme, y a pesar del aceitazo que los empaña, leo las cotizaciones de bolsa, un sondeo de opinión sobre la honradez de los políticos (un 70 por ciento de las gallinas cree que los políticos son honrados) y el resultado de los partidos de baloncesto que se disputarán mañana. ¡Oh, cuán fácil les sería la vida a los humanos si alguien les hubiera enseñado a descodificar!
"Sin noticias de Gurb" 1991.

La segunda vez que charlé con él fue en el hall del Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid. Él paseaba solo, y esta vez- sin soportar la presión de la estupidez - le saludé de forma casual. Me dijo que le gustaba Madrid y que le extrañaba que alguien le comentase que le gustaban sus libros, porque la realidad era que no se vendía ni uno, con un tono entre sarcástico y melancólico. 




Y así, llegamos a Noviembre de 2016 y Eduardo Mendoza gana el Premio Cervantes. Para mí el más importante premio literario que existe. Había antes otro premio que era relevante, el Nobel, pero desde que se lo otorgan a seres que no han escrito en su vida un libro, dejó de tener valor. Confieso que cuando leí la noticia sentí una alegría inmensa. Por decirlo de forma sencilla... ¡Me encanta como escribe! 

- ¡Me sobra de todo para cantar en el Liceo, colgajo de mierda!
- ¡Te sobra finura, putarranco! - aulló el vejete.
- Muchas quieran tener de lo que a mi me sobra - gritó la cantante y se sacó por encima del escote una tetas como tinajas. El vejete se abrió los pantalones y se puso a orinar burlonamente. La cantante dio media vuelta y se retiró bamboleante y digna. Sin esperar aplausos. Al llegar a las cortinas, tras el piano, se giró en redondo y dijo solemne:- ¡Te parieron en una escupidera, marica!

(...)

JUEZ DAVIDSON: ¿Fueron al cabaret en busca de esparcimiento?
MIRANDA: Oh, no.
J.D.: ¿Por qué dice "oh, no"?
M: No era propiamente un cabaret.
J.D.: ¿Qué quiere decir?
M: Era un antro asqueroso. Un vertedero.
"La verdad sobre el caso Savolta" 1975

Sí, lo sé. Es genial.

¿Es justo comparar a Mendoza con otros ganadores del Cervantes como Vargas Llosa, Fernando del Paso, Delibes, Roa Bastos...? No. Quizás su literatura no sea tan intensa, ni tan minuciosa. Su prosa es más ligera y permeable. Te sacude de risa y - al segundo - te provoca el llanto sin darte cuenta. 

Entonces, ¿por qué Mendoza? Mi explicación se sustenta en los dos fugaces encuentros que mantuve con él. En su timidez y en su equilibrio sosegado y contagioso.

Mendoza encarna al Caballero de la Triste Figura, al observador sigiloso y certero de un mundo quijotesco. Es el retratista de los que no pueden pagar el precio de su dignidad, de los que pierden el sentido de la proporción en una sociedad que olvidó los motivos de sus luchas, renunciando con ello a cualquier logro loable.

Nadie mejor que él para ganar un premio cuya figura central es un Caballero Andante anacrónico cuya locura encierra la verdad y cuya búsqueda de ideales nobles e inalcanzables, es imposible en una sociedad injusta.

Leed mucho.
M.












domingo, 4 de diciembre de 2016

Fidel y el hombre que amaba a los perros...

Fidel Casto ha muerto. Noventa años, casi un siglo de vivencias. Casi cien años haciendo el cabra, movido por la idea de la Revolución... ¡Ahí queda eso! ¡LA REVOLUCIÓN! Con mayúsculas. La clase obrera al poder, el mundo ideal del Comunismo haciéndonos a todos iguales e instaurando la dictadura del proletariado a nivel planetario. Lo entiendo perfectamente, lo apoyo y lo suscribo. Quizás hasta el año 1989. Después, cuando iban cayendo como un castillo de naipes todos los países comunistas, subiéndose al carro del capitalismo, ya no. Porque entonces - más siendo una isla - seguir emperrado en estas ideas era sinónimo de dictadura y miseria. Y lo que es peor, condenaba a miles de personas al hambre y al desarraigo, y - eso - no tiene perdón.

