miércoles, 18 de marzo de 2020

Lectura recomendada en tiempos de confinamiento.

Como estoy confinada en casa, sin salir desde hace días, amenazada por un virus letal que pulula por el aire, me dedico a leer y a pensar. También veo la televisión y hasta tonifico mis músculos siguiendo los consejos de una web. Intento no pensar el tiempo que tendré que estar encerrada conmigo misma, en casa, oyendo el silencio de una ciudad vacía. Alguna vez teníamos que someternos a una realidad extrema, nosotros, nietos de guerras y epidemias. Pensábamos que jamás nos iba a tocar, que la abundancia que emana de sabe dios dónde, era infinita y estable. Somos vulnerables y descerebrados.

Mi plan para el enclaustramiento indefinido se centra en releer El Quijote, con el reto de no buscar más de dos palabras en el diccionario por capítulo. Nada más comenzar, he tenido que refrescar el vocabulario...

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres cuartas partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera.


'Astillero' es un término en desuso que da a entender la dignidad o puesto que ocupa una persona en la sociedad, una 'adarga' es un escudo, 'velarte' es un paño negro, 'velludo' es terciopelo, 'vellorí' es una tela de lana sin teñir. Primer párrafo y ya estamos así. Como en anteriores ocasiones, avanzaré dando las palabras por entendidas en función del contexto.


Otro de mis objetivos es leer novela española del siglo XIX y XX, por eso de que paseo (bueno, dadas las circunstancias, paseaba) por las calles de Madrid con nombres de novelistas de los que no he leído ni un libro, virtud de los pésimos planes de estudio que hay en España. Y también por mi culpa, que debería haberlos leído por mi cuenta mucho antes. Para aquellos que tengáis e-book, podéis descargaros títulos como 'Los Pazos de Ulloa', 'Pepita Jiménez', 'La Gaviota'..., en la web del Proyecto Gutemberg. Es completamente legal, estas novelas ya no tienen derechos de autor.

También en la distancia he creado un grupo de lectura, ya lo tenía en la cabeza desde hace tiempo. Lo óptimo es quedar cada cierto tiempo en una cafetería u otro lugar de apariencia agradable y tranquila, con las ideas e inspiraciones varias que te haya provocado el libro en cuestión (literatura de la buena, claro). Ahora, en tiempos de enclaustramiento, lo tendremos que hacer vía Skype o cualquier otra plataforma. Nuestro primer objetivo será 'Trafalgar' de Benito Pérez Galdós



Este libro - el primero de los Episodios Nacionales - cumple todos los requisitos para hacer de prólogo de futuros hitos literarios:

- Es una novela corta, que para empezar un club literario, es recomendable.
- En 2020 se cumplen cien años de la muerte de Galdós, lo que ha abierto un encendido debate entre literatos sobre si fue o no el mejor novelista en español de todos los tiempos, e incluso si fue un buen novelista. Opiniones de todos los gustos he leído. Aquí - reconozco - soy muy parcial, me ciega la admiración. He desdeñado y maldecido a aquellos a los que Galdós les parece un escritor sobrevalorado.
- Aborda con sentido del humor, y cierta ironía, las miserias históricas que arrastra España, lo que encierra un cierto aire de grandeza atormentada y derrotista. Quijotesca sería el término.
- La moraleja de la novela - una de las muchas - es que la grandeza de las gestas individuales se pierde ante la incompetencia de aquellos que nos gobiernan. 

Nadie como Galdós ha retratado el siglo XIX español, nos desnudó en cuerpo y alma. Ninguno de sus detractores puede entender su gran gesta, no se trata de escribir bien, se trata de saber retratar y describir los comportamientos humanos, de lo más grandioso a lo más mezquino. Sin Galdós no podríamos entendernos como país y como cultura. 

Hay algo quijotesco y fatalista en nuestra forma de ser, con toques de genialidad. Pero nos falta rigor y capacidad de organización para trabajar. Vemos el beneficio inmediato, pero no el cataclismo futuro. Y - virtud de nuestro complejo de inferioridad - nuestros compañeros de viaje han cambiado a lo largo de los siglos, con funestas consecuencias. La Batalla de Trafalgar (1805) es muy ilustrativa a este respecto. Galdós, en el primero de los Episodios Nacionales, retrató con agudeza y minuciosidad cada uno de los males que nos habían aquejado, nos aquejaban y nos aquejarán, porque poco han cambiado nuestros planes estratégicos desde entonces.

Pensemos en el coronavirus, que nos tiene encerrados y atemorizados. ¿Cómo se gestiona la crisis en España? Pues no se gestiona. Seguimos los mismos patrones históricos que nos han llevado al desastre. Comportamientos altruistas y sensibileros, profesionales (sanitarios, proveedores de alimentos de primer necesidad, fuerzas de seguridad...) abandonados a su suerte y sin el apoyo eficaz del Estado (recordad lo de la falta de plan de estrategia). Gobernantes centrados en el beneficio y el efecto electoral a corto plazo, sin percatarse ni plantearse cómo será el horizonte económico a tres meses vista. Hermanamiento nefasto, en este caso con Italia. Estamos copiando lo que ellos han hecho, que no consiguen salir, pero no nos fijamos en China, por ejemplo, que ha controlado el virus. Miopía brutal y de catarsis.

Como podéis ver, Trafalgar no pierde frescura. Falta, claro está, la batalla naval, y los generales españoles haciendo el ridículo. Ahora se ha ampliado el espectro de ignorantes en el poder, y la estética es más variada. Pero el resultado es el mismo.

Como veis, aunque haya escritores que cuestionen la genialidad de Galdós, yo soy una rendida admiradora. Sería IMPOSIBLE citar un ejemplo de alguien tan perceptivo y con ese dominio de la palabra en la historia de la literatura en español.

Cada palabra, cada capítulo de Trafalgar, recrea con humor cada uno de nuestros puntos flacos. Leedla por favor, veréis como acabamos siempre, hundidos ante la miopía de los que nos mandan y aceptando nuestro destino trágico con humor y dejadez.

Aprovechad el tiempo y leed.
M.

sábado, 7 de marzo de 2020

Por fin hablaré de un libro...

He repasado mis últimos escritos y todos ellos versan sobre exposiciones (que no salen bien paradas) y experiencias estrafalarias en viajes y eventos varios. Parezco una loca que camina por el mundo buscando frikies. Tal vez lo sea, pero es que lo 'normal' me aburre mucho. Al estar secuestrada durante ocho horas diarias en un trabajo lleno de gente que habla de estupideces tales como atascos, hijos listísimos, política española, noticias sin fuelle que publica la prensa, etc., es comprensible que en mis momentos de esparcimiento, busque desesperadamente a personajes esperpénticos y con algo original. Prefiero a un frikie absurdo, que a un cotizante a la Seguridad Social que no discute las órdenes en una empresa que basa su avance imparable en la sumisión y la obdiencia. Hitler tuvo la guerra ganada hasta la Batalla de Stalingrado, con esta estrategia, adoctrinamiento machacante y no discusión de la órdenes que emanaban desde arriba. Fue muy ambicioso en su avance, si hubiese sido más modesto en sus objetivos, ahora mismo todos hablaríamos alemán, lo que sería espantoso por mil razones, la más obvia es que las generaciones siguientes a la de Hitler hubieran sido más devastadoras que él mismo. Es un hecho probado, que los tiranos engrendran sádicos imbuídos y aupados por la estética del poder. 

