sábado, 23 de mayo de 2020

'Clarissa' y las secuelas de lo insólito.

Esta semana he comenzado a trabajar presencialmente. Tengo la impresión que - por muchos vaivenes que haya, muchas crisis, muchos ajustes... Tiramos del carro siempre los mismos. 

Estoy completamente segura. Hay algo pérfido en todo el montaje social que lleva a exprimir siempre a las mismas víctimas. Las víctimas de esta pandemia son los fallecidos, y a un nivel menos dramático, los que se han dejado la piel trabajando en cientos de tareas imprescindibles para que la Tierra siguiese dando vueltas sin parar. Estos últimos nunca serán reconocidos, se da por hecho que su misión es esta, son una especie de esclavos silenciosos. 

A mi este papel de esclava silenciosa no me disgusta, prefiero ser útil y mantener la mente activa. Esto no significa que mi trabajo me guste, pero soy una firme defensora de la vida activa y no-parasitaria, es una forma de sentirme parte de la historia y de la realidad tangible de los acontecimientos. Cuando voy a trabajar, hablo con todo tipo de gente, cada uno con su ideología y circunstancia vital. Escuchar se convierte en una especie de ejercicio de indulgencia, intento comprender y justificar lo que piensan y viven los que me rodean (no siempre lo consigo), y todos sin excepción adolecemos del mismo defecto, de la misma tara congénita, pensamos que los terremotos que sacuden irremediablemente la historia de la humanidad son y serán ajenos a nosotros. De ahí que  - cuando se interrumpe el curso normal de la rutina - no sepamos como reaccionar y nos dejemos dominar como corderitos. Estamos indefensos ante la adversidad.

Y esa adversidad, esa catástrofe, una vez pasa, nos deja más secuelas de las que advertimos a simple vista. Este hecho incontestable fue escudriñado y descrito con maestría en casi todas las novelas de uno de mis escritores favoritos, Stefan Zweig (1881-1942). Tanto le preocupó el hecho de lo absurdo de la existencia humana y las catástrofes que provoca, que acabó suicidándose en Brasil junto a su mujer. No veía esperanza alguna en el futuro de Europa y, con los ojos puestos en los acontecimientos de 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, seguro de que el nazismo se expandiría por todo el viejo continente, consideró que era mejor bajar el telón.

Antes de este desgraciado final, dejó escritas obras maestras, os las recomiendo todas sin excepción, en esta ocasión sólo hablaré de Clarissa. Escrita al final de la vida de Zweig, desprende una madurez psicológica envidiable. El marco histórico - reconozco que este tema me chifla - es la caída del Imperio Austrohúngaro y la Primera Guerra Mundial. No hay nada en la historia contemporánea más importante que este conflicto, barrió un mundo legendario y dio paso a otro mucho menos novelesco y prosaico. 



Explico primero por qué me gusta sobre el Imperio Austrohúngaro. No hay que reírse, pero cuando era pequeña me encantaban las películas de 'Sissi Emperatriz', en mi imaginario infantil, y no tan infantil, sólo existía una guapísima Romy Schneider interpretando a Isabel de Baviera como una naif e inocente jovencita, ciega de amor por el emperador Francisco José, que la adoraba y miraba arrobado mientras paseaban por las montañas alpinas de Baviera. El inicio de su historia de amor, tan romántica, con esos vestidos largos tan vistosos, de baile en baile, con ese pelo largo y abundante, peinado con esmero. Una vida regalada y apacible, prototipo de los cuentos de princesitas que ven su reflejo en la vida real. 

Nada más lejos de la realidad, el matrimonio fue muy desgraciado. Él no era ni similar al personaje retratado en las películas. Atrapado por las redes del poder absoluto desde muy joven, abrumado por los problemas de un imperio extenso, con decenas de nacionalidades discordantes y una estrecha mentalidad castrense atrapada en el pasado, chocó desde el principio con una mujer (Sissi) llena de vitalidad, con las ideas de una joven criada en libertad en las montañas de los Alpes. Sissi se casó con el emperador a los dieciséis años, si conocer más realidad que la vida alocada de la libertad infantil.

A estas personalidades discordantes que provocaban tensiones sin fin en su vida en común, hay que unir la muerte de dos de los hijos que tuvo el matrimonio. Una niña, Sofía, víctima de unas fiebres a los dos años de edad, y un varón, Rodolfo, el heredero al trono, que se suicidó con su amante en un pabellón de caza. Un tarado e inestable muchacho, víctima de la educación militar estricta y anacrónica a la que se vio sometido. 

Este cuento de hadas hecho trizas, pero maquillado con habilidad en las ya mencionadas películas, debería haberse quedado en eso, en otra historia más de príncipes y princesas con miles de trapos sucios bajo la alfombra, pero con una imagen de armonía de cara a sus súbditos. Pero tuvo nefastas consecuencias para todos lo que hoy, más de cien años después, habitamos Europa. Su ambición y su cortedad de miras, unida a los planes esquizoides de su colega el Kaiser del Imperio Alemán y último rey de Prusia, Guillermo II, nos embarcaron en una guerra que dejó millones de muertos y nos puso en la senda de un mundo ausente de vestidos largos y princesas con la cabeza llena de sueños.

En una de las ocasiones en las que Guillermo II comentó el avance de la Primera Guerra Mundial, y su alianza con Austria-Hungría, dijo: 'tengo la sensación de que nos hemos desposado con un cadáver'. Esa era la realidad del imperio que gobernaba Francisco José, un cadáver con el que nos casamos - sin saberlo - todos nosotros. El emperador murió en 1916, dos años antes de afrontar las consecuencias de su ceguera.


Cementerio de Verdún (Francia)

Yo me aferré a la fantasía de las películas de Sissi, y creo que Zweig también lo hizo a su manera. Porque al hilo de la cohesión que suponía el Imperio en el corazón de Europa, y las ventajas que de ésta obtenían las personas que ocupaban profesiones liberales y viajaban por el continente (algo parecido sucede ahora con la Unión Europea), creó un imaginario propio que describe perfectamente la desesperación que atenaza a los hombres y mujeres que solamente quieren mirar hacia el frente y construir unos sólidos cimientos basados en la cultura, que - como siempre digo - suma, no resta. Para minar esos cimientos hay enemigos internos (los más peligrosos) y externos (los que pintan una imagen que prevalece en el tiempo, porque sus ataques sólo pueden provenir de la prensa y la propaganda). Al perder al guerra, Austria comenzó a ser víctima de una leyenda negra escrita sobre todo por Francia. 

No dudo, es más, estoy segura, que Francisco José era idiota y actuó con una ceguera ridícula y anacrónica ante las demandas nacionalistas de su basto imperio, que comprendía territorios tan dispares como lo que ahora es Ucrania, Rumanía, Eslovenia, la República Checa, Italia..., pero mantenía una unidad lingüística y cultural muy prometedora. Da igual lo que pudo haber sido, porque de todo aquello no queda nada.

Lejos de las grandes decisiones que nos acaban afectando a todos, hay vidas de seres humanos normales y corrientes, a los que hay que escuchar, porque sus actos son la consecuencia del poso de su educación, de sus desgracias y de sus alegrías. Este es el denominador común de los libros de Stefan Zweig, el estudio y análisis de unos personajes que se ven arrastrados sin remedio por el peso de los acontecimientos.

