lunes, 29 de agosto de 2016

El cenáculo mágico de Milán.

Nada nuevo bajo el sol. Italia, lo he defendido una y otra vez, es lo mejor de Europa. Inigualable e inconmensurable. Brilla, reluce y deslumbra incluso a nuestros vecinos del norte, porque – mal que les pese – en Roma y su portentosa cultura reside el germen de cada uno de nuestros pequeños y grandes detalles cotidianos. 

Estocolmo, Amsterdam, Londres, Copenhagen… son bonitos, civilizados, pero no arrolladores. La desnudez de sus iglesias transmite frialdad y fanatismo. Carecen de delicadeza. Nosotros, ¡oh! habitantes del sur, rebosamos sentimientos y nunca hemos tenido inconveniente en expresarlos a borbotones.

Por ello nada mejor que coger cuatro cosas y dirigirse a Milán para pasar unos días. Cada piedra, cada lugar nos hará sentirnos especiales. Antes de seguir, en nuestro esquema mental nunca podemos perder de vista lo que somos y de dónde venimos, qué nos hace ser tan próximos a los italianos y qué razones han hecho que sigamos otorgándonos mutuamente doce puntos en el casposo Festival de Eurovisión año tras año, como manifestación de los profundos lazos que nos unen. Una reflexión más profunda aun, ¿por qué, durante el Imperio Romano, permitieron que personas nacidas en la Península Ibérica (entonces España como tal no existía) fueran Emperadores Romanos, llegando a ser importantísimos en el desarrollo de la Historia? Cosa que no sucedió con otras regiones conquistadas. ¿Por qué? Ahí dejo la pregunta.

Otra reflexión más, tuvimos reyes comunes, el sur de Italia (Reino de Nápoles) estuvo durante siglos bajo dominio español y no nos guardan ningún rencor. Es más, Nápoles está salpicada de calles con nombres de ilustres personajes ibéricos. Sin embargo a austriacos y franceses los odian con toda el alma. Por no extenderme, y si queréis profundizar sobre el tema, os recomiendo que leáis sobre el Papado en Avignón y la Unificación de Italia, dos pinceladas de una historia de siglos plagada de desencuentros.

Por entrar en materia, Milán y sus secretos. No hablaré de la Catedral ni de San Ambrosio, porque es lo habitual y me gusta el factor sorpresa. La ciudad gira alrededor del Duomo y éste es el corazón de una urbe vibrante y multicultural. Baste decir que el verano es el caldo de cultivo perfecto para generar aglomeraciones de beodos humanos que se colocan en una cola, y nada, al Duomo de Milán, tan campantes. Yo me incluyo dentro de estos veraneantes sin rumbo. En fin, ya que estás, no te vas a ir de la ciudad sin entrar a la catedral. Solecito, calorón y al tajo. En mi descargo diré que no hice ni una sola foto, ni selfie, ni nada semejante… Es sonrojante ver la indiferencia que muestra el ser humano ante el arte. La cultura se ha convertido es algo jocoso y divertido. Edificios, museos y obras varias, se muestran cada día, no para que reflexionemos sobre una parte tangible de la historia, sino para alimentar el ocio absurdo de millones de gentes varias. Punto.

Como ya es habitual, me disperso. Para alejarse de estos adictos a la fotografía chusquera, tranquilos nos encontraremos con otros, lo mejor es enfilar por la sombra (sol si estamos en invierno, Milán está al lado de los Alpes y es una ciudad en la que hace mucho frío) hacia el convento dominico de Santa María delle Grazie, para contemplar el fresco de ‘La Última Cena’ de Leonardo da Vinci. Para los entendidos, una de las más importantes pinturas de la historia del arte, milagrosamente salvada tras los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial y olvidada durante décadas, hasta la publicación de ‘El Código da Vinci’ de Dan Brown (confieso con rubor que lo he leído, pero sólo lo revelo a los más íntimos). Con una rocambolesca trama de esoterismo baratón y de bajísimo perfil, se sirve del cuadro para dar forma a una trama absurda y mal escrita que crea, eso hay que reconocerlo, una sensación en el lector que lo convierte en un experto en historia y arte como no ha habido igual desde el origen de los tiempos. Generando un irrefrenable deseo de plantarse delante del cuadro, máquina fotográfica en ristre y con ganas de hacer fotos sin ton ni son. Bueno, perdón, de analizar y sentir la delicadeza y la sensibilidad que transmite el cuadro. 



Como el turismo lo malea todo, las autoridades competentes se ven obligadas a contingentar a los humanoides, de forma que cada quince minutos y por medio de un ascensor tipo cápsula de la que no puedes escapar, te depositan en el refectorio del convento para enfrentarte a algo que – de poder tener más tiempo y en una época en la que los móviles cámara no se hubieran inventado – directamente te haría estremecerte. ¿Cómo es posible que algo tan delicado, tan frágil, tan conmovedor haya resistido mal que bien el paso del tiempo? 

Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los apóstoles y les dijo «Yo tenía gran deseo de comer esta pascua con vosotros antes de padecer. Porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que sea la nueva y perfecta Pascua en el Reino de Dios, porque uno de vosotros me traicionará»
Mt 22, 15-17.

Justo ese momento es el que vemos en el cuadro. Justo ese instante sublime que Leonardo, bajo el mecenazgo de Ludovico Sforza, plasmó sobre yeso en el refectorio de este convento. Mientras se pintaba el fresco, el Ducado de Milán nos pintó otro escenario algo más convulso y mágico de cuyos frutos viven todavía los milaneses.

Quince minutos, que en realidad son diez, no bastan para contemplar la calma en la mirada de Jesús. Su resignación ante el martirio que le espera. Su deseo de rodearse de los que los han seguido en los últimos años de su vida para compartir el pan y el vino en una ceremonia comunal llena de simbolismo. El estudio psicológico de cada uno de los actores de esta trama que cambió la historia de la humanidad. La constatación de la maestría de Leonardo, su aislamiento del ruido que tendría alrededor. Y, por encima de todo, la sorprendente sensación de calidez que te producen las obras maestras que merecen ser contempladas al menos una vez antes de morir.
M.

sábado, 2 de julio de 2016

Max, la víctima perfecta del hombre, de su perfidia y su crueldad.

No me gustan los toros, pero no caeré en los argumentos manidos y absurdos de los periodistas y demás comparsa que, de tanto reescribir los tópicos, acaban vaciando de fuerza el mensaje fundamental: el maltrato de un animal, cuando además es convertido en espectáculo de masas, es una salvajada y una brutalidad. Una muestra de toda la crueldad que el ser humano alberga en su esencia.