Aunque en mi experiencia personal, debo admitir que el mundo empresarial moderno sigue las máximas hitlerianas del propaganda y obediencia, con apabullante eficacia.

Admitámoslo, entre la incompetencia del sector público y el sectarismo del sector privado estamos creando un engendro de difícil manejo, una maremágnum esperpéntico y asustante.

En este caldo de cultivo extraño y enrarecido hay personas que voluntariamente toman otro rumbo. Unas se quedan quietas viendo como el mundo encalla una y otra vez en los mismos males; otras - como los protagonistas de 'Retorno a Brideshead' - deciden moverse, navegar a su manera, en busca de su estrategia particular para no verse involucrados en la deriva implacable del tiempo que les toca vivir.




Me siento completamente identificada con este segundo grupo, el de la novela de Evelyn Waugh, aunque nos separen cien años y muchas catarsis intermedias, propias y ajenas.

Ahora sabemos que el periodo que medió entre las dos guerras mundiales, fue una especie de ilusión de progreso. Las heridas que se creían cerradas, se abrieron con furia, soltando toda su podredumbre, devastando esperanzas y haciendo comprender - ya sin lugar a dudas - que no hay esperanza para los que gritan su desesperación, porque nadie les escucha.

No importa la religión, ni el comunismo, ni el fascismo, estos son - simplemente - accidentes superfluos, irrelevantes ante la enorme crueldad que puede albergar el ser humano. Son el cuerpo teórico que justifica la insensatez, la mediocridad y la ceguera. Huir es tan difícil que - sinceramente - no creo que nunca nadie lo haya conseguido, de una forma u otra, la maquinaria de la sinrazón acaba atrapándonos. Puede que los eremitas del desierto lo consiguieran, aunque lo dudo mucho.

Los protagonistas de esta novela, de clase acomodada, viven durante los años veinte del siglo XX una realidad tan fugaz, que les impide establecer bases sólidas para su futuro, por tres razones. La ya mencionada condición de 'outsiders', el estallido de la Segunda Guerra Mundial, y - por último - el problema social que siempre ha supuesto la existencia de católicos relevantes en aristocracia inglesa, y por extensión, en el resto de clases sociales. Es un tema que no logran resolver, con su pragmatismo y eficacia indudables. 

El gran prototipo que todo hombre (inglés) quisiera ser, el galán que toda mujer (de cualquier nacionalidad) hubiese querido conocer es Charles Ryder. Estudiante en Oxford, díscolo y verso suelto, capaz de crear sus propias reglas hasta donde parece más complicado. Conoce a Sebastian Flyte, un homosexual que ahora - cien años después - calificaríamos como 'una loca', que lo introduce en los locos años veinte, en las fiestas desenfrenadas y en su mundo familiar. Estos ven a Charles como a un verdadero amigo, el bote salvavidas que logrará, tarde o temprano, llevar a Sebastian a las orillas de la cordura. Nunca sucede así, porque Charles sigue la máxima de 'vive y deja vivir'.

El mayor hallazgo en la familia Flyte es Lady Julia. Alguien que no sabe qué papel juega en el microcosmos social en el que se desenvuelve. Católica convencida, pero crítica con la juventud que le obligaron a vivir, llena de dogmas y reglas. Evelyn Waugh, pese a ser católico él mismo, no puede escapar de esta imagen de ritos, supersticiones y sacramentos tan asentada en las mentes anglicanas y protestantes. 

Sorprende sin duda, Waugh fue un gran detractor del Concilio Vaticano II, atacando precisamente sus esfuerzos por introducir aire fresco en los ritos católicos. Determinados clichés están tan asentados en determinados grupos sociales que, al dar forma a un escrito, emana precisamente lo que la propaganda de siglos ha metido en sus cabezas, y no lo que realmente defienden. Reconozco que esto me dio que pensar, es un comportamiento sociológico interesantísimo.

Lady Julia y Charles se convierten en amantes, cuando ambos ya están casados y - en el caso de él - con dos hijos. Una historia que forma parte del plan de apartarse de las convecciones, de los estereotipos. Hay un toque de rebeldía que suple - creo - la falta de un amor verdaderamente enloquecido. Ambos, como rechazados por los demás y por sí mismos que son, no diferencian lo que es aventura de lo que es despecho. Y finalmente verán como, con el soplido del remordimiento, todo se derrumba. 

Años después de separase de Julia, Charles Ryder regresa a Brideshead, la mansión familiar de la familia Flyte, como capitán de un destacamento inglés, librando otra guerra ajena a él mismo, la Segunda Guerra Mundial. Es el momento de enfrentarse a la realidad, esa que todo verso suelto tiene que mirar a la cara tarde o temprano, para decidir qué quiere ser, un peón silencioso que se desenvuelve en una pantomima destructiva, o una oveja negra que será pisoteada con crueldad extrema.

Charles Ryder decide ser un peón. No es una rendición, es simplemente supervivencia. 

Si no lo habéis hecho, leed la novela. No está entre las cien mejores novelas de todos los tiempos, como dicen los ingleses, pero sí ocupa un lugar de honor entre los tratados de resistencia y los manuales de cómo espantar fantasmas, para acabar rindiéndote ante lo inútil de la lucha.
M.

sábado, 25 de enero de 2020

El traslado de Troya al Museo Británico

Otra exposición que me propongo destripar. Empecé este blog con la idea de hablar de libros, pero reconozco que últimamente - para lo bueno y para lo malo - encuentro más inspiración yendo a exposiciones. Es muy enriquecedor, no sólo aprendo, también observo los comportamientos humanos ante determinadas piezas expuestas. Animo desde ya a realizar este deporte intelectual.

La exposición a pulverizar en esta ocasión es 'Troya, mito y realidad', que se puede ver hasta el 8 de marzo en el British Museum de Londres. Veinte libras esterlinas tiradas a la basura. Si conocéis a alguien que pueda conseguiros pases gratis, genial. Si no es el caso, es mejor que deis el dinero a la caridad, o lo metáis en una hucha para crear - junto a otras personas que tengan pensado verla - la Fundación 'Gracias a los Dioses del Olimpo que fueron los griegos los que inspiraron nuestra cosmogonía vital y no los ingleses'. Los pobres no han entendido nada, o mejor dicho, lo han reinterpretado a su manera, y lo han vendido con sus frases habituales (bastante machaconas por cierto) 'increíble, con la boca abierta te vas a quedar, nunca se vio nada igual...' No miento, aquí están:


En fin, nada más ver el primer comentario, ya observamos que a algún iluminado se le ha ocurrido dar un enfoque 'Juego de Tronos' a una historia épica y legendaria ocurrida hace 3000 años, cuyos protagonistas (de haber existido) caerían fulminados del espanto al ver esto, porque su forma de pensar nada tenía que ver con la nuestra, nada. Pero esto, los angloparlantes no son capaces de percibirlo. El mundo se mide siempre con la misma vara, la del thrilled, terrific y otras memeces semejantes.