Clarissa es huérfana de madre, su padre, un militar celoso del cumplimiento de su deber hasta límites asfisiantes, marca su niñez por su desapego y su disciplina. A su hermano no le afecta tanto, pero ella pasa los mejores años de su vida en un internado para señoritas, con visitas periódicas de su progenitor para pasar revista de sus progresos académicos, en estas visitas no hay ni un atisbo de ternura. 

Con el tiempo Clarissa se convierte en una muchacha reflexiva y cumplidora de su deber, algo que capta la atención de uno de sus profesores universitarios, un psiquiatra enemigo de Freud, usado como gancho para expresar el desacuerdo del propio Zweig con las teorías Freudianas y su obsesión por conocer el origen de todo comportamiento humano en su subconsciente. Para el profesor, lo mejor es huir de la realidad y el origen del desorden mental, y distraer nuestra mente con actividades que nada tengan que ver con aquello que nos oprime. Yo estoy de acuerdo.

Justo en junio de 1914, Clarissa viaja a Suiza para asistir a un congreso de psiquiatría, sustituyendo a su querido mentor. Allí traba amistad con un profesor francés, de ideas comunistas, con el que acabará manteniendo una intensa relación, mientras el mundo se precipita, tras el asesinato del Archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, hacia la Gran Guerra.

Ellos creen que pueden vivir haciendo oídos sordos a los odios y las amenazas de los que buscan desesperadamente entrar en conflicto desde hace años, pero finalmente deben separarse, no sólo ha comenzado la guerra, además ésta les ha separado de forma cruel, Francia y Austria-Hungría son enemigos en el campo de batalla.

Ella está embarazada y su hermano muere nada más comenzar la contienda. Presa de la incertidumbre, acude a su amigo el profesor, que le aconseja seguir adelante. Y sigue... Pero la guerra, la que iba a durar como mucho hasta navidad de 1914-15, se prolonga, y la persona que saldrá de ella, será el producto de un pragmatismo desolador, hasta el punto de obligarse a olvidar lo que le es más querido. Esa es la consecuencia de la sinrazón, el olvido y la renuncia a la lucha. Los ignorantes siguen enarbolando la bandera de la verdad, Clarissa renuncia y calla. 

Aunque no lo parezca, existen muchas similitudes con nuestra situación actual. Un encierro incompresible ya, que mueve a situaciones ridículas, los líderes llaman a sus adeptos, que se movilizan sin pensar por ellos mismos, arrastrando a los que renuncian a la lucha al ver lo inútil de la misma.

Envidio la forma de escribir de Stefan Zweig, envidio su forma de describir su realidad perdida, y envidio a esas personas que denuncian de forma sutil todo el simbolismo de lo absurdo.

Leed mucho.
M.

domingo, 10 de mayo de 2020

Historias que se repiten invariablemente.

Hace dos meses nos encerraron para protegernos de una terrible pandemia que - por lo que parecía - iba a acabar con los seres humanos. Los del primer mundo, claro, los otros no importan. Todas las enfermedades más o menos letales que afectan a los países donde los humanos malviven en cabañas y se tapan sus vergüenzas con un trapo, carecen de relevancia. 

Hace dos meses las mujeres, como cada año, nos manifestamos para dejar constancia de la perfidia masculina. Ahora, encerradas con nuestros maltratadores, y sin posibilidad de escapar ni de denunciar, aguantamos los palos con estoicismo porque hemos dejado de ser noticia para quienes tienen otros objetivos más elevados. 

Tengo la impresión de que, en nuestras sociedades, los muertos y las desgracias son la principal fuente de manipulación carroñera y mediocre de los gobernantes, y de los que les hacen el juego sucio, los periodistas. Que además de no saber informar ni escribir, se prestan a la grandilocuencia vacía.

Os animo a que profundicéis sobre cualquier noticia (la que tenga una mayor cobertura en el momento de vuestro estudio) observaréis que, cuanto más leéis, menos sabéis lo que está pasando, por el uso de la técnica del refrito impulsivo y sin criterio. Un periodista puede decir alegremente que ayer murieron 300 personas y que la cifra acumulada mensual son 200. Porque así cumple dos objetivos, rellena el hueco y segundo crea una confusión absurda que abona futuros discursos políticos más embrollados aun.

Esto no es un mal de España, es un mal de todo el primer mundo. No veáis, ni leáis, ni escuchéis noticias. Los ermitaños de hace dos mil años vivían en cuevas comiendo cardos y - por lo que parece - fueron bastante longevos y felices. Eso sí, a ser posible en la cueva hay que tener una lavadora, un ordenador e internet de alta velocidad. Así creo que se puede vivir todavía más. Podemos llegar con este método de aislamiento instructivo a vivir doscientos años sin problema.

Ayer - como parte de la rutina de aislamiento - dediqué un par de horas a ver documentales en televisión, las películas me aburren un poco, sobre todo las modernas. Buscando, encontré una serie de cuatro episodios de 'National Geographic' sobre la dinastía Kim en Corea del Norte y sus métodos para perpetuarse en el poder. Nada que no sepamos, pero aderezado esta vez con imágenes y testimonios inéditos sobre episodios mitad ridículos, mitad brutales, ideados por unos dementes que tienen atemorizada a la población.


Foto: David Guttenfelder 
© National Geographic


Hay episodios en la historia de Corea del Norte, después de 1953, fin de la Guerra con sus hermanos del Sur, que más parecen pertenecer a un guion de película gore con tintes patéticos, que a la vida real. Con un denominador común inquietante y una reflexión aterradora. La maldad se instala en las mentes de estos locos de tal forma que - llegado un momento - no creo que diferencien entre el bien y el mal. La reflexión aterradora es que desde hace 67 años nos limitamos a producir documentales para 'reírnos' de este patetismo, lo que no deja de ser aterrador en sí mismo. Hemos convertido el sufrimiento humano en algo hilarante. ¡Qué risa dios mío cuando vemos a esos hombres y mujeres saludar al líder con ojos llorosos de la emoción, mientras el tirano mira de reojo regodeándose en su perfidia! Es ni más ni menos que DIOS, tiene el mandato del cielo, la legitimación de la historia con su doble rasero para juzgar los crímenes en función de quién los cometa.

Hay otro momento en el que una terrorista 'arrepentida' - todos se arrepienten, es increíble como entienden el camino de la virtud cuando ven que pueden acabar liquidados ellos también - cuenta cómo en 1987, cuando tenía 19 años, hizo volar un avión de Korean Air Lines. El aparato había despegado en Abu Dhabi y se desintegró sobre el mar de Andamán. Más de cien personas murieron. Ella intentó suicidarse, tomando cianuro, sin éxito. Tenía la certeza de que estaba haciendo lo correcto, el fin último era ensalzar a su dios. Y ese dios había conseguido arruinarle la vida a los 19 años mediante un método que jamás falla, el terror abonado con adoctrinamiento. Ese método funciona en Corea del Norte hace más de sesenta años.

Al hilo de esto, reflexiono en tres direcciones, la ya mencionada Corea del Norte, el Coronavirus y - cómo no - un libro, 'Creación', de Gore Vidal, una de las novelas que me ha acompañado en estos días de encierro.

'Creación' es la historia de Ciro Espitama, un persa de madre griega que vive en un momento crucial de la historia de la humanidad (siglo V aC), cuando habitan en la tierra al mismo tiempo, Buda, Confucio, Zoroastro - éste muy traído por los pelos - y Lao Tse. Digo lo de Zoroastro, porque vivió muchos siglos antes, pero Gore Vidal lo coloca en esta época para dar forma a su novela y dotar a su protagonista de un toque 'celestial', Ciro Espitama es nieto de Zoroastro.