Gran parte del morbo y la atracción que provoca la tauromaquia residen en el conocimiento implícito de que, de cuando en cuando, el torero muere en la plaza. Por eso, hasta sus más contumaces detractores no pueden sustraerse de la inexplicable atracción que genera 'La Fiesta'. La propia palabra 'matador' ha sido exportada con éxito por todo el mundo. Cuando se dice de alguien (hombre, claro) que es un matador, no hay que añadir nada más. Esa persona alberga todas la cualidades del machote arrojado y audaz que provoca suspiros entre todas las damiselas que le rodean. He visto la palabra en titulares de periódicos de medio mundo, y no he necesitado conocer el idioma para saber que, hablaran de lo que hablaran, la cosa/persona era buena, aprovechable, echá ´pa´lante.

Y efectivamente, de vez en cuando algún matador cae fulminado en el ruedo porque un toro le atraviesa el corazón. Y la foto, la foto de su cuerpo perdiendo la vida, da la vuelta al mundo. Y entonces matador no es un adjetivo, es un sustantivo teñido de desesperación. Sus manos, una agarrotada y otra inerte y sin color, colgando de su cuerpo, mostrando su alma que escapa hacia dios sabe donde. He estado pensando- sin gustarme ni interesarme jamás en los toros - en lo que el ser humano sufre y hace sufrir sin necesidad. Eso entre otras cosas.

Mi cabeza ha viajado 149 años atrás, hasta el Cerro de las Campanas, en Querétaro (México), donde fusilaron a Maximiliano I de México el 19 de junio de 1867. Y todo por pararme a pensar en las manos, en como caen cuando te expulsan violentamente de este mundo sin haber llegado a entender el porqué. Para explicar todo esto, he contado con la inestimable ayuda de Fernando del Paso, con su elocuencia, su inteligencia y su contundencia para contar la historia de un personaje al que la historia ha ignorado, porque - entre otras razones - Europa, en su egocentrismo, ha triturado naciones y personas sin molestarse en analizar nada ni, lo que es peor, aprender nada.

Maximiliano, Max, era hermano de Francisco José de Austria, cuñado de Sisi (la anoréxica que tantas pasiones levantó), yerno de Leopoldo de Bélgica y víctima de la soberbia y arrogancia de Francia en la persona de Napoleón III y su mujer Eugenia de Montijo, una advenediza, nueva rica con aires de grandeza, que tiñó de mal gusto la corte francesa. La Francia de este emperador, sobrino de Napoleón I, que se colocó con triquiñuelas varias en el poder, demostró que la Revolución Francesa no había servido para nada. Al menos no para derrocar el instinto monárquico de los franceses y su pasión por elevar la gloria de Francia sin importar víctimas ni consecuencias. 




Max, se dejó engañar porque no entendía la vida sin ser rey o emperador. Así se lo habían enseñado en la Corte de Viena, a fuego lo tenía grabado en su ADN. Él era el descendiente de Carlos I de España, él era un Habsburgo, una familia de degenerados endogámicos, pero al fin y al cabo, con un gran peso en la historia de Europa. Su hermano Francisco José, ese personaje simpaticón de las películas soporíferas de Sisí Emperatriz, lo odiaba y no sabía como quitárselo de en medio. A otros personajes de corte, errantes y ávidos de fortuna, les ofrecieron el trono de México, pero vieron el avispero que era, y no lo aceptaron. Max sí, porque todo el mundo le prometió ayuda. Su propio hermano, con tal de no verlo más, le prometió la luna. Y él se vio como el salvador de una nación de tamaño y cultura infinitas. Él, Max, que fue a inculcar los valores de la vieja Europa, teñidos de 'elegancia' y lengua francesa, se enamoró de México.

Olvidó que cuando otros más poderosos han decidido por ti, tus ideas no cuentan y tienes dos opciones, retirarte a tiempo o morir, en sentido real o figurado. Max acabó acribillado en sentido real. Lo acribilló el imperialismo del viejo continente, el populismo rancio de Benito Juárez, su idealismo trasnochado y su falta de sentido de la realidad. Pero sobre todo lo aniquiló su transgresora mezcla de honor, romanticismo y tozudez que intentó implantar en México sin darse cuenta que lo que funcionaba a duras penas en Austria-Hungría, en su nueva patria, ni de lejos podría implantarse.

¿Cómo podía Francia - que había invadido México  - dejar que el Emperador sirviera a otros intereses que no fueran los suyos? Dejándolo tirado en a su suerte. Esa es la 'grandeur' de la que tanto presumen nuestro vecinos. 

Al leer el pasaje del asesinato de Max, me conmoví y de una forma inconsciente me vino a la cabeza la foto del torero muerto en la plaza. La foto de la ceguera ante la hipocresía. Todo fasto tiene su lado macabro, todo imperio tiene su lado despiadado. Pero olvidamos, siempre sin remedio, que debajo de las ambiciones de otros hay marionetas cuyas almas se escapan sigilosamente sin hacer casi ruido.

Leed 'Noticias del Imperio' de Fernando del Paso. No os dejará indiferentes.
M.


Felipe, Jerónimo y el racionalismo devorador...

Publicado en 'Guay del Paraguay'. 6/Julio.2016

Días intensos y colas inmensas para ver las pinturas de El Bosco en el Museo del Prado. He visto la exposición seis veces y he tomado cientos de notas, cogiendo ideas de aquí y de allá. Las releo y no me dicen mucho. La universalización del arte es lo que tiene, lugares comunes y pocas sorpresas. Además no me abandona la sensación de que el pintor escribió cientos cuadernos que se han perdido y que por ese motivo, gran parte de las claves de su extraordinaria imaginación, hay que descubrirlas por uno mismo.

Sobre el imaginario bosquiano existen cientos de estudios en español. Buenísimos y sesudos a más no poder. Es recomendable echar un vistazo a alguno de ellos para entender, no sólo al pintor, también la mentalidad de unos hombres que, lejos ya de la Edad Media, estaban inmersos en una Edad Moderna llena de claves para entender nuestro mundo. Una burguesía emergente como motor de los futuros modelos sociales, germen de la Reforma religiosa que configuraría el mapa y el poder de Europa y - por extensión - del Nuevo Mundo, ya encontrado, pero todavía por descubrir. Debemos mucho a esos hombres, lástima que jamás nos molestemos en estudiarlos con detenimiento y cariño.

Sorteo a las decenas de personas que se agolpan frente al 'Jardín de las Delicias', cuadro que he visto mil veces en el Museo, pero que imagino el resto de los seres humanos que se agolpan sin ver, no. Lo hago por una simple razón, quiero - si el bullicio me lo permite - intuir la razón por la cual Felipe II, el hombre más poderoso de la Tierra quiso morir mirando el cuadro. ¿Qué veía? ¿Qué sentía? ¿Qué pensaría si hubiese llegado a saber que 418 años después de su muerte, cientos de cabezas se agolparían buscando claves de forma desordenada e incompleta? Supongo que nada, porque es complicado imaginar como será el mundo siglos después de la época que a uno le toca vivir, más siendo alguien que concentraba un poder ilimitado prácticamente sobre todo el globo. Pues bien, esa persona todopoderosa, sólo encontraba sosiego mirando los cuadros de este pintor holandés.