Es posible que los dioses del Olimpo estuvieran pensando en darle forma a esta exposición hace tres milenios, pero lo dudo mucho. Los protagonistas de la Guerra de Troya, algunos humanos, otros semidioses y otros dioses sin más, ni imaginaban que los ingleses durante los siglos XIX y XX, aprovechando su dominio imperial, iban a robar sin control ni pudor todo lo que se les ponía a tiro, para llenar este museo, el Británico, con dos objetivos, uno demostrar que dominaban el mundo incontestablemente; y dos, organizar cada cierto tiempo, con las piezas sustraídas, exposiciones como esta, y así borrar de forma sutil el ingente legado e inconmensurable influencia que nos dejaron griegos, romanos, fenicios, sumerios... O lo que es lo mismo, reescribir esta influencia a su manera, astuta y pragmáticamente, como siempre han hecho. Para pasar posible logros de otras civilizaciones por el tamiz de su censura.

La exposición de Troya es la demostración más clara de este hecho. Pero como decía, la verdad en este caso es incontestable, los griegos y - por extensión - las civilizaciones mediterráneas, dejaron una huella que dura ya milenios, no sé exactamente cuánto ni de qué manera se notará la influencia anglosajona en el mundo por venir. Dudo que - de haber sido ellos entonces, hace tres mil años - algo más que una isla poblada por tribus salvajes, hubieran inventado el alfabeto, los libros, o hubieran dado forma a los conceptos que forman nuestra filosofía vital. Ese mundo de las ideas que describió Platón, ayudó a que las enseñanzas del cristianismo, tales como la igualdad, la vía para conseguir comunicarnos con lo divino, la individualidad, etc., nos modelaran como seres humanos durante siglos. Somos diferentes a los orientales (no mejores, ni peores) porque hubo una guerra hace miles de años, y esa guerra - ¡gracias a Zeus! -  tuvo lugar en el Mediterráneo, esa contienda fantástica y colosal se convierte en un pálido escenario de cachivaches sin sentido, a los que se dota de una vida efímera y de circo que me lleva a afirmar que - ya sin fisura posible - los ingleses nos desprecian más de lo que llegamos a concebir. Su único objetivo es convertir nuestras vidas es un escenario de cine, de Netflix... Y vaciar todo lo épico y mágico de nuestro cálido escenario mediterráneo.

La entrada del caballo en Troya, 
Giovanni Domenico Tiépolo (1773)
National Gallery (Londres)

Hablemos de la Guerra de Troya, al menos unas pinceladas, de haber tenido lugar - los griegos pensaban sin fisuras que sí, los arqueólogos modernos no lo tienen claro -  no cabría mayor concentración de personajes apasionantes, todos ellos están presentes en leyendas (aun hoy) y han sido protagonistas de la historia del arte, al menos hasta mediados del siglo XIX. Hay amor, pasión, celos, venganza, dioses que conciben personajes mitológicos que juegan un papel primordial en la trama, lealtad, heroísmo, imaginación y arrojo. Para dar forma a ese mito, se disponía de unos papiros y poco más. Ahora - pensemos por seguir con el mismo ejemplo, en Juego de Tronos - disponemos a una ingente cantidad de guionistas, maquilladores, decoradores, programas informáticos que crean montañas inexpugnables de la nada, redes sociales con influencers que dirigen los guiones hacia los gustos del consumidor... Y con todo ello, la trama es tan previsible y tan 'como debe ser' que resulta hasta cómica. En el Mediterráneo, hace miles de años, entre columnas decoradas con hojas de parra, los dioses griegos inspiraron historias legendarias que modelaron nuestras vidas y nuestros pensamientos, nuestras novelas y nuestro imaginario. Paris estaba enamorado de Elena, y la raptó. Esto provocó una guerra - la de Troya - que duró años, y en la que participaron generales míticos - como Agamenón -, y semidioses - como Aquiles -. Nombres que todavía conocemos, después de tanto tiempo. Al final, un caballo de madera puso fin a la guerra, ese animal, esa genialidad casi quijotesca, ideada en un momento de tensión desesperada, es lo que ha hecho que nosotros, los hijos de estas historias épicas, hayamos cambiado el mundo. Sí, esa superioridad inglesa se nutre del derecho romano y del mundo de Platón y Aristóteles. Hasta su alfabeto es el nuestro, no pudieron mejorarlo.

Hay una pate de la exposición, justo al final que nos muestra cómo se plasmó el imaginario de Troya en el arte, desde el renacimiento hasta el siglo XX, o lo que es lo mismo, como reescribieron ellos el mito. Porque los que lo crearon, pierden el protagonismo entre la niebla londinense.

Será mejor que consumen su Brexit y nos dejen vivir, puede que seamos más pobres, pero - al menos - nuestra vida tendrá sabor a leyenda, y Zeus nos enviará a algún hijo suyo, convertido en hombre, un héroe gentil y arrojado, que expulse de nuestros cerebros toda la basura circense que día a día nos obligan a consumir.

Leed mucho, visitad exposiciones y sacad vuestras propias conclusiones.
M.

lunes, 13 de enero de 2020

Impresionados con los impresionistas...

Pues nada, de exposición en exposición... Es lo que tiene que ser una crítica de arte de pacotilla, tengo que rellenar este modesto blog con mis visitas a museos de aquí y allá, diciendo disparates unas veces, y añadiendo mi visión particular, sin ningún criterio definido, otras. Un megamix de lo más esperpéntico que arranca de mi manía de ir contracorriente. Adelanto ya, como consejo, que esta postura vital me ha dado muchos disgustos. Pero es tarde para enderezar las cosas. Una vez te encasillan como 'estrafalario', no hay escapatoria, es como el agujero negro que engullirá al universo.

Hoy toca hablar de la exposición 'Los impresionistas y la fotografía', que se puede ver hasta el 26 de enero de 2020 en el Museo Nacional Thyssen Bornemisza de Madrid. Adelanto ya que la crítica no será buena, por una simple razón, para mí, los impresionistas franceses están sobrevalorados de una forma absurda. Hay cuadros que rozan la calidad de 'mercadillo de verano', no logro explicarme cómo alguien puede ver algo aprovechable en determinadas obras, afirmando que determinados cuadritos de arbolitos sin perspectiva, marcaron la senda de futuros movimientos pictóricos. 