Lo más novedoso de la trama es que todo está contado desde un punto de vista persa, ensalzando la vida de los persas en detrimento de los griegos, que son - en el libro - sucios, mentirosos, traidores y faltos de principios de todo tipo. Siempre se nos ha contado lo contrario. Grecia es y ha sido para nosotros el espejo donde mirarnos. Los griegos inventaron la democracia, la filosofía, construyeron un ideario de aventuras mitológicas en Troya, y Ulises se convirtió en el prototipo de hombre íntegro en todos los sentidos, no había peligro que no pudiera sortear, su odisea fue una mezcla de fantasía y lección de superación-aprendizaje, como no ha habido otra en la historia de la literatura.

Si leéis este libro, vuestro punto de vista cambiará. No hay griego que salga bien parado en la novela. Todos palidecen ante el más grande de los gobernantes persas, Darío I el Grande. Tal vez lo que plantea Gore Vidal esté más cerca de la verdad que nuestra greco-visión de la historia, no lo sé, no tengo los conocimientos suficientes de historia persa para valorarlo. Eso sí, como tributo propio a la audacia del planteamiento de Gore Vidal, admito que Persia era más avanzada que Grecia en el siglo V a.C.

La descripción de la democracia griega es desoladora, por el paralelismo con las nuestras del siglo XXI. En realidad, y muy simplificadamente, sólo servían para que unos ambiciosos, traidores y sinvergüenzas ocuparan el poder con las tramas y alianzas más sofisticadas. En aquella época es entendible, excepto pegar mamporros en guerras sin fin, y estar sentado viendo el horizonte, poco más había que hacer (si pertenecías a la nobleza, claro, si eras pobre o esclavo, tenías que trabajar hasta reventar). Los cambios de gobierno eran muy sangrientos, toda la familia del perdedor se liquidaba, para evitar problemas futuros, y se purgaba debidamente a sus adeptos (o sospechosos de serlo). Esto se ha hecho hasta bien entrado el siglo XX, véase la Unión Soviética y la civilizada Alemania de Hitler, que fue elegido democráticamente por el pueblo. Bien es verdad que en el siglo pasado, no había tantas víctimas de una vez, para algo debía servir la Declaración de los Derechos Humanos y el progreso.

Otro tema muy bien descrito en el libro es la situación de la mujer, no pintaba nada. Es más, las mujeres orientales, es decir, persas, indias y chinas vivían recluidas toda su vida en un harén, sin posibilidad de salir e inventando intrigas letales rodeadas de sus eunucos. Aquí tengo que incluir una reflexión personal, en nuestras sociedades actuales, en las que buscamos lo rompedor, 'lo moderno', muchas mujeres abrazan religiones y filosofías orientales como algo trasgresor, me divierte su candidez, ya en el siglo V a.C., en lo que ahora conocemos como Europa, la mujer - pintando poco o nada - tenía una vida normal, podía salir a la calle y ver la luz del sol. Para Buda y Confucio, la mujer ni tan siquiera existía. Gore Vidal lo plasma claramente usando los diálogos del protagonista con estos insignes personajes.

Esta idea de la mujer, enraizada en las sociedades orientales durante siglos, explica la situación desigual de nuestro estatus en el mundo. Sin ir más lejos Japón, una sociedad desarrollada y libre, no permite constitucionalmente que una mujer sea emperador. Sorprendentemente, en países de religión musulmana (como Pakistán) una mujer ha regido el destino de su pueblo. Y en España, Reino Unido y  Francia ha habido reinas desde hace siglos.

De todos los personajes que nos presenta en la novela, Gore Vidal desliza sus preferencias sutilmente. Zoroastro es una especie de espejo de las ideas cristianas, un dios simbolizado con el fuego, que lucha contra el mal, en un mundo de constante lucha entre estos dos opuestos, lo bueno y lo malo. El nieto del profeta Zoroastro, Ciro de Espitama, ve difícil - llegado un punto - entender el concepto de 'Creación'. Si hay un Dios que lo crea todo, ¿quién lo ha creado a él? Ahí deja la pregunta, flotando.

Cuando él plantea esta y otras reflexiones a Confucio y a Buda, la respuesta es clara, carecen de interés a este respecto, su imaginario del mundo es tan opuesto, que ni se molestan en dilucidar ni tratar de comprender nada. Confucio - más educado y el preferido de Gore Vidal - es más refinado y respetuoso en sus respuestas, Buda y sus seguidores son - literalmente - mezquinos y faltos de empatía. Existe un abismo entre oriente y occidente, aun hoy. 

El concepto del tiempo, lineal para nosotros, circular en oriente, es algo recurrente en las páginas del libro. Para Buda desprenderse de todo sentimiento y posesión en las diversas reencarnaciones, practicar el Noble Camino Óctuple -que no es sino un código de buena conducta, con raíces en el hinduismo - es la guía para llegar al Nirvana, cuando ya dejas de circular en un universo de reencarnaciones, dejas de estar, dejas de sufrir, te conviertes en un buda tú mismo.

Para Confucio - repito, el favorito de Vidal - el tiempo circular se rige por el Mandato del Cielo, que deja bien claro lo que hay que hacer, otro código de conducta en el más amplio sentido de la palabra. Tenemos que estar en armonía con el cosmos, rendir culto a nuestros antepasados y seguir un rígido esquema social en el que cada uno debe hacer lo que el cielo cree que está bien, los gobernantes, en la cúspide de la rígida pirámide confuciana, deber ser justos y sabios:

Condenar a muerte a un hombre sin enseñarle lo que es justo. Eso es salvajismo. En segundo lugar, esperar que una tarea esté concluida en cierta fecha sin advertir al obrero. Eso es opresión. En tercer lugar, dar órdenes imprecisas cuando se quiere un cumplimiento perfecto. Eso es atormentar. Finalmente, dar a alguien de mala gana lo que se le debe. Eso es odioso y mezquino.
Creación. Gore Vidal.
© 1981, Edhasa
Colección Narrativas históricas
(e-book Pág. 8782)


Ciro de Espitama, como nieto de Zoroastro y heredero de la tradición de dioses arios (nosotros también), no puede dejar de preguntar a Confucio qué opina de la idea de un creador universal, y por lo tanto cuestiona qué es el Cielo, dónde está, y de qué manera es patente y nos influye, esta es la respuesta del sabio:

Si uno elimina a un creador de todas las cosas, será una excelente solución reemplazar a ese creador por una idea muy clara de lo que es la bondad a escala humana.

Creación. Gore Vidal.
© 1981, Edhasa
Colección Narrativas históricas
(e-book Pág. 9235)

Bien, ¿quién ha eliminado al creador y se ha coronado como la encarnación de todas las virtudes? Está claro, Kim Jon-un, el dictador de Corea del Norte, al igual que hicieron su padre y su abuelo. Es un truco muy viejo, apoderarse de principios religiosos - inherentes en todo ser humano - para hacer trapazadas varias. La dictadura de Corea de Norte está sustentada de una forma sutil en los principios del confucianismo y también los de otras religiones orientales.  

No hay que reírse de ellos, aquí también sucede. Las grandilocuentes frases sobre el bien y el mal de nuestros gobernantes son un 'copia-pega' de lo que Jesús les contaba a las masas que le seguían hace dos mil años. 

Por lo que no debemos juzgar con severidad lo que vemos en otros países, de una forma mucho menos letal, nosotros también somos víctimas de la manipulación más chapucera y vil.