Sé que esta idea puede parecer una anécdota para contar en una charla con amigos, pero el inconmensurable mundo del Jardín, lleno de monstruos fuera de escala y  de sexo explícito, atrae a personas de todo el mundo a Madrid, siendo - al menos para mí, que incluso me confieso admiradora incondicional de Velázquez - el cuadro más representativo del Prado. 




Para explicar tan inquietante hecho, Felipe muriendo y buscando claves ocultas en los paneles del tríptico, el Prado ha usado la ciencia. Justo enfrente del cuadro aparecen colgadas la radiografía y la reflectografía infrarroja hecha a la obra. Se trata de descubrir que está pintado sobre roble del Báltico, de 30 cms de grosor, que las tablas se ensamblan en espiga y se juntan a arista viva. Que el marco se construye desde el principio y es parte de la estructura de la obra, en el caso del Jardín, el marco original está perdido, de hecho se observan zonas donde estaba el marco que ahora carecen de pigmento pictórico. Que gracias a la dendrocronología, es decir el estudio de los anillos de crecimiento de la madera, podemos afirmar que el cuadro se pintó alrededor de 1474. Que previo a la ejecución final, en la que le ayudarían aprendices de su taller, el maestro pintaba con pincel gordo y en grisalla el boceto de sus ideas. Boceto que modificó varias veces.

Muy interesante, pero ¿qué veía Felipe II? Seguro que los trazos escondidos y descubiertos con rayos-X, no. Lamentablemente la ciencia nunca nos dará la clave, por más que intente buscarla. La ciencia nos aleja de la espiritualidad y del misterio en su soberbia por creer que puede explicarlo todo. Acabará con nuestros propios cimientos, poco a poco. Porque mientras nos rodeamos de progreso, nos alejamos de los hechos mágicos y conmovedores que ha cambiado para siempre nuestro universo.

M.



miércoles, 8 de junio de 2016

¡SOCORRO!

¡Señor! ¡Ten piedad de mi! 

Sé que para alcanzar otros goces, la vida tiene tormentos sin fin. Pero hay uno que es realmente 'sin fin', no acaba nunca. Es peor que el potro de la Inquisición, el castigo de la cabra o no dejarte dormir hasta que te vuelves loco.

Si, es el fútbol. Es terrible, horrible, nauseabundo, hediondo, asqueroso, cutre, embrutecedor, absurdo y sobre todo, hace que la gente diga las tonterías más sonrojantes que imaginarse pueda. Haciendo de los contertulios e invitados de 'Sálvame' un pozo de elegancia y cultura.



Ayer, por casualidad, me enteré que esta semana comienza la 'Eurocopa 2016'. Estaba tomando una cervecita justo al lado de Estadio Santiago Bernabeu, tranquila y sosegada, confiada en que semejante esperpento de cemento sólo me atormentaría con su existencia inanimada, cuando así de una forma casual, comienzo a escuchar una conversación sobre este particular. Me lancé a buscar en mi móvil la fecha de comienzo de tan nauseabundo evento, y se me cayó no sólo el teléfono, también la cerveza, cuando en la pantalla leí la fecha fatídica: 10 de Junio de 2016.

Hace dos años - coincidiendo con el comienzo del Mundial de Fútbol 2014 - publiqué una columna en Guay del Paraguay, y me pusieron a caldo. El mensaje era exactamente el mismo. Odio el fútbol, es execrable.

¡Vale! Este blog es un espacio de literatura y arte, o al menos lo concebí así, por lo que haré un resumen 'literario' del mes de mayo en lo que a eventos literiario-futbolísticos se refiere:

- Final de la liga. Tres equipos luchando a pecho descubierto por el título. Ríos de tinta sobre mercenarios a sueldo y sus altibajos profesionales en función de las primas que se les pagan. 
- Copa del Rey. ¿Pitarán al monarca? ¿Habrá que soportar la mala educación de algunos energúmenos y encima darles pábulo con la publicación de sus memeces en diarios deportivos, que por cierto venden más que cualquier otra revista o periódico? Yo como las avestruces, yendo al Prado, para poder convencerme, porque a veces lo dudo, de que fuimos una gran nación que cambió el rumbo de la historia. 
- ¡Atentos! Final de la Champions. Esto ya si que ha sido la repera. El espectáculo de la República Bananera en estado puro. Titular de prensa: 'Una ciudad como Madrid debe sentirse orgullosa de tener a dos equipos en la final'. Mmmmm. Mmmmm. Estoy mordiéndome el labio. ¿Orgullosos? ¿De dejar la ciudad hecha un asco? ¿De perder dinero y adrenalina en la 'nada'? ¿De transportar a decenas de políticos a la dichosa Final de Milán a cargo del erario público, sin que nadie eleve la voz ante semejante despropósito?

Necesito, de verdad, leer algo bonito y sublime. Alejarme de lo que no entiendo ni comparto. Por más que intentan explicármelo. Necesito que alguien me cuente un cuento, para poder sentirme orgullosa de entender y compartir cosas por las que verdaderamente merece la pena derrochar adrenalina. Con esto acabo. Con Rubén Darío. Como acto de protesta, como contraste entre lo irracional y el virtuosismo. Disfrutad de la Eurocopa.
M.


A Margarita Debayle

Margarita, está linda la mar
y el viento
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar;
tu acento:
Margarita, te voy a contar
un cuento:
Este era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha del día
y un rebaño de elefantes,
un kiosco de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita como tú.
Una tarde, la princesa
vio una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.
La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso, una perla,
una pluma, y una flor.
Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros, son así.
Pues se fue la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la blanca estrella
que la hacía suspirar.
Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;
más lo malo es que ella iba
sin permiso del papá.
Cuando estuvo ya de vuelta
de los parques del Señor,
se miraba toda envuelta
en un dulce resplandor.
Y el rey dijo: —«¿Qué te has hecho?
te he buscado y no te hallé;
y ¿qué tienes en el pecho
que encendido se te ve?».
La princesa no mentía,
Y así, dijo la verdad:
—«Fui a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad».
Y el rey clama: —«¿No te he dicho
que el azul no hay que tocar?.
¡Qué locura! ¡Qué capricho!...
El Señor se va a enojar».
Y ella dice: —«No hubo intento;
yo me fui no sé por qué.
Por las olas por el viento
fui a la estrella y la corté».
Y el papá dice enojado:
—«Un castigo has de tener:
vuelve al cielo y lo robado
vas ahora a devolver».
La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el Buen Jesús.
Y así dice: —«En mis campiñas
esa rosa le ofrecí;
son mis flores de las niñas
que al soñar piensan en mí».
Viste el rey ropas brillantes,
y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
a la orilla de la mar.
La princesita está bella,
pues ya tiene el prendedor
en que lucen, con la estrella,
verso, perla, pluma y flor.
Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar:
tu aliento.
Ya que lejos de mí vas a estar,
guarda, niña, un gentil pensamiento
al que un día te quiso contar
un cuento.

sábado, 4 de junio de 2016

Bienvenido a Madrid Jeroen van Aeken, El Bosco.