Claude Monet (1840-1926)
'El deshielo en Vétheuil' (1880)
Óleo sobre lienzo. (60 x 100 cm)
Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid


Como ya afirmé en mi artículo sobre 'Las Meninas' de Velázquez, el arte inició una espiral esquizoide tras el barroco, rozó el espanto en la segunda mitad del siglo XX, para - ya en el siglo XXI - perder el norte, dejando que el mensaje torticero y tendencioso prime sobre la calidad de la obra de arte. Me viene a la cabeza un montaje en el MoMa de Nueva York, que consistía en amontonar cientos, miles de vaqueros hasta que llegaban al techo. Justo al lado, una mujer, sentada en un pupitre de madera, pasaba las hojas de un libro chupando las hojas. Este último detalle no era baladí, formaba parte del sentido de todo el mensaje. Considerando la compra de la obra, los pantalones podrías llevártelos a casa, siempre que tengas espacio, claro, pero el pupitre con ser humano... Eso ya lo veo más complicado. Tal fue el éxito de la puesta en escena que, por más que lo he buscado en internet, no he logrado encontrar nada, búsquedas en inglés y español... Nada. Pero los vídeos de Torrebruno están, y con enorme éxito de visitas. 

En el propio Museo Thyssen hay una exposición de telas de araña, yo misma asistí a la conferencia de Tomás Saraceno, en la que explicaba cómo las telas eran un reflejo del universo. Se quedó tan pancho. Comienzo a dispersarme sin remedio, pero es que esta conferencia de las arañas me impactó un montón, y creo que no había comentado nada aquí. Este artista argentino ha dedicado su vida a espiar a la arañas, ahí lo dejo. Sé que suena un poco frívolo, pero ha llegado lejísimos en el olimpo artístico del siglo XXI, por lo que es posible que su obra tenga más enjundia de la que yo pude aprehender.

Vuelvo a los impresionistas. Poco puedo aportar a lo ya escrito sobre este movimiento pictórico, que se desarrolló en Francia en la segunda mitad del siglo XIX. En ese momento, París era la capital cultural del mundo y el francés la lengua hablada por las élites europeas. Esta es la primera de las claves para entender el auge de cualquier aportación cultural suya en ese preciso momento. Lo mismo que ocurre ahora con el inglés. De todo lo que proyecta la potencia cultural del momento, Estados Unidos, más de la mitad es basura pura, pero la hegemonía es tal, que discrepar es sencillamente ridículo. 

Como a toda potencia cultural, a París le llegó su final. Pero antes de que éste se hiciera patente, se percibió un auge, un esplendor sin precedentes. El ocaso proyecta una luz especial, París no fue una excepción. Si alguien nos dice 'París', inmediatamente nos viene a la cabeza esa época, esa imagen descarada y voluptuosa, artistas con abrigos raídos caminando por las calles, absenta, cabarets, brillantes ideas y vida bohemia. Todo este imaginario lo fulminaría la Primera Guerra Mundial. No sólo París se disolvió en la bruma de la historia, también Europa dejó de mostrar al mundo lo que era, lo que había sido y lo que podría ser. Era el pack completo. Todo cayó, se derrumbó como un castillo de naipes. Francia ha seguido agarrándose a una sombra, a la idea de que esa etapa dorada sigue inmutable, parte de esa obsesión es la proyección machacona de la idea de que los Impresionistas fueron más talentosos de lo que en realidad fueron. Tal vez sea injusta, pero - dentro de la innumerable obra atribuida a ellos - no todo tiene relumbre e importancia, y ha llegado un momento que la sobreexplotación de exposiciones con temática impresionista se ha convertido en algo preocupante.

Yo he visto, el los últimos dos años, 'Los impresionistas y la arquitectura' en la National Gallery de Londres, 'Monet y Boudin' en el Thyssen de Madrid, 'los impresionistas en Londres' en la Tate de Londres y ahora ésta, dedicada a la influencia de la fotografía en estos pintores. Nota importante y obvia, la aparición de las cámaras fotográficas fue un hito que afectó a la ciencia, al cine, a la comunicación..., no sólo al Impresionismo. Otra terrorífica y torticera confusión.

Pero parece dar igual, porque cualquier perspectiva, punto de vista, influencia, matiz cultural, parece estar relacionado con ellos, Camille Pissarro, Edgar Degas, Pierre-Auguste Renoir, Paul Cézanne, Alfred Sisley, Berthe Morisot..., por citar a los más conocidos. Repito, me parece desmesurado.

La sobreexposición de sus cuadros ha convertido al más simple de los mortales en un entendido en Arte. En cualquier conversación informal, si sale el tema 'pintura', toda persona - sin excepción - menciona la palabra 'impresionismo' y ya parece un gurú elevado sobre el resto. La idea es tan difusa, que cualquier pintura que muestres, si tiene algo raro, distorsionado o se sale de los cánones clásicos, el 90% de los que opinan dirá que es un cuadro impresionista. 

Culpa de esto la tienen exposiciones como la del Thyssen. No hay un sólo cuadro aprovechable. Al visitarla (al menos cinco veces) he tenido la sensación de ser un instrumento de la vacuidad circense en la que han convertido las grandes ciudades y los museos como parte integrante de ellas. 

Eugène Boudin 
Puerto de Brest, 1870
Óleo sobre lienzo. 47,6 x 65,4 cm
Portland Art Museum, Oregón. Legado de Charles Francis Adams

No culpo al museo ni al comisario, el enfoque y montaje de la exposición son soberbios, culpo a la concepción que sobre el arte tenemos en el año 2020. Un mercadillo de ideas que ya han pasado por el tamiz cultural del siglo XX y lo que llevamos del XXI, y han desvirtuado de tal forma la realidad que ahora - cuando veo exposiciones como esta - no logro diferenciar entre lo que realmente veo, lo que quieren que vea, o lo que los pintores querían que hubiese visto... Trabalenguas intelectual que merece un momento de meditación.



Édouard Manet

Retrato de Carolus-Duran, 1876
Óleo sobre lienzo. 191,8 x 172,7 cm
Barber Institute of Fine Arts
University of Birmingham / Bridgeman 


Observemos el cuadro de Édouard Manet, Retrato de Carolus-Duran (1876). ¿Qué tiene este cuadro de especial? Antes de dar una respuesta apresurada, pensemos en el arte en su capacidad para transmitir sentimientos y despertar en nosotros una especie de conmoción. Bien, ¿qué tiene de esto el cuadro? Nada absolutamente. Es un individuo -como muchos otros de la época - que va paseando por el campo. ¿Qué ha aportado la fotografía a este cuadro? De nuevo, maticemos. La fotografía aportó al arte la mejora en la percepción de la perspectiva y el matiz real de los colores a la hora de ahondar en el estudio de esta. Entonces... ¿ha aportado algo la fotografía a este cuadro? No, naturalmente que no.