Ciro de Espitama, como reflexión final, encarna a esa masa de ciudadanos reflexivos y críticos que no pintan nada en ningún sistema de gobierno. Tenemos a los gobernantes en la pirámide. En un estadio inferior se sitúan los que expanden su propaganda, los periodistas. Por último hay una gran masa de hombres y mujeres, cuyos destinos, opinión y conocimientos, no cuentan. Si además son pobres, cuentan aun menos.

Todo está inventado.
Leed mucho.
M.

domingo, 12 de abril de 2020

El encierro y las reflexiones que me vienen a la cabeza...

Confinada en casa desde hace un mes, amenazada por un virus letal que pulula por el aire, el suelo y las superficies duras. Me dedico a leer y a pensar. También veo la televisión y hasta tonifico mis músculos siguiendo los consejos de una web. Intento no pensar en el tiempo que tendré que estar encerrada, en casa, oyendo el silencio de una ciudad vacía. Alguna vez teníamos que someternos a una realidad extrema, nosotros, nietos de guerras y epidemias. Pensábamos que jamás nos iba a tocar.

Por si alguien no se ha dado cuenta, esta 'pandemia' no es ni más ni menos que el triunfo de las fuerzas terrestres contra la soberbia científica. En el año 2020, el desprecio a todo aquello que la ciencia no puede explicar ha alcanzado límites insospechados. Históricamente ha habido guerras, epidemias y grandes catástrofes naturales. Somos lo que la Tierra y el Universo quieran darnos, no al contrario.

El hombre - más débil de lo que presume - se enfrenta a pecho descubierto, despojado de toda dimensión espiritual, a lo que la Tierra y el hostil Universo quieran enviarle. Estamos paralizados, porque sólo esperamos la respuesta en forma de pastilla, de inyección o de rayo láser. Dejamos de ser nosotros mismos hace mucho tiempo.

Al dejar de ser nosotros mismos, lo mejor es - como no me canso de repetir - sumergirse en el mundo de los sueños y leer sin parar.



Felicísimos y venturosos fueron los tiempos donde se echó al mundo al audacísimo caballero don Quijote de la Mancha, pues por haber tenido tan honrosa determinación como fue el querer resucitar y volver al mundo la ya perdida y casi muerta orden de la andante caballería gozamos ahora en esta nuestra edad, necesitada de alegres entretenimientos, no sólo de la dulzura de su verdadera historia, sino de los cuentos y episodios de ella, que en parte no son menos agradables y artificiosos y verdaderos que la misma historia; (...)


Don Quijote de la Mancha.
Miguel de Cervantes.
Edición de Francisco Rico (Editorial Alfaguara - 2015)
Cap. XXVIII - Pág. 274.

Sí, estoy releyendo el Quijote, porque necesito vivir en los sueños de otro, los del simpar Caballero de la Triste Figura. Los nuestros, los míos, los de mucha gente que está secuestrada y encerrada con siete llaves. Hace mucho tiempo que nos convencieron que soñar es propio de débiles, pero - además - disfrazaron nuestro entorno de tal modo, que tampoco se nos permite conocer la realidad. En eso, estamos bastante peor que Alonso Quijano. Al menos en su caso, todos aquellos que querían apartarlo la caballería andante, perseguían mostrarle el mundo tal cual era.





Con estas premisas, tratar de vivir en una ínsula, buscando como desfacer entuertos a la manera de los libros de caballería, no es tarea fácil, más bien requiere de un esfuerzo colosal de escapismo mental.

La teoría es simple, como las grandilocuentes frases que nos hacen escuchar: 'saldremos más fuertes', 'estamos unidos'... etc., que son todas falsas, pero suenan genial; la práctica requiere una disciplina casi masoquista, como la de Don Quijote cabalgando con armadura en pleno mes de agosto por la Mancha, en su segunda salida en busca de aventuras y de damas en peligro. Igual que en su caso, nosotros acalorados y con el peso de la sinrazón, observaremos cómo aquellos que deben de tratarnos con gentileza nos vapulean sin remedio, nos mantean y nos crujen los huesos, ante nuestra indefensa y soñadora mirada.
Esto me recuerda la serie de dibujos animados sobre El Quijote, siempre que nuestro caballero veía gigantes, damas en peligro o cualquiera otra aventura que a su imaginación gustase dar forma, sus ojos comenzaban a darle vueltas en espiral, tan potente era la imagen que - aun hoy - cuando veo lo que sucede a mi alrededor, me parece verme a mí misma con los ojos dando vueltas y más vueltas, dando a pensar que vivo en una pesadilla de la que habré de escapar, una vez las órbitas de mis ojos vuelvan a tener una apariencia normal.
Hoy veía trozos de la serie de dibujos animados de Televisión Española produjo en 1979, y sentía una nostalgia apabullante. Nostalgia de esa inocencia que desprendía nuestro mundo entonces, acompañado por las aventuras de un audaz e inocente caballero. Creo que deberían proyectar a los niños de ahora esta serie, para que aprendieran de primera mano el precio que se paga por alejarse de la realidad, y por vivir - como sucede en el siglo XXI - en mundos apostados e inventados por malandrines.
Hay algo en ese mundo barroco del Quijote, un mundo convulso, cambiante y de enormes retos, que me lleva siempre a sacar conclusiones parecidas. Viendo a Alejandro Vergara, Jefe de Conservación del Museo Nacional del Prado de Pintura Flamenca y Escuelas del Norte hasta 1700, explicar la pintura de Pedro Pablo Rubens, 'Filipómenes descubierto' (1609), he atado cabos respecto al Quijote y al coronavirus. [Vídeo-desde minuto 6.15]. Alejandro con su voz profunda y reposada, nos explica cómo, en muchos aspectos, los hombres de los siglos XVI y XVII eran superiores a nosotros. Conocedores del mundo clásico, eran capaces de aislar conceptos y vivencias contradictorias, tales como fortaleza, aceptación, serenidad. Sabían qué parcela de la vida ocupaba cada cosa, porque todo debía coexistir sin crispación, y cuando sobrevenían adversidades, guerras o epidemias, su respuesta era - sin duda - mucho más rotunda y realista.
Eso en una mente privilegiada y crítica como la de Rubens se plasmaba perfectamente en la potencia de las figuras y la fuerza de sus bocetos. Esa idea de belleza escondida, de aceptación de la adversidad está también totalmente presente en las páginas del Quijote. Es muy diferente describir el mundo sin conocerlo (lo que pretenden con nuestro aislamiento), a darle forma desde la reflexión conocedora (no crítica) de los opuestos. Rubens viajó por toda Europa en un momento donde se partía en dos irremediablemente. Cervantes participó en batallas, estuvo prisionero cinco años en Argel y hasta fue comisario de provisiones de la Armada Invencible. Eso entre decenas de lances y aventuras.

Los necios tienden a criticar sin más, a crispar y a enlodar la realidad. Hay que tenerles miedo, porque con su incompetencia Sancho no lograría nunca su ínsula, ni el medio de salir de su miserable vida. Los que ahora manejan el timón de nuestros destinos lo dejarían desvalido y abandonado sin obtener nada a cambio, ni tan siquiera su bondad ignorante. Y por extensión esto aplica a todos nosotros.

Como bien dijo Don Quijote, aislado en Sierra Morena:


¡Ay, desdichada, y cuan más agradable compañía harán estos riscos y malezas a mi intención, pues me darán lugar para que con quejas comunique mi desgracia al cielo, que no la de ningún hombre humano, pues no hay ninguno en la tierra de quien se pueda esperar consejo en las dudas, alivio en las quejas, ni remedio en los males!