Pero Fidel era simpático a más no poder. ¡Qué chispa tenía! Ese acento, esa retranca, esa mezcla del Caribe y de España tan particular. Mantuvo el poder en su ínsula 'riéndose' de los americanos, mientras los americanos no se reían de él, se reían de los cubanos. Matándoles de hambre, pensando que el dictador se apiadaría de ellos y recapacitaría sobre la Revolución. Pero los americanos no acaban de pillar el pulso al resto de mentalidades dispersas por el mundo. Y claro, como conclusión, Fidel se ha muerto en la cama a los noventa años. 




Muchísimo se ha escrito estos días sobre él. Cosas tristes a más no poder, sobre todo cartas abiertas de exiliados que viven en España o Miami, que -básicamente - lo demonizan. Otros le defienden. Lo entiendo, si les ha ido bien con el Régimen vería mal lo contrario, poco honesto. Pero hay una cosa que me ha dejado perpleja, resulta que hay un registro documentado de las veces que los Presidentes de los Estados Unidos intentaron atentar contra su integridad (sin éxito, como ya sabemos). Reagan se lleva la palma, 197 ni más ni menos. Teniendo en cuenta que estuvo ocho años en el poder, si redondeamos a doscientos, tenemos que cada año de su mandato se tomó la molestia de mandar a gente para fulminarlo... VEINTICINCO VECES, más de dos veces cada mes... Yo alucino. Desde Eisenhower hasta Clinton....¡635 veces! han intentado matarlo. Luego ya desistieron, Bush hijo hablaba español (mal, pero el hombre ponía empeño) y Obama hasta ha levantado el bloqueo a Cuba. Aunque yo creo que han desistido al ver que esto no se les daba bien, si yo intento atentar contra una persona - con mil medios a mi alcance - más de seiscientas veces y no lo consigo, lo dejaría estar. Claro.

Junto a los planes de asesinato se idearon por parte de la CIA otros intentos para afectar a su imagen ante el pueblo, como unos polvos en los zapatos para que se le cayese la barba (que en aquellos años era un símbolo revolucionario) o rociar un estudio de televisión con LSD para que perdiera la compostura mientras hablaba.
Fuente: Wikipedia

Yo no puedo parar de reír, lo confieso. Es como la canción de 'Hombres G', de los polvos pica-pica, pero a nivel de Diplomacia Internacional. ¡´Pa habernos mataó!! Si es que el mundo no puede ir bien. 

¡Puf! ahora entiendo ¡por fin! el que hayan otorgado el Nobel de Literatura a Bob Dylan. Sé que ya lo he dicho en otras ocasiones... ¡Pero es que justo ahora lo he entendido! Si pretendían que se le cayera la barba a Fidel Castro con unos polvos... Lo de Dylan es una anécdota en este caldo de cultivo de estupideces. Lo hacen para mantenernos en vilo, está claro. 

Este es el razonamiento, estamos convencidos de que cuando alguien escribe una obra maestra como 'El hombre que amaba a los perros' merece el Nobel y mucho más. ¡Pues no! Resulta que un agente cubano echó unos polvos mágicos en las pantuflas de estar por casa de casi todos lo miembros de la Academia Sueca, enloquecieron, y se lo dieron a un cantante estadounidense. Un plan sin fisuras. 

Bueno, con algo de rodeo he llegado a Leonardo Padura. Me he servido de la muerte del dictador para acabar hablando de un cubano que escribe sobre las miserias y los entresijos del Comunismo, narrando la vida de Ramón Mercader, en su novela 'El hombre que amaba a los perros'. Un libro que - casualmente - terminé de leer hace un par de semanas. 

Ramón Mercader fue un tipo peculiar. Hijo de una familia catalana acomodada, contaminado por el anarquismo previo a la Guerra Civil y acabado de enloquecer por su madre, Caridad del Río. Una desequilibrada sin parangón, una niña bien, casada un miembro de la burguesía fabril barcelonesa, que decidió - otra más - que lo suyo eran los bajos fondos, las drogas y la REVOLUCIÓN. La misma que la de Fidel, pero algunos años antes. Tanto empeño puso la pobre que acabó siendo agente de la NKVD (Comisariado para el Pueblo de Asuntos Internos) y miembro ilustre del Partido Comunista. Por resumir todo lo anterior, una asesina y una loca de tomo y lomo. 