Entramos aquí en la turbia justificación de la 'reinterpretación del artista', en este caso su forma propia y particular de expresar lo que le inspiraba una foto, pero este saco no tiene fondo. Si al final todo es una visión acorde con el mensaje que nos quieran transmitir ahora, 150 años después de pintarlo, no me vale. Prefiero mirar el cuadro sin más, sin necesidad de aditivos. Al enfrentarme a los cuadros de la exposición, había una diferencia tan abismal entre lo que se pretendía que viese, y lo que en realidad estaba viendo, que se convertía en el reflejo entre lo que percibo yo de lo que me rodea en general, y lo que en realidad me enseñan o quieren que vea. 

Al ver los cuadros, prefiero imaginarme el canto de cisne, el París de finales del siglo XIX. Imaginar ese caldo de cultivo de artistas y soñadores que imaginaron un mundo mejor, ese que nunca llegó, porque lo barrió para siempre el ser humano con su guerras del siglo XX.

Id a ver la exposición, queda poco, y así sacaréis vuestras propias conclusiones.
M.

sábado, 23 de noviembre de 2019

Velázquez, el Cuadro y la Eternidad.

Viernes 15 de noviembre, estreno del documental 'El Cuadro', de Andrés Sanz en el Auditorio del Museo Nacional del Prado, en Madrid. Casi dos horas de monólogos entrelazados que giran entorno a una pintura, un cuadro, una obra maestra, 'Las Meninas' de Diego Velázquez. Probablemente la obra de arte más importante de la historia y - sin duda - la cumbre del barroco español. El reflejo más fiel del relumbre y caída de la monarquía de los Austrias españoles. Sí, lo sé, uno de mis temas recurrentes. 


Las Meninas (1656)
Diego Velázquez (Museo Nacional de Prado)

Era necesario crear un halo de misterio sobre el pintor y su obra. Sobre la vida de un hombre hermético (Velázquez) y su relación con Felipe IV (1621-1665), como monarca de un imperio en decadencia y verdadero fundador de la pinacoteca. Sí, el Museo del Prado lo fundó él, dando forma a una colección de pintura - ya en el siglo XVII - que no tenía comparación con ninguna. El monarca era un artista en potencia, un entendido en arte y un mecenas. Un hombre sensible que vio, con una claridad incontestable, que Velázquez era un genio de los que sólo aparecen muy de vez en cuando, en su caso es posible que no haya habido otro. Y de eso no se dieron cuenta los impresionistas franceses del siglo XIX, esto lo vio Felipe IV la primera vez que observó la rabia y la destreza con la que pintaba, resolviendo los detalles con escasas pinceladas, dejando flotar el aire entre las rendijas y los personajes. Sí, el tándem perfecto, el rey y su pintor de cámara. Un monarca que no era tan decadente, porque, gracias a él, El Prado ocupa un lugar dentro de lo sublime e irrepetible, gracias a él, aun hoy, podemos mostrar al mundo un espejo de misterio, un cuadro que encierra un mensaje oculto... ¿Cuál? De eso se trata, no tenemos ni idea. Y ese es el mensaje central del documental 'El Cuadro', lo mágico de la obra, sin saber exactamente dónde reside la clave, ni en qué faceta debemos fijarnos para desentrañarla. ¿Es la historia de la Infanta Margarita - actriz principal de la obra -, es el momento histórico en el que se pintó, la disposición del resto de actores tanto en el cuadro como el la corte, la perspectiva innovadora, el tiempo récord que tardó en pintarlo (cuatro meses), lo que hay al otro lado, es decir donde estamos nosotros, los que miramos, y que se supone que es lo que pintaba Velázquez, los reyes que se reflejan en un espejo de forma imposible, el punto de luz...? Incluso puede que no haya misterio y - simplemente - hayamos creado un castillo con un grano de arena.

Esta es la trama del documental, y para ello prestan su testimonio y sus vivencias pintores (como Antonio López), arquitectos, conservadores del Museo del Prado y del Metropolitan de Nueva York, escritores, y sobre todo estudiosos de su obra, destacan dos, Francisco Calvo Serraller, y el mayor conocedor y estudioso de la obra de Velázquez, Jonathan Brown. Una mezcla sugerente y completamente recomendable. Los 'monologuistas' llegan a transmitir su admiración con tanta vehemencia que hay momentos en los que llegas a emocionarte de verdad, al ser consciente de la suerte que tienes por poder contemplar el lienzo en Madrid, no sólo una vez, sino tantas como tu espíritu rebelde te pida. En cada ocasión en la que se busque sosiego y vértigo simultáneamente.

Nos observan, en silencio, trescientos setenta años de historia de España, y del mundo. Porque desde que Velázquez murió, en 1660, el arte comenzó, al principio tímidamente y desde la segunda mitad del siglo XX de forma trepidante, un descenso hacia el infierno, hacia la bazofia. Una variante del asco, una historia de decadencia, de caída libre. Encumbrando a pintores mediocres de forma inconcebible, llegando a un punto - ahora - en el que lo que 'vende' son las ideas disparatadas, no hay material, no hay artista, sólo un vendedor de tendencias, de ideas que agradan a mecenas. Ocurre que - al menos en Europa, pero sobre todo en España - los mecenas son políticos, cuyo conocimiento del arte se reduce a mirar cuadros de reojo, mientras degustan canapés en eventos pagados por el sufrido contribuyente. 

Esta espiral de sinrazón alcanzó cotas de risa cuando una limpiadora tiró a la basura una bolsa que estaba en medio de una de las salas del Museo Bolzano de Milán, pensando que era propiamente basura (lo que era), cuando en realidad era una obra de arte. Y ¡sorpresa! el objetivo del artista era mostrar la corrupción política. ¡Qué sutil mensaje, qué originalidad! Tan turbio es el mundo artístico ahora que, cuando se inaugura una feria como Arco, los artistas enseguida buscan vender su obra como una provocación, no prima la calidad, ni la mano de obra, ni la emoción que te embargará al enfrentarte a ella. Hay que brillar por medio de las palabras cargadas de vacío, no de la propia pieza que se muestra al público. ¿De qué hablamos entonces, de literatura hueca o de vacío sublime? Esta es la pregunta.

Al contemplar 'Las Meninas' desde lejos, desde el emplazamiento del retrato ecuestre de Carlos I de Tiziano, el silencio te habla y te emociona. Velázquez ha conseguido mantenernos en vilo cientos de años. Nadie ha conseguido explicar por dónde escapa el aire de sus cuadros, tampoco damos con la clave de su mensaje. Él fue capaz de verter en su obra lo que él fue, un hombre hermético. Y lo que vivió, un momento de la historia de España increíblemente fértil culturalmente, pero terriblemente incierto en lo político. 

Me pregunto qué quedará de las obras de Arco dentro de trescientos años, o de las de cualquier museo de arte contemporáneo que apueste por cabezas cortadas, leños y piedras que supuran aceite, colas de caballo llenas de cera o ataúdes de cristal llenos de flores... Por citar algunos ejemplos reales. 

Pero sí sé que 'Las Meninas' nos acompañarán hacia la eternidad, no importa cuan larga sea, o cuan cerca esté el final. Porque encierra la clave del vacío sublime, del aire que escapa, como nuestra propia vida, en busca de algo eterno que nos explique la clave de no sabemos qué.