Bueno, por fin llegó el día... Y tenía que estar ahí. La más ambiciosa de las exposiciones de El Bosco cuando se cumplen 500 años de su muerte. 'La Exposición del Centenario' en el Museo del Prado de Madrid.

He soportado la mañana trabajando, venciendo la tentación de salir a correr e irme a la exposición. Mirando de vez en cuando la web para hacerme idea de lo que iba a ver, y ¡por fin! a las 16.00 horas del 31 de mayo de 2016 entraba en el Museo tras meses de espera y de visitas al 'Jardín de las Delicias'.

Ahí estaba yo junto a otros cientos de personas, para poder recordar dentro de un tiempo que fui de las primeras en disfrutar de un acontecimiento memorable. ¿Sueno exagerada? Puede, tengo tendencia a magnificar las cosas. Pero os aseguro que en este caso me quedo corta. La exposición es maravillosa, superlativa, una delicia para los sentidos. 



El deficiente (cada vez más) sistema educativo español, nos ha ocultado información valiosísima que resulta útil para contextualizar mil acontecimientos. El Prado es lo que es gracias a los Austrias y su amor por el arte. Ellos como nadie entendieron la esencia castellana, su austeridad sensible y su extraña forma de acercarse a las cosas mundanas. Nunca, que yo recuerde de mi época escolar, nos contaron que Felipe II era un enamorado de la Pintura Flamenca, que tenía agentes por toda Europa adquiriendo obras y que procuraba rodearse de belleza y vanguardia. Él es el culpable de que los mejores cuadros de El Bosco estén en España. Que los mejores pintores flamencos nos deleiten desde su reposo en El Prado.

Por ello era imprescindible que la exposición tuviera lugar en Madrid. Como homenaje también a esos reyes denostados, tildados de fanáticos y necios. Que nos enseñaron a amar el arte.

Digo esto porque El Bosco es fascinante y complejo. Nosotros, terrícolas del siglo XXI lo vemos gracioso, original e incluso infantil. Hemos visto de todo, y sin querer transportamos nuestra percepción de este tipo de pintura al cesto de lo digno de analizar desde nuestro cerebro programado para el cientifismo. Pero para Felipe II, era sólo un deleite para la vista, una inspiración y un desafío. Bien, creo haber llegado al meollo del asunto. El monarca en cuyo imperio no se ponía el sol, dio con la clave para entenderlo. Basta mirarlo y dejar volar la imaginación. Su sola contemplación impregna todo de criaturas mágicas.

¡Qué extraño es El Bosco! Sus criaturas llenas de simbolismo medieval, de carga moral y de minuciosidad en el trazo son únicas en la historia del arte. Y es sorprendente, porque no fue un pintor viajero ni cosmopolita. Tampoco visitó cortes extranjeras conociendo a sabios y eruditos, era simplemente un creador de galaxias propias. ¿Cómo es la frase? 'Hay otros mundos, pero están en este'.

Así que en mi afán de dar sentido a la obra de El Bosco me preguntaba cómo había llegado a dar forma al 'Jardín de las Delicias', por ejemplo, en el contexto flamenco del siglo XVI. Sin querer, en el metro, encontré una respuesta aceptable, no necesariamente válida. Bien, iba pensado en mis cosas cuando entraron en el vagón tres mujeres, horribles, horripilantes, indescriptibles. Eran amigas y pertenecían a una tribu urbana gótica, vestidas de negro, con unos sayos infames que -a la sazón - les sentaban fatal. Pero con un matiz sorprendente, irradiaban felicidad. Cada gesto, cada palabra transmitía alegría de vivir. A su lado, una chica guapísima a más no poder, lloraba desconsoladamente, no sé por qué.

¡Voilà! El mundo, el verdadero, el auténtico, está hecho de criaturas que creamos a nuestro alrededor, moldeamos nuestro entorno en función de nuestros sueños, nuestras esperanzas y nuestros miedos. Si conseguimos dar forma a algo tan sencillo, alcanzaremos - como le ocurrió a El Bosco - una parte del mundo vetado a los que se mueven siempre sin pensar y sin cuestionar lo ridículo.

Por ello os animo a que os paréis en cada una de las obras que muestra la exposición, para que os sintáis dominadores del mundo, como Felipe II. O por el contrario toméis ideas para construir vuestros propios sueños. Lo conseguiréis - sin duda - si prestáis atención. Debéis meceros por sus ondulantes formas, prestar atención a las criaturas que os saludan desde los lienzos. Sobre todo pensad que la felicidad está lejos de la perfección, y siempre hace guiños a las criaturas que no se avergüenzan de si mismas.

Por favor, id a ver los cuadros. Es una ocasión única para levitar.
M. 

lunes, 23 de mayo de 2016

Cien años de vida...

Publicado de 'Guay del Paraguay' el 26.Mayo.2016.

Casi no escribo sobre libros, y leo más que nunca. Lo tomaré como uno de los contrasentidos de la vida. Uno de tantos.


Otra de las tareas que no estoy gestionando bien es la de las notas. Tomo notas de todo en decenas de cuadernillos. Nombres de calles, personajes reales que aparecen en los libros, lugares, palacios, guerras y batallas, reflexiones, desesperaciones, eventos que no puedo olvidar… Escribir estos detalles con mi mejor caligrafía me produce un inmenso placer. Soy tan ilusa que hasta llego a convencerme de que tendré tiempo para investigar y meditar sobre estos particulares. Y eso es lo que acabo siendo, una ilusa. Porque tareas absurdas y sin sentido, tareas que queman mi vida sin ningún fin, ocupan la mayor parte de mi tiempo. Nadar y nadar, para morir en la orilla.



Umberto Eco dijo que quien lee tiene cien años más de vida, Fernando del Paso, del que hablaré ahora, hizo un maravilloso alegato al mundo de los sueños y la literatura al recibir el Premio Cervantes. Pero nos rodean seres sin alma, sin curiosidad por nada ni por nadie. Y acabamos, al mezclarnos con la 'sin-sustancia', por no tener cien años más de vida, sino una, corta y empobrecida por la ignorancia.