Don Quijote de la Mancha.
Miguel de Cervantes.
Edición de Francisco Rico (Editorial Alfaguara - 2015)
Cap. XXVIII - Pág. 275.


Ahora, despojados de nuestro hábitat, a la espera de que un licenciado y un barbero en forma de reyezuelos de medio pelo, vengan a rescatarnos de nuestras aventuras por la Mancha o donde nuestra imaginación quiera bien llevarnos, debemos tener presente qué - pese a la incompetencia histórica de aquellos que nos gobiernan y nos han gobernado, y al odio de aquellos que nos envidian - somos soñadores y altruistas, y podemos crear un escenario tal cual lo pensó Cervantes. Nunca tendremos el rigor ni la capacidad para generar riquezas, eso no, pero somos Quijotes a nuestra especial manera.
- Majadero - dijo a esta sazón don Quijote -, a los caballeros andantes no les toca ni les atañe averiguar si los afligidos, encadenados y opresos que se encuentran por los caminos van de aquella manera o están en aquella angustia por sus culpas o por su gracias: solo le toca ayudarles como a menesterosos, poniendo los ojos en sus penas, y no en sus bellaquerías (...)


Don Quijote de la Mancha.
Miguel de Cervantes.
Edición de Francisco Rico (Editorial Alfaguara - 2015)
Cap. XXVIII - Págs. 300-301

Aprovechad el encierro para leer y reflexionar,
M.

miércoles, 18 de marzo de 2020

Lectura recomendada en tiempos de confinamiento.

Como estoy confinada en casa, sin salir desde hace días, amenazada por un virus letal que pulula por el aire, me dedico a leer y a pensar. También veo la televisión y hasta tonifico mis músculos siguiendo los consejos de una web. Intento no pensar el tiempo que tendré que estar encerrada conmigo misma, en casa, oyendo el silencio de una ciudad vacía. Alguna vez teníamos que someternos a una realidad extrema, nosotros, nietos de guerras y epidemias. Pensábamos que jamás nos iba a tocar, que la abundancia que emana de sabe dios dónde, era infinita y estable. Somos vulnerables y descerebrados.

Mi plan para el enclaustramiento indefinido se centra en releer El Quijote, con el reto de no buscar más de dos palabras en el diccionario por capítulo. Nada más comenzar, he tenido que refrescar el vocabulario...

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres cuartas partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera.


'Astillero' es un término en desuso que da a entender la dignidad o puesto que ocupa una persona en la sociedad, una 'adarga' es un escudo, 'velarte' es un paño negro, 'velludo' es terciopelo, 'vellorí' es una tela de lana sin teñir. Primer párrafo y ya estamos así. Como en anteriores ocasiones, avanzaré dando las palabras por entendidas en función del contexto.


Otro de mis objetivos es leer novela española del siglo XIX y XX, por eso de que paseo (bueno, dadas las circunstancias, paseaba) por las calles de Madrid con nombres de novelistas de los que no he leído ni un libro, virtud de los pésimos planes de estudio que hay en España. Y también por mi culpa, que debería haberlos leído por mi cuenta mucho antes. Para aquellos que tengáis e-book, podéis descargaros títulos como 'Los Pazos de Ulloa', 'Pepita Jiménez', 'La Gaviota'..., en la web del Proyecto Gutemberg. Es completamente legal, estas novelas ya no tienen derechos de autor.

También en la distancia he creado un grupo de lectura, ya lo tenía en la cabeza desde hace tiempo. Lo óptimo es quedar cada cierto tiempo en una cafetería u otro lugar de apariencia agradable y tranquila, con las ideas e inspiraciones varias que te haya provocado el libro en cuestión (literatura de la buena, claro). Ahora, en tiempos de enclaustramiento, lo tendremos que hacer vía Skype o cualquier otra plataforma. Nuestro primer objetivo será 'Trafalgar' de Benito Pérez Galdós



Este libro - el primero de los Episodios Nacionales - cumple todos los requisitos para hacer de prólogo de futuros hitos literarios:

- Es una novela corta, que para empezar un club literario, es recomendable.
- En 2020 se cumplen cien años de la muerte de Galdós, lo que ha abierto un encendido debate entre literatos sobre si fue o no el mejor novelista en español de todos los tiempos, e incluso si fue un buen novelista. Opiniones de todos los gustos he leído. Aquí - reconozco - soy muy parcial, me ciega la admiración. He desdeñado y maldecido a aquellos a los que Galdós les parece un escritor sobrevalorado.
- Aborda con sentido del humor, y cierta ironía, las miserias históricas que arrastra España, lo que encierra un cierto aire de grandeza atormentada y derrotista. Quijotesca sería el término.
- La moraleja de la novela - una de las muchas - es que la grandeza de las gestas individuales se pierde ante la incompetencia de aquellos que nos gobiernan. 

Nadie como Galdós ha retratado el siglo XIX español, nos desnudó en cuerpo y alma. Ninguno de sus detractores puede entender su gran gesta, no se trata de escribir bien, se trata de saber retratar y describir los comportamientos humanos, de lo más grandioso a lo más mezquino. Sin Galdós no podríamos entendernos como país y como cultura. 

Hay algo quijotesco y fatalista en nuestra forma de ser, con toques de genialidad. Pero nos falta rigor y capacidad de organización para trabajar. Vemos el beneficio inmediato, pero no el cataclismo futuro. Y - virtud de nuestro complejo de inferioridad - nuestros compañeros de viaje han cambiado a lo largo de los siglos, con funestas consecuencias. La Batalla de Trafalgar (1805) es muy ilustrativa a este respecto. Galdós, en el primero de los Episodios Nacionales, retrató con agudeza y minuciosidad cada uno de los males que nos habían aquejado, nos aquejaban y nos aquejarán, porque poco han cambiado nuestros planes estratégicos desde entonces.

Pensemos en el coronavirus, que nos tiene encerrados y atemorizados. ¿Cómo se gestiona la crisis en España? Pues no se gestiona. Seguimos los mismos patrones históricos que nos han llevado al desastre. Comportamientos altruistas y sensibileros, profesionales (sanitarios, proveedores de alimentos de primer necesidad, fuerzas de seguridad...) abandonados a su suerte y sin el apoyo eficaz del Estado (recordad lo de la falta de plan de estrategia). Gobernantes centrados en el beneficio y el efecto electoral a corto plazo, sin percatarse ni plantearse cómo será el horizonte económico a tres meses vista. Hermanamiento nefasto, en este caso con Italia. Estamos copiando lo que ellos han hecho, que no consiguen salir, pero no nos fijamos en China, por ejemplo, que ha controlado el virus. Miopía brutal y de catarsis.

Como podéis ver, Trafalgar no pierde frescura. Falta, claro está, la batalla naval, y los generales españoles haciendo el ridículo. Ahora se ha ampliado el espectro de ignorantes en el poder, y la estética es más variada. Pero el resultado es el mismo.

Como veis, aunque haya escritores que cuestionen la genialidad de Galdós, yo soy una rendida admiradora. Sería IMPOSIBLE citar un ejemplo de alguien tan perceptivo y con ese dominio de la palabra en la historia de la literatura en español.

Cada palabra, cada capítulo de Trafalgar, recrea con humor cada uno de nuestros puntos flacos. Leedla por favor, veréis como acabamos siempre, hundidos ante la miopía de los que nos mandan y aceptando nuestro destino trágico con humor y dejadez.