Leed mucho y - si tenéis oportunidad - ved el documental de 'El Cuadro'.
M.


domingo, 3 de noviembre de 2019

El último emperador, pintores flamencos y una manzanilla en el Museo del Prado.

He llegado a una conclusión rotunda, una revelación. Imagino que la sensación debe ser semejante a la que siente un científico de la NASA cuando descubre una galaxia, un exoplaneta, una nueva estrella o agua en Marte. La conclusión es la siguiente, a los norteamericanos les molan los emperadores. Cualquier acción al respecto de un personaje que haya ostentado esta dignidad, es objeto de un estudio chusquero por su parte. No vale reírse, porque esto es un tema que requiere la mayor seriedad, es una pauta de comportamiento preocupante y que demanda un estudio en profundidad. Si esta obsesión se diera en Albania, no pasaría nada. Pero Estados Unidos nos vende todas sus paranoias, y como no solemos filtrar lo que nos cuentan, alguien debe tomar las riendas de tan delirante obsesión.

Por favor, no hay que tomar esto a broma. Es un delirio que puede extenderse como la viruela.

Repasemos, hemos visto en el cine/televisión: 'El último emperador' (Puyi), 'El último samurai' (en este caso el que se extinguía era el samurái, y llegaba el emperador, que era malísimo y medio idiota, según la versión de Hollywood), 'Kungfu' y su querido amigo el Pequeño Saltamontes (con una turbia historia de asesinato del sobrino del emperador chino)… Por citar sólo tres. Todos ellos, por rocambolesca que sea la historia que traten, palidecen ante el despliegue de armaduras y lanzas que puede verse hasta el 5 de enero de 2020 en el Metropolitan de Nueva York, con objeto de la exposición 'El último caballero'. Mayor despropósito y manipulación histórica no se ha conocido. Esta es la razón por la que afirmaba al principio que la obsesión de los estadounidenses por los emperadores tiene algo de paranoia enfermiza rayando el desconocimiento más ridículo. Asumo que es por la cultura del espectáculo, de la que todos somos víctimas. O por no dejar que la Leyenda Negra española caiga en el olvido.

Vamos por partes.


Un viaje a Nueva York en otoño, más con 25º de temperatura y sol todo el día, es completamente recomendable. Una delicia para los sentidos y para la mente. Huir del despropósito peninsular es una bendición, un gasto del que cuesta recuperarse, pero completamente justificado. Una vez allí, sólo resta pasear y observar. Uno de los mejores sitios para ello es el Metropolitan (MET), un gigantesco museo con todo tipo de cachivaches de todas las épocas y culturas de la humanidad. Increíble expolio el llevado a cabo (son dignos herederos de sus hermanos británicos), no hay civilización - por poco influyente que fuera - que no tenga su salita en este museo. También hay pintura y escultura, sobre todo europea, y - cómo no - exposiciones temporales. La entrada cuesta 25 dólares, pero puedes acceder durante tres días. Falta tiempo, cuando se cogen las riendas de la cultura - como ha sido el caso de los Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial - hay que mostrar al mundo todo lo que se tiene sin rubor. Otra digna herencia, esta del protestantismo y su afán por no ocultar la riqueza, como una bendición de dios. 

Este octubre del 2019, dos de estas exposiciones eran, la ya mencionada de 'El último caballero', y 'Alabando a los pintores flamencos', otro increíble ejemplo de manipulación sin precedentes. Con lenguaje dañino y torticero. Volveré a esta muestra, pero vamos a desvelar la identidad de nuestro último caballero, un EMPERADOR, claro, el último de Sacro Imperio Romano Germánico, según la versión del MET, Maximiliano I (1459-1519).


Maximiliano I de Habsburgo 
(1459-1519)

Detalles importantes para comprender la manipulación, uno la fecha de su muerte 1519. Dos, sus raíces germánicas y su centro de operaciones, el norte de Europa. Ya está. El último emperador Maximiliano es el estertor glorioso de una época que declina, para dar comienzo a otra más esplendorosa, la de los príncipes alemanes protestantes a los que Lutero leyó el pensamiento y dio voz en 1517, dos años antes de la muerte de nuestro emperador. Porque para los habitantes del norte de Europa, de los que los norteamericanos son dignísimos herederos, Carlos V, como español y católico, NUNCA fue emperador. No solo no lo matizan, simplemente niegan su existencia. En todo momento, a lo largo de la exposición, cuando mencionan al nieto de Maximiliano I, es decir, a Carlos I de España y V del Sacro Imperio, se refieren a él como rey de España. Los emperadores, cuando existen y se les menciona, deben ser a imagen y semejanza de una película de Hollywood, al servicio de una idea que divide la historia en dos, antes de 1517, y después.

Y si hay algo que es comercial, vendible y vistoso antes de 1517, como es el caso de esta muestra, se maquilla como si de un decorado monumental se tratase y se orienta hacia donde es menester. En realidad tal despropósito no cae en saco roto, los norteamericanos han sufrido adoctrinamiento toda su vida, y a la Edad Media - para ellos antes de separarse de las doctrinas de Roma - la denominan 'Dark Ages' (Tiempos oscuros). Este tipo de saraos, no hacen sino reafirmar aquello en lo que llevan creyendo quinientos años, si además - como parte de una obsesión hollywodiense - aparece un emperador, entran literalmente en el nirvana. 

Esta vez anexo como prueba una de las cartelas de la exposición donde habla de sus herederos.



Traduzcamos el segundo párrafo: "(...) Maximiliano buscó personalmente el bienestar de sus herederos. Los matrimonios que concertó tuvieron como consecuencia un aumento de la influencia de los Habsburgo en los asuntos políticos europeos. Su hijo (se refiere a Felipe el Hermoso) se convirtió en rey de Castilla, su nieto mayor (Carlos I) llegó a ser rey de España y gobernante de partes de Italia y Centroamérica, y su nieto más joven se convirtió en rey de Bohemia y Hungría (Fernando I) (...)

Ahí queda eso. Sin palabras. Carlos I NUNCA fue emperador. ¡Madre mía! Y al que refieren como su nieto más joven (Fernando I) tampoco. No salgo de mi asombro. ¿Cómo un museo como el MET puede incurrir en una manipulación histórica tan asquerosa? 

Puedo hacer mil matices a esta frase de la cartela, la primera de ellas es que la llegada al reino de Castilla de Felipe el Hermoso fue una mera casualidad, y que - en el momento de concertar su matrimonio - esto no estaba en el guion. La segunda es que liquida, como ya he dicho, no a un emperador, sino a dos.

Para engatusar al visitante, un despliegue de armaduras a cual más deslumbrante, banderas, libros y obras de arte, que muestran a un mecenas del arte y a un humanista que no fue. Sólo asistiendo a las batallas y guerras en las que se vio envuelto, debió restarle tiempo para cultivar todas las cualidades de las que le hacen merecedor. 