Sus cinco hijos acabaron medio pirados también o muertos a edad temprana. Pero para Ramón tenía un plan especial, quería convertirlo - con ayuda de Stalin - en un agente especial. Eso sí, como a todos los afines a la Unión Soviética los mantenía el Estado, y eran un montón con la urgente necesidad de justificar el sueldo y la inquebrantable fidelidad a la REVOLUCIÓN. Así pues, entre los planes de unos, las locuras de otros, las teorías rocambolescas y las gestiones de despacho, la cosa se demoró un poquitillo y el pobre Ramón dio alguna vuelta que otra por el mundo hasta conseguir acabar a solas con Trotski y clavarle un pico (piolet) en el cráneo el 20 de agosto de 1940. Pensaba que iba a escapar tan campante, pero no, no lo consiguió. El premio por esto fueron veinte años en la cárcel (sin desvelar jamás su identidad). Al cumplir su condena (ni un día le perdonaron) fue acogido - no de muy buena gana - en la Unión Soviética, ahí se reencontró con su hermano menor y se dio cuenta que había sido un pringaó y un incauto. Pero ya era tarde. El mal a sí mismo estaba hecho.

Ramón había abierto todas las ventanas de su espíritu hacia las mentalidades colectivas, hacia la lucha por un mundo de justicia e igualdad, y si hubiera muerto peleando por ese mundo mejor, se habría ganado un espacio eterno en el paraíso de los héroes puros. Ramón pensó en ese instante cuanto le habría gustado ver llegar a su lado a ese otro Ramón, el verdadero, el héroe, el puro, y poder contarle la historia del hombre que él mismo había sido durante todos esos años en que había vivido la más larga y sórdida de las pesadilla. 
Leonardo Padura. 'El hombre que amaba a los perros'.
                                                          

He aquí el argumento del libro de Padura. Magistral de principio a fin. Conoce al dedillo el entramado de la Barcelona tomada por los Republicanos durante la Guerra Civil, sus luchas internas, sus purgas y su falta de liderazgo que condujeron al desastre, es decir, el triunfo del General Franco. 

Describe minuciosamente los detalles de la vida de otro Revolucionario, Trotski, que huye de la muerte, porque cree de verdad que su presencia en la Tierra es imprescindible y clave para mover voluntades. Su vehemencia, su soberbia y su inteligencia le llevan una vida errante y le convierten en el peor enemigo de Stalin. Trotski defendía - a su manera - las purgas, los asesinatos y el sufrimiento por el bien de LA REVOLUCIÓN. Pero amaba a los perros, al igual que Mercader, al igual que el protagonista ficticio de la novela de Padura. He ahí el contrasentido y - a mi modo de ver -  la clave de muchas de las historias que teje en el libro. La hipocresía del ser humano.

La historia de Mercader la cuenta Iván, un cubano al que conoce casualmente en la playa. Un cubano que vive la REVOLUCIÓN de Fidel desde dentro y al que le gustan los perros y que al final acaba siendo otra víctima...

... como todas las víctimas, como todas las trágicas criaturas cuyos destinos están dirigidos por fuerzas superiores que los desbordan y los manipulan hasta hacerlos mierda. Ése ha sido nuestro sino colectivo, y al carajo Trotski si con su fanatismo de obcecado y su complejo de ser histórico no creía que existieran las tragedias personales sino solo los cambios de etapas sociales y suprahumanas. ¿Y las personas, qué? ¿Alguno de ellos pensó alguna vez en las personas? ¿Me preguntaron a mi (...) si estaba conforme con posponer sueños, vida y todo lo demás hasta que se esfumaran (sueños, vida y hasta el copón bendito) en el cansancio histórico y en la utopía pervertida?
Leonardo Padura. 'El hombre que amaba a los perros'. 

Por eso, el otro día, cuando veía las imágenes de la vida de Castro, repetidas hasta la saciedad en las televisiones del todo el mundo, con sus uniformes, que fueron evolucionando desde el look Coronel Tapioca hasta el chandalismo revolucionario, pensaba de nuevo en Padura y en su soberbia novela. Sin ella me hubiese sido imposible entender algo tan simple como que...

La verdadera grandeza humana está en la práctica de la bondad sin condiciones, en la capacidad de dar a los que nada tienen, pero no lo que nos sobra, sino una parte de lo poco que tenemos. Dar hasta que duela, y no hacer política, ni pretender preeminencias con este acto, y mucho menos practicar la engañosa filosofía de obligar a los demás a que acepten nuestros conceptos de bien y la verdad porque (creemos) son los únicos posibles y porque, además, deben estarnos agradecidos por lo que les dimos, aun cuando ellos no lo pidieran.