A veces lloro, lloro al leer cosas bonitas, porque me conmueve no poder convertir mis notas en palabras mágicas, en ideas brillantes que me hagan despertar de un extraño letargo. Medito sobre las palabras en castellano, sobre los sentimientos que me transmiten las obras escritas directamente en nuestra lengua. Medito sobre Ramón J. Sender y su libro 'Carolus Rex', su descripción de Carlos II, tan ajena a lo que nos habían contado. A los lugares comunes que nos hicieron repetir como a loros, sin visión estratégica, como si los castellanos fuésemos beodos gobernados por un subnormal. Sin un resquicio para el romanticismo, que no es nocivo, es sutil y lleno de magnanimidad.

Me veo a mi misma, rodeada de Madrid por todas partes, participando de las bravuconadas de un rey víctima de los delirios de otros, y a pesar de su fealdad endogámica y de su lejanía en el tiempo, siento una gran empatía hacia él. Leo que se negó a besar a su padre en su lecho de muerte, porque justo al lado, tan campante, estaba la momia de San Isidro, y claro, salió a correr. Ahora el santo está medio enfadado con él. ¡Qué disparate! Pero me conmuevo ante la candidez.

Y entonces, Fernando del Paso me da la clave...

(...) ¡Oh, maravilla! lloré en castellano: y es que desde hace 81 años y 22 días, cuando lloro, lloro en castellano; cuando me río, incluso a carcajadas, me río en castellano y cuando bostezo, toso y estornudo, bostezo, toso y estornudo en castellano. Eso no es todo: también hablo, leo y escribo en castellano (...)



(...) y me zambullí en la literatura de los clásicos castellanos: desde entonces estoy familiarizado con todos ellos: Tirso de Molina, Lope de Vega, Garcilaso, Góngora, el Arcipreste de Hita, Quevedo, Baltasar Gracián y varios otros. Fue allí también, en la casa de mi tío donde me enfrenté con Don Quijote en desigual y descomunal batalla: él, las más de las veces jinete en Rocinante o a horcajadas en Clavileño y yo, en miserable situación pedestre. No obstante mi Señor y Sancho Panza estaban ilustrados por Gustave Doré y eso me sirvió de báculo. Salí de su lectura muy enriquecido y muy contento de haber aprendido que la literatura y el humor podían hacer buenas migas. De esto colegí que también los discursos y el humor podían llevarse (...)
Retazos del Discurso Fernando del Paso. Alcalá de Henares 23.Abril.2016
Ceremonia de entrega del Premio Cervantes 2015


Escuchaba a José Saramago en una entrevista de hace años, claro. Y decía que El Quijote no había muerto. Había muerto Alonso Quijano. Porque los sueños no pueden morir. No me había dado cuenta hasta ese instante de algo tan sublime. Porque al despedirme de El Quijote olvidé que había gastado sólo una de sus vidas, pero que había otras que nos había legado en forma de sueños y de libros de caballería. Que había librado una desigual y descomunal batalla y que Él sí, había ganado.


M.






jueves, 12 de mayo de 2016

Las bostonianas y el Greco.

Señor, señor, cuántos estímulos últimamente y sin dejar constancia para la posteridad. Las palabras claves son, Las Bostonianas (de Henry James) y un Museo de Arte que recoge a los abstractos.

He dejado la última idea en el aire, ahí, como quien no quiere la cosa, colgando en vuestros pensamientos. ¿Qué será eso? Eso es – de nuevo – la voz del tontuno en estado puro. Del no saber nada y hacer alarde de ello para quedarse tan campante. Me veo en el deber moral de dejar escritos estos episodios porque, dentro de miles de años, cuando diseccionen nuestros restos y lean nuestros documentos escritos, pensarán que fuimos una civilización avanzada, que escribimos libros, llenamos los museos de cuadros etc., pero es mentira, y nuestros descendientes deben saber la puritita verdad. Somos más tontos que picio. ¿Serían así los egipcios? ¿Los romanos? ¿Los etruscos? Oler, sí, olerían mal porque entonces los perfumes y geles a nivel industrial no se fabricaban. Pero, ¿qué grado de desarrollo cerebral tendrían? La arqueología ha avanzado mucho pero no lo suficiente para saber con restos fósiles de masa cerebral la cantidad de estupidez que producían nuestros ancestros.

Me encontraba el otro día a las puertas del Museo Diocesano de Cuenca, cuando aparecieron tres personas, dos mujeres y un hombre, este último era - casualmente - el enteradillo. Ellas, al ver el cartel de reclamo del Museo, ‘Cristo con la cruz a cuestas’ de El Greco, preguntaron al sabiondo: '¿qué museo es este?' Y él, orondo y feliz dijo, 'es el Museo de Arte Abstracto'. ¡OJO! Que no era, está cerrado por reformas, para más detalles. Y El Greco es todo menos abstracto. Tal vez los haya inspirado, pero no cuadra con las vanguardias del siglo XX y menos con el concepto de arte que unió al Grupo el Paso.

Ellas, intentando exprimir ese inconmensurable saber, le replicaron: '¿qué contiene?' Y ya, aquí, la explosión, la culminación del desarrollo cerebral del Homo Sapiens... 'Este museo contiene a LOS ABSTRACTOS'. No mariposas disecadas, ni dinosaurios reconstruídos en cera y cartón, ni Impresionistas, ni Picassos, no, no, contiene algo etéreo, inconmensurable, LOS ABSTRACTOS.
Y continuaron andando, así, a paso ligero, para no profundizar en el tema. Con estas pinceladas, y puesto que los abstractos contienen toda la pintura abstracta, mayormente, habían dado en el clavo. Imagino que lo comentarían en el trabajo el lunes. No era para menos. Más sin haber pasado al museo, no hacía falta, ya sabían todo lo necesario para ir tirando.
Hay que reflexionar, este hecho tiene más trascendencia de lo que pueda parecer. Porque en España hay gente brillante, pero se diluye entre murmullos sin sentido y ruido sin consecuencias. Este es uno de nuestros principales males, otro la cultura anglosajona. Que ha dominado el mundo. Llega el momento de hablar de ‘Las Bostonianas’ y Henry James.
Hace un par de meses leí una crítica de Félix de Azua sobre Henry James. Me gusta Félix de Azua, lo que escribe, sus columnas en disitinas publicaciones, su lucidez mental, su inabarcable cultura. Leí su discurso de ingreso en la Real Academia Española, y me pareció sobrecogedor y lúcido. Ni puse en duda lo que decía de Henry James, me pareció la Biblia. Había leído ‘Retrato de una dama’ y ‘Otra vuelta de tuerca’, y lo que describía en su artículo iba bastante en la línea de mis percepciones. Así que decidí, en su honor, abordar la lectura de ‘Las Bostonianas’. Y entonces una espiral de vértigo me rodeó. El libro es un tostón. Su única valía es que está escrito en inglés y que aparentemente cuenta la historia de dos lesbianas en una época en la que este tema era tabú, colocando a James como un audaz y osado reivindicador de derechos absolutos. Esto vende mucho ahora. Pero es mojigato, absurdamente enrevesado en su redacción, previsible en todo y tan crítico con la debilidad de la mujer, cuyo único fin es - irremediablemente – acabar con un hombre, que resulta aburrido hasta morir. Tanto, que disuadí a una señora en La Casa del Libro para que no comprara la novela. Me consideré con el deber moral de incitarla a elegir otro libro.