Ya en la senda de la manipulación más vil, se puede contemplar, también en el MET desde el 16 de Octubre hasta no se sabe cuando, 'Alabando a los pintores flamencos, la edad dorada de Rembrandt, Hals y Vermeer'. No hace falta decir que aquí es Holanda la protagonista de una farsa teatral como nunca se ha conocido en la historia del comisariado artístico. Al menos en este caso simplemente hay manipulación, no niegan la existencia de hechos históricos. Algo es algo. La muestra contiene cuadros de artistas holandeses del barroco, no hay obras prestadas, todas son parte de los fondos del propio museo. 

Holanda, según el MET e innecesario es decirlo, se había sacudido el yugo del oscurantismo español, y abanderaba un movimiento de progreso sin límites. Estos cuadros pretenden mostrar la opulencia y progreso de una sociedad rica, olvidando que ya lo era desde hacía siglos, no hacía falta que los españoles estuvieran o no. Paseando por diversos museos del mundo podemos comprobar temáticas semejantes en pintores como El Bosco, Hans Memling, Robert Campin, Mabuse, Quentin Massys o Van Eyck, por citar a algunos, que demuestran que - ya desde el siglo XIV - los holandeses y flamencos en general, virtud de sus ríos caudalosos y sus puertos naturales, controlaban todo el comercio de Europa y les salía el dinero por las orejas.

Quentin Massys (1514)
Museo del Louvre (París)

No tenían, por añadidura, ningún problema en demostrar al mundo lo bien que vivían, no les habían inculcado la virtud de la humildad. 

Para el MET la opulencia de la sociedad flamenca es resultado de que los españoles desapareciéramos de allí. Causa y efecto. No hay fisuras en esta versión. Eso sí, de vez en cuando hay que nombrar algún problemilla social de la época, como la eliminación y confiscación de riquezas a los católicos. Esta parte cobra especial interés porque hay unos cuadros de Vírgenes y se habla del pintor católico holandés por excelencia, Johannes Vermeer.

Que haya vírgenes, demuestra que - pese a la persecución - siguió habiendo católicos en Holanda. Esto se explica de la siguiente manera, cito textualmente, 'Los católicos eran perseguidos y sus bienes confiscados por las autoridades. Pese a todo, algunos seguían adorando a la Virgen en la clandestinidad encargando cuadros de esta temática a maestros varios. Lo que demuestra que la sociedad holandesa era muy plural'.

¡Increíble! Ser católico (o lo que fuera) en la clandestinidad demuestra claramente que era una sociedad abierta. Delirante es poco.

Vamos con Vermeer. De la vida de este pintor se sabe poco, no salió de su ciudad natal, Delft, y no está claro en absoluto que fuese católico. ¿Por qué - os preguntaréis - tienen los protestantes tal obsesión por demostrar que sí lo era? Es muy sencillo. Vermeer describe con sus actos vitales todo aquello que han contado a sus adoctrinados como típicamente católico, a saber, fanático, corto de miras (no se le conocen viajes), con todos los hijos que dios le dio y casado toda la vida con una mujer a la que no quería, pero de la que no se divorciaba. Nada más hay que añadir.

Todo esto no tendría que ser dañino ni peligroso, incluso podría tomarse como algo digno de lástima. Pero es peligroso porque es imposible revertirlo. No es el hecho de que Estados Unidos haya tomado las riendas de la cultura mundial, es que las personas que conforman y construyen ese monopolio de pensamiento son completa y absolutamente cuadriculadas. Me convencí de ello cuando ayer, en el Museo del Prado, vi su forma de comportarse. Una simple y cotidiana escena. Paseando por las salas, uno de mis acompañantes comenzó a sentirse mal y se desmayó. A duras penas llegamos a la cafetería, con la intención de que tomase algo. En la cola del restaurante, delante de mí, únicamente había ciudadanos americanos, lo sé, estoy segura, les oí hablar. Les pedí, estaban presenciando la escena, que me dejasen pedir una manzanilla. Ni se inmutaron. No lo hacen porque es innecesario, el mundo corre por los raíles de su inmutabilidad y sus ideas preconcebidas. Contra eso, no hay lucha posible.

Tengo más reflexiones, pero por una vez no usaré la técnica del batiburrillo ecléctico.
Reflexionad y sacad vuestras propias conclusiones.
M.

domingo, 13 de octubre de 2019

El tributo que debemos a los olvidados por la historia...

Casualidades de la vida, los Reyes Católicos vuelven a mi hemisferio cerebral cultural una y otra vez. Dicen los sabios, los gurús que intentan explicarnos los caprichos del destino, que los acontecimientos vienen a nosotros porque los buscamos, porque el algoritmo vital que nos da fuelle es bastante simplón, y nos conduce por los mismos caminos una y otra vez. En esto debe estar la clave para que esta regia pareja vuelva a mi vida sin parar.

Detallo aquí la sucesión de acontecimientos que me lleva a pensar que algo de esto hay, y que – por una vez – la ciencia no se equivoca:

1.- Exposición "Miradas Afines" en el Museo Nacional del Prado, sobre la que yo he ciber-proyectado mi propia mirada en este blog, centrada en la innegable influencia de estos monarcas en la historia de Europa.
2.- Viaje a Granada, por circunstancias laborales, visita a la Alhambra y búsqueda del libro adecuado para dar más relumbre a mi estancia allí. El elegido, "El Manuscrito Carmesí", de Antonio Gala. Premio Planeta 1990. Lo he devorado.
3.- Regalo de un amigo del libro de Juan Eslava Galán, "La conquista de América contada para escépticos", recientemente publicado. Aproximación ágil, fresca y bien documentada de un tema DESCONOCIDO para los españoles. Debemos meditar (lo sé, repito mucho esta frase) sobre esto. Cómo es posible que una de las mayores gestas de la historia no se incluya como asignatura, o parte de ella – pero con peso - en los planes de estudio españoles. Nos avergonzamos, he aquí la simple y llana realidad. Una pena. Hay que estar tranquilos, eso sí, porque ahora con el revisionismo histórico del que todos somos víctimas, la cosa va a peor. Hay ayuntamientos patrios que quieren quitar plaza y calles dedicadas a Colón y otros nombres como Pizarro, Hernán Cortés… Espero que a Legazpi lo respeten, sin él nunca se hubiese logrado ir y volver a Filipinas sin tropiezos. Esta nueva moda de hacernos seres beodos sin sustrato cultural parece que se extiende a otros países como Estados Unidos. Cumplir años es una lata, pero tiene la gran ventaja de que poco a poco te alejas de las modas, te apeas de los vientos del progreso y vives tan ricamente, desde el cómodo sofá de la experiencia. Pena da lo que viene, y no quiero ser catastrofista, ni la bruja mala del cuento.