Y sí, a Fidel debe juzgarlo alguien. Dios - si existe -, la historia - si su juicio vale para algo -, o el diablo - si el fuego eterno quema -. Porque dio lo que nadie le había pedido y obligó a practicar su engañosa filosofía a los demás.

M.





sábado, 26 de noviembre de 2016

Brexit y otros absurdos.

Nadie en su sano juicio, y en pleno uso de sus facultades mentales, podía llegar a imaginar que los británicos iban a votar 'NO' a la Unión Europea en el Referéndum sobre el Brexit el 23 de junio de 2016. Los políticos y los periodistas - culpables casi de la totalidad de los males del siglo XXI - experimentaron con un caldo de cultivo de terroríficas consecuencias para la gente normal. No porque vaya a pasar nada, ni nuestra zona de confort se vaya a ver afectada... ¡No por dios, tranquilos! Más bien porque la falta de rigor y sentido de la realidad nos arrastra a unos vaivenes extraños que, ante la falta de estrategias realistas de los gurús pensantes, nos condena a gastar energías subiendo peldaños ya escalados y desperdiciando neuronas que podrían ser usadas para logros infinitamente más útiles. 

Esto es lo que sucede por tener economías subvencionadas que destinan ingentes cantidades de dinero a discutir lo discutido y a crear polémicas sobre lo ya de por si polémico, polemizando sobre lo que debe o no debe ser, sobre el bien común, sobre el ciudadano y su 'no se sabe qué bienestar', marcado siempre por lo que el Estado - tras robarnos sin piedad - decide que es bueno para nosotros. Sobre gente a la que se le promete que, sin hacer ni producir nada, tiene derecho a recibir todo sin dar nada a cambio. Europa sobrevivió a dos guerras terroríficas, y no ha aprendido nada. Nada de nada. Ha 'desaprendido', si se me permite la expresión. Pero lo más terrorífico de todo es que el bastión del pragmatismo, el Reino Unido, se ha convertido en uno más de los predicadores de lo absurdo. Ya no nos queda nada, no sé si quemar mis novelas de Sherlock Holmes. 




No quería hablar de política, quería hacer un mini-resumen de Londres en otoño, tras el Brexit. Hablar de arte, de Expresionismo Abstracto, de una ciudad que bulle, de un cuadro de Maximiliano de México pegado a trozos en un lienzo que se exhibe en la National Gallery, no lejos de donde Murillo, Zurbarán y Velázquez se enfrentan por conseguir lo sublime. De los humanos que paseamos por el Soho disfrutando de la diversidad y de la paz, dando por hecho que esos ratos de ocio son producto del azar y no de miles de desagradables episodios históricos. Desayunando y leyendo periódicos como 'The Times' o 'Daily Mirrorr', en los que critican a Trump por sus hirientes palabras contra los inmigrantes mexicanos, cuando nosotros europeos tenemos a miles de personas hacinadas en nuestras fronteras y miramos hacia otro lado. 

La globalización, los contrasentidos y la ceguera. Me gustaría poder resumir todo lo que se me ha pasado por la cabeza estos días londinenses, y no sé bien cómo hacerlo.

Para focalizar mi sentimiento general, recomiendo la lectura del artículo de Mario Vargas Llosa sobre 'la Decadencia de Occidente', publicado en El País el 20 de Noviembre. Como él escribe y se expresa muchísimo mejor que yo, no voy a perder el tiempo haciendo lo que que acabo de criticar en otros, es decir polemizar sobre lo polémico.

Con una idea general sobre la hecatombe y ya entrados en materia, nos ponemos al volante de un coche británico, así al llegar a la primera rotonda y tirarnos por costumbre hacia la derecha, acabamos incrustados de frente con otro vehículo. Estoy desvariando, sólo quiero decir que los británicos siempre van al revés, o tal vez seamos nosotros los que no pillamos una. Ahora ya tengo dudas y no sé que hacer con los libros de Sherlock, mi héroe, por dios que tío tan listo. No se le pasaba una. Del detalle más estúpido llegaba a una solución de lo más sólida.

Desgraciadamente no hay muchos Sherlock, más bien son los menos, porque - como decía Bertrand Rusell - gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se deben a que los ignorantes están completamente seguros, y los inteligentes llenos de dudas.