Todo libro escrito en inglés es – por definición – digno de ser leído. James es digno de ser elevado a los altares, que duda cabe. Pero dotar a este libro de elementos que no tiene, obedece a esta manía persecutoria de dar por bueno todo lo que está escrito en esta lengua racional y pragmática. En España no hemos sabido jugar a esto tan bien como lo han hecho británicos y estadounidenses. Mal por nosotros. Aunque (ahora que lo pienso) no lo hemos hecho tan mal después de todo, con el enemigo dentro de la Península. Compatriotas que luchan por no saber español y hacen gala de sus faltas de ortografía. Ellos son, sin duda, candidatos a ver en el Greco un abstracto en toda regla.
M.

domingo, 24 de abril de 2016

Chagall y los Reyes Romanos que nunca existieron.

Publicado en 'Guay del Paraguay' el 19.Mayo.2016

Magnífica y recomendable exposición de Marc Chagall en la Fundación Canal, en Madrid. No son cuadros originales, la Fundación es modesta para poder acometer un gasto semejante, son litografías, grabados, serigrafías y bocetos. Un poco de cada tema y un poco de cada época de este inconmensurable e inclasificable pintor bielorruso.

Chagall, dada su extensa vida, participó de todas las vanguardias, pero realmente no perteneció a ninguna. Sus circunstancias fueron tan particulares que, de haberse significado por algún movimiento concreto, su obra se hubiera diluido en la nada, en la normalización de gustos que conduce a la mediocridad.

He observado que los genios (los verdaderos, no los que creen serlo) son humildes y receptivos. Críticos con todo lo que les rodea, pero dispuestos a aprender hasta de aquellas cosas en las que no creen. Y sobre todo, antes de decir una parida ingente, meditan con prudencia lo que van a soltar por la boca. 
Esto último me viene a la cabeza por una situación que presencié no hace mucho y me dio que pensar. Luego, en una extraña composición mental, lo asocié con la vida y obra de Chagall. Veréis, el viernes pasado, dando un paseo por la Plaza de Oriente de Madrid, me crucé con una familia justo donde están las esculturas de los Reyes Españoles. Uno de los niños preguntó quiénes eran los que allí se erguían, y su padre le dijo, ni corto ni perezoso que eran… ¡Atentos porque causa rubor! Unos Reyes Romanos. De Roma mismo, de los que salían en las películas. Analicemos la situación porque tiene más miga de lo que parece.
En primer lugar, nos importa un bledo decirle una parida a nuestros hijos, tenemos un móvil 4G, que nos proporciona todo tipo de información online, al que estamos enganchados todo el día, pero no lo usamos para comprobar algo que es tan fácil de buscar. Porque todo vale. No importa que sandez salga de nuestra boca.
Segundo, en Roma, no hubo Reyes. No se denominó así a ningún dirigente. ¿Conocéis algún Rey romano? Yo a ninguno. Conozco emperadores, gobernadores, cónsules… Pero ¿Reyes? Ni viendo películas de tercera categoría, con decorados de cartón piedra, puedes sacar tan errónea conclusión. El término REY, tal y como lo conocemos es muy posterior, de cuando se asentaron los invasores bárbaros.
Tercero, tengo que dejar de numerar, veo que esto llega al infinito. ¿Para qué narices iba a haber en la Plaza de Oriente un Rey Romano? ¿A cuento de qué? El eclecticismo absurdo de mezclar todo en función de las modas y de la falta de todo sustrato cultural aprovechable, hace que no nos sorprenda que pueda haber en este espacio algún individuo que no tuviera nada que ver con la historia de España. ¿Conocéis a alguien llamado don Pelayo o Ataúlfo que desde su Reino en Roma cambiara la historia de la Península Ibérica? Claramente ese día este individuo no fue a clase. Ataúlfo pase que no lo conozca, pero ¿don Pelayo? 
¿Cuánto dinero se ha gastado Hollywood en vestuario romano? Millones de dólares. Millones tirados a la basura. ¡Pobre gente! Tanto esfuerzo de documentación para nada. Porque incluso si nos fijamos bien en estos reyes españoles, no van vestidos de romanos. Parecerse al original, eso seguro que no, porque no sabemos cómo eran ni remotamente, pero facha de romanos, al menos lo que nos han contado desde Hollywood, y si hemos visto alguna estatua en algún museo por ahí, no tienen.

Ahora la gran pregunta. ¿Qué tiene que ver esto con Chagall? Absolutamente todo. Leía no hace mucho su libro autobiográfico, y meditaba sobre lo inconmensurable que resulta la vida de algunas personas. Quizás por azar. Vivir casi cien años, nacer judío jasísico en Bielorrusia, en en seno de una familia pobre pero digna y culta, sentir la impotencia de la destrucción en la Primera Guerra Mundial, la desilusión de la Revolución Bolchevique y el desvanecimiento de sus ideales ahogados en una espiral de terror, amen de todos las grandes hecatombes del siglo XX que siguieron, es algo que pocas personas han vivido. Y casi todas ellas han aprendido poco o nada, porque para aprender hay que sumergirse en la esencia de las cosas, tocar, vivir, sentir y no juzgar. 




Jamás osó ofender a nadie y si nutrirse de todo lo bueno que había en cada circunstancia, por adversa que fuera. Nosotros - todo llegará, tranquilos - no hemos asistido al hundimiento de nuestros ideales (ahora que lo pienso, ¿será porque no los tenemos?) al menos no en el sentido con el que concebían el mundo quienes iniciaron la Revolución Bolchevique. Jóvenes que creían en la refundación del Estado, un Estado igualitario y equitativo que sólo engendraría felicidad, esa, la tan anhelada durante siglos de absurda opresión por parte de los que eran elegidos por la providencia. Pero la nueva providencia resultó ser sanguinaria y desalentadora. Y Chagall tuvo que huir a 'mundos mejores', sin que por ello su discurso vital ni su obra se tiñera de pesimismo.



Conoció a Picasso en Francia y jamás le relató lo horrible que era el Comunismo una vez puesto en escena. No quería ofenderlo. Era mejor que viviera en su proselitista ignorancia. Y así hasta completar un mosaico vital lleno de curiosidad, esa curiosidad está reflejada sin un pero en esta muestra de su obra que hemos podido ver en Madrid. 