Tendemos a pensar, ohhhh ilusos, que negando o enfocando las acciones de los hombres de hace siglos desde nuestra perspectiva de la era ciber-moderna, somos progres, avanzados intelectualmente, sabios y con una superioridad moral de solidez sin fisuras. Pero la propia fisura, es – precisamente – nuestra ignorancia y prepotencia. Y como consecuencia de esto, por ejemplo, tenemos en nuestra cabeza una imagen de Boabdil, el último rey nazarí de Granada, totalmente sesgada y ridícula. Un tipo débil, idiota e inculto que perdió Granada por su incompetencia, que cuando abandonó su reino perdido, su madre le dijo: "Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre", algo que se ha demostrado falso por completo.

Combatir estas sandeces  - y no otro objetivo - es lo que debía tener Antonio Gala en su cabeza cuando escribió "El Manuscrito Carmesí", un tratado de historia (novelada) de España y de enseñanzas vitales desde la perspectiva de sólidos conocimientos, madurez y admiración sin límite hacia el protagonista, Boabdil (1459-1533). Un tributo y homenaje a un personaje, la rendición y petición de perdón en nombre de todas las personas que vinieron después y que, de forma intencionada, decidieron pintar un cuadro que nada tenía que ver – desde la óptica de Gala - con el que nos habían pintado.

Boabdil fue la víctima de la ambición de todos y cada uno de los que le rodearon, cristianos, musulmanes, familiares, amigos y enemigos. Todos sin excepción le convirtieron en el último testigo de un mundo que fue barrido por la historia, un mundo que no pertenecía a ninguna esfera religiosa ni territorial, que era un oasis y una realidad en si mismo. Era Granada. Y eso, como tantas otras cosas, se lo llevó la corriente de la historia y con ello se deformó y se contaminó el retrato que debería reflejar a un negociador sin opciones, a quien ¡ironías de la vida! el poder no le interesaba nada, por lo que actuó con generosidad e inteligencia. Esto es garantía de olvido y oprobio.

La victoria consiste en aniquilación: vencer es destruir. (...) ¿Por qué las causas más hermosas son las que no pueden defenderse por sí mismas? Son los pacíficos quienes tienen que defender la paz; pero ¿quiénes son los pacíficos?: los humildes, los desarmados, los perseguidos, los compasivos, los sinceros, los pequeños, es decir, los inútiles.
"El manuscrito carmesí" Antonio Gala.
Editorial Planeta SA. 6ª Edición Diciembre 1990. Pág. 342.

Lo que enseñan los libros de autoayuda, pero con el añadido nada despreciable de la ingente cultura de Gala. 

Resucitar no es imprescindible para quienes, por sus actos, aun viven en la memoria de sus agradecidos; es la mejor manera de inmortalidad que reconozco. 

"El manuscrito carmesí" Antonio Gala.

Editorial Planeta SA. 6ª Edición Diciembre 1990. Pág. 491.

Leyendo y meditando, es un libro que invita a ello, se pone de manifiesto que la historia se repite, pero no con los parámetros que tenemos dibujados en nuestro cerebro, en los que aparecen actores que cometen los mismos errores - no comparables en ningún caso, porque el paso del tiempo influye poderosamente en la forma de pensar -. Los errores en los que incide Gala, no tienen que ver con los actos - repito - incomparables, y sí con atributos tan simples como la cordura, la grandeza y la generosidad, parámetros invariables y valorables en la conducta humana de cualquier época.

Habla Boabdil:
Vuestras plegarias han sido concedidas: quizás eso es lo peor que a un pueblo guerrero le puede suceder; ahora tendréis que inventaros aventuras nuevas, nuevos proyectos inimaginables, enemigos diferentes (...) Vos y yo en esta helada noche (don Gonzalo Fernández de Córdoba), representamos la verdad verdadera: el frío de Granada y, en él, el abrazo de dos contrincantes. Para los demás se queda la calidez embalsamada de una ciudad que tantos siglos anhelasteis, y que es mentira, y el asalto y el poderío que con el que la adquirís, que también es mentira. (...) Todo ha de volver a su cauce anterior; para eso, desarraigar religión, lengua, usos y leyes es una precaución que hay que tomar,, (...) No olvidéis, el alma de un pueblo es algo que no puede morir; puede ocultarse como se oculta una rosa, o secarse como una rosa, pero permanece como permanece su olor. 

"El manuscrito carmesí" Antonio Gala.

Editorial Planeta SA. 6ª Edición Diciembre 1990. Págs. 471 y 472.

Yo me pregunto: ¿Qué es exactamente lo que permanece? ¿Qué parte de la historia se ha fijado más en nuestra cabeza? Formulo la pregunta de nuevo. ¿Qué hechos de la historia, qué aspectos nos han enseñado y cómo? ¿Los actos de renuncia, los posos que han ido dejando otros pueblos en nosotros, o la ambición sin límites que construye y fortalece monstruos aun hoy? Temo y estoy segura que es lo segundo. Me siento, ahora sí, como la sacerdotisa que evoca un oráculo nefasto para asustar a los hombres que quieran escucharla.

Francisco Pradilla (1882)
Palacio del Senado (Madrid)

Al leer el libro, he sido consciente de que la visión que tenemos sobre la Conquista de Granada obedece a una idea de necesidad, algo que estuvo bien hecho (no digo que no, estoy reflexionando). Desde su rendición el dos de enero de 1492, no hemos conocido más que la gesta de los Reyes Católicos, que se ha descrito como un 'asedio', que no fue tal, la Caída de Granada fue un plan estratégico orientado a ahogar y aislar el Reino Nazarí, con ayuda de los propios nazaríes, que eran enemigos entre sí. Y que culminó - no le quedó más remedio a Boabdil - con la entrega de la ciudad. Pero si buscáis información, excepto en libros muy especializados y en la propia novela de Antonio Gala, no encontraréis nada, porque - parece ser - no hay nada que decir. Se barrió del mapa ese mundo y ya está. Castilla hizo bien. Punto.

Esto ha servido para que en el siglo XXI, se reivindiquen cosas que son absurdas, porque aquel era un mundo, una realidad, un caldo de cultivo propio. No era cristiano, ni musulmán - esto menos que nada, porque ningún gobernante musulmán ayudó a Boabdil - era simple y llanamente, el Reino Nazarí de Granada. Los Reyes Católicos no lo borraron, lo hemos borrado nosotros.

¡Qué sorprendente! Castilla era el héroe de la película en enero de 1492, pero en octubre de ese mismo año, se convirtió en villano, cuando se descubrió América. Entonces sus ideas eran de exterminio... ¿¿?? ¿Alguien puede explicarme este despropósito? No, es imposible, no lo intentéis. Por eso, llegados a este punto, tengo que recomendaros el libro de Juan Eslava Galán, "La conquista de América contada para escépticos" (Editorial Planeta. 2019), él - al menos - lo intenta. La moraleja de su libro: nos han obligado a reescribir aquello que debería llenarnos de orgullo, hemos borrado de los libros de historia los nombres de personas que cambiaron el mundo, para - a cambio - encumbrar y empobrecer nuestro intelecto escuchando a imbéciles.

Leed mucho y sacad vuestras propias conclusiones.
M.