¿Qué pensaría Sherlock del Brexit? ¿De la globalización? ¿Del Premio Nobel de Literatura concedido a Bob Dylan? ¿Qué tipo de razonamiento deductivo hubiera generado su cerebro para explicar tan sorprendente hecho? 

Creo que los ingleses, tienen algo que nadie ha logrado comprender, pero que ha estado ahí, hasta - tal vez - ahora. Por ello encandilan con sus usos y costumbres. Lo pensaba el otro día cuando visitaba la exposición sobre Expresionismo Abstracto en la Royal Academy of Arts, un lugar en el que no hay nada, ninguna colección propia, pero que atrae a millones de visitantes usurpando las ideas y obras de arte de los demás. De una forma tan sutil y encantadora que flotas entre susurros en inglés y gentlemans de manual que te hacen sentir protagonista de una aventura victoriana en toda regla. Y eso sin que nos demos cuenta, ocultando en el folleto de la exposición que gran parte del bagaje de Rothko, De Kooning o Gorky, había tomado forma lejos del mundo anglosajón. Resaltando como indiscutible para su éxito el dinero y el apoyo de mecenas estadounidenses. No es lo que arrastra el ser humano lo que importa, es lo que el dinero puede aportarle. La clave de la hipocresía protestante. 




Digo que tal vez esté cambiando, porque ahora ya no quieren usurpar ideas, ni extender su influencia por el mundo, ahora sólo quieren mirarse el ombligo, de ahí el Brexit. Y eso es grave, porque el mundo que conocemos se basa en el dominio de la influencia inglesa, por si alguien no se había dado cuenta. Que no es malo, ni bueno, ni nada. Ni merece análisis alguno. Simplemente es así. En el que no importa que no haya sustrato alguno, o que el sustrato importante provenga de otros mundos, ya se encargarán ellos de transformarlo, o quizás ya no.

Id a Londres en otoño, o en invierno, o siempre.

M.







viernes, 11 de noviembre de 2016

Estudio sociológico a gran escala. El Rastro de Madrid.

Algún día tenía que ser. He grabado en mi mente cientos de lugares dispersos por el mundo, y hoy, paseando por el Rastro de Madrid, he caído en la cuenta que jamás me he puesto a recopilar ideas de un lugar tan peculiar y descriptivo de la vida castiza. 

Martes 1 de Noviembre, día festivo en el que hay Rastro. Excelente ocasión para pasear porque no mucha gente sabe que los días no laborables hay actividad allí. Sol, buen tiempo y espíritu esencialmente castellano. Yo – lo confieso – me siento como pez en el agua en estas ocasiones. Mi elemento, mi esencia y mis cinco sentidos están felices y contentos. Lo tengo todo. 

El Rastro es uno de los mercadillos callejeros más conocidos del mundo. Hay otros singulares, no lo dudo, pero lo que se encuentra alrededor de la calle Rivera de Curtidores no puede verse en ningún lugar del planeta. Segura estoy al 100%.



Observemos, pensemos en los lugares de moda, en las recomendaciones de los blogs, en las tendencias singulares que nos sugieren aquí y allá. Lugares de diseño, decorados originales, lugares accesibles, coches, gente guapa, mundos irreales… Eso NO es el Rastro, en realidad es todo lo contrario. Es la manifestación espontánea de la historia de una ciudad castellana, sumida en una mezcla de riqueza cultural y miseria pecuniaria. El Rastro ha evolucionado desde su creación casi clandestina en el siglo XVIII como le ha parecido bien y le ha dado la gana. Aquí – creo yo – está la clave de su encanto. Hasta los entes etéreos y multiculturales tienen más enjundia cuando crecen y se reproducen como mejor les parece. No puedes someter a un castellano a un lugar tan poco nuestro como Carrefour, o un centro comercial en medio de la nada. Nosotros no somos eso, no hemos creado eso. Nosotros mientras dominábamos el mundo, dejábamos que la gente se rebozara en la pobreza. Y en esa idea de la miseria compartida, nació el Madrid castizo. La historia de nosotros mismos está dentro de las calles, cuestas y callejones de este mercado al aire libre. 

Tres detalles, tres momentos describiré. Tres microbios dentro de un órgano lleno de vida.