Las primeras salas son coloridas y espléndidas, su visión de la Biblia, simplemente soberbia y los grabados sobre el libro de Almas Muertas de Gogol, expuestos entre los arcos de lo que era un canal de conducción de aguas, entre silencios y sorpresas, es una experiencia que no se olvida fácilmente.



Estoy segura que Chagall, paseando por la Plaza de Oriente, no hubiese confundido a Pelayo con Octavio Augusto. Ni hubiese desdeñado el conocimiento, porque eso es parte de todo lo que encierra su obra.



Como judío, conocía el Antiguo Testamento, pero también el Nuevo. Desdeñar la figura de Jesucristo le parecía un crimen. Todo sumaba, porque la suma del saber no conduce a la desolación, esa que tantas veces vivió.



Siempre que tengáis ocasión, cuando vayáis al Thyssen, cuando viajéis a otras ciudades, no sé, siempre, pararos delante de una obra de Chagall y recordad todo esto. Y sobre todo:
No juzguéis y no seréis juzgados (Mateo 7:1). 

M.








domingo, 27 de marzo de 2016

Au revoir Ingres

Muy mal, muy mal. He ido al menos diez veces a ver la Exposición de Ingres en el Museo del Prado, y no he dedicado ni una sola línea a expresar mis impresiones. Sé que no interesan a nadie, pero bueno, al menos dejo algo para la posteridad, por si estos soportes sobreviven al paso del tiempo y a la hecatombe que está por venir. No quiero ser un cenizo, pero la cosa no pinta bien.

Vamos con este pintor. Lo digo ya, por si el terrícola del futuro quiere concluir el trámite rápido: La exposición es una delicia para los sentidos, una experiencia sobrecogedora y diversa. Un reflejo de la sociedad de su tiempo e inspiración para las primeras vanguardias del siglo XX. 

Poco más que añadir, pero para dar empaque a esta intervención, daré alguna pincelada más. 

Comenzaré con un consejo, cuando queráis disfrutar de una exposición como esta, debéis situar al pintor en la Historia. No hace falta leer un libro sesudo que detalle hasta sus más íntimos secretos, sus traumas de infancia y la correspondencia con sus amantes. Una breve noción es suficiente. (¡Ah! cero interés saber si era gay, esto está muy de moda, pero es irrelevante para este tipo de arte, en el que o eres un virtuoso del trazo, o tienes dos muñones por manos. Da igual tu condición sexual. En el siglo XXI sí es importante, porque del artista se analiza todo menos su obra, pero - repito - no aplica al XIX).



Jean-Auguste-Dominique Ingres fue un espíritu libre. De otra forma no hubiese podido sobrevivir a la época tan variopinta que le tocó vivir. Tened en cuenta que nació en 1790 y la Revolución Francesa había comenzado en 1789, con lo cual, en su adolescencia, experimentó en sus propias carnes las consecuencias de tan magnificado acontecimiento histórico. Digo magnificado porque - aunque importante - no fue la cosa para tanto. Pero los franceses venden humo con tal de mantenerse en el candelero. La Revolución Francesa fue un caos que no condujo a nada, o al menos no inspiró a la humanidad de una forma tan irreal como nos han contado. Tras años de terror revolucionario y un final mal resuelto, Napoleón hizo su aparición estelar en Europa con consecuencias - al menos para España - nefastas a más no poder. Por zanjar este tema, la verdadera Revolución del XIX fue la Industrial, iniciada en el Reino Unido. Y de la que España se descolgó por culpa de nuestro amiguete Napoleón, que tan estupendamente retrató Ingres.



Ingres, que no era el prototipo (al menos por lo que he leído) de idiota francés del XIX, pasó gran parte de su vida en Italia. Allí buscó la perfección en el retrato en un tira y afloja entre lo que le gustaba hacer, perfeccionar su trazo y tocar el violín, y lo que tenía que hacer para comer, pintar bajo encargo.

En su edad adulta volvió a París, pero ya nunca sería un pintor parisino propiamente dicho. Su obra estaba llena de influencias italianas, básicamente de Rafael. Al que intentó superar y - a mi juicio - sobrepasó. Su pincelada, su luminosidad y su virtuosismo son contundentes y seguros. Lejos del toque algo melifluo de Rafael.

Ingres me ha acompañado muchas tardes desde octubre. Ver el cartel de su exposición en el Museo del Prado se ha convertido en algo cotidiano y agradable. Una ventana a un mundo perdido y soñado al que siempre me gusta asomarme. 




Abomino del arte actual como instrumento de protesta. Es por eso que Ingres me gusta, me enternece. Creo que no somos conscientes de lo importante que es tener un Museo como el Prado en Madrid. Pocos museos del mundo podrían albergar una exposición así. Convertir el arte en basura, no es necesariamente transgresor y desde luego no es conmovedor. He olvidado casi todo lo que vi en ARCO, pero estas pinturas presumo que me acompañarán siempre.

Con Ingres me he asomado a un burdel con aire oriental y he contemplado a Juana de Arco en la Catedral de Reims con una cara limpia y pura. He caído en la cuenta que soy una inculta en lo que a mitología se refiere, al llegar a casa he tenido que investigar sobre 'Edipo y la Esfinge', o el 'Sueño de Ossian'





Pero sobre todo me ha acompañado tarde tras tarde en mis paseos y eso, al igual que sus retratos, formará parte de unas vivencias delicadas y candenciosas, que merecen una y mil reflexiones.

M.




domingo, 20 de marzo de 2016

La hora del planeta y otras mentiras infames e indignantes.

Un año más, queridos, hemos celebrado (por llamarlo de alguna manera) 'La hora del Planeta', entiendo que todo el mundo sabe lo que es, pero por si hay algún despistadillo hago un resumen rápido. El penúltimo sábado del mes de marzo, a eso de las nueve, se supone que apagamos las luces y nos alumbramos con una velita de IKEA. Con esta iniciativa, haremos crecer bosques, detendremos el cambio climático y este verano, cuando arrecie el calor, ya estaremos tan tan concienciados que no le daremos al aparato de aire acondicionado.

Un plan sin fisuras en el que trabajan varios miles de funcionarios de todo el mundo, justificando su sueldo a base de decir una memez tras otra. Esto es denominador común en toda iniciativa que emane de instituciones públicas nacionales o internacionales. Pero en el caso de 'La hora del Planeta' es de un hipocresía y necedad que abochorna a cualquiera que tenga dos dedos de frente. Por una simple y única razón, el crecimiento de nuestra economía, el alimento del engranaje de nuestro día a día se basa en un consumo sin freno. Si no compramos un determinado número de coches, un determinado número de tablets, de teléfonos móviles, de casas... Nuestro micro-cosmos se va al garete, pasaríamos hambre. 