Aprovechad el tiempo y leed.
M.

sábado, 7 de marzo de 2020

Por fin hablaré de un libro...

He repasado mis últimos escritos y todos ellos versan sobre exposiciones (que no salen bien paradas) y experiencias estrafalarias en viajes y eventos varios. Parezco una loca que camina por el mundo buscando frikies. Tal vez lo sea, pero es que lo 'normal' me aburre mucho. Al estar secuestrada durante ocho horas diarias en un trabajo lleno de gente que habla de estupideces tales como atascos, hijos listísimos, política española, noticias sin fuelle que publica la prensa, etc., es comprensible que en mis momentos de esparcimiento, busque desesperadamente a personajes esperpénticos y con algo original. Prefiero a un frikie absurdo, que a un cotizante a la Seguridad Social que no discute las órdenes en una empresa que basa su avance imparable en la sumisión y la obdiencia. Hitler tuvo la guerra ganada hasta la Batalla de Stalingrado, con esta estrategia, adoctrinamiento machacante y no discusión de la órdenes que emanaban desde arriba. Fue muy ambicioso en su avance, si hubiese sido más modesto en sus objetivos, ahora mismo todos hablaríamos alemán, lo que sería espantoso por mil razones, la más obvia es que las generaciones siguientes a la de Hitler hubieran sido más devastadoras que él mismo. Es un hecho probado, que los tiranos engrendran sádicos imbuídos y aupados por la estética del poder. 

Aunque en mi experiencia personal, debo admitir que el mundo empresarial moderno sigue las máximas hitlerianas del propaganda y obediencia, con apabullante eficacia.

Admitámoslo, entre la incompetencia del sector público y el sectarismo del sector privado estamos creando un engendro de difícil manejo, una maremágnum esperpéntico y asustante.

En este caldo de cultivo extraño y enrarecido hay personas que voluntariamente toman otro rumbo. Unas se quedan quietas viendo como el mundo encalla una y otra vez en los mismos males; otras - como los protagonistas de 'Retorno a Brideshead' - deciden moverse, navegar a su manera, en busca de su estrategia particular para no verse involucrados en la deriva implacable del tiempo que les toca vivir.




Me siento completamente identificada con este segundo grupo, el de la novela de Evelyn Waugh, aunque nos separen cien años y muchas catarsis intermedias, propias y ajenas.

Ahora sabemos que el periodo que medió entre las dos guerras mundiales, fue una especie de ilusión de progreso. Las heridas que se creían cerradas, se abrieron con furia, soltando toda su podredumbre, devastando esperanzas y haciendo comprender - ya sin lugar a dudas - que no hay esperanza para los que gritan su desesperación, porque nadie les escucha.

No importa la religión, ni el comunismo, ni el fascismo, estos son - simplemente - accidentes superfluos, irrelevantes ante la enorme crueldad que puede albergar el ser humano. Son el cuerpo teórico que justifica la insensatez, la mediocridad y la ceguera. Huir es tan difícil que - sinceramente - no creo que nunca nadie lo haya conseguido, de una forma u otra, la maquinaria de la sinrazón acaba atrapándonos. Puede que los eremitas del desierto lo consiguieran, aunque lo dudo mucho.

Los protagonistas de esta novela, de clase acomodada, viven durante los años veinte del siglo XX una realidad tan fugaz, que les impide establecer bases sólidas para su futuro, por tres razones. La ya mencionada condición de 'outsiders', el estallido de la Segunda Guerra Mundial, y - por último - el problema social que siempre ha supuesto la existencia de católicos relevantes en aristocracia inglesa, y por extensión, en el resto de clases sociales. Es un tema que no logran resolver, con su pragmatismo y eficacia indudables. 

El gran prototipo que todo hombre (inglés) quisiera ser, el galán que toda mujer (de cualquier nacionalidad) hubiese querido conocer es Charles Ryder. Estudiante en Oxford, díscolo y verso suelto, capaz de crear sus propias reglas hasta donde parece más complicado. Conoce a Sebastian Flyte, un homosexual que ahora - cien años después - calificaríamos como 'una loca', que lo introduce en los locos años veinte, en las fiestas desenfrenadas y en su mundo familiar. Estos ven a Charles como a un verdadero amigo, el bote salvavidas que logrará, tarde o temprano, llevar a Sebastian a las orillas de la cordura. Nunca sucede así, porque Charles sigue la máxima de 'vive y deja vivir'.

El mayor hallazgo en la familia Flyte es Lady Julia. Alguien que no sabe qué papel juega en el microcosmos social en el que se desenvuelve. Católica convencida, pero crítica con la juventud que le obligaron a vivir, llena de dogmas y reglas. Evelyn Waugh, pese a ser católico él mismo, no puede escapar de esta imagen de ritos, supersticiones y sacramentos tan asentada en las mentes anglicanas y protestantes. 

Sorprende sin duda, Waugh fue un gran detractor del Concilio Vaticano II, atacando precisamente sus esfuerzos por introducir aire fresco en los ritos católicos. Determinados clichés están tan asentados en determinados grupos sociales que, al dar forma a un escrito, emana precisamente lo que la propaganda de siglos ha metido en sus cabezas, y no lo que realmente defienden. Reconozco que esto me dio que pensar, es un comportamiento sociológico interesantísimo.

Lady Julia y Charles se convierten en amantes, cuando ambos ya están casados y - en el caso de él - con dos hijos. Una historia que forma parte del plan de apartarse de las convecciones, de los estereotipos. Hay un toque de rebeldía que suple - creo - la falta de un amor verdaderamente enloquecido. Ambos, como rechazados por los demás y por sí mismos que son, no diferencian lo que es aventura de lo que es despecho. Y finalmente verán como, con el soplido del remordimiento, todo se derrumba. 

Años después de separase de Julia, Charles Ryder regresa a Brideshead, la mansión familiar de la familia Flyte, como capitán de un destacamento inglés, librando otra guerra ajena a él mismo, la Segunda Guerra Mundial. Es el momento de enfrentarse a la realidad, esa que todo verso suelto tiene que mirar a la cara tarde o temprano, para decidir qué quiere ser, un peón silencioso que se desenvuelve en una pantomima destructiva, o una oveja negra que será pisoteada con crueldad extrema.

Charles Ryder decide ser un peón. No es una rendición, es simplemente supervivencia. 

Si no lo habéis hecho, leed la novela. No está entre las cien mejores novelas de todos los tiempos, como dicen los ingleses, pero sí ocupa un lugar de honor entre los tratados de resistencia y los manuales de cómo espantar fantasmas, para acabar rindiéndote ante lo inútil de la lucha.
M.

sábado, 25 de enero de 2020

El traslado de Troya al Museo Británico

Otra exposición que me propongo destripar. Empecé este blog con la idea de hablar de libros, pero reconozco que últimamente - para lo bueno y para lo malo - encuentro más inspiración yendo a exposiciones. Es muy enriquecedor, no sólo aprendo, también observo los comportamientos humanos ante determinadas piezas expuestas. Animo desde ya a realizar este deporte intelectual.