Hay un Madrid que yo recuerdo, el que estaba plagado de encanto y familiaridad, ahora ya difuminados entre la sofisticación y la globalización. De esa capital lejana, quedan en mi memoria las barras de bar de acero inoxidable, con unos mostradorcillos de cristal donde se exhibían restos de comida resecos tales como boquerones en vinagre, ensaladilla rusa, aceitunas y productos varios que las tapas de diseño, el guacamole y el sushi han enterrado y llenado de oprobio. Renovarse o morir.

De esos lugares con ensaladilla rusa está lleno el Rastro, como un reducto del pasado que se niega a desaparecer, que sigue ahí, que levanta la mano y se retuerce entre los vapores del progreso para no caer en el olvido. 

Un ejemplo es el bar Santurce, las mejores sardinas de Madrid, que tal vez no lo sean, pero que te importa un bledo tal cosa. Porque lo que sabe a gloria no son las sardinas, es el ambiente. La señora octogenaria que prepara los peces en la plancha, que sabe dios que tendrá pegado. Su hijo que – pese a su aspecto bobalicón – es un comercial de primera línea, simpático y despierto. Ambos constituyen un tándem irreductible. ¿Serían felices dirigiendo un restaurante de la Guía Michelín? No. Su vida es freír pez azul. Aquí está una de las primeras claves que os he comentado. No han tocado ni un clavo del negocio en decenios. Si lo hubieran hecho, todo se habría acabado en días. Moraleja facilona, no hay que renunciar a lo que uno es, la renovación no siempre se traduce en cambios radicales.

Segunda pista para degustar el Rastro, los caracoles que prepara Amadeo en la misma plaza de Cascorro. El sitio es estrecho y algo incómodo, pero si entráis hasta el fondo podréis conocer al mismísimo Amadeo, que ha superado los noventa años casi seguro, pero que está tan feliz vendiendo caracoles e incitándote a mojar pan en la salsa, con el maquiavélico fin de hacerte engordar mientras reflexionas que, de vez en cuando, la vida tiene momentos mágicos de los que no esperas nada, sólo su sencillez.

La calle de Rodas y la plaza del General Vara del Rey constituyen la tercera clave. Quincalla pura a la vista. Individuos de tipo inclasificable que definitivamente no pueden vivir de la venta de lo que allí exponen. No cabe en la mente humana imaginar que, vendiendo libros extraños (no incunables), vajillas desvencijadas, tebeos que huelen a rayos, lámparas que si las enchufas morirás electrocutado, utensilios de cocina que no puedes usar porque te envenenarás, telas roídas, collares de plástico, muñecos que sólo tienen uso para rodar películas de terror serie B y otros objetos sin utilidad alguna, puede alguien realmente ganar para vivir. Otra de las claves de los castellanos, somos quijotes, no nos importa mostrar y regocijarnos en nuestra miseria. Tengo que pensar, por no deprimirme, que para nosotros la grandeza se esconce en otros matices. Porque la tenemos. Eso seguro.



Acabo ya con una frase que condensa todo, Madrid es lo más grande. Ahí queda eso. No hay ojos, ni oídos, ni manos para poder sentir con toda su fuerza el organismo vivo que se mueve cada día dentro de esta gran ciudad. Lástima que nadie se atreva a gritar y recordar su esencia rotundamente castellana.
¡Hala! A comer sardinas y caracoles.
M.

martes, 1 de noviembre de 2016

Turín y lo que la ciencia no ha podido explicar...

Esperando aplausos, vítores y felicitaciones por mi anterior artículo sobre Milán, me he llevado uno de los mayores chascos de mi vida. Me han dado por todas partes ¡Qué mal! ¡Pufg! Yo que pensaba que era una obra maestra, una pequeña parte de mí que había sido compartida con mis escasos seguidores y resulta que no, que es algo inconcluso, deslavazado y que te deja como en un precipicio, el final de una carretera que no te lleva a ninguna parte. Esto es el resumen – por abreviar todo lo que he tenido que soportar – de las críticas lacerantes recibidas.
Como me niego a caer en la pesadumbre y el desánimo, voy a intentar arreglar lo que he denominado ya como ‘el desaguisado milanés’. Por ello, empezaré diciendo que el precipicio en el que dejé a mis exiguos lectores es explicable. Resulta que el viaje al noroeste de Italia no acabó en Milán, continuó hacia Turín, y me pareció que alargar el texto para hablar de esta ciudad tendría dos efectos perniciosos. Primero, extender el artículo más de la cuenta. Segundo, desvirtuar y desenfocar lo mejor del viaje, la visita a la Catedral de San Juan Bautista de Turín, donde se custodia una de las reliquias más enigmáticas de la cristiandad, la Sábana Santa.