Por todo ello, y como ilustración de esta sinrazón, detallo ahora mi jornada del viernes 18 de marzo de 2016. Y entonces habré cerrado el círculo de la hipocresía, mediante su descripción.

Todo lo que voy a contar a partir de este momento corresponde a la verdad y nada más que la verdad (tengo una Biblia en la mano alumbrada con una vela, para darle veracidad al testimonio).




Viernes, 8 am, llegada a mi centro de trabajo. ¡Sorpresa! Mi empresa se adhiere a la iniciativa de 'La hora del planeta', andan preocupadísimos al respecto, y para demostrarnos semejante desazón, nos regalan una vela de color y olor corporativo. Fabricada en China e importada por IKEA. Analicemos la situación con frialdad y mentalidad de empleado por cuenta ajena. (Antes de que me olvide, ¡puf! también teníamos un mail adoctrinante, pero describirlo alargaría mucho esto, y lo voy a obviar). No sé en vuestros trabajos, pero en el mío, no medra el más capaz, el más resolutivo y simpático. Medra el obediente, el beodo, el que echa horas sin motivo. Echar horas significa tener un enorme edificio, alimentado con energía eléctrica funcionando más horas de las necesarias. La primera asociación mental está clara, los poderes públicos destinan recursos para repartir velas, pero no para racionalizar los horarios, hecho que automáticamente reduciría el consumo energético.

Siguiente conclusión, la vela fabricada en China seguro que es producto de un trabajo precario, al que occidente hace la vista gorda, porque le viene muy bien para seguir manteniendo su mundo de fantasía y color intacto.

Al llegar a casa tuve que echarme la siesta (los viernes no es necesario paripé alguno y nos dejan salir a medio día) para descansar mentalmente de tanta idiotez. Pero claro, había empezado el día mal, en lo que a hipocresía se refiere, no podía acabar mejor.

Merced a mis contactos en el mundo del arte, fui invitada a un evento en el Palacio de Comunicaciones de Madrid, sede del Ayuntamiento regentado por la señora Carmena. Que exhibe en su fachada principal un pancartón que reza 'Refugees Welcome'.

Bien, el evento no era ni más ni menos que la presentación del nuevo Maserati Levante en España. Por ponernos en situación, este coche vale 200.000,00 euros. El evento exhibía tal despliegue de medios y de famosos a sueldo que, viendo eso, imagino el pastón que habrá cobrado el Ayuntamiento y que, ya os lo adelanto, no ha destinado ni a los refugiados que son bienvenidos, ni a los pobres a los que Carmena dio de comer en Navidad. Un no parar, una hipocresía tras otra.

Pues ahí estaba yo, vestida de 'Cocktail Attire', tal y como pedían en la invitación, deambulando por el evento, bebiendo espumoso rosado a falta de otra ocupación mejor y viendo a las famosas en el photocall poniendo cara de merluzas mientras posaban con niños con problemas, traídos al evento como parte del decorado. Alucinante. Os invito a leer el blog de Raquel Sánchez Silva, primero nos cuenta la ropa que ha escogido, que lleva unos 'manolos', que el coche es muy bonito y que se ha hecho unas fotos con unos niños llenos de fuerza. ¡Señor! para darle de bofetadas. Esta es otra que se cree solidaria. ¡Qué Dios me dé paciencia para aguantar eso! Menos mal que tengo la Biblia y la vela al lado. La corriente no la puedo cortar porque no me funcionaría el ordenador.

Bien, ruido atronador (comida de momento nada, unos colines resecos) vídeo con imágenes de coches Maserati por desiertos, selvas, ciudades... Hombres guapísimos que conducen y chan chan chan, Nieves Álvarez medio desnuda que aparece en el escenario. ¡Tachún! ¡Gran momento! Porque resulta que ella también es solidaria y está preocupada por el planeta. Ya me quiero desmayar, lo achaco a la ingesta de espumoso y al daño que me hacen los zapatos, porque ya no es mareo, es vértigo lo que tengo. La responsable de Marketing de la firma comenta con voz gangosa que en realidad lo de vender coches, no les interesa, lo que les gusta son las causas solidarias, es decir, viajar con niños retrasados como si fueran monos para exhibirlos en eventos de este catadura, tocar la fibra sensible de los potenciales clientes y endosarles un coche que cuesta tanto como una casa. Estoy por subir al escenario y contar lo de las velas que nos han dado en mi centro de trabajo, por si quiere soltar una parida más y completar el círculo.

(No diré que estos coches consumen gasolina de forma desmedida y que con lo que vale una rueda, comerían varias familias durante un mes)

Me paso a la cerveza, porque claro, yo creo que espumoso tiene efectos alucinógenos, pero cuando tengo la cerveza fresquita en la mano, me entero que el cocktail lo sirve Samantha Vallejo-Nájera. Yuhuuu, y para colmo, no es un cocktail cualquiera, es un cocktail dinatoire. Buscando la definición en internet, son unos canapés que sustituyen a la cena. ¡Ojo! que los colines resecos también forman parte del dinatoire este. 

Y para ambientar la ingesta de estas delicias, la música ambiente corre a cargo de una tal Brianda Fizt-James. Una lela que hace como que pincha discos, poniendo cara interesantona mientras ladea su cabeza con unos cascos puestos. No pincha nada porque la lista de reproducción es del Spotify, y le da al play tranquilamente mientras ella cobra una pasta por ser quien es, la nieta de la difunta Duquesa de Alba. En este caso, como está con la música y no habla, no sé si está preocupada por el medio ambiente o qué causa solidaria le quita el sueño. Alguna habrá, claro.

Total, que colocada en un sitio estratégico y cervecilla en mano, me dispongo a comer algo preparado por la famosa cocinera Samantha, vestida impecablemente para la ocasión. Las delicias las ha debido preparar antes de vestirse, claro, porque la camisa y los pantalones que luce son de limpieza en seco seguro. 

Salen las primeras y únicas bandejas, unas croquetas congeladas y un risotto que no hay alma humana que lo ingiera porque está pasado y salado. ¡Lo mismo si que ha preparado el cocktail dinatoire vestida con el traje de limpieza en seco! Ajá, ahí está la explicación, claro. Por eso la siguiente bandeja de ensalada (entiéndase como tal, una hoja de lechuga en un recipiente de diseño sin condimento alguno) no sabe a nada, no ha querido echarle aceite de oliva por si se le manchaba la camisa.

Aquí no me extiendo más por falta de elementos que analizar. Bueno, me consuela pensar que el sobreprecio que ha pagado Maserati por tan exiguo ágape, Samantha lo ha dedicado a alguna causa benéfica. O no ha cobrado, claro, porque forma parte de un grupo mundial de altruistas, compuesto por hipócritas, mentirosos y personajes que nos toman por idiotas.

Esto no puede acabar bien.
M.