La exposición a pulverizar en esta ocasión es 'Troya, mito y realidad', que se puede ver hasta el 8 de marzo en el British Museum de Londres. Veinte libras esterlinas tiradas a la basura. Si conocéis a alguien que pueda conseguiros pases gratis, genial. Si no es el caso, es mejor que deis el dinero a la caridad, o lo metáis en una hucha para crear - junto a otras personas que tengan pensado verla - la Fundación 'Gracias a los Dioses del Olimpo que fueron los griegos los que inspiraron nuestra cosmogonía vital y no los ingleses'. Los pobres no han entendido nada, o mejor dicho, lo han reinterpretado a su manera, y lo han vendido con sus frases habituales (bastante machaconas por cierto) 'increíble, con la boca abierta te vas a quedar, nunca se vio nada igual...' No miento, aquí están:


En fin, nada más ver el primer comentario, ya observamos que a algún iluminado se le ha ocurrido dar un enfoque 'Juego de Tronos' a una historia épica y legendaria ocurrida hace 3000 años, cuyos protagonistas (de haber existido) caerían fulminados del espanto al ver esto, porque su forma de pensar nada tenía que ver con la nuestra, nada. Pero esto, los angloparlantes no son capaces de percibirlo. El mundo se mide siempre con la misma vara, la del thrilled, terrific y otras memeces semejantes.

Es posible que los dioses del Olimpo estuvieran pensando en darle forma a esta exposición hace tres milenios, pero lo dudo mucho. Los protagonistas de la Guerra de Troya, algunos humanos, otros semidioses y otros dioses sin más, ni imaginaban que los ingleses durante los siglos XIX y XX, aprovechando su dominio imperial, iban a robar sin control ni pudor todo lo que se les ponía a tiro, para llenar este museo, el Británico, con dos objetivos, uno demostrar que dominaban el mundo incontestablemente; y dos, organizar cada cierto tiempo, con las piezas sustraídas, exposiciones como esta, y así borrar de forma sutil el ingente legado e inconmensurable influencia que nos dejaron griegos, romanos, fenicios, sumerios... O lo que es lo mismo, reescribir esta influencia a su manera, astuta y pragmáticamente, como siempre han hecho. Para pasar posible logros de otras civilizaciones por el tamiz de su censura.

La exposición de Troya es la demostración más clara de este hecho. Pero como decía, la verdad en este caso es incontestable, los griegos y - por extensión - las civilizaciones mediterráneas, dejaron una huella que dura ya milenios, no sé exactamente cuánto ni de qué manera se notará la influencia anglosajona en el mundo por venir. Dudo que - de haber sido ellos entonces, hace tres mil años - algo más que una isla poblada por tribus salvajes, hubieran inventado el alfabeto, los libros, o hubieran dado forma a los conceptos que forman nuestra filosofía vital. Ese mundo de las ideas que describió Platón, ayudó a que las enseñanzas del cristianismo, tales como la igualdad, la vía para conseguir comunicarnos con lo divino, la individualidad, etc., nos modelaran como seres humanos durante siglos. Somos diferentes a los orientales (no mejores, ni peores) porque hubo una guerra hace miles de años, y esa guerra - ¡gracias a Zeus! -  tuvo lugar en el Mediterráneo, esa contienda fantástica y colosal se convierte en un pálido escenario de cachivaches sin sentido, a los que se dota de una vida efímera y de circo que me lleva a afirmar que - ya sin fisura posible - los ingleses nos desprecian más de lo que llegamos a concebir. Su único objetivo es convertir nuestras vidas es un escenario de cine, de Netflix... Y vaciar todo lo épico y mágico de nuestro cálido escenario mediterráneo.

La entrada del caballo en Troya, 
Giovanni Domenico Tiépolo (1773)
National Gallery (Londres)

Hablemos de la Guerra de Troya, al menos unas pinceladas, de haber tenido lugar - los griegos pensaban sin fisuras que sí, los arqueólogos modernos no lo tienen claro -  no cabría mayor concentración de personajes apasionantes, todos ellos están presentes en leyendas (aun hoy) y han sido protagonistas de la historia del arte, al menos hasta mediados del siglo XIX. Hay amor, pasión, celos, venganza, dioses que conciben personajes mitológicos que juegan un papel primordial en la trama, lealtad, heroísmo, imaginación y arrojo. Para dar forma a ese mito, se disponía de unos papiros y poco más. Ahora - pensemos por seguir con el mismo ejemplo, en Juego de Tronos - disponemos a una ingente cantidad de guionistas, maquilladores, decoradores, programas informáticos que crean montañas inexpugnables de la nada, redes sociales con influencers que dirigen los guiones hacia los gustos del consumidor... Y con todo ello, la trama es tan previsible y tan 'como debe ser' que resulta hasta cómica. En el Mediterráneo, hace miles de años, entre columnas decoradas con hojas de parra, los dioses griegos inspiraron historias legendarias que modelaron nuestras vidas y nuestros pensamientos, nuestras novelas y nuestro imaginario. Paris estaba enamorado de Elena, y la raptó. Esto provocó una guerra - la de Troya - que duró años, y en la que participaron generales míticos - como Agamenón -, y semidioses - como Aquiles -. Nombres que todavía conocemos, después de tanto tiempo. Al final, un caballo de madera puso fin a la guerra, ese animal, esa genialidad casi quijotesca, ideada en un momento de tensión desesperada, es lo que ha hecho que nosotros, los hijos de estas historias épicas, hayamos cambiado el mundo. Sí, esa superioridad inglesa se nutre del derecho romano y del mundo de Platón y Aristóteles. Hasta su alfabeto es el nuestro, no pudieron mejorarlo.

Hay una pate de la exposición, justo al final que nos muestra cómo se plasmó el imaginario de Troya en el arte, desde el renacimiento hasta el siglo XX, o lo que es lo mismo, como reescribieron ellos el mito. Porque los que lo crearon, pierden el protagonismo entre la niebla londinense.

Será mejor que consumen su Brexit y nos dejen vivir, puede que seamos más pobres, pero - al menos - nuestra vida tendrá sabor a leyenda, y Zeus nos enviará a algún hijo suyo, convertido en hombre, un héroe gentil y arrojado, que expulse de nuestros cerebros toda la basura circense que día a día nos obligan a consumir.

Leed mucho, visitad exposiciones y sacad vuestras propias conclusiones.
M.

lunes, 13 de enero de 2020

Impresionados con los impresionistas...

Pues nada, de exposición en exposición... Es lo que tiene que ser una crítica de arte de pacotilla, tengo que rellenar este modesto blog con mis visitas a museos de aquí y allá, diciendo disparates unas veces, y añadiendo mi visión particular, sin ningún criterio definido, otras. Un megamix de lo más esperpéntico que arranca de mi manía de ir contracorriente. Adelanto ya, como consejo, que esta postura vital me ha dado muchos disgustos. Pero es tarde para enderezar las cosas. Una vez te encasillan como 'estrafalario', no hay escapatoria, es como el agujero negro que engullirá al universo.

Hoy toca hablar de la exposición 'Los impresionistas y la fotografía', que se puede ver hasta el 26 de enero de 2020 en el Museo Nacional Thyssen Bornemisza de Madrid. Adelanto ya que la crítica no será buena, por una simple razón, para mí, los impresionistas franceses están sobrevalorados de una forma absurda. Hay cuadros que rozan la calidad de 'mercadillo de verano', no logro explicarme cómo alguien puede ver algo aprovechable en determinadas obras, afirmando que determinados cuadritos de arbolitos sin perspectiva, marcaron la senda de futuros movimientos pictóricos. 