Para que no haya dudas, soy creyente. Siento que la fe es un privilegio, y que tenerla, lejos de convertirme en una fanática encerrada en dogmas, me hace más libre. No mejor persona, eso es absurdo, pero sí más libre.
Sin pretensión alguna, dedico tiempo a saber más sobre un hecho histórico, la Pasión de Jesús en Judea un siete de abril en torno al año 30 y todo lo que tal hecho acarreo después para la cultura e historia occidentales. Aventurarse en tales saberes es, creedme, apasionante. Y ahí, en medio de esta vorágine de hechos y de sentimientos, entre los avatares de mi vida y la de todos aquellos que, por una razón u otra, se han interesado por ella desde que aparece en la Historia, está la Síndone de Turín.

"Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres" (Jn 8, 32). 

Una parte de esa libertad es, para mí, conocer los cimientos de la inconmensurable aventura de la trascendencia hacia lo desconocido. Jesús, no lo olvidemos, era un tipo raro, que fue contracorriente, un vulgar charlatán, un judío de poca cultura, agitador del que se sabe poco o nada. A pesar de todo lo escrito, a pesar de todo lo andado, cada uno de nosotros, creyentes o no, albergamos una imagen de Él que se basa en una amalgama de sentimientos, lecturas, perjuicios culturales, mentiras, verdades, errores históricos, conocimientos, desconocimientos, irreverencia y respeto.
Pero ahí está la Síndone, y ¡atentos! Me importa un bledo si envolvió el cuerpo de Jesús o no - Esto sí que es una sorpresa, reconocedlo-. ¿Para qué fui entonces a Turín? Porque, sencillamente, creo que hay algo increíblemente perturbador e inexplicable en la tela y tengo la ABSOLUTA CERTEZA (con mayúsculas) de que ahí hay algo. No sé que es, la ciencia tampoco lo sabe, pero sea lo que sea, ese lienzo encierra algo relacionado con la figura de Cristo. Cuando entré en la Catedral y mi instinto me guió a la Capilla Real donde está custodiada, ya no tuve ninguna duda.
Creer es todo un reto, un camino lleno de escollos. Llegamos a Turín a las doce de la mañana en pleno mes de agosto, con un calor de justicia y con el propósito de andar hasta la Catedral. Bajón y desazón cuando nos comunicaron en el puesto de información para turistas incautos, que estaba cerrada hasta las tres. El calor no era calor, era fuego. Pero la fe mueve montañas, así que tras ingerir unas cervecitas – que también mueven lo suyo- y reponer fuerzas, pusimos rumbo al objetivo de la misión. Y… ¡atención! Eran las dos de la tarde y la Catedral estaba abierta y vacía.
Esa fue la primera sorpresa, la segunda es que la Catedral es sencilla y acogedora. La tercera y más importante, es que, para llegar a la Capilla Real, sólo debe guiarte el instinto y la fe, porque no hay nada que indique que está ahí. Pero cuando te acercas a la urna y tienes el privilegio de disfrutar del momento en soledad, la sensación es sublime y desconcertante. El hombre ha hecho avances increíbles en todos los campos, pero no sabe qué misterio esconde un simple trozo de tela -Extenderme aquí haciendo un resumen de lo que se sabe o no se sabe, de lo esotérico o lo científico, me parece un sinsentido. Internet nos ilustra con todo tipo de perspectivas, y libros hay mil-.



Sí me gustaría acabar con un alegato a la búsqueda de lo absurdo, otra sorpresa inesperada, calificar la Sábana de absurda. A ver si logro explicarme. Desde que nacemos encauzan nuestras acciones hacia lo útil, lo cotidiano, lo que hace que tengamos una vida normal. En esa vida sin altibajos el hombre se cree Dios, porque sus logros prácticos no tienen límite. Pero lo que subyace en cada uno de nosotros es todo lo contrario, es la búsqueda de las cosas simples, de los conocimientos inútiles y absurdos que no van a ninguna parte. Y en ese saber está la esencia de lo infinito, de lo inexplicable. Desde ese lugar somos enanos, pero nuestro campo de acción no tiene fin y por ello la sensación de libertad da vértigo.
M.