Claude Monet (1840-1926)
'El deshielo en Vétheuil' (1880)
Óleo sobre lienzo. (60 x 100 cm)
Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid


Como ya afirmé en mi artículo sobre 'Las Meninas' de Velázquez, el arte inició una espiral esquizoide tras el barroco, rozó el espanto en la segunda mitad del siglo XX, para - ya en el siglo XXI - perder el norte, dejando que el mensaje torticero y tendencioso prime sobre la calidad de la obra de arte. Me viene a la cabeza un montaje en el MoMa de Nueva York, que consistía en amontonar cientos, miles de vaqueros hasta que llegaban al techo. Justo al lado, una mujer, sentada en un pupitre de madera, pasaba las hojas de un libro chupando las hojas. Este último detalle no era baladí, formaba parte del sentido de todo el mensaje. Considerando la compra de la obra, los pantalones podrías llevártelos a casa, siempre que tengas espacio, claro, pero el pupitre con ser humano... Eso ya lo veo más complicado. Tal fue el éxito de la puesta en escena que, por más que lo he buscado en internet, no he logrado encontrar nada, búsquedas en inglés y español... Nada. Pero los vídeos de Torrebruno están, y con enorme éxito de visitas. 

En el propio Museo Thyssen hay una exposición de telas de araña, yo misma asistí a la conferencia de Tomás Saraceno, en la que explicaba cómo las telas eran un reflejo del universo. Se quedó tan pancho. Comienzo a dispersarme sin remedio, pero es que esta conferencia de las arañas me impactó un montón, y creo que no había comentado nada aquí. Este artista argentino ha dedicado su vida a espiar a la arañas, ahí lo dejo. Sé que suena un poco frívolo, pero ha llegado lejísimos en el olimpo artístico del siglo XXI, por lo que es posible que su obra tenga más enjundia de la que yo pude aprehender.

Vuelvo a los impresionistas. Poco puedo aportar a lo ya escrito sobre este movimiento pictórico, que se desarrolló en Francia en la segunda mitad del siglo XIX. En ese momento, París era la capital cultural del mundo y el francés la lengua hablada por las élites europeas. Esta es la primera de las claves para entender el auge de cualquier aportación cultural suya en ese preciso momento. Lo mismo que ocurre ahora con el inglés. De todo lo que proyecta la potencia cultural del momento, Estados Unidos, más de la mitad es basura pura, pero la hegemonía es tal, que discrepar es sencillamente ridículo. 

Como a toda potencia cultural, a París le llegó su final. Pero antes de que éste se hiciera patente, se percibió un auge, un esplendor sin precedentes. El ocaso proyecta una luz especial, París no fue una excepción. Si alguien nos dice 'París', inmediatamente nos viene a la cabeza esa época, esa imagen descarada y voluptuosa, artistas con abrigos raídos caminando por las calles, absenta, cabarets, brillantes ideas y vida bohemia. Todo este imaginario lo fulminaría la Primera Guerra Mundial. No sólo París se disolvió en la bruma de la historia, también Europa dejó de mostrar al mundo lo que era, lo que había sido y lo que podría ser. Era el pack completo. Todo cayó, se derrumbó como un castillo de naipes. Francia ha seguido agarrándose a una sombra, a la idea de que esa etapa dorada sigue inmutable, parte de esa obsesión es la proyección machacona de la idea de que los Impresionistas fueron más talentosos de lo que en realidad fueron. Tal vez sea injusta, pero - dentro de la innumerable obra atribuida a ellos - no todo tiene relumbre e importancia, y ha llegado un momento que la sobreexplotación de exposiciones con temática impresionista se ha convertido en algo preocupante.

Yo he visto, el los últimos dos años, 'Los impresionistas y la arquitectura' en la National Gallery de Londres, 'Monet y Boudin' en el Thyssen de Madrid, 'los impresionistas en Londres' en la Tate de Londres y ahora ésta, dedicada a la influencia de la fotografía en estos pintores. Nota importante y obvia, la aparición de las cámaras fotográficas fue un hito que afectó a la ciencia, al cine, a la comunicación..., no sólo al Impresionismo. Otra terrorífica y torticera confusión.

Pero parece dar igual, porque cualquier perspectiva, punto de vista, influencia, matiz cultural, parece estar relacionado con ellos, Camille Pissarro, Edgar Degas, Pierre-Auguste Renoir, Paul Cézanne, Alfred Sisley, Berthe Morisot..., por citar a los más conocidos. Repito, me parece desmesurado.

La sobreexposición de sus cuadros ha convertido al más simple de los mortales en un entendido en Arte. En cualquier conversación informal, si sale el tema 'pintura', toda persona - sin excepción - menciona la palabra 'impresionismo' y ya parece un gurú elevado sobre el resto. La idea es tan difusa, que cualquier pintura que muestres, si tiene algo raro, distorsionado o se sale de los cánones clásicos, el 90% de los que opinan dirá que es un cuadro impresionista. 

Culpa de esto la tienen exposiciones como la del Thyssen. No hay un sólo cuadro aprovechable. Al visitarla (al menos cinco veces) he tenido la sensación de ser un instrumento de la vacuidad circense en la que han convertido las grandes ciudades y los museos como parte integrante de ellas. 

Eugène Boudin 
Puerto de Brest, 1870
Óleo sobre lienzo. 47,6 x 65,4 cm
Portland Art Museum, Oregón. Legado de Charles Francis Adams

No culpo al museo ni al comisario, el enfoque y montaje de la exposición son soberbios, culpo a la concepción que sobre el arte tenemos en el año 2020. Un mercadillo de ideas que ya han pasado por el tamiz cultural del siglo XX y lo que llevamos del XXI, y han desvirtuado de tal forma la realidad que ahora - cuando veo exposiciones como esta - no logro diferenciar entre lo que realmente veo, lo que quieren que vea, o lo que los pintores querían que hubiese visto... Trabalenguas intelectual que merece un momento de meditación.



Édouard Manet

Retrato de Carolus-Duran, 1876
Óleo sobre lienzo. 191,8 x 172,7 cm
Barber Institute of Fine Arts
University of Birmingham / Bridgeman 


Observemos el cuadro de Édouard Manet, Retrato de Carolus-Duran (1876). ¿Qué tiene este cuadro de especial? Antes de dar una respuesta apresurada, pensemos en el arte en su capacidad para transmitir sentimientos y despertar en nosotros una especie de conmoción. Bien, ¿qué tiene de esto el cuadro? Nada absolutamente. Es un individuo -como muchos otros de la época - que va paseando por el campo. ¿Qué ha aportado la fotografía a este cuadro? De nuevo, maticemos. La fotografía aportó al arte la mejora en la percepción de la perspectiva y el matiz real de los colores a la hora de ahondar en el estudio de esta. Entonces... ¿ha aportado algo la fotografía a este cuadro? No, naturalmente que no.

Entramos aquí en la turbia justificación de la 'reinterpretación del artista', en este caso su forma propia y particular de expresar lo que le inspiraba una foto, pero este saco no tiene fondo. Si al final todo es una visión acorde con el mensaje que nos quieran transmitir ahora, 150 años después de pintarlo, no me vale. Prefiero mirar el cuadro sin más, sin necesidad de aditivos. Al enfrentarme a los cuadros de la exposición, había una diferencia tan abismal entre lo que se pretendía que viese, y lo que en realidad estaba viendo, que se convertía en el reflejo entre lo que percibo yo de lo que me rodea en general, y lo que en realidad me enseñan o quieren que vea. 

Al ver los cuadros, prefiero imaginarme el canto de cisne, el París de finales del siglo XIX. Imaginar ese caldo de cultivo de artistas y soñadores que imaginaron un mundo mejor, ese que nunca llegó, porque lo barrió para siempre el ser humano con su guerras del siglo XX.

Id a ver la exposición, queda poco, y así sacaréis vuestras propias conclusiones.